
Miro hacia atrás y sólo encuentro un lejano y dolorido olor a brezo.
Aún nada alienta en la alameda de los sueños y ya el carro de los cómicos se aleja lentamente.
JULIO LLAMAZARES en La lentitud de los bueyes
Por Ester Astudillo
Tiempo hubo, hubo un tiempo en que los hombres-buey
transitaban las lindes de los campos.
Entonces el dolor no era aún síntoma: era refugio,
y el arriero acogía la muerte sin ruido,
la paja del camastro ardía en la pira comunal después
o servía de lumbre para el puchero.
Es poso hoy ese tiempo.
No vale volver la cabeza y admirarse.
Las calendas no responden a aquella cadencia de piedra
anterior a los dioses, los jardines, las promesas.
Los hombres-buey no atienden a la ley de la rueda:
la que pactaron con su amo fue una servitud gentil
hecha de muérdago, brezo y almizcle,
remedo de sol y nieve y heno.
Luego el hilo con el huso, el álamo,
se añadieron al ajuar de barro y pasto.
No existe precio para la libertad
de una tregua en los campos.
La sangre la mece el calor de las ortigas, el beso y el deseo
antes del amor. Antes de que la siega abulte los arcones.
Los arrieros desconocen las palabras y la paz
para pintar el frío del lucero. Aunque duerman al calor
de las brasas lentas hundidas en su propia mansedumbre.
Ningún apremio.
Mandil, cántaro, azogue y guirnalda
son sólo nombres antiguos para los ciclos del año,
testigos mudos;
acaso la herrumbre del olvido.




