
jueves, 24 de marzo de 2011
Café con leche

jueves, 3 de marzo de 2011
La jefa

jueves, 24 de febrero de 2011
Miércoles 23 de Febrero

La gasolinera estaba poco concurrida, sólo había algunos insomnes en busca de entretenimiento y algún ama de casa seguramente con la nevera vacía. Me paseé por los pasillos en busca de algo más que llevarme a casa. De repente se oyó una voz diciendo “¡Quieto todo el mundo!”. Miramos al presunto ladrón que llevaba una pistola y un pasamontañas, pfffffffff. No me asusté, más bien me parecía una situación surrealista, como de película, o algo así. La verdad es que me sonaba la frase, aunque nunca me habían atracado. “¡Todo el mundo al suelo!”, volvió a decir. Y nos tiramos al suelo. Se oyó un disparo y algún gritito de temor. Yo aproveché para mirarme las uñas, que necesitaban un corte, y las mechas, que necesitaban un repasito. Durante unos minutos oímos pasos, carreras, golpes, gritos, algún sollozo y respiraciones agitadas. El atracador habló de nuevo: “¡Se sienten, coño!”, alguien debía estar intentado escapar de allí, qué lata, ¿es que no saben estarse quietecitos un rato y esperar a que todo acabe? Siempre aparece alguno que quiere hacerse el héroe…; más tiros, ya me estaba aburriendo, así que decidí hacer la lista de la compra mentalmente. Después ya no se oyó nada, pero como tenía pereza de levantarme para mirar qué había pasado finalmente, decidí esperarme en el suelo y continuar pensando en mis cosas. Era miércoles 23 de febrero.
lunes, 7 de febrero de 2011
Visión periférica

Dos asientos más allá se inclinaba una figura que acabó por moverse justo al asiento a mi lado, de eso sí me di cuenta, y me molestó. También cómo se fijaba en la portada de mi lectura, que cierto es que era algo más que sugerente, y me solivianté aún más: no soporto a quienes andan con un din A4 plegado a modo de forro para sus libros. ¿Qué les avergüenza? ¿La baja calidad de lo que ocupa su tiempo? Luego reparé en que mi incomodidad se habría evitado con uno de esos improvisados forros y empecé a ponerme nerviosa. El ruido del tráfico de personas y los nombres en boca de las enfermeras lograron disuadirme. Cerré el libro y empecé a impacientarme.
Pero antes de alzar la vista, una milésima de segundo antes de que fuera humanamente posible, supe que era ella quien atravesara mi campo de visión y fuera a apostarse al otro extremo de la sala. Fue un reconocimiento antiguo, perfumado y húmedo, como el día.
La sala era más bien mediana, encajonada entre dos salas mayores en las alas del edificio, y fueron sus reducidas dimensiones lo que hizo posible reconocerla. Continuaba extraordinariamente hermosa, a pesar de su edad.
Como entonces, era evidente su desinterés por semejar algo más allá de lo puramente genuino en ella misma, y eso le añadía imponencia. Seguía siendo, me fue evidente enseguida, ajena al efecto perturbador que causaba en los demás, cuanto menos en mí, y volví a convulsionarme. Se fue despojando pausada de las capas de ropa oscura y plegando las prendas de abrigo sobre su regazo, junto al paraguas granate apostado en la pared que rezumaba e iba calando mansamente los cruces de líneas negras y sucias del encerado.
Fue el aroma híbrido de humedad, calor y jabón que desprendía el bulto de su cuerpo con los movimientos al desvestirse ante una decena de espectadores involuntarios, aquel perfume tibio y selvático tan característico suyo, combinación de agrio y punzante y salobre, lo que me hizo persuadirme de su presencia en la estancia. Mientras me debatía entre la sorpresa, la incredulidad y el shock que me inmovilizaban, y el deseo de gritar ‘Aline’ y abalanzarme sobre la pila de ropa ordenadamente amontonada en sus muslos antiguos, oí mi nombre, siempre con el acento en lugar equivocado, pronunciado con voz desabrida desde el despacho del ala derecha.
Ya me incorporaba y dejaba atrás aquella escasa intersección con Aline treinta años más tarde; ya se había decidido que no iba a ser posible un verdadero reencuentro. Suprimí el deseo de acercarme a su vertiente en la sala so pretexto de desechar el vaso de café aún caliente y surqué la distancia hasta la puerta blanca con desgarbo, no sin antes dedicar un último reconocimiento a la lágrima gruesa y lastimosa que pendía, creciente, del extremo elevado de una de las varillas de su paraguas granate.
jueves, 13 de enero de 2011
El niño del bus

miércoles, 29 de diciembre de 2010
Picor
Por José G. Obrero
El amputado cree tener todas las extremidades. Incluso siente el picor en zonas muy concretas del pie. Por eso cuando, en un impulso, intenta incorporarse para abordar a la enfermera, cae al suelo. La enfermera, con delicadeza extrema, le ayuda a levantarse y le susurra al oído palabras de ánimo y consuelo y entonces piensa que no debe volver a confundirse y creer que se trata de un juego de seducción. Y piensa en su madre y sus tartas de manzana. Piensa en el cachorro de gato al que alimentó de niño. Piensa en Oaklay y en la granja donde creció. Piensa en el momento en que su padre, tras abrazarlo, dijo sentirse muy orgulloso de él por servir a su país. Piensa en las tripas y vísceras de Mike, Andrew, John, y el pelirrojo Billy. Piensa en el pie con el que rozaba las piernas de Cindy bajo la mesa y que ahora, quién sabe, alimentará a los gusanos. Y vuelve a ver el techo lleno de grietas y desconchones y las cortinas sucias que le separan del resto de enfermos y sus gritos. Y al volver la cabeza, los ojos de la enfermera, y después su lengua, su respiración agitada. Ahora ignora las falsas sensaciones de picor y no gasta energía en rascar el vacío. Trae hacia sí con fuerza a la enfermera.
jueves, 25 de noviembre de 2010
Sujeto elíptico

miércoles, 24 de noviembre de 2010
Cosas transcendentales
Sentado en el sofá pensé en lo absurdo que me habría parecido el paseo tan sólo unas horas antes. Caminar, cruzarme con desconocidos, llegar a una plaza, hacer movimientos extraños para luego volver. Nada digno de escribir. Unas horas antes, tumbado en el suelo sin querer moverme. Antes, también, de limpiarme la sangre de la boca e incorporarme lentamente.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Provisión
Por José G. Obrero
Dicen que mi nombre en hebreo significa “Dios proveerá”. Vago consuelo para un agnóstico con tendencias depresivas y esporádicas crisis de ansiedad. En una de estas me encontraba cuando, en un arrebato de energía decidí mover ficha y superar el último reparo: la tristeza sin límites que provocaría en mi madre esta acción. ¿No me hacía mi madre, al fin y al cabo, el mayor de los chantajes emocionales? Así que, con grandes dosis de perspicacia y temeridad, me volqué en el que sería mi último proyecto: localizar al tipo que pondría fin a mi vida. Y aunque fue una tarea tan larga y paciente que no vale la pena extenderse ahora en describir los detalles, la elegida, finalmente, sería una mujer. Elsa era idónea, tenía la mirada pétrea subrayada por unas profundas ojeras fruto del cansancio de vivir con un agujero económico que la tenían en la cuerda floja, y cuatro hijos que los Servicios Sociales, vigilaban desde hacía meses. Aceptaba correr el riesgo porque al fin y al cabo “todo estaba ya perdido”. La suma que le ofrecía en dos partes, (como aleccionan en las películas) le darían para comenzar una nueva vida o, al menos, para dársela a sus hijos. Le entregué la primera parte del dinero y una semiautomática con silenciador. El requisito indispensable: yo no debía ser consciente de que iba a dispararme. Debía hacerlo cuando yo estuviese distraído. Quién sabe: tomándome una copa en el bar de abajo, paseando un atardecer por la ribera, saliendo del supermercado con mi carrito de
Durante la semana sentí su presencia cientos de veces. Temía obsesivamente que llegase el momento. Cuando me enteré de manera azarosa, que poco después a nuestra reunión se había volado la cabeza con la semiautomática, me inundaron unas terribles ganas de seguir con vida. Aún me quedan la mitad de mis ahorros.
viernes, 1 de octubre de 2010
Relato encadenado V de VII
5.a.
Encadenada a su suerte, sin tiempo para escribir una simple nota de socorro ni una vulgar lista de supermercado y mucho menos una pormenorizada, literaria y antológica descripción de lo que le está pasando en ese estúpido pero crucial momento, la futura heroína de Tarantino abandona su tumba y, con paso decidido y turbulento, sacudiéndose el polvo del cuerpo y desanudándose las guedejas, atraviesa el contraluz de la puerta y dirige su siniestra y algo más que esperpéntica silueta hacia la puerta del vecino de enfrente: sospecha que Carolino tiene algo que ver con el intruso.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Relato encadenado IV de VII
El anciano y ella descansan en el suelo en una postura casi imposible. Pesa. Y él aún en el sofá, atónito, ni se inmuta para ayudarla. Como siempre, tendrá que hacerlo ella sola. Recuerda la escena de Kill Bill en la que Uma, enterrada viva, golpea la tapa del ataúd hasta romperlo. Y empieza a hacer lo mismo pues el olor a puro, coñac y Baron Dandy la están mareando y teme desmayarse. Justo en el momento en que él se da cuenta de la situación, reacciona y se levanta del sofá para ayudarla, el cuerpo del viejo se desplaza hacia un lado y la deja libre, pero con restos de peste en su ropa y en el pelo. Él le ofrece una mano pero ella la rechaza y se levanta de un salto mientras mira extrañada aquel cuerpo sobre la moqueta.
4.b
No, no podía haber salido en libertad tan pronto, sólo habían pasado 5 años; la condena era más larga, seguro. Pero tenía tanta curiosidad, tenía tantas ganas de ver el rostro de aquel que decían que era su padre, que no podía imaginar otra cosa. Aunque, quizá, simplemente era la vecina pesada. Y además, esos golpes, esos nudillos, esa insistencia la estaban distrayendo y nunca podría explicar con detalle cómo fue su primera relación sexual. ¿Qué iba a recordar? Que fue en un sofá cutre; que no lo esperaba; que llamaban a la puerta con insistencia; ¿que no se levantó a abrirla porque temía esos nudillos?
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Relato encadenado III de VII
3.B No piensa lo mismo el encebollado amante cuyo oído se encuentra obturado por la premura y la excitación. A pesar de que los nudillos arrecian contra la destartalada puerta que pierde a cachos parte de sus astillas. ¿La está embistiendo? Sí, con toda la torpeza de su carne perlada ya en sudor. Quién le iba a decir a ella a su corta edad, que su primera experiencia estaría dominada por la curiosidad y el temor del desconocido que, insistía en aporrear la casa de su madre. ¿Sería ese hombre valiente, con mala suerte, que dicen es su padre? ¿Habría salido en libertad?
martes, 28 de septiembre de 2010
EL RELATO ENCADENADO (II de VII)
2.b.
El cenicero, sin embargo, golpea suavemente la untosa moqueta y, sin romperse, deposita sobre ella su hedionda carga. Se maldice por no haber pensado en ello mientras intenta discurir, una mano convulsa sobre su glúteo trémulo, la lengua espesa y pegajosa recorriendo su nuca, otro subterfugio; sin éxito. Manos ávidas buscan la hebilla de su cinturón mientras el peso aumenta y siente el aguijonazo de los muelles del vetusto sofá, y el polvo que invade su nariz. Decida darse la vuelta e intentar dominar la situación en supino pero, en su bisoñez, no encuentra modo de hacerlo. En el mismo instante en que el botón de sus pantalones se desata, unos nudillos salvadores golpean la puerta.
lunes, 27 de septiembre de 2010
El relato encadenado (I/VII)
Su aliento huele a cebolla frita cuando le golpea la nuca. A conserva de pimientos en otoño. A condimentos y especias picantes que ha paladeado escasamente en las tres, tal vez cuatro, ocasiones en que ha salido a cenar fuera a algún hindú o un paki. Le desagrada, pero no se deja intimidar: prefiere acoger el temblor cálido y mojado de sus labios tan cerca, todavía sin girarse.
Debe alargar este momento sin que perciba su inexperiencia, ganar algo de tiempo. Le queda a mano, justo a la altura del omóplato izquierdo, en la rebaba mugrienta de la repisa, un cenicero con colillas hasta los topes. Se desliza subrepticiamente por la pared, apenas rozando el sofá, sin dejar de acomodar su tibio abrazo, y con suma destreza noquea el borde del cenicero al tiempo que se dejan caer, prono uno encima del otro, sobre el cubresofá verde y mohoso.
Detesto els xiclets de clorofil·la. Antigament no era com ara: n’hi havia només de dos sabors, clorofil·la i maduixa. Jo sempre en comprava de maduixa, i ni que me’ls regalessin, pels aniversaris per exemple –encara que el més habitual era que et donessin caramels més que no pas xiclets- no era capaç d’empassar-me aquell regust lleugerament picant que jo llavors només podia qualificar, a més de picant, de ‘verd’.
Hi va haver un dia que al pati d’escola el meu amic Ferrau –Jordi Ferrau, però li’n dèiem Ferrau perquè hi havia dos Jordis a la classe i d’alguna manera els havíem de distingir- me’l va fer tastar: em va regalar una de les dues pastilles Cheiw que venien juntes, a 5 ptes., com a regal per la meva amistat –i, tot sigui dit, també per haver-lo ajudat en la baralla amb el Guillem de l’altre cinquè aquell mateix matí en haver entrat. La goma aquella se’m va enganxar al cel de la boca, em va fer venir basques i vaig vomitar tot l’esmorzar, entrepà de Nocilla inclòs. És l’únic cop que recordo haver-ne menjat, i és d’allí que ve la meva tírria.
lunes, 2 de agosto de 2010
Sexo, mentiras y cintas de vídeo
Homage to homonymous film Sex, Lies and Videotape (Soderbergh 1988), and to James Spader’s unbeatable gaze in the film as I remember itAgradezco a sor Renun su inestimable colaboración al prestarme la fórmula clave del texto
A veces, demasiado poco.
Hay quien alega problemas de cama en su separación.
Los problemas de cama siempre enmascaran otros problemas, son la punta del iceberg, y no necesariamente –de hecho las menos de las veces- tienen que ver con la pareja sexual. Eso dice la consultora matrimonial cuando Eva explica sus dificultades con Adán. Eva no le sostiene ya la mirada como decidió en un principio.
Adán se queja de la falta de orgasmos simultáneos.
Eva replica alzando la voz, aunque conservando todavía la compostura, que el problema no es precisamente la simultaneidad en los orgasmos.
Adán contiene su furia y se muerde el labio inferior para no airear a los cuatro vientos del despacho la temida palabra con f-. No quiere cagarla en la primera visita, si bien de sobras sabe que la suerte está echada.
La consultora espera con paciencia su turno de palabra.
Adán no recoge el testigo y la consultora interroga a Eva ocularmente. Ante el silencio de ambos decide ser ella quien irrumpa.
¿Tienen hijos?
Le doy al off y extraigo la cinta del soporte, harta de la infinidad de variaciones sobre el mismo tema. No sé aún qué título le voy a dar al proyecto, pero sí tengo bien definida la conclusión. Y sé que me va a valer un suspenso, pero me la suda. El miércoles decidí cuál va a ser la frase que cierre el trabajo: ¿Por qué preocuparse por los orgasmos simultáneos cuando el gran grueso de la vida es en realidad un prolongado y compartido no-orgasmo simultáneo a infinitas bandas?
miércoles, 7 de julio de 2010
SMS
Por José G. Obrero
Aquí estoy, empezando de cero cuando tenía volcada y programada la publicación del texto desde hacía tiempo y todo por una cuestión de escrúpulos literarios. El texto me parecía excesivamente autobiográfico y, aunque había tenido la prudencia de cambiar los nombres de los personajes así como de introducir escenarios y situaciones ficticias, todo era muy reconocible para cualquiera que nos conociese un poco a Elsa y a mí. Por ejemplo, a Elsa la llamaba Silvia y mi nombre no aparecía por la sencilla razón de que estaba escrito en primera persona. Hablaba del último sms que me mandó Elsa. Me lo envió al cabo de meses de no saber nada de ella y de que ella ignorase todos los que yo le había enviado previamente. Supongo que intentaba retomar el contacto conmigo pero, en el partido particular que ambos hemos jugado, hace ya tiempo que se nos agotó la prórroga y los penalties (que por cierto, chuté de manera muy previsible hacía su portería). En el relato también mencionaba cómo se fue. Escribí algo parecido a esto: “Silvia abrió la puerta, llamó al ascensor y lo siguiente que supe era que se encontraba en el aeropuerto. M voy a N. York. X favor no m buskes. Ncesito un break” En realidad Elsa se fue a Berlín y antes de mandarme el sms me avisó: “me voy a Berlín. Necesito un “break” (esta palabra sí la utilizó). Es mejor que no estemos en contacto durante un tiempo”. Para mí el sentimiento en la situación ficticia y en la real fue el mismo: se me abrieron millones de interrogantes porque el día anterior estuvimos bien, escuchamos Micah P. Hinson desde la cama durante horas y nos bebimos un Ribera del Duero enterito. No respeté sus deseos e intenté infructuosamente que me explicase qué le había hecho reaccionar de esa manera, por qué, en definitiva, había decidido fulminarme y expulsarme de su vida. En el relato, la voz del protagonista-narrador hacía muchas reflexiones pseudo-filosóficas del tipo: “conocemos sólo la punta del Iceberg de las personas que nos rodean y pretendemos entender sus decisiones sin ni siquiera bucear, quedándonos cómodamente en la superficie de unas aguas tranquilas”. Bufff, muy pretencioso. Pero sí que creo que no conozco ni conocí a Elsa, en absoluto, ni sus razones, ni sus inquietudes o miedos y que me mostró su lado más amable hasta que no pudo más y decidió, sencillamente, ocultarse. También escribí en el relato algo así como “no se puede dirigir la misma sonrisa a dos personas distintas porque los músculos de los labios trazan otras líneas” pero esto me lo inventaba. Cuando la vi de nuevo, por sorpresa, estaba sonriendo a otro tipo y besándolo, con idéntica sonrisa y apertura-cierre de boca-movimiento de lengua. No vale la pena responder a su último sms porque ya da igual encontrar o no respuestas. Y tampoco vale la pena publicar el relato.
jueves, 24 de junio de 2010
Portátiles

martes, 22 de junio de 2010
Un juego: dos relatos II. Pequeño resorte

Porque todo comienza con el ruido
de un pequeño resorte
dentro de ti
indómito
el sonido de una pequeña aguja.
María Lainá
UN JUEGO DOS RELATOS II. PEQUEÑO RESORTE
PEQUEÑO RESORTE MODO “OFF”
Me gusta cruzar la ciudad por la noche. Los neones y letreros luminosos de los barrios parecen invitar a una fiesta secreta. Se abren las calles con continuas escenas. El taxista no habla (yo se le agradezco). Disfruto escuchando cualquier tipo de música mientras observo a la gente: una pareja besándose, un grupo de adolescentes con su monopatín bajo el brazo, un corredor aprovechando la temperatura suave de esta hora. Llega un mensaje de Elsa. Me reconforta saber que no anda lejos y que, si no fuese por esta primera hilera de edificios, podría ver su ventana en este instante (estoy pasando a su altura). Y aunque me encantaría verla no iré a su casa, mañana tengo que levantarme temprano y me espera un día duro. Ya sé que me he preparado la charla, pero nunca está de más darle un último repaso. Me siento afortunado con este trabajo que siempre plantea retos. En general, me siento afortunado de tener un trabajo en los tiempos que corren. Llegamos al destino. Ahí está “El Inglés” acodado en la barra. No es mal tipo. Le invitaré a una cerveza después de que me pase la bellota. Me apetece acabar la noche en mi casa, escuchando a Devendra con un porrito. La alegría me toma la cintura.
PEQUEÑO RESORTE MODO “ON”
Cruzo la ciudad por la noche como el que se adentra en las fauces de un monstruo. Los neones y luminosos de las calles me agreden. Me recuerdan demasiado a los locales sórdidos de mi barrio: pizzerías mugrientas para adolescentes con pretensiones, bares de viejos con w.c de agujero en el suelo donde siempre asomaba la cabeza de la última cagada.
El taxista quiere amargarme con su mal gusto musical. Canciones ñoñas para marujonas solitarias al borde del divorcio o incapaces de hacerlo. Tristones de alma fofa por el exceso de azúcar y soledad. Mejor que no me hable porque debe de ser estúpido y no estoy para monsergas sobre el tiempo.
Me pregunto qué hace esa fauna por la calle. Una pareja se besa antes del naufragio, un grupo de adolescentes, carne de cañón, exhiben bajo el brazo sus escasos recursos: saber patinar, un tipo corre para escapar unos minutos de su vida (de lo contrario no entendería qué hace a estas horas de la noche). ¡Dios, lo que me faltaba, un mensaje de Elsa! ¿Qué quiere ahora? No, no puedo continuar, me asfixia: nos vimos hace sólo tres días. Además, mañana tengo un día duro en el puto curro. ¿Es qué debo de estar eternamente agradecido por tener un trabajo? Es una basura. Contenedor de materia orgánica donde arrojo mi vida día tras día: carne de mediocridad. Y debo dar las gracias: ¡pues gracias, joder!
Llego a mi destino. Ahí está “El Inglés”. Si no fuese porque me pasa chocolate no trataría con semejante tipejo en mi vida. Acabaré la noche fumándome un porro en mi casa mientras escucho a Devendra. La idea de caer derrotado en la cama me aligera esta angustia.
jueves, 3 de junio de 2010
Casa retomada

Salimos a la calle y nos alejamos tras tirar la llave en la alcantarilla. Pero ya me estaba arrepintiendo; no podíamos dejar que ellos ocuparan nuestra casa, aquella de nuestros bisabuelos que tanto nos gustaba.
Así que nos armamos de valor, dimos media vuelta cogidos del brazo y nos plantamos ante la puerta haciendo un gesto obsceno hacia la ventana del dormitorio. Escapamos entre risas, ya más relajados, y nos dirigimos a una tienda de disfraces para elegir unos atuendos más indicados para nuestra misión. Yo elegí un traje de oso polar y ella uno regional, creo que de lagarterana, o algo por el estilo. Regresamos a la casa, nuestra casa, la casa que nos gustaba tanto. Llamamos a la puerta. Silencio. Llamamos de nuevo y esperamos unos segundos más. El traje me estaba dando calor y picores, quizá me saldría urticaria, pero bueno, no pasa nada, es la única manera de que no nos reconozcan y poder entrar de nuevo en casa, en nuestra casa, en la casa de nuestros abuelos, la casa que nos gustaba tanto.
No abrió nadie. Nos marchamos convencidos de que estaban dentro en silencio, muy callados, quizá escondidos para que nadie les oyera. Nos sentamos en un banco a esperar. Me quité la cabeza de oso para respirar mejor, también para rascarme, y pensamos en otro plan para el día siguiente ya que estaba anocheciendo. Debíamos buscar un lugar para dormir. Qué te parece ese portal, vale, vamos a quedarnos ahí esta noche. Total, por una noche
Nos despertamos muy temprano, nos colocamos los complementos de los vestidos otra vez y fuimos hacia la puerta de la casa, la casa de nuestros padres, la casa que tanto nos gustaba. Y llamamos, los dos muy dignos, muy serios. Esperamos un minuto, dos, tres. Al final alguien abrió la puerta; era un niño que se rió al vernos y nos preguntó si queríamos pasar. Le dijimos que sí y entramos lentamente en nuestra casa, la casa que nos gustaba tanto, la casa donde había vivido nuestra familia tantos años. El niño nos dijo que llegábamos tarde y que sus padres estaban en el sofá. A continuación cogió un balón y se marchó a la calle, a nuestra calle, la calle donde habíamos jugado con nuestros vecinos.
Nos acercamos al sofá y descubrimos que un hombre con un disfraz de tigre y una fallera nos esperaban para tomar el té y enseñarnos un gran álbum con viejas fotografías de su casa, la casa que tanto les gustaba, la casa donde habían vivido sus padres, sus abuelos la casa que habían comprado por primera vez sus bisabuelos.













