
El pobre entomólogo estaba triste y se sentía como un capullo mientras miraba mosqueado la mosca de la tele, en su televisor plagado de antenas y zumbidos.
Su afición le hacia la vida imposible porque amaba a los bichos con delirio y su insectívoro amor le chinchaba noche y día entre picotazos, retorcidos picores y apasionados mordiscos ,mientras escuchaba su particular canto de sirenas recitado por una orquesta de cigarras , grillos ,mosquitos trompeteros y zumbados coros, con la abeja reina de solista.
Las mariposas se le metían por las entrañas avivando emociones en technicolor, mientras en sus oídos le susurraban palabras de amor las moscas, que siempre tenía detrás de las orejas y las garrapatas se aferraban a su cabeza para parasitar sus sensaciones y absorber sus pensamientos.
Apenas comía porque su comida la dejaba caducar para compartir festín con los gorgojos del arroz, con los gusanillos de las verduras y tanto los quería, que hasta compraba todos los días pan recién hecho, para las larvas y escarabajos de la harina, y hasta dejaba que la mosca de la fruta se zampara el postre.
Su aspecto era lamentable con la ropa apolillada, el pelo llenito de piojos ocupas y una cohorte de cucarachas sobresaliendo del, ya escaso, dobladillo del pantalón recosido con hileras de hormigas y apedazado con cera de abejas.
La carcoma reinaba entre sus muebles y acompañaba su soledad con crujidos devoradores mientras él se sentaba en la única silla de plástico, para no molestarla y se acostaba en el suelo para no hacerle la competencia con sus ronquidos.
Sus lámparas eran de arañas y entre sus bombillas revoloteaban mariposas atraídas por la luz, que él siempre dejaba encendida para que no tropezaran y pudieran bailar agarraditas a sus parejas mientras sonaba el último pegajoso éxito: la abeja maya.
Por el suelo, lleno de alfombras de césped artificial, había un tráfico increíble de cucarachas rubias y morenas, que iban esquivando alguna que otra pulga saltarina en una extraña carrera no autorizada por falta de sanidad y que acababa con el ganador celebrando su éxito, retozando victorioso en el desagüe del baño.
Cansado apagó la muda tele y echó un último vistazo a sus criaturas en sus escondrijos antes de irse a dormir, para desearles como siempre picantes y dulces noches y realizar el desagradable recuento diario.
Nuevamente lloró las bajas y retiró los cadáveres, ya deshuesados, envolviéndolos con mimo en ataúdes, que él mismo hacía con los capullos de seda y los guardó para lanzarlos al mar. Pocos insectos pueden navegar por el mar en vida y ese era su pequeño y espiritual homenaje.
Seguido por sus leales mosquitos, entró en la habitación y se recostó tan cansado que ni siquiera escuchó a las glotonas carcomas, ni tan siquiera notó como las incansables hormigas le arropaban con sus cosquillas y su caballito del diablo, su adorada mascota, le miraba con sus ojos saltones para contarle sus pecadillos como todas las noches.
Entonces y sólo entonces, comprendió que no había dejado cerrada a la mosca TSE-TSE y se durmió enfermo de sueño con la tranquilidad de saber, que ni muerto estaría solo, sólo agusanado.




