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lunes, 11 de abril de 2011

Nunca mais


A Esther-Ana Álvarez, in memoriam


Estamos en tiempos de despedidas, así que no va a resultar disonante que yo hoy publique este post aquí. Y si así fuera, me la traería floja: es época de adioses y de crisis, de modo que sálvese quien pueda. Al fin y al cabo, mi amiga ya no va a poder leer estas líneas.

Se llamaba Esther y nació un 7 de noviembre de final de los cincuenta. Yo la conocí en la ciudad condal en los primeros noventa. La casualidad quiso no sólo que compartiéramos nombre y signo zodiacal, sino también espacios geográficos –y eso que ambas éramos inmigrantes en Barcelona y procedentes de zonas distantes entre sí-, intereses profesionales e intereses académicos.

Coincidimos en las aulas universitarias, primero las dos a un lado de la tarima en los estudios de tercer ciclo, luego en el bando contrario: tenía una habilidad especial para la preparación de las clases, sin duda por su mucha expertise, dado que me llevaba justo una década de ventaja –exactamente 10 años y 1 día- y se conocía los trucos de la didáctica del inglés al dedillo. Muchas fueron las tardes que pasamos mano a mano preparando ítems para exámenes y redactando Reading comprehensions de textos sobre Algonquian Cinderellas y empowering feminism.

Era menuda y de ojos azules. Con frecuencia me vi tentada de descubrir, no sin orgullo, un cierto paralelismo entre nuestras personas cuando afianzamos la amistad y nos dio por intercambiar confidencias del tipo al que las mujeres somos dadas (familia, amores, desamores, sexo, hijos…). Pero siempre acababa por concluir que, en realidad, el paralelismo no era más que fabulación mía: ella era mucho más animosa y decidida, y poseía la portentosa y admirable capacidad –admirable al menos para mí, que no la poseo- de saber separar el grano de la paja, es decir, elegir lo que merecía la inversión de sus energías –o preocupación- y descartar el resto sin miramientos.


Así que cuando circunstancias de la vida hicieron que siguiéramos caminos divergentes y supe de su enfermedad, nunca dudé de que la superaría con éxito: había criado dos hijos prácticamente sola, trabajaba más horas al día más meses al año de lo que los estándares de salubridad actuales, ni siquiera los del s. XX, considerarían aceptable, y por fin había podido realizar su sueño de defender en su propia universidad una tesis doctoral. El ánimo, el buen ánimo, y la buena disposición mental son fundamentales para la curación, vaticinan a diestro y siniestro los gurús de la medicina. Y ella los tenía, a pesar de todo.

En una sala lateral del patio de letras del histórico edificio de la Universidad de Barcelona la vi por última vez, poderosa y diestra en aquel melieu académico al que yo ya me había rendido, defendiendo con diligencia sus hipótesis sobre las narrativas orales en inglés. La famosa frog story nos había unido unos años antes y me había abierto las puertas de su guarida familiar, muy cerca del hospital Clínico. La frog story y sus narrativas cerraron también nuestra historia, aunque de aquel momento haga ya 10 años largos y yo no haya tomado conciencia hasta ahora.

Porque Esther se fue sin yo saberlo. Su buen ánimo y buena disposición mental no fueron suficientes esta vez para vencer la enfermedad. Las postales navideñas que cada año le enviaba y que nunca me fueron contestadas hoy adquieren un nuevo significado. Debo admitir que prefiero no imaginar hoy lo que en realidad fueron sus silencios, que yo atribuí al estrés derivado de su –suponía que- nuevo estatus entre el staff académico universitario y a la consiguiente falta de tiempo. Si en lugar de 10 años hubieran sido 5, la tecnología habría jugado en nuestro favor. Pero los acontecimientos, especialmente los luctuosos, no se programan ni se planean: sencillamente ocurren. Como ocurrió hoy el fortuito encuentro con el portador de tan malas nuevas: aunque sólo fueran nuevas para mí, ello no las hace menos malas.

Te he evocado a menudo este tiempo, Esther; he recordado cómo nos unieron nuestros intereses académicos hace ya tantos años, el amor que ambas profesábamos por esa lengua, el inglés; cómo nos reímos redactando aquel paper sobre los intercambios orales a partir del clásico de Lolita con Peter Sellers y James Mason de protagonistas. Me he preguntado también por tu salud, por tu matrimonio, que atravesaba malos momentos, por tus dos hijos con quienes compartí algo más que una comida y una visita al supermercado. Me he alegrado a distancia de la que imaginaba tu despuntante y ansiada carrera académica después de superar cum laudem esa prueba que tanto nos atemorizaba a ambas. Y sin duda, te he tenido presente cada uno de estos 7 de noviembre que han transcurrido desde que dejamos de vernos. Pero jamás, jamás, jamás pude imaginarme que tus silencios significaran tu ausencia ya definitiva.

Esta foto de las dos, tomada en París en 1998, ocupará a partir de hoy un lugar privilegiado entre la memorabilia digna de ser salvada del olvido. Porque desde hoy sé, y no puedo hacerme a la idea, que nunca mais, Esther Álvarez, PhD. Nunca mais, compañera tocaya.

sábado, 6 de marzo de 2010


POÉTICA DEL AMOR
Por Antonia Martos


“Para pensar en ti Cierro los ojos Está limpia la tarde, y apenas si se mueve Canturrea…”
Anotación para una futura poética del amor
Eduardo Chivite Tortosa


La niebla
es mi respiración,
mi garganta
mi estómago,
el dolor de entrañas
que produce este golpe
fuerte, profundo,
de mi hacha.

La sangre a borbotones
sobre el agua muerta
son tus recuerdos,
también mis gritos,
insaciables,
que buscan el rumbo
sin alejarse, sin miedo,
como la gente de mar.

Pero aún puedo cerrar los ojos
en la noche rasgada;
buscar tu boca
desnuda,
respirarte
de nuevo,
apartar el fuego
que nos separa.

.

domingo, 28 de febrero de 2010

LOS 80/08

Por Rufino Pérez


La doble cara de la moneda. El sabor dulce que se torna agrio y condensa después en el tiempo en nuevas formas de gusto.

Un pueblo que miras con sonrisa mientras subes sus cuestas hasta la plaza de la iglesia-catedral, en cuyo extremo, unas puertas de antaño dan paso a un patio de antaño y unas escuelas de siempre. En la parte alta, las aulas del instituto y más alto todavía un internado –masculino-. Mi primer destino después de las opos, comenzadas unos años antes y que me llevaron fuera del territorio MEC –la luna y el pozo de Miguel Hernández, Galdós y el costumbrismo de Mesonero Romanos me abrieron las puertas ese año-. Volar, salir con un sueldo en el bolsillo y una novia los fines de semana atravesando la niebla y la nieve del Torre Miró.

Él había venido conmigo el primer día con el orgullo pintado en el rostro y yo tenía el mío bien guardado, pero alto. Yo no tenía coche, pero sería lo primero que compraríamos-así decíamos en las conversaciones familiares- cuando hiciésemos algo de dinero.

La segunda semana regresé con un compañero, en su coche. Y el amanecer me trajo la cara compungida de la patrona de la casa de alquiler que nos habíamos buscado para ese año. Y la noticia: tu padre ha tenido un accidente. En dos minutos, el coche dio la vuelta y deshizo el camino. Ambos, mi amigo y yo sabíamos que íbamos a encontrarnos con un cadáver.

Se me fue cuando ni la más leve sombra había anunciado su partida, aunque las sombras de la noche fueron quienes le envolvieron aferrado a su volante de trabajo.

Esa década de los ochenta tiene para mí un antes y un después. Justo por la mitad. Justo por el filo por donde la moneda no puede romperse.

Y unida queda hoy, en una sensación de variados recuerdos: noches de trabajo neófito preparando clases, gentes acogedoras, alumnos de pueblo de mantas y flaons que luego cambiaría por la plana de naranjos betxinenses. Matrimonio, vida nueva, ilusión, más amigos, la playa, una casita con vecinos que todavía sacaban por la noche las sillas para charlar a la fresca…
De Castelló a Almazora chis pum, tralara.. que yo cambié por de Castelló a Zaragoza en vacaciones..

Y en el anverso de la moneda, esos años anteriores al 5, Zaragoza la nuit, post soflama del tejerazo, relectura de los clásicos –para preparar las opos-, roscón de Reyes en el Plata, trabajo en Academia –Escuela de Marketing dirigida por descendientes de Monseñor (E. de Balaguer)- exculpado de participar en actos y cursos de adiestramiento por mi condición de “especialista”, sabedores y respetuosos con mi no confesionalidad, aunque siempre “dispuestos a”; lecturas alborotadas de lo que caía –confieso que poco-, deporte y poca tele también –aunque bebí de todo, incluido el 1, 2, 3-.

En fin, que aquí estoy con ganas de seguir aprendiendo un par de décadas después de aquella lluvia sólo a ratos amarilla.

martes, 23 de febrero de 2010

Intento formular mi experiencia de la década.

Por Carlos Rull

"Pero también es cierto que es una bestia el niño"

Jaime Gil de Biedma


"¡Se sienten, coño!" retumba en la sala la fatua voz por encima del atronador guitarreo de Barón Rojo. Y entonces Diana se atraganta con su ratón ton ton. Annibal se traga el puro del susto, otro plan que no sale bien. Mcgiver saca el bic cristal - escribe normal -, los PetaZetas y el envoltorio de un Tigretón para convertir su 600 en un De Lorean. Michael Knight ha salido zumbando que se las pela en su 131 Supermirafiori en dirección a Perpinyà. En las sedes de muchos partidos algunos líderes se hacen KK de Luxe en sus pantalones de pana mientras se les encogen los pegamoides. En la bola de cristal el futuro se ve chungo, así que la bruja Avería y los electroduendes solicitan asilo en Alaska. Cunde el horror en el hipermercado, y Espinete y Don Pimpón aprovechan para sisar un par de vinilos de Cyndi Lauper. Pepi, Luci y Boom no se maquillarán hoy y se les ha quedado cara de extras de Thriller. A Rick Astley ya no le apetece estar together forever, se siente más bien en the final countdown. Antes de bajarse al moro, la rana Gustavo afirma que "ni el 12 a 1 a Malta compensa los sustos de vivir en este país". Y no nos podemos ir con Starbuck y Apolo, ni con Buck Rogers, ni con el Doctor Who, en busca de otra galaxia por explorar.

Hoy no me puedo levantar del sofá. Nadie puede. Permanecemos todos pegados a nuestra televisión en blanco y negro y sin mando a distancia. No hay muchos canales donde elegir. Yo, que siempre quise ir a L.A., y ahora estoy aquí sentado, ante la tele, en este país triste y solitario. "¡Se sienten, coño!". Así somos y así seguiremos. Nadie, nadie puede cambiarnos.

Pero es mentira. Hemos cambiado. Los 80 son ya mito, leyenda, fábula, de vez en cuando relato de terror. Y yo he querido viajar en el tiempo sin un condensador de fluzo y me ha salido una frikada. En realidad, aquel día, hace ya 29 años, yo estaba contento porque, por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender, no tuve que ir a clase extraescolar de inglés. Pasé la tarde jugando con los clics de Famóbil - indios y vaqueros - y probablemente me la traía floja la música que ponían en la radio o dónde estuviera L.A. o que Madrid se moviera o dejara de moverse o el golpe de estado o el estado del golpe. Recuerdo algunas caras de susto y alguna de disimulada satisfacción. Creo que cené tortilla de patatas.


lunes, 8 de febrero de 2010

Visiting Memories / Recuerdos de visita


Thanks to Suzanne Vega,
always so inspiring


Like an ordinary child
you sit face-front in class
-take care to hide your left profile.

The skipping of pre-schoolers in the playground
makes you drowsy, their chanting
comes suddenly front
and subdues school talk,
academic prattle.

No words to give you heart like
‘it’s OK, your panties won’t show in the file’
or
‘you overdid your gloss today’.

That’s how the underclothes come to show
and your lips tinge the glass over the meal
and make a smudgy mess all over your mouth;
everybody laughs and you get a dumb feeling,
you don’t find it a bit comical.

A leap of time years ahead
with the skipping recast somewhat.
You make do with no underwear or lipstick
for gaffes,
cutting down to essentials.

A safety pin clips your heart
to the lining of your skirt,
it comes loose every night.
Bust –extra-raw terra-cotta-,
gets hooked in place daily at 8 a.m.
Ordinary stuff.
Limbs, blank extensions
in lieu of boughs of a sort,
stopped growing time back
-no supple birch no more-,
you keep them on non-stop
by way of granting touch somehow.

Yet another leap of time
and unaccountably you dream
you learn to have a life.




Como una niña cualquiera
te sientas de frente en la clase
-evitas el perfil izquierdo.

Los párvulos jugando a la comba
te aletargan, su canto pasa a primer plano,
y enmudece la cháchara,
el parloteo escolar.

Vagas palabras de ánimo:
‘tranqui, no se te verá el viso’
o
‘te pasaste con el pintalabios’
las dice la boca de nadie.

Así es cómo sí se te ve el viso
y cómo embarras el vidrio a la una,
el rojo pintarrajea desde la comisura al mentón
y todo el mundo se ríe, y te sientes expuesta,
no te parece gracioso.

Un salto adelante en el tiempo,
la comba ha cambiado un tanto.
Te abstienes de visos y rouge
-deslices seguros.
¡Recorta, tiro a lo esencial!

Un imperdible en la falda
te amarra las entrañas,
lo sueltas cada noche.
El busto –pura terracota-,
lo ensartas a las 8 en su sitio.
Nuestro pan de a diario.
Brotes de antena, a falta de miembros,
quisieron dejar de crecer tiempo atrás
-madera vieja a fin de cuentas- ,
los llevas puestos día y noche.
Garantía de contacto.

Un nuevo salto en el tiempo
y sin saber cómo ni por qué
sueñas que aprendes
a tener una vida.


sábado, 30 de enero de 2010

Tras la carrera del tiempo.





Un escalofrío,
tierno temblor,
serena
el sudor que traigo
conmigo, niña,
que asomabas entre barrotes,
ahora carcomidos,
de un tobogán en la plaza.

Velando tu sueño
de volar más alto
se han volcado las tardes
de estío
sobre mis espaldas otoñales.

Vengo corriendo,
deshago la huida
y trasiego el tiempo.
Y os veo,
y os siento.

Apenas llega la lluvia previnente
al brocal del pozo,
sólo un instante se anuncia
un sollozo
apenas audible, gozoso,
porque vuestra risa,
niñas,
junta las tablas
heridas,
une los despojos
y tiembla
junto a la vieja casa
donde un día
y otro día
rojo polvo de tierra roja
pintó vuestros sueños
de un color tan vistoso
que nunca, nunca
recordaréis
como yo ahora,
lo veo.

Es mi color,
mi sudor,
mi alegría.
Vosotras sólo,
artistas divinas
de la vida.

martes, 29 de septiembre de 2009

Problema (de los de antes)

Por Carlos Rull,
en la semana temática "Vuelta al cole".


Aprender sin pensar es inútil;
pensar sin aprender, peligroso.
Confucio.

Un individuo A sale de un punto B para dirigirse a un punto C, otrosí llamado Escola Pía, dios nos libre de todo pecado, morena de la serra, de Montserrat estel, que buenos son los padres escolapios... El citado punto C dista, a paso de escolar amodorrado o alelado, unos ocho minutos - cuatrocientos ochenta segundos según el sistema hexagesimal - del supradicho punto B. Teniendo en cuenta que el individuo en cuestión pasará seis lapsos de sesenta minutos - trescientos sesenta segundos - en una zona paralelográmica cuya superfície de ajado terrazo hállase cubierta de verdes y deslucidos pupitres y en cuya pared frontal cuelga un enorme encerado verde, y teniendo también en consideración que dicha situación se repetirá consuetudinariamente cada jornada laboral durante - en caso de resultados suficientes - un mínimo obligatorio de ocho años ampliable indefinidamente (¿se puede abandonar la condición discente?), y que en el supra mencionado espacio paralelepipédico el individuo A será receptor pasivo de información oral unilateral, calcúlese:

a) el tiempo que el individuo A habrá perdido en el punto C, así como el tiempo que habrá aprovechado, teniendo como dato el subapartado 2 del apartado c) de este ejercicio.
b) el tiempo que el individuo perderá desplazándose del punto B al punto C - teniendo en cuenta, recuérdese, el trayecto de regreso, con parada incluida en la tienda de LOS chuches.
c) el porcentaje exacto de conocimiento útil que el individuo A asimilará durante el lapso total calculado en el apartado a), teniéndose en cuenta que:
  1. el porcentaje de docentes realmente interesados en su trabajo es de un 20%.
  2. el individuo A pasa el 50% de los lapsos de sesenta minutos pensando en otra cosa.
  3. el porcentaje de uso de teorías pedagógicas constructivistas, apoyo psicopedagógico, técnicas de motivación, adaptaciones curriculares, competencias básicas, mediación, escuela inclusiva y otras zarandajas es, gracias al cielo, del 0%.
Una vez obtenidos todos los datos correspondientes al problema anterior, reflexione y responda:
a) ¿Por qué el individuo A, tantos años después, tiene considerables problemas para escribir un sencillo poema evocador de su etapa discente?
b) ¿Por qué cuanto más lejos está uno de la infancia, más pretende reconstruirla y revivirla?
c) recupere una pregunta abandonada aparentemente al azar en el enunciado principal: ¿es posible abandonar la condición discente?

d) ¿hubo, hay o habrá algún día en algún lugar un sistema educativo que de verdad funcione? Otrosí, ¿hay en el orbe alguna criatura verdaderamente interesada en que tal sistema exista?

domingo, 22 de junio de 2008

ALLÁ, POR VILLEL.

Por Rufino Pérez

Aquella madrugada, cuando la voz de mi madre me sacó de las profundidades del sueño, yo pensé en decirle que no, que me dejara en la cama, que no me iba a levantar. Pero tenía la boca como pegada, o tal vez era el sueño el que me hacía delirar, porque pensé que se lo había dicho y poco después, cuando estaba delante del espejo, reconociéndome en aquella cara de oveja infantil, despeinado y con dudas sobre si abrir los ojos del todo, supe que no había dicho ni palabra y que me había puesto en pie, apenas recibir el aviso, en aquella fresca mañana de mayo, 6:00 a.m.

Nos costaba media hora llegar a la Fuensanta y la misa duraba otra media hora más o menos, así que ya teníamos calculado que saliendo a las 6.30 llegaríamos a las 7:00 justo para la misa que nunca comenzaba a la hora porque dependía de que el seiscientos del cura, blanco y un tanto viejo, hubiera llegado puntual. Pero no tenía tiempo de pensar, así que cuatro chapuzones de cara, las orejas, que siempre vigilaba mi madre antes de salir, y a correr. Bueno, pasando antes por la cocina para saborear la leche con cola-cao que tenía humeando desde hacía un rato, con dos magdalenas de la última amasadura en el horno del pueblo y que todo en conjunto sabía a gloria.

Mi padre había salido a cazar a eso de las cinco y ahora, seguramente, estaría en el puesto acechando la sed de las primeras piezas. Mi madre, trajinaba por la casa entre el ruido de los cacharros y el agua del fregadero.

Cuando salí a la calle, después de pasar la revisión ante los ojos escrutadores de la sargento mayor-madre que comprobó que no llevaba cera manifiesta en los oídos y que la raya del pelo estaba recta, mi amigo todavía no estaba en la puerta. Doblé la esquina para bajar hacia su casa y ya lo vi caminando hacia mitad de la calle.

- Te he ganado, fueron los buenos días del saludo.
- Bah, el otro día te esperé yo en la puerta.

Y así sin más, estábamos ya enfilando la carretera, hacia el puente, notando en las piernas el frío de mayo subir por las rodillas peladas en rojo de mercromina, desde la última caída en la plaza.

- Seguro que cuando lleguemos, todavía no está el mosen, le dije a mi amigo.
- Bah, de todas formas, nos esperará dándole alguna calada al ducados.
- ¿Cogemos el atajo?
- Sí, como siempre. Pero esta vez, sin hacer carreras, que hoy no me apetece mucho.
- Vale, hoy la echaremos al saltamontes más gordo.
- Ah, bueno, eso sí, pero sólo tres cogidas y a comprobar, ¿vale?
- De acuerdo, en tres cogidas.

Y con poco más, habíamos pasado el molino, la rambla y estábamos en los Baños. La parte central, cerrada y mortecina era el heraldo viejo de lo que en un tiempo fueron aguas medicinales, a las que venían muchos valencianos a hacer curas de quince o veinte días. Eran otros tiempos, según me había contado mi abuela muchas veces.

Llegamos al atajo y tiramos para arriba. Al pisar las hierbas, los saltamontes salían de aquí y de allí. Tres cogidas. Esa mañana ganó mi amigo con un saltamontes pardo y gordo que a mí se me escapó por los pelos y él tuvo la suerte de cerrar la mano justo cuando iba a saltar otra vez.

- Venga, hay que darse prisa, que no llegamos, nos dijimos casi a la vez.

Corrimos un trecho y llegamos al santuario después de haber tirado un par de piedras al montón de la tumba misteriosa que hay a la derecha del camino, casi a la entrada.

El cura no había llegado. Bien, “porque los monaguillos deben llegar antes que el sacerdote”, eran las palabras del mosen. Bebimos agua. Un agua fresca y suave, de puro buena. Y nos sentamos a esperar. La soledad de la ermita, los árboles, la otra ermita de más arriba, la Aparecida, y los pájaros esperaban con nosotros.

Esa mañana no vimos llegar el seiscientos del cura. Sin necesidad de reloj, supimos que era hora de volver. Algo habría pasado, pero ya lo sabríamos al salir de la escuela. Ahora, había que darse prisa para poder llegar a punto para pasar por casa, coger la cartera y a escuela pitando.

Y cuando por la tarde, a la hora en que ya no nos acordábamos de lo que habíamos hecho por la mañana, el mosen nos dijo que no le había arrancado el seiscientos, nosotros supimos que se le habían pegado las sábanas.

A la Fuensanta, le había faltado una misa. Nosotros habíamos ganado un poco más de amistad y una lagartija rabota que cogimos a la vuelta. Ahora estábamos merendando y lo que importaba era terminar pronto para empezar a jugar.

Tiempos aquellos.

martes, 22 de enero de 2008

"...mas polvo enamorado."

Por Carlos Rull

El brillo intenso del sol matinal atraviesa juguetón las cortinas y acaricia con alegría el sofá y el mueble del salón. Hoy volverá a pedírmela. Siempre lo hace los raros días en que aún hace sol y él lo siente sobre la piel curtida de su rostro. Se acomoda con dificultad en la mecedora después de pedirme que la encare al balcón para recibir el vivificador calor de la mañana. El comedor parece que se convierte en un trocito de primavera en pleno invierno. Le gusta sentir el tacto luminoso, el roce meloso y confortable del sol sobre su tez avejentada.

Después de pedírmela, nunca se impacienta. Sabe que suelo estar muy atareado y que puedo tardar unos minutos en poder llevársela. No tiene prisa. Le gusta esperar meciéndose suavemente y tarareando viajas canciones, como si el calor y la luz del día le cargaran de vida. Le gusta esperar: hace años que convirtió su vida en una paciente y resignada espera. A pesar de todo, yo procuro acabar deprisa lo que sea que esté haciendo, y, finalmente, me acerco con la foto en las manos y se la doy. Creo que podría ir a buscarla él mismo si quisiera, pero prefiere hacer las cosas así, convertir estas mañana soleadas en un ritual íntimo. Le gusta que se la lleve yo y que me quede un rato observándole, en silencio, para que él crea que yo no sé que él sabe que sigo ahí. Le gusta este ritual de aguardar mi llegada con la foto de la abuela en su marco de madera.


En el momento de coger el marco siempre tiene la misma expresión en el rostro, la de un niño abriendo su regalo el día de Reyes. Me sonríe, me da las gracias y la contempla fijamente con infinita ternura. Pasa lentamente las yemas de sus dedos por la madera y el vidrio, con ternura, cariño y un extremo cuidado, cual si fuera la misma piel de mi abuela la que estuviera acariciando en lugar de la única foto que pudo conservar de ella. En alguna ocasión una lágrima furtiva ha asomado a sus ojos, pero mi abuelo nunca ha sido persona afín a los dramatismos ni a la sensiblería. Suspira, y sigue contemplando la foto, reconstruyendo en su memoria todos y cada uno de los detalles del rostro de mi abuela. Sabe que yo sigo ahí, y siente el infinito respeto con que le observo, y sabe también que me iré enseguida porque jamás me atrevería a violar la casi sagrada intimidad de esos momentos. Yo, por mi parte, sé que en cuanto me vaya él empezará a hablar en voz muy baja, en un susurro casi inaudible, y que le explicará a mi abuela, como siempre desde hace años, todo lo que ha ocurrido en casa, en la ciudad, en el mundo, estos últimos días. Más tarde, al abrigo ya del sol de mediodía, hablará de él mismo y evocará tiempos lejanos e imaginará futuros inciertos. Su susurro constante, que oigo, a veces, desde mi despacho o desde la cocina, tiene más de vivaz diálogo que de monótono monólogo. A menudo le oigo reír, y siempre, en algún momento, le oigo cantar. Le gusta sobre todo Suspiros de España. Era su canción, creo. El primer pasodoble que bailaron juntos. Y en toda la mañana no deja un solo momento de contemplar y acariciar la foto.

Hoy volverá a pedírmela. Y poco antes de que yo le avise para comer, será él quien me llame para rogarme amable, afectuosamente, que la vuelva a dejar sobre la cómoda de su habitación, y se despedirá de la foto con otra lenta caricia y una última mirada de puro amor al rostro sonriente de mi abuela.

Hace ya años que mi abuelo se quedó ciego.