viernes, 26 de enero de 2007

Consecuencias del paso del tiempo

Por Iván Sánchez Moreno

En Betanzos no existe el tiempo, porque está de paso a perpetuidad. Trenes de un solo vagón paran muy de vez en cuando en una estación abandonada y triste, junto a un pequeño jardín dedicado a la memoria de Pablo Iglesias en el que priman colores alegres. En la estación cuelga un reloj sin luna ni saetas, lo que es muy significativo para un recién llegado.
En medio de la villa plantaron una reproducción idéntica de una fuente versallesca. El evento supuso el estreno “mediático” de la villa, a finales del siglo XIX, y la colocación de la Diana cazadora en mitad de la plaza se considera la primera imagen fotográfica que se tiene del pueblo.
Antaño Betanzos presumía de un noble pasado. La saga de los Andrade, en el Edad Media, hizo del lugar uno de los más destacados de la zona, entre Santiago y La Coruña, tirando hacia Ferrol. Por una de aquellas neuras provocadas por la mitomanía, Francisco Franco firmaba con el seudónimo de Jaime de Andrade sus artículos en el diario Ya –sí, también sabía escribir– y el guión de ese bizarro film de culto titulado “Raza”. Pero por rebautizarse uno no hereda la gloria ajena.
Uno de los antiguos feudales betanceiros, Don Fernán Pérez de Andrade, se ganó el apelativo de O Bo (el Bueno) por todas las obras públicas que promovió. Andrade levantó puentes, erigió iglesias –Santa María de Azogue y la anexa de San Francisco–, surcó caminos y cerró murallas. El “otro Andrade”, siglos después, lo demolió todo pero, eso sí, inauguró muchos pantanos.
Antes de morir, Andrade el Bueno –no confundir con “el otro”, el de mentira– mandó esculpir su propio sepulcro, un sarcófago de piedra apoyado en los lomos de dos toscas figuras (de inspiración céltica, dicen) de un jabalí y un oso. Todos los plañideros que rodean su cadáver, cincelados en la pesada losa que sella su tumba, restan para siempre decapitados y de rodillas.
Por expreso deseo del difunto caballero, el monumento funerario debía ubicarse frente al altar de la iglesia de San Fernando, para que los feligreses y las feligresas rezaran a un Cristo pendiente sobre el propio sepulcro del noble. Estos privilegios beatíficos le durarían poco, pues al poco de morir arrastraron su tumba hasta los pies de la iglesia y allí está desde entonces, semioculto en la oscuridad y criando polvo y pelusilla.
Betanzos recuperó a finales del siglo XIX parte del esplendor perdido 500 años atrás. Los hermanos García Naviera, dos progresistas liberales que habían hecho fortuna en las Américas, invirtieron su dinero en diversas campañas públicas, como la fundación de dos escuelas y un lavadero a orillas del río. Como nadie hace nada gratuitamente –al menos, no los ricos–, toda intención benéfica será siempre interesada, así que la filantropía de relumbrón de los hermanos García cruzó pronto el fino límite que separa la función social del capricho kitsch.
De los dos hermanos, el más prolífico y desprendido fue sin duda Don Juan. Este indiano criado en Buenos Aires quiso rendirle tributo a las 16 Repúblicas Argentinas construyendo (perdón: mandando construir) una enorme feria de vanidades aprovechando unos terrenos infértiles de eriales y charcas a la salida del pueblo –por cierto, al que se accede por una fea avenida dedicada a Fraga Iribarne–.
“La huerta de Don Juan”, que es como denominaron el recinto arquitectónico, posee todos los tópicos de un parque romántico, con su jardín, su laberinto, sus grutas, su laguito –en el que pasear en barca pelando la pava con una pija de época–, varios frescos costumbristas de temática bíblica, vivas en la pared a la monarquía española, y estatuas de piedra por doquier de leones y dinosaurios, ¡grrrrr!, pero también más de 300 bustos de Papas, emperadores y demás líderes de masas. Y todo ello con una profusión de lujos caducos y ostentación, repartiendo por doquier desde mármoles de carrara hasta árboles importados del Trópico.
Luis de Seoane llegó a calificar el engendro como Parque Enciclopédico, pues su pretensión pasaba por querer englobar entre sus muros todo el saber y el conocimiento de la Humanidad, inmortalizado con piedra, pintura y flores naturales. Gracias a la efímera fama de este parque de atracciones, en la década de los `20 del pasado siglo aún era habitual hallar el nombre de Betanzos en prestigiosas guías europeas de turismo. Desgraciadamente, tras la Guerra Civil el lugar en cuestión sufrió el mayor de los olvidos, y ha sobrevivido hasta hoy muy dejado de la mano de Dios, convirtiéndose aquél grandilocuente rincón del ocio frívolo en una ruina decadente. En el pueblo también ser le conoce como “El Pasatiempo”, y no les falta razón: el proyecto de Don Juan es una muestra evidente de los estragos del tiempo, que todo lo anticua.
A mayor escala, cabe preguntarse ahora qué será de las grandes obras de pomposidad perenne que crecen aquí y acullá, sea una Ciudad de las Artes, una Cartuja de Sevilla (ya saben, ese desierto de hormigón que hace tres lustros amparaba la Expo), el Fòrum de les Cultures, el falo de vidrio de Jean Nouvell, junto a las Glòries de Barcelona... Les pasará lo mismo que a Betanzos, a Ostia Antica o a las Pirámides de Egipto: que no pudieron evitar quedarse como meros mojones de un esplendor ya opaco.
La única alternativa para no pasar nunca de moda es caer en la neurosis obsesiva por ver quién tiene el rascacielos más grande, lo cual podría responder quizá a un blasfemo engreimiento por querer acercarse a Dios, o bien a la sublimación de una impotencia viril. Está visto que el mundo del arte es un filón para psiquiatras.

3 comentarios:

carlesrull dijo...

Bellísimo artículo, querido Iván. Pero lo que nunca debe caer en el olvido es que, entre los fastos valencianos de Ciudades de las Artes, de la luz, de la ciencia, palacios de la música en forma de inmensa pecera, acuarios megalómanos, altares papales babilónicos, pomposas regatas americanas, suntuosas presentaciones de bólidos del enano asturiano y demás caprichos peperos, en los institutos seguimos sin tener sustitutos cuando falta personal, durmiendo a los alumnos en barracones, faltos de ordenadores, material e instalacione. Vivimos la solemnidad kitsch de la Generalitat y el pleistoceno educativo de unos institutos, que son, como el parque de Betanzos, un decadente parque temático del fracaso.

Carla dijo...

¿Y si hacemos otro comité anárquico para destrozar todas estas extensiones del falo de los creadores de estos engendros? Puestos a destrozar cabinas y a robar papá noeles, podemos extender nuestra labor cívica eliminando estas majaderías... Ahora, y eso sí, las pirámides de Egipto las separaría de este grupo... No solamente porque sean espectaculares, sino porque no pertenecen (por todo lo que sé de la cultura y la religión egipcia) al grupo de "mira lo que te hago para que veas que la tengo gorda"...
Besos

Henrique dijo...

Na comparación que establece entre o Pasatempo (que si, é o seu nome oficial mentres que "Horta de Don Xoán" é o popular) esquece unha cuestión capital: Don Xoán García Naveira mandou facer o Pasatempo e as demais obras do seu legado con cartos do seu peto, mentres que as construccións que se citan (Cidade das Artes de Valencia, o Forum, La Cartuja da Expo, etc ás que eu sumaría a compostelá e fraguiá Cidade da Cultura) son feitas con cargo ao erario público.
Don Xoán gastou os seus cartos no que lle petou, e é moi respectábel que o fixese dando emprego e favorecendo a formación das clases populares. Como particular pode gastar no que lle pete os seus cartos. Os gobernos non porque traballan con cartos de todos que teñen que destinar a mellorar as vidas de todos, non a fastos que deixen pegada no tempo (coma estas construccións) ou de gloria efímera (expos, xacobeos e demais).