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viernes, 20 de agosto de 2010

Él




Per Mercè Mestre



Se hará de noche
cien, cien mil veces
y tú no sabrás
que él te mira.

Que descorre el toldo,
que te dibuja desnuda en sus sienes,
que multiplica su capacidad torácica
para respirarte.

(El sueño es bastante peligroso,
pero tú no lo sabes.)

Se hará de día
cien, cien mil veces
y tú no sabrás
que él no te mira.

Que corre el toldo,
que te borra para nunca de sus sienes,
que reduce su capacidad torácica
para expirarte.



viernes, 25 de junio de 2010

Tu ángel




Per Mercè Mestre



"Hay un ángel en tu mirada."
(Miguel Bosé)



A esa velocidad, quién lo para...

En pleno día
te atraviesa: luz sombra luz,
pero apenas se deja ver.
Es una raya finísima
que entra sale entra
y se queda ahí en tus ojos
de color tormenta.

Aparece un instante cuando los abres.
Desaparece cuando los cierras.

Se esconde cuando mientes.
Se derrama cuando lloras.
Te ilumina cuando vuela.

Tu ángel.

Al atardecer
te incendia el corazón
(en ese juego intermitente de vivir
y de morirse a ráfagas)
y luego se quema a lo bonzo
para verte llorar
aunque no le quieras.

De noche
pasan y pasan veloces las estrellas
haciendo aire,
arrastrando jirones de nube
en medio de la tormenta.

Veloces,
cruzan miradas y lluvias
y cielos rasgados
y mares de arena.

Y al amanecer,
como si nada hubiera pasado,
como si nadie hubiera pasado,
como si nunca hubiera pasado,
vacías la ceniza pausadamente
sobre la cama,
con mirada de amapola,
te recoges las trenzas
bajo la capucha
y buscas por el aire
húmedo de las terrazas
tu nuevo ángel imparable.


viernes, 1 de mayo de 2009

ESPERITS





Per Mercè Mestre







Hi ha diferents tipus d’esperit:


1. L’esperit xampú, que en petites dosis ja fa molta escuma i et pots rentar el cap tranquil·lament i de sobres. És agraït, suau, t’acarona el cap, fa bona olor i, només si ets massa confiat i et distreus, t’entra als ulls i et fa plorar de picor. És la seva única arma de destrucció massiva. Al matí es desperta abans que tu i et pica l’ullet des del prestatge del lavabo. Sol tenir els ulls grocs o verds i brillants com els gats.

2. L’esperit pastilla efervescent, que és una varietat de l’anterior, però en versió festiva. És excessiu per definició. El sol contacte amb la vida el desfà, el duplica, el triplica o quadruplica en dos, tres, quatre segons com a màxim i, quan s’ajunta amb altres esperits com ell, perd les formes, s’ofega en una allau de bombolles caòtiques d’alegria. És un perill públic, però una festa íntima. Ara, quan li baixa l’adrenalina, ja te’l pots beure de cop perquè és rematadament inestable. Sol tenir la mirada desorbitada com els gremlins.

3. L’esperit forat negre de l’espai és el més perillós. No t’hi acostis: se t’empassarà. El pitjor és que t’atreu. Com la mel als avions. Però, malgrat aquest poder, passa tan desapercebut que, per molts aparells d’alta definició que tinguis, per moltes antenes, radars i telescopis que instal·lis al terrat, o satèl·lits que posis en òrbita, mai no el descobriràs a temps. No brilla. Un insignificant granet de sucre és un diamant, una glacera, un incendi, un far d’Alexandria al seu costat. Genera foscor i cada cop pesa més i més. S’amaga al fons de tots els fons i només viu per enfonsar-se i enfonsar-te. És omnívor i abissal. Negativament elèctric. Si saps de quin color té els ulls, ets matèria morta. Vol dir que la teva pròpia destrucció li ha il·luminat la mirada per un instant.

4. L’esperit gra de sorra és solidari. Malgrat que ell sol és pràcticament invisible, sap que és tan important com el del costat, i que tots junts són capaços de construir deserts i platges. I també, en mans d’artistes, castells i escultures. És anònim i efímer, però la seva obra és eterna i sagrada. I, de vegades, no ho sap. Té els ulls del color de tots els cels d’abril.

5. L’esperit ai es passa la vida patint per tot el que sap, el que no sap i el que mai no sabrà, ai! Però segueix una dieta especial antienergètica i pro estress que li permet assaborir la seva mala sort, ai! Té les digestions pesades, gairebé impossibles, cremor d'estómac, aerofàgia crònica i lacrimofília. És addicte als mocadors de paper amb fastigós aroma de menta.Té els ulls de color moc.








domingo, 27 de abril de 2008

COMPADRE QUIERO CAMBIAR...

Por Rufino Pérez

Se había fijado casi sin querer. Tal vez había sido la llegada de la camarera, que había tropezado levemente con la pata de la silla, al pasar. Pero qué guapo resultaba aquel chico. Nada especial, incluso le sobraba un poco de barriga. Bueno, también al estar sentado… y solito, uhm, parece triste. Yo le cambiaba esa cara pronto.

Y de pronto fue, cuando él levantó la vista y por un instante captó los ojos de ella. No sonrió pero casi. Y ella apartó los suyos para que no le robase sus pensamientos. Un sorbo de café y los párpados que se abren descuidados para notar que ha cogido una servilleta y está escribiendo algo. Sin saber si la está mirando, la ha dejado bajo la taza, prendida de una esquina, y se ha marchado.

Un minuto más y la camarera vendrá y se llevará la taza y el misterio. Otro sorbo de café, monedas sobre la cuenta, bolso, gafas con las que pudo leer: tienes los ojos más bonitos de la creación.

La sonrisa que se extiende y sin querer escribe en el aire: yo cambiaría tu tristeza por mi dolor de corazón.

Con el eco de la sonrisa, la camarera recoge la mesa y guarda la servilleta, por si esta vez él, de camino hacia el blanco infinito del folio, es capaz de continuar escribiendo su primera novela.

martes, 27 de febrero de 2007

No comprendo


Por Carlos Rull
Hay tantas cosas que uno no entiende, ni comprende, ni asimila, ni concibe, ni abarca, ni discierne, que a menudo no le queda otra que preguntarse para qué sirven estos cerebritos que la naturaleza – o dios, si ustedes quieren – nos dio. Hay incomprensiones que en menor o mayor medida todos compartimos: la teoría de la relatividad, el destino de los calcetines en la lavadora, un párrafo de Hegel, que un fanático se líe a bombazos, las películas de Greenaway, por qué diablos nos sale a pagar la renta, el poema “Espacio” de Juan Ramón,... Son ese tipo de cuestiones que uno debe reconocer que, por mucho que se esfuerce, nunca logrará entender del todo. Hay incomprensiones, por otro lado, que son sólo compartidas por unos determinados colectivos y, así, los profesores, por ejemplo, no entendemos cómo pueden tantos alumnos no entender tantas cosas, mientras los alumnos, por su parte, no entienden, además de todas esas cosas, por qué ese señor de la tiza se empeña en explicárselas. Hay incomprensiones personales y particularísimas, como las de la ministra de sanidad, que no acaba de entender que en este país algunos quieran fumar lo que les venga en gana y otros muchos defiendan a copa y botella su derecho a su cogorza y a la de sus hijos. Hay incomprensiones mutuas e irremediables, y así habrá excéntricos que no comprendamos los patriotismos ajenos y los habrá, a su vez, que no entiendan que a algunos nos traigan al pairo sus banderas, sus selecciones nacionales y sus himnos.

Y lo cierto es, y ahora nos ponemos serios, que, aunque uno no comulgue con aquello de que la felicidad se halla en la ignorancia, hay cosas que es mucho mejor no comprender. O más bien no querer comprender, y al no comprender no se acepta como irremediable ni natural aquello que nos venden como tal. Es preferible, por ejemplo, no querer comprender la innata y salvaje tarea destructiva en la que nos sumerge el mal llamado progreso. O no querer comprender la voluntaria ignorancia, ni la involuntaria pobreza. O bien no querer comprender que hayamos condenado a media humanidad a la más desoladora invisibilidad. No querer comprender la insensibilidad ante el horror que vomitamos cada día. No querer comprender al ejército sin rostro que hace girar la noria ni a la hueste sin alma que ablanda conciencias y apacigua voluntades. No. Porque comprender sería embarrancar en la vorágine ritual del despojo, en el vértigo de la indiferencia. Por eso quiero no comprender. Por eso me empeño en recuperar el color en la mirada, la autenticidad en el ver.
.
En sus memorias (que convenientemente tituló Linterna mágica), Ingmar Bergman recordaba una parte de su infancia con estas sabias palabras: “el mundo era inteligible y yo dominaba mis sueños y mi realidad. Dios no decía una palabra y Cristo no me atormentaba con su sangre y sus turbias insinuaciones”. Y unos años antes, Rilke nos preguntaba en sus cartas “¿por qué entonces no seguir mirándolo todo igual que un niño, como una cosa extraña, desde lo hondo del mundo propio, desde la distancia de la propia soledad? [...] ¿Por qué querer intercambiar el sabio no-comprender de un niño por lucha y desprecio?”. ¿Por qué? ¿Por qué comprender y asumir el horro que nos llena las manos?

Witold Gombrowicz, que trató mucho y muy bien el conflicto entre Forma e Inmadurez, o entre Juventud y Madurez, dejó dicho que nos hacemos maduros desde el momento en que decidimos serlo y aceptamos, por lo tanto, someternos a los juicios de otros para dar forma a nuestra identidad madura. “¡Es como si nacieras en un millar de almas estrechas!” exclamó. Para Gombrowicz, como para Bergman y Rilke probablemente, el hombre sólo soporta a los demás renunciando a sí mismo. Sólo comprende y acepta el vértigo social desertando de su propia esencia, de su propia mirada, aquella que cuando niños hacía el mundo, como dijo Bergman, inteligible. La misma mirada que convertía la buhardilla de los abuelos en el castillo de nuestros cuentos, que nos hacía preguntarnos el porqué y el cómo de todas las cosas y nos permitía navegar entre quimeras hasta hallar para nuestras preguntas las respuestas más extravagantes e insólitas – y seguramente por ello más auténticas y razonables. La mirada desde la soledad pura, desde el asombro y la fantasía creadores, desde la curiosidad indómita, la mirada, en fin, que define y crea desde la indefinición en la que todo es posible.

No predico la ignorancia, ni la inocencia simplona e idiota del peterpanismo que, amarrado a consolas y ordenadores, inunda nuestra generación. Predico, si es que eso es lo que hago, otra forma de mirar, otra forma de no-comprender, otra forma de construir el mundo. Porque no quiero comprender tanta infamia, porque nunca quiero entender tanta ignominia. Apropiándome de lema ajeno, en suma, “si te lo tengo que explicar, nunca lo entenderás”.