Saludos;)
sábado, 23 de mayo de 2009
S.O.S. BARCELONA
Saludos;)
sábado, 19 de julio de 2008
¿No leyeron la unción?

Todos los hombres son locos; para no verlo,
habría que encerrarse y romper el espejo.
Marqués de Sade
Para Víctor Chab, siempre
¿En un arco de violín
transverberado por el salto final?
La semilla desnuda siembra en el desierto
un árbol de vidrios y alabanzas
que aguarda con temblor el diluvio.
Las artimañas vuelven de la tristura
con el velo del pacto.
¿Qué aparición?
¿Eran idólatras en la plaza de marionetas
hablando de mí cuando no estoy?
El azar sopla y desconfía.
Muestra las falsas joyas de la profanación.
(Ciénagas y alaridos, el trueno embebe
a un pájaro abierto
con la escritura de alambres.)
Vimos arrastrar la pobre humanidad
en mínimas ausencias de infinito,
calentar las legumbres, lamer los huesos
como sólo la muerte, y acaso después,
del perro en llamas.
¿Miraste la mansión bajo el eclipse,
con el gozo del asco la miraste?
Miraste la mansión bajo el eclipse.
Un dibujo del mundo ruge desde lo cautivo,
bordea la palabra, ensucia la palabra.
¿Ese es tu reino, tigra imaginación?
¿Quién te encerró en espera,
en roca de tropiezo hasta el deleite?
¿Subsistirá la que durmió en Lilith
despertando en Calígula?
Burladores, rehenes del vuelo:
el hombre regresa siempre a su vómito.
Los elementos se afiebran en relámpago, allí,
como altares saliendo por la boca.
Pero te anegas en agua bautismal
para nacer con el grito.
Manuel Lozano
Buenos Aires, mayo de 2008
-Este poema principió "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", Ciclo "Grandes Creadores Argentinos", Homenaje a Víctor Chab, correspondiente al 29-V-2008- www.elorodelostigres.com.ar
sábado, 12 de julio de 2008
LA UNCION, DE MANUEL LOZANO

LA UNCIÓN
Todos los hombres son locos; para no verlo,
habría que encerrarse y romper el espejo.
Marqués de Sade
Para Víctor Chab, siempre
¿En un arco de violín
transverberado por el salto final?
La semilla desnuda siembra en el desierto
un árbol de vidrios y alabanzas
que aguarda con temblor el diluvio.
Las artimañas vuelven de la tristura
con el velo del pacto.
¿Qué aparición?
¿Eran idólatras en la plaza de marionetas
hablando de mí cuando no estoy?
El azar sopla y desconfía.
Muestra las falsas joyas de la profanación.
(Ciénagas y alaridos, el trueno embebe
a un pájaro abierto
con la escritura de alambres.)
Vimos arrastrar la pobre humanidad
en mínimas ausencias de infinito,
calentar las legumbres, lamer los huesos
como sólo la muerte, y acaso después,
del perro en llamas.
¿Miraste la mansión bajo el eclipse,
con el gozo del asco la miraste?
Miraste la mansión bajo el eclipse.
Un dibujo del mundo ruge desde lo cautivo,
bordea la palabra, ensucia la palabra.
¿Ese es tu reino, tigra imaginación?
¿Quién te encerró en espera,
en roca de tropiezo hasta el deleite?
¿Subsistirá la que durmió en Lilith
despertando en Calígula?
Burladores, rehenes del vuelo:
el hombre regresa siempre a su vómito.
Los elementos se afiebran en relámpago, allí,
como altares saliendo por la boca.
Pero te anegas en agua bautismal
para nacer con el grito.
Manuel Lozano
Buenos Aires, mayo de 2008
-Este poema principió "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", Ciclo "Grandes Creadores Argentinos", Homenaje a Víctor Chab, correspondiente al 29-V-2008- www.elorodelostigres.com.ar
sábado, 5 de julio de 2008
TANGO EN MÍ, DE MANUEL LOZANO

En la foto "La gran cantante y compositora argentina Teresa Parodi con Manuel Lozano, brindando por el nuevo cumpleaños de El Oro de los Tigres" - (Foto de Aldo Lozano Tabillión, Buenos Aires, junio de 2008). Aquí os pongo otro buen poema del profesor Manuel Lozano, desde Argentina:
Para el Maestro Osvaldo Piro
¿Quién te puede calumniar la noche, Buenos Aires?
¿Pero qué jungla ha de ser reina entre tus posesiones?
¿Quién rescata la aventura y el salto?
Una jaula de alambres
repleta de carne cruda.
Esto sos, Buenos Aires:
el manicomio más sanguinario
que conocí.
Si yo supiera
en qué vísperas, inadvertida,
regresaras,
haría con mi abismo una fiesta
y lamería como un perro sin asco
el gran secreto de tus voces.
En vos que sos los nadies y los otros,
están Cátulo y Olivari, Azucena,
tierna y desamparada entre recuerdos,
Tita, llagada en el relámpago y tristísima,
la asimétrica soledad de los Homeros,
y el pequeño Filiberto
arrastrando un organito blanco
por el descascarado muelle de la eternidad.
Nunca sos más sincera
que cuando mentís y el descaro
te tajea la cara para siempre
con calumnias y con flores.
¿Qué historia gruñe aquí?
¿Quién se hunde desde el barro hasta la maldición
con uñas y con dientes
palpitando en el aire del suburbio su desgracia?
¿Pero qué cuchillo sin principio
misteriará de nuevo esta milonga?
Por todo lo que ves, por lo que has visto,
¿Qué culpas te sorprenden?
El manicomio más sanguinario que conocí,
vuelve insomne, Buenos Aires,
y grita y aúlla con la fuerza de una casa
el tiempo del amor
que sólo debe, que sólo sabe
nacer desde tu muerte.
Manuel Lozano
Buenos Aires, abril de 2008
Este poema fue leído por su autor en el Ciclo "Grandes Creadores Argentinos-Homenaje a Osvaldo Piro"- http://www.elorodelostigres.com.ar/
sábado, 28 de junio de 2008
KAFKA CORRIENDO HACIA LOS MUELLES, DE MANUEL LOZANO

¿Y es preciso partir
(ojos vendados, mirada en Andrómeda),
hacia el arrabal donde converge y se deforma
la cría de la bestia?
Vuelve agravado un idioma del mar
al mínimo engranaje de la pesadilla.
¿Viste la demolición, la atareada demolición
de las ciudades?
¿Oíste soplar a las piedras
falseando el principio de la historia?
Los albañiles mostraban sus vísceras
como los mendigos a pleno sol de mediodía,
como la pájara negra
en las manos de Santiago de La Vorágine.
Emanaciones de un áncora de perdición.
Sinfonía de juguetes feroces
para el recuerdo miserable de un niño.
Hospedajes donde el arrobamiento
abre los párpados.
¿Todavía recuerdas
cuando tu padre te encerrara
en la fría azotea
sin más alimento que un plato de hormigas
para comer tu propio vómito?
Carne cruda, dialectos de carne cruda.
¿Y es preciso entrar con los ojos vendados
a la mansión de misericordias?
¡Taumaturgia, taumaturgia,
querer entrar al vacío suntuoso, así!
Me ciegan de servilismo estos disfraces.
Pálpitos de muchedumbre
guardarían las reliquias de obediencia
y la pared
y el vigía más perverso
y el musgo subiendo en las prisiones
y el vigía menos perverso
y el dolor de la llaga
y la tragedia inalumbrable
y las tumbas bajo la nieve
y las sogas y el cuchillo que no saben
el enigma leproso de su oficio
y el esporo blasfemado en un Gólgotha sin ladrones
y la dulce anhelación de las crines del júbilo
y las manchas de sangre que levantan el velo
para despertar -sólo para despertar-
cuando llega la hora.
Manuel Lozano
Buenos Aires, junio de 2008
*Este texto principio "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 5-VI-2008. Pertenece al libro "Iconostacio", de Manuel Lozano - www.elorodelostigres.com.ar
sábado, 29 de marzo de 2008
KERIGMA, UN POEMA DE MANUEL LOZANO

Por Rubén García Cebollero
La vida sucede a tal velocidad, aunque a veces creamos que el tiempo avanza en años caracol, que casi nunca podemos abarcar más de lo que abarcan nuestros brazos.
Por eso hoy quiero invitaros a la obra de Manuel Lozano, y a:
http://www.elorodelostigres.com.ar/home.html
La amistad nunca exige recompensa o promesas. Tan sólo comprende que no siempre podemos estar a la altura de las expectativas.
Por eso en honor de lo humano, del mundo y de los tigres os dejo con:
KERIGMA
No habrán de alcanzarte los que nunca rieron.
Antes de la deshabitada amargura,
trazaron como un silbo del infierno
tu exacta forma de jinete en las ciénagas.
Lástima sobre lo turbio.
Baile en los huecos del prodigio
hasta el callamiento que imanta
para luego gritar junto a Giordano Bruno
las guerillas de la fisura.
¡Dijérame África acostándose en oleaje
por ese vértigo de Babilonia en ascenso!
Inexhaurible: arena abandonada, resplandor.
Manuel Lozano
Boston, enero de 2008
sábado, 5 de enero de 2008
OTRO BANQUETE DE LA ARAÑA

La acuarela que veis es de Felipe Sérvulo:
http://www.artistasdelatierra.com/artistas/Fservulo
El relato que transcribo esta vez no es mío. Pertenece a la Saga de los Caníbales, y su autor es el profesor Manuel Lozano, quien nos lo hace llegar desde Argentina.
Dios mío, debiste pasar por un prueba terrible.
-Me encuentro bien-dije-. Me encuentro bien.
Daphne Du Maurier, Casa en la playa
En las horas gentiles de la concupiscencia regresabas, siempre regresabas con tus cabellos lacios y rubios y el delgado cuerpo desnudándose -de a poco-, apenas traspasada la puerta falsa. Me sonreías. Me extendías también las manos que yo rechazaba, casi por instinto, para mezclarme con la víboras y sumergirme entrelazado en la fuente magníficamente lóbrega.
Ya se sabe que en Loreto las víboras y los lagartos se reproducen como conejos. ¡Si habremos encontrado nidos entre los restos de paredes de las ruinas jesuíticas! Igual, de chicos les temíamos. Bajábamos los escalones del parque con ese apuro nunca justificado de los jóvenes y, aún antes de llegar a la fuente seca, Elpidia me pedía pruebas de amor que le negaba al instante. “Esas son cosas de Luis, tu pariente, a él le debés todas las pruebas”, le canturreaba yo con sarcasmo.
“Miras cómo se hace el día en tu cuerpo. El lugar del juicio o de la ausencia. Hasta acá debió llegar el destronado, el destrozado”, me decías en arranques desaforados de poesía inútil, sí ¡tan inútil!, porque ¿qué más inútil de inutilidad absoluta que la poesía frente a tus solicitudes de pruebas de amor?
También hubo un hacha, pero no en el sueño siesteril que lastima mis pies bajo el sol misionero. Siempre viendo un hacha vos, te decía Gabriel mientras te acompañaba en aquellas caminatas nocturnas que no podés borrar de la memoria. Imposible pedir clemencia ante esos cuervos que te siguen desde los obrajes, te repetía Gabriel, ni siquiera la atenuación de la condena. Porque son como cuervos, ¿o no lo sabías? ¿Carroñas o cuervos? ¿Lugar de la boca harapienta o del cadáver lujoso?, te aventurabas a contestarle en otro de tus impromptus.
Algunas noches, que duraban lo que dura una noche, que duraban siglos, aparecíaen sus pesadillas una mujer incendiándose que mostraba los huesos del brazo, justo en el momento en que la piel -hecha minúsculos jirones-, se derretía en el suelo púrpura. Entonces la niña sucia (como se llamaba a sí misma) saltaba súbitamente en medio de la cama, permaneciendo en un éxtasis hipnótico durante largo rato. Ya habían pasado hacía tiempo las pruebas de amor, los arrancadas liricas, las fugaces travesías a la selva.
Ahora es la simple cama mortal la que te deleita y desespera al mismo tiempo, sobre todo cuando tenés insomnios que no se curan con nada, le dije esta mañana. Su cara se demacró como por arte de magia, instantáneamente. No me reclames compasión sobre tu piel, no sólo pasajera detrás del atavío-le gritó un día a su primer violador- y su sexo se abrió en grandes tajos (eso creyó ver ella, mirando cómo se iba por la pierna un hilillo de sangre oscura.) Al lado de su cuerpo mugriento había un hacha, pero esta vez era un hacha real (la del violador.)
Ayer se preguntaba frente al espejo del cuarto pintado con color índigo traído de México, casi desgarrando sus ropas y mostrando, altiva y desafiante, los senos crispados, levantados en puntitas, dónde estaba "aquél que no venía a tomarlos, a lamerlos, a pellizcarlos hasta el dolor". Para mí, el deseo es progresivamente geométrico y busca muerte, yo sé que busca muerte el deseo, no yo, repetía la que alguna vez fue niña sucia, restregándose las manos. Hoy me siento cansada, mi rostro está blanquísimo, ajado como un papel chino, y los huesos parecen no pertenecerme.
¡Pasaron veinte años, che, y todavía te acordás vos! La verdad es que me tomó como a una bestia que necesita ser domada, me pegó con su látigo de espinas; eso sí: un pequeño látigo de espinas, mientras mi tajo enrojecía como un tulipán, pero ya no sangraba. ¡Cómo está el morbo en los obreros, yo te podría decir que es mucho más elaborado que el de un coronel o un sacerdote!, me decía siempre.
Ahora, levitando veía todo más claro, transparente. Ellos nunca vendrán, nadie vuelve con su mismo rostro a la caverna, porque ni la caverna se repite. En la tarde de ayer corría, por los alrededores, un gimnasta con un sombrero panamá tapándole las cejas. La sombra de ellos, pareció, por unos minutos, retornar con gran fuerza. “Cómo puede ser que después de cuarenta y siete años, regrese perfecta la visión. Es lo que también te pasa con los perfumes, cuando alguno te gusta o lo odiás, esa hirviente, maldita pero dulcísima memoria del olfato te acompaña de por vida. Si sucedió por el cincuenta y uno”, le digo a Cirita, mi última prima.
Cuando era adolescente, ella huía a la casa de sus abuelos. Detrás del parque se abría un pequeño corredor cubierto de hierbas en dirección a un valle casi infinito. Una siesta echó a caminar por la maleza, cruzó el arroyo que divide el campo y se detuvo junto al brevísimo estanque curioseado por una garza mora y algunas torcazas. Empezó a acariciar su cuerpo, apretando sus senos y con ambas manos arañando también sus muslos. Se desnudó, arrojándose con violencia. El agua, calmando su excitación, aguzó definitivamente sus oídos. Sintió pasos, pero no se inmutó. Aflojándose de a poco, subió tiernamente hasta la superficie.
Habemos tiempo en que uno tiene la noción de lo imposible. Ahora veo que llega ese tiempo tan anhelado. Romper la membrana, trasponer el umbral: revelarse sería perderlo todo en pliegues de un sudario vampiro. ¿Niña Redentora -dijiste-, sálvame del cieno congregado por toda mi eternidad? Es verdad: ahora en la vejez, solo resta construir la probable ficción de lo que fue con palabras. Lo que fue y lo que fui están cosiéndose mutuamente. La niña sucia lo sabe. Por eso anota en descuidados cuadernos (como corresponde a toda niña sucia) la palabra inglesa “spear” que vale por lanza y por traspasar. “¡Oh, vieja arponera de tus navíos!”
Experimenta un raro escalofrío bajo su vulva: es el asiento de la bicicleta del hermano Ismael. Va de aquí para allá, levantando la pequeña polvareda que sólo puede levantar una bicicleta que es casi un triciclo. Frena bruscamente, y al levantar la vista están Ellos. De nuevo y a plena luz del día. Uno a uno, que no podría contarlos, podrían ser quince, o doscientos, o mil. Ya resulta imposible distinguirlos o recordarlos, siquiera de cerca. Sus trajes brillantes dejan ver, a todas luces, objetos -parecieran ser objetos translucidos. Es que esa tela, con el tono marrón clarísimo de muselina, aumenta el contraste.
-¿Recordás, pero recordás cuando de pequeña compartías la bañera junto a tus padres? ¿Cuando él se erguía sobre el enlozado blanco y su enorme sexo te paralizaba? Entonces no soportabas que te tomase de nuevo entre sus brazos. Transitabas el borde de lo intolerable y, lo más terrible, es que aún no sabías hablar. Te desesperabas. Después, continuando el ritual, tu primo Luis te sentaba sobre las piernas, y, mientras jugaba con sus dedos a lo largo de tu cuerpo, sentías cómo se excitaba, presionando tus muslos tensos e irisados. Querías arañarle la cara, meterles bien adentro los dedos en los ojos , pero tu timidez aún no lo permitía. Con el tiempo empezaron a gustarte cada vez más esos rituales, y sentías cierta humedad en el tajo y en la boca. Vivir el imposible ardor que nunca cesa, como dice tu amiga Josefa.
Luis mantenía una extraña relación con sus amigos. Ella lo sabía. Se encerraban en la habitación y se masturbaban, mirándose los unos a los otros, hasta el desmayo. Vos siempre quisiste estar en el centro del círculo ouroboros, viendo como en tus pechos se derramaría, al unísono, aquel precioso líquido ámbar. “La historia de una pesadilla, ¿no dura acaso siglos? Y una, niña sucia, indeseable, empedernida, se despierta tan cuerda, luego de haber pasado por el infierno”, nos repite (escribe en borradores), fija para la memoria.
Que se haga un interminable lago de semen, podrido y hediondo, como una inmensa telaraña líquida; y que el hedor llegue, al fin, desde Loreto a todo los rincones de la tierra, elucubraba la vieja niña sucia, mientras un brillo de crueldad la revivía increíble. Y tan desfigurada estaba con estos pensamientos matutinos -que a esta altura no eran recuerdos absolutos ni pura imaginación, es la pura verdad-, cuando oyó un gruñido sordo detrás de la puerta.
¡Vamos, Stella Maris, levantate ya, vamos marmota, que en la Procesión de Nuestra Señora de la Merced ni vos ni yo tenemos privilegios!
Manuel Lozano
París, 1996/Buenos Aires, 2007
domingo, 1 de julio de 2007
DIOS Y LA TIGRITUD
Por Ruben Garcia CebolleroDios tiene un plan. Ya lo escribimos en ocasiones anteriores, y en ésta un día después de cuando debía escribirlo aparezco con lo que debe ser un cuento fantástico. Se lo dedico al profesor Manuel Lozano, y a su hermano Aldo, por el oro de los tigres, una radio y página argentinas que les recomiendo visitar:
http://www.elorodelostigres.com.ar/
El cuento dice así:
Cerca de Lobos, frente a un bosque de olmos, duerme Dionisio, un cruce de galgo y dálmata. En una esquina del bosque, bajo un olmo y sin mover la cola ni abrir los ojos, piensa en su amo que está visitando París.
Dionisio duerme con los ojos abiertos porque sabe que, cuando menos lo esperas, el águila mercachifle aparece en el cielo. El águila se cuelga unas medallas enormes, inventadas y autoimpuestas, que vienen a confirmar una Literatura con mayúsculas que tiene de todo, sí, menos literatura.
El águila mercachifle cree que en los cielos está a salvo pero Dionisio aprendió a volar casi antes que a leer, y espera su momento para, con certeza, incar el diente en la incauta mercachifle.
El tiempo juega a su favor y ni él ni yo sabemos qué pinta Bruce Lee en esta historia. Al fin y al cabo, casi sucede lo mismo con la filosofía.














