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martes, 12 de abril de 2011

PUNTO Y FINAL

Por Carlos Rull

Hoy decimos adiós. Tal vez no un adiós, ni un hasta luego, más bien un hasta siempre: aquí quedan letras y estrellas a disposición de quien tenga a bien leerlas, ya que, como suele decirse, scripta manent, aunque sea virtualmente. Las voces ya no cantarán más en esta página, cada una se retira a su pequeña celda para seguir perpetrando su propia melodía. Y una nueva canción común que dentro de un tiempo volverá a sonar en la red.
  
Han sido cuatro años y tres meses – que suman siete – que vienen a cerrar un ciclo hoy, doce del cuatro – que también suma siete –, en el que hemos escrito de todo y para todos: 1125 entradas que no suman siete pero sí construyen todos los mundos imaginables. Siete voces que en realidad han sido veintiuna, un caos sutilmente trenzado de tonos y armonías que supimos cantar juntos para crear un estilo propio: la suma de todos los estilos posibles.

SieteVoces se queda al pairo, todos los puertos a la vista, todos los vientos en sus velas, y atada en su mástil, resistiendo los cantos de todas las sirenas, nuestra pequeña antología que podéis conseguir AQUÍ. El simbólico grimorio de la magia que durante cuatro largos años nos ha mantenido unidos, aprendiendo, compartiendo, creciendo.

Andreu, Iván, Marc, Carla, Rubén, Rubens, Rufino, Núria, Camille, José, Ester, Óscar, Sergio, Raquel, Mercè, Antònia, Paula, Israel, Jesús, Jordi: gracias a los que escribisteis, a los que leísteis, a los que comentasteis, a los que criticasteis, a los que animasteis, a los que os fuisteis, a los que os quedasteis. Y me detengo antes de que esto parezca el anuncio de la Coca-cola. Gracias a todos. Gracias por el entusiasmo, la imaginación, la alegría, la lucidez y, sobre todo, por la amistad. Y hasta siempre.


Aquí yace SieteVoces. Que no descanse en paz.
  

lunes, 11 de abril de 2011

Nunca mais


A Esther-Ana Álvarez, in memoriam


Estamos en tiempos de despedidas, así que no va a resultar disonante que yo hoy publique este post aquí. Y si así fuera, me la traería floja: es época de adioses y de crisis, de modo que sálvese quien pueda. Al fin y al cabo, mi amiga ya no va a poder leer estas líneas.

Se llamaba Esther y nació un 7 de noviembre de final de los cincuenta. Yo la conocí en la ciudad condal en los primeros noventa. La casualidad quiso no sólo que compartiéramos nombre y signo zodiacal, sino también espacios geográficos –y eso que ambas éramos inmigrantes en Barcelona y procedentes de zonas distantes entre sí-, intereses profesionales e intereses académicos.

Coincidimos en las aulas universitarias, primero las dos a un lado de la tarima en los estudios de tercer ciclo, luego en el bando contrario: tenía una habilidad especial para la preparación de las clases, sin duda por su mucha expertise, dado que me llevaba justo una década de ventaja –exactamente 10 años y 1 día- y se conocía los trucos de la didáctica del inglés al dedillo. Muchas fueron las tardes que pasamos mano a mano preparando ítems para exámenes y redactando Reading comprehensions de textos sobre Algonquian Cinderellas y empowering feminism.

Era menuda y de ojos azules. Con frecuencia me vi tentada de descubrir, no sin orgullo, un cierto paralelismo entre nuestras personas cuando afianzamos la amistad y nos dio por intercambiar confidencias del tipo al que las mujeres somos dadas (familia, amores, desamores, sexo, hijos…). Pero siempre acababa por concluir que, en realidad, el paralelismo no era más que fabulación mía: ella era mucho más animosa y decidida, y poseía la portentosa y admirable capacidad –admirable al menos para mí, que no la poseo- de saber separar el grano de la paja, es decir, elegir lo que merecía la inversión de sus energías –o preocupación- y descartar el resto sin miramientos.


Así que cuando circunstancias de la vida hicieron que siguiéramos caminos divergentes y supe de su enfermedad, nunca dudé de que la superaría con éxito: había criado dos hijos prácticamente sola, trabajaba más horas al día más meses al año de lo que los estándares de salubridad actuales, ni siquiera los del s. XX, considerarían aceptable, y por fin había podido realizar su sueño de defender en su propia universidad una tesis doctoral. El ánimo, el buen ánimo, y la buena disposición mental son fundamentales para la curación, vaticinan a diestro y siniestro los gurús de la medicina. Y ella los tenía, a pesar de todo.

En una sala lateral del patio de letras del histórico edificio de la Universidad de Barcelona la vi por última vez, poderosa y diestra en aquel melieu académico al que yo ya me había rendido, defendiendo con diligencia sus hipótesis sobre las narrativas orales en inglés. La famosa frog story nos había unido unos años antes y me había abierto las puertas de su guarida familiar, muy cerca del hospital Clínico. La frog story y sus narrativas cerraron también nuestra historia, aunque de aquel momento haga ya 10 años largos y yo no haya tomado conciencia hasta ahora.

Porque Esther se fue sin yo saberlo. Su buen ánimo y buena disposición mental no fueron suficientes esta vez para vencer la enfermedad. Las postales navideñas que cada año le enviaba y que nunca me fueron contestadas hoy adquieren un nuevo significado. Debo admitir que prefiero no imaginar hoy lo que en realidad fueron sus silencios, que yo atribuí al estrés derivado de su –suponía que- nuevo estatus entre el staff académico universitario y a la consiguiente falta de tiempo. Si en lugar de 10 años hubieran sido 5, la tecnología habría jugado en nuestro favor. Pero los acontecimientos, especialmente los luctuosos, no se programan ni se planean: sencillamente ocurren. Como ocurrió hoy el fortuito encuentro con el portador de tan malas nuevas: aunque sólo fueran nuevas para mí, ello no las hace menos malas.

Te he evocado a menudo este tiempo, Esther; he recordado cómo nos unieron nuestros intereses académicos hace ya tantos años, el amor que ambas profesábamos por esa lengua, el inglés; cómo nos reímos redactando aquel paper sobre los intercambios orales a partir del clásico de Lolita con Peter Sellers y James Mason de protagonistas. Me he preguntado también por tu salud, por tu matrimonio, que atravesaba malos momentos, por tus dos hijos con quienes compartí algo más que una comida y una visita al supermercado. Me he alegrado a distancia de la que imaginaba tu despuntante y ansiada carrera académica después de superar cum laudem esa prueba que tanto nos atemorizaba a ambas. Y sin duda, te he tenido presente cada uno de estos 7 de noviembre que han transcurrido desde que dejamos de vernos. Pero jamás, jamás, jamás pude imaginarme que tus silencios significaran tu ausencia ya definitiva.

Esta foto de las dos, tomada en París en 1998, ocupará a partir de hoy un lugar privilegiado entre la memorabilia digna de ser salvada del olvido. Porque desde hoy sé, y no puedo hacerme a la idea, que nunca mais, Esther Álvarez, PhD. Nunca mais, compañera tocaya.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Mano

He pisado el desierto.
Como quién comprueba la temperatura antes de hundirse
He rozado la arena y una mano me ha alojado en su palma
con extremo cuidado me ha llevado al salón de los espejos.
No podía olvidar esa mano que completa las formas.
Nos coloca en su torno y nos hace bailar una música cálida.
Esa mano es enorme, es la suma de manos de todos los afectos
Es la mano que acuna, es el cuenco de sopa, es el fin del vacío.
Mano que impide balas, que sostiene una brújula, que señala
La ruta borrada por la selva. No es la mano de Dios, esa mano
Es la suma de manos de todos los afectos.
Mano incondicional que amortigua zarpazos y endereza
Los torsos. Que sopla las cenizas y extiende las alfombras.
Se cierra el agujero y lentamente el aire se detiene en aliento
Afuera hay un paisaje de cuerpos que apuntalan a cuerpos
Fragmentos de mercurio se buscan en la luz y se tornan imagen
sostenido en la mano observo desde lejos una bala silbar
Entre el vapor de nubes.
El juez mira el reloj y todo empieza.

domingo, 5 de octubre de 2008

AMIGO MÍO...NO TE ALEJES MUCHO.

Por Rufino Pérez
El camino se va llenando de tantas sonrisas a medias que nunca se llega a soltar uno el pelo y reír de verdad

Y ya está bien de que nos cuenten milongas. La felicidad perfecta no existe, porque entonces sería matemática pura. La felicidad es un estado que viene y se va. Hay quien sabe retenerla lo suficiente como para notar que ha pasado y hay quien no se atreve siquiera a tocarla.

Y sobre todo, hay gente como los metales, conductores de alegría; y los hay corcho puro, madera de alcornoque, no conductores.

Yo no pediré a los Reyes Magos este año salud. Hombre, les diré que no se pasen tampoco por no pedírsela, no vaya a ser que me manden un cólico miserere de esos de antes. Les voy a pedir salud para un amigo que tengo. Metal puro. Hierro macizo. Y que le hagan entrar unas ganas desenfrenadas de verme. Las cervezas las pongo yo.

sábado, 14 de junio de 2008

MUJER BILINGUE



Por Rubén García Cebollero

A Raquel Casas, a Paula y a Cristina

Dicen los ponies que hay demasiados poetas y demasiados corazones de látex, y demasiadas lenguas sin corazón. Hay momentos en que el cuerpo se recoge, se apaga y necesita descanso, pero la vida siempre tiene otros planes.

No voy a comentar un libro de poemas que aún no he leído, pero espero leer, y lo que haré es felicitar a la autora de antemano, a Raquel, porque cada semana como el resto de amigos y amigas con sus letras nos demuestra que escribe con lengua bilingüe.

No creo que tenga dos lenguas físicas, a no ser que sea un personaje escapado de V, que devore ponies o corazones de latex. Nada puede descartarse a la ligera. Lo cierto es que su lengua tiene una sugerencia metafórica que carga las palabras de intensa precisión.

También lo hacen Andrés, Carles, Rufino, Carla, Marc e Ivan (que es como si siguiera) en este persitente carrusel de siete voces. Y claro, Paula o Cristina que están ahí, como hinchas de una selección de futbol aunque no tengan Eurocopa ni Mundial, y todos y todas vosotros y vosotras.

El caso es que para alguien bilingüe, como yo, catalán y castellano, dos lenguas siempre son pocas. De ahí que ame el italiano, el ruso, el alemán, el latín, el griego. Y si vais a hacer coña ponedlo en femenino. Pero hay días en los que hasta la lengua pide reposo, y recogerse como esa mujer de la foto en el gris que lame la luz, el día, la postura.

Ya lo escribió Susan Sontag: la nuestra es una sociedad en la cual clamamos por una invitación para revelar en un programa de televisión los secretos íntimos que antaño habríamos hecho lo imposible por ocultar. De ahí que uno encuentre ponies, corazones de latex y otros destellos casi a cuenta gotas.

De ahí que haya días en que uno se alegre por Raquel, lo mismo que me alegro por José Manuel Soriano o por Albert García. Ellos saben por qué. Los premios sirven para descubrir lectores, pero los grandes autores se descubren solos.

Y como la mujer bilingüe de la foto, bilingüe como una incógnita, me voy
a recoger dejando tras de mí cuatro versos del gran Vicent Andrès Estellès:

Escribo nada más porque es lo que sé hacer.
También sé hacer el amor y beber vino,
pero el amor y el vino me dan asco.
No sé por qué ni para quién escribo.


¿Nunca habrá suficientes poetas ni ponies ni corazones de latex? Quizá la noche traiga las respuestas....

viernes, 18 de enero de 2008

EL TOCHO

Por Paula
(Dedicado a Ivan, con provocadora y constructiva añoranza)

Érase una vez un ladrillo que formaba parte de una altiva fachada señorial, su vida transcurría, monótona e incomoda, entre soldaduras de cemento, que lo unían a un sinfín de colegas que, cuando se descuidaba, intentaban arrebatarle su privilegiada situación a fuerza de empujones.

Un día de lluvia esponjosa, de esas que se cuelan por las ranuras y empapan interiores, sintió un empujón no clasificado, sobresaltado, tomó sus prismáticos de arcilla, miró a su alrededor y vio una golondrina intentando agarrarse al saliente, con todas las partes de su cuerpo Era un espectáculo de desolación en el que se mezclaban manchas negras y blancas, arañando la pared con pico, patas, alas…., resbalando una y otra vez, entre toboganes de agua, hasta quedar difuminadas en el intento.

El tocho se quedo descolocado ante la agresión que habían sufrido su rutina y sus bien delimitadas paredes, de nobles materiales. Primero hizo un balance de daños físicos, el único en diez años: comprobó, con rabia arquitectónica, que los arañazos del desolado bicho, le habían abierto una brecha dejando rojas pinceladas de su intimidad al descubierto. Las gotas de lluvia se deslizaban por la brecha abierta, deshaciendo, en minúsculas porciones de arena, sus prietos canalones. Le dolía el miedo e, inválido de herramientas, buscó pegarse a sus compañeros de fila en busca de auxilio.

¡Pobre ladrillo!, ignoraba, en su incompetencia sentimental, que él y sus compañeros sólo servían para soportar, no para sujetarse. Sintió el rechazo de los diferentes y comprobó, entre prepotentes empujones, que era fácilmente sustituible por innecesario.

Mientras experimentaba todas estas nuevas sensaciones, inclasificables para él, notó un olor, espeso y líquido, que se colaba por sus paredes y las teñía de vivos rojos. Pensó que era el final e intento taponar sus filas de ojos, a fuerza de roces con sus vecinos. De pronto se encontró con un ojo del maldito pájaro, del que salía ese rojo pegamento, que con su pala excavadora iba aprisionando en las grietas .Todo cesó, todo fue silencio, todo se nubló, sólo sentía una inyección, que le calmaba el miedo, que le daba calor y fuerza, que le resbalaba por sus ranuras acunándole.

Al día siguiente oyó los golpes y las voces que daba su arquitecto de guardia, valorando los daños que la fuerte lluvia había provocado en la fachada. Cuando le llegó el turno, escuchó sorprendido : “Parece mentira, un ladrillo tan sensible y ha resistido los daños mejor que ninguno, es más parece que le hayan inyectado vida”.

El ladrillo “sensible” continúa hoy en su señorial fachada, donde ya no nota los empujones, porque tiene la fuerza de quien, relleno de vida, ha decidido que no quiere sobrevivir a cualquier precio.

martes, 11 de diciembre de 2007

Cómo conservar (a) los amigos

Por Carlos Rull

Z se ha peleado con nuestro amigo X. Tal vez “peleado” sea una palabra inexacta, demasiado agresiva y poco descriptiva, digamos simplemente que han tenido una diferencia de pareceres demasiado acusada - y fomentada por terceros - que ha derivado en un discusión cada vez menos inteligente y sutil pero claramente ofensiva, en la que ha tenido no poco que ver una vieja disputa ideológica en la que ambos conocen demasiado bien que no hay acuerdo ni mañana posibles. Z – como suele ocurrir en estos casos - no sabe muy bien cuál es el motivo concreto de la ajena irritación, tal vez fue algo que dijo, algo que hizo, alguna palabra fuera de lugar, algún comentario mal entendido, vaya usted a saber, en fin, pero es el caso que se ha repetido ese problema que tan a menudo suele darse con esos seres infinitamente sensibles y delicados, extraños y misteriosos, cada vez más en peligro de extinción, que denominamos – a veces sin acierto – amigos.


A Z, igual que - como sabemos - le ocurre a X, le encanta hacer listas para intentar clarificar sus ideas, es ésta una de las muchas manías que tienen en común los dos viejos amigos. Así que un par de días después de las desagradables palabras vertidas por su amigo, decide sentarse ante una hoja en blanco y redactar un listado de las diez razones o estrategias para conservar a los amigos. El resultado, revisado y corregido – ortográficamente - por este humilde narrador, es aproximadamente lo siguiente:

  1. Los amigos son raros, valiosos y escasos, como los percebes, el caviar y las angulas, pero también como el petróleo, el silencio y el oro. Así debe ser.
  2. Una amistad requiere siempre cuidados intensivos, porque enferma con pasmosa facilidad. No hay que abusar de la paciencia del amigo, y viceversa. Tampoco de su impaciencia.
  3. No te calles por no ofender, no hables para ofender.
  4. La amistad se alimenta de disparidad y singularidad, o sea, de diálogo y debate.
  5. Las películas y libros sobre la amistad son en el mejor de los casos una sarta de mentiras, en el peor una burda patraña infantiloiode o adolescentoide. También las canciones: de Friends will be friends, ni el título. Probablemente esta lista también lo sea. No hay que creerse nada.
  6. El error es común, la ofensa fácil. El perdón no lo es.
  7. A buen entendedor... (Z no tiene demasiado claro por qué ha incluido este fragmento parémico en su lista, pero en su momento le ha sonado bien y le ha parecido oportuno y adecuado, así que ahí se queda, ha pensado.)
  8. Siempre cara a cara y en su justa medida. El resto es siempre ruido.
  9. Casi siempre ignoramos el efecto de nuestros palabras y actos sobre los demás. Cada palabra está cargada con infinitos sentidos y vericuetos. El lenguaje es tan peligroso como maravilloso, igual que los amigos.
  10. La amistad se parece a la inmobiliaria, casi siempre tasamos por encima del precio auténtico.

Una vez finalizada su lista, e igual que hace X, Z la deposita en la papelera porque, en el fondo, sabe que no sirve para nada y que escribir esas diez ideas no le ha ayudado en absoluto a decidir qué hacer, si es que hay algo que hacer. Finalmente, Z decide no seguir aplazando la llamada que sabe que debería haber realizado desde un principio, y descuelga el teléfono; mientras marca el número de X y escucha los tonos de llamada, busca consuelo pensando – y cree que la frase es suya sin recordar que la leyó no hace tanto tiempo en una colección de citas – que un amigo no es alguien que te aprecia porque te conoce, sino que, al contrario, es alguien que te quiere a pesar de que te conoce.

sábado, 21 de julio de 2007

CONTÁGIAME


Por Rufino Pérez

Haber vivido una etapa de tu vida en un pueblo es, además de una experiencia, una marca cultural que uno lleva durante toda la vida. No digo que sea buena ni mala, bueno sí, digo que es muy buena desde la perspectiva que ahora se tiene, porque hay cosas que no se aprenden en los libros, sino que se aprenden en la calle. Y en los pueblos hay mucha calle. En la época del pueblo, los espacios vitales se reducían a tres: tu casa, la escuela y la calle. Ésta última comprendía todo lo que no eran las anteriores: la plaza, el río, la huerta, el monte… Y en los otros dos se pasaba sólo el tiempo necesario, el de la obligación, pero el tiempo más deleitoso se pasaba en la calle.

No necesitábamos el móvil para quedar a tal hora en tal sitio. Salíamos a la calle y allí estaban tanto los amigos como los enemigos. Tú te ibas hacia los amigos y comenzabas a vigilar los movimientos del enemigo. A menudo, las enemistades se dirimían en partidos de fútbol en donde el primer punto de fricción era la medida de las porterías. Otras veces, nos pasábamos al enemigo porque el padre de alguno de ellos, el tendero, le había dado para merendar una bolsa con las sobras y recortes de las galletas. Esa tarde, el enemigo ya no era tan enemigo, por lo menos hasta que se terminaban las galletas.

Yo creo que fue allí, en el pueblo donde aprendí la técnica del contagio. Ahora (y antes también) se tiene mucho miedo al contagio de ciertas enfermedades: SIDA, enfermedades venéreas, gripe… Y la verdad es que en aquellos años del pueblo, el contagio era visto desde otro punto de vista. Por ejemplo, los chavales teníamos que pasar el sarampión y sabíamos que cuando tocaba pasarlo, te ponías rojo como una uva, te subía la fiebre un montón, y te dolía la cabeza. Pero a cambio, si tenías suerte, cuando se pasaba la fase aguda, como tenías que estar en cuarentena, tenías unas “vacaciones” a base de no ir a la escuela y recibir toda serie de cuidados de la madre solícita –¡ay las madres!- que te entraba zumos a la habitación, te daba de comer lo que te apetecía y te compraba tebeos nuevos para leer en la cama. Yo ya tenía pensados los tebeos que me iba a leer cuando cogiera el sarampión, menuda gozada. Y creo que ya os he contado –y si no os lo contaré otro día- en esa fase era cuando las madres de los otros aprovechaban para que su hijo, si no había pasado el sarampión, se contagiase. Porque pasarlo, había que pasarlo y cuanto antes mejor. Y allí que venían a verte los amigos para contagiarse. No mucho rato, porque donde mejor se estaba es en la calle y bueno, amigos sí, pero que te mejores, que ya te veré en la calle.

Y se marchaban a la calle a seguir contagiándose. Sí, porque tú podías llegar un poco mustio ese día y en cuanto te encontrabas con los amigos / enemigos siempre había alguien que te contagiaba su entusiasmo por jugar a alguna cosa. Y a lo mejor, el único problema era a ver por quién te dejabas contagiar, porque a veces había entusiasmados por jugar a cosas diferentes y ahí estaba la capacidad de contagio para ver quién de los dos contagiaba a más gente y se jugaba a lo que éste quería. A veces, pocas, faltaba ese “entusiasmado” y entonces era como no tener el sarampión, nadie se contagiaba y empezábamos con los “bueno”, “vale” “pero…”

De todas esas tardes, he aprendido la importancia del entusiasmo, y del entusiasmado. Bueno, y también del contagio. Procuro ser un entusiasmado y practicar el contagio –joer, qué peligro, un nuevo caso Maeso-. Y me dejo contagiar. Y tengo como un tesoro a las personas –pocas- que me llevan a ese entusiasmo, que me contagian con su mirada, que me llenan del sarampión de la alegría haciéndome subir la fiebre hasta casi insoportables niveles de felicidad. Personas, que al verlas, ya sonrío, y que en el contacto transmiten fuerza, ganas de vivir, emoción. Y cada vez que las veo, voy hacia ellas para contagiarme, aunque haya pasado ya el sarampión. Y si hace tiempo que no las veo, las recuerdo, y parece que incluso así, ya me contagio. Y pienso, qué bonito poder tenerlas cerca.

Amigos. Porque ahora, los enemigos ya no juegan al fútbol y la calle ya no es tan ancha. Y ya no sería lo mismo, porque mediríamos las porterías con algún extra que saliera del móvil de alguno de ellos. Y ya no habría pelea por si vuestra portería es más grande o está más inclinada. En fin, que también me gustan las aceras, pero no son la calle. Y no todos los amigos son entusiasmados, aunque son amigos. Pero siempre hay que saber dejarse contagiar.

domingo, 3 de junio de 2007

EL LEVITADOR

Por Rufino Pérez

La mañana soleada, primaveral, vestida de colores y manso ruido de ciudad que despierta, invitaba a disfrutar de toda una mezcla de sensaciones que se desprenden de la actividad ciudadana. Me quedaban 45 minutos antes de entrar en mi querido despacho y cambiar el perfume del parque donde me encontraba, por el de ambientador lavanda one touch instalado en la pared norte del rectángulo de 17 metros cuadrados en donde trabajo 40 horas semanales según nómina.

Mis ojos se perdían entre las figuras que entraban y salían en su campo de visión. Miraban tal vez, pero no veían; tan solo creaban para mí un suave manto aterciopelado por el que se deslizaba mi tiempo de recogida evasión.

Por alguna razón, de ese fondo de figuras sin nombre, en un súbito arrebato, se hizo imperiosamente presente una voz femenina.

- Hola Carlos, ¿qué haces aquí? Vaya sorpresa. ¿Te encuentras bien?

En dos segundos –nunca llegaré a entender la infinita precisión y capacidad del cerebro- yo estaba embelesado contemplando en todo su esplendor a mi amiga y compañera de estudios, Marta, mi dulce Marta.

- Hola Marta, sí, sí, me encuentro bien, gracias; es que suelo quedarme un poco “colgado”, disfrutando de estas mañanas primaverales.

- Sí, es verdad, solías hacerlo en la universidad cuando te echabas sobe la hierba del campus y “desaparecías”, ¿te acuerdas?

- Claro, me llegasteis a llamar “el levitador” Y me hacíais bromas sobre si también “levitaban” todas las partes de mi cuerpo, o sólo algunas.

- Cuánto tiempo ha pasado de todo eso, pero te veo igual, dijo ella. No has cambiado mucho.

En el fragor de estas palabras, nos habíamos saludado con un par de besos inacabados, fundidos en el contacto de una mejilla y el tono irisado de unos pendientes. Y nos habíamos vuelto a sentar. Muy cerca el uno del otro, confidencialmente cerca.

Hacía años que no nos veíamos. No me demoré en calcularlo con exactitud, aunque podía haberlo hecho con un error de más menos 10 segundos. Pero no era eso lo que ahora precisamente me interesaba. La cadencia de su voz, esa mirada que siempre me había cautivado. -¿te has cambiado de piso? La última vez vivías en Tetuán. – Y sigo allí, vengo sólo por el trabajo. Sus manos eran todavía esas manos delicadas, tiernas, sensuales que se enredaban en mi pelo y me atraían hacia su boca. Me gustaba saborear sus delicados labios, perderme en la melosa suavidad de su lengua, que callada, buscaba penetrar de otro modo en mi conciencia.

-Yo venía a visitar a una amiga. Me ha llamado con urgencia y después, cuando ya estaba en camino, me ha vuelto a llamar diciendo que lo sentía, que no podríamos vernos hoy, que ya me contaría.

- Las amigas siempre son un poco imprevisibles, le dije yo.

Y estaba mirando sus ojos, brillantes, grandes, negros como su pelo, profundos como el abismo en que me sumergía cada vez que, en otros días, sus caricias se entregaban sinuosas a mi solitario mar.

- Pero vivo cerca, ¿tienes tiempo?

- Sí, claro.

Ninguno de los dos habíamos medido el alcance del último byte. Y ahora estábamos en su piso, sentados en el sofá y con un par de vasos on the rocks sobre la mesa.

Sentados muy juntos, confidencialmente cerca, muy cerca. Yo podía notar el perfume de su pelo, percibía también el ritmo de su respiración, un poco agitada. Sus pechos se marcaban perfectos tras la blusa blanca. Seguía con la costumbre de no llevar sujetador. Todavía podía hacerlo con sus pechos suaves pero turgentes, con una areola amplia, voluptuosa…

- Te has quedado callado de repente.

- Sí, perdona, estaba en otro tiempo. Han pasado varios años pero aún tengo la sensación de ser algo tuyo.

- Bueno, eso pasó ya. Ahora es otra cosa.

Lo dijo con una voz más temblorosa que afirmativa. Y entonces desvió la mirada e instintivamente mojó los dedos en la bebida. Inclinando levemente la cabeza hacia atrás en un gesto que realzaba su sensualidad, deslizó las yemas húmedas por delante del cuello, llegando al nacimiento de los pechos.

- ¿No tienes calor?

- Sí, la verdad, estoy ardiendo.

- Hombre, no exageres.

Las palabras se mezclaban con las sensaciones. Entonces ella, con un ademán natural, de sencilla desenvoltura, volvió a mojar los dedos y me los puso en la frente. El líquido cayó en un pequeño hilo y se desprendió hasta la boca. Lentamente lamí con la lengua una gota apenas, en un gesto al que mis manos acompasaron tomando un trozo de hielo que todavía flotaba en mi vaso. Lo mantuve un segundo entre su cuerpo y el mío hasta que sus ojos y su sonrisa me dijeron algo, un destello que llevaba el mensaje cifrado del juego amoroso. Al mismo tiempo sus piernas se entreabrieron buscando una posición más cómoda. Notaba su respiración más alterada. Las areolas de sus pechos habían cobrado vida y se marcaban insinuantes. Tenía las piernas más bonitas del mundo y las conservaba intrigantes, con unos muslos que se perdían en un pequeño bosque de azabache y ámbar.

Lentamente, durante unos segundos, froté el cubito entre mis dedos y me lo puse en la nuca.

- ¿Te traigo más hielo?, parece que te ha subido el calor de pronto.

Había dicho esto con una sonrisa sibilina, y su mirada se clavó en el punto exacto de mi pantalón donde la presión sobre la tela quería hacer saltar la cremallera.

- Creo que no es un problema de hielo, añadí con voz temblorosa.

Instintivamente, tomé sus manos, que se ofrecieron sin resistencia. Coloqué en ellas el cubito de hielo. La atraje hacia mí e hice que las cruzara sobre mi nuca. Teníamos los ojos frente a frente. Los labios podían rozarse tan sólo avanzando un milímetro. Respirábamos la parte de aire que cada uno prestaba al otro. Sus manos se sujetaban en mi nuca, bañadas en el agua fresca que se desprendía. Las mías comenzaron a liberar sus pechos de la cárcel de la blusa. Sus piernas, todavía más abiertas, cruzaban bajo la falda con las mías un infierno de fuego y pasión. Noté la caricia húmeda del final de unos muslos acogedores. Ardiente encrucijada destilando bálsamo de ambrosía, celebrando gozosa una pasión que anunciaba un apoteósico final

- Somos unos locos que viven de los recuerdos, dijo ella.

Palabras que yo ya no escuchaba, beodo de pasión, viviendo en el paraíso de lo inalcanzable, del ayer renovado, huidizo y diferente. Las olas pasionales de una tempestad conmovedora y triste a la vez amenazaban con romper el crisol de lo que fue y ya pasó.

El tiempo se detuvo en el último botón de la blusa. Y ella con su sonrisa, agradeció el deseo contenido que yo le ofrecía. Una última gota se desprendió de sus manos, enlazadas todavía a mi nuca. Me miró y la miré de nuevo a los ojos. ¡Dios, qué preciosa aparecía ahora envuelta en el perfume sensual del momento!

-Tienes que marcharte, ¿verdad?, musitó ella temblorosa.

No hubo respuesta. Apuré el vaso y mis pasos se encaminaron hacia la puerta que al cerrarse, dejó en el aire un “gracias, sigues siendo mío… como entonces”.