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sábado, 13 de noviembre de 2010

FRANCESCA WOODMAN












Por Antonia Martos


Como un fantasma te transformas
en masa vaporosa.

Miras a través del espejo:

contraes tu ombligo y desciendes
las grietas de yeso tiran de tu cuerpo.
El vaho opaco de tu boca borra las huellas
de la memoria.
Mientras en una alfombra violeta yaces.

Paredes amarillentas de viejos talleres,
colchones raídos por el tiempo,
peceras llenas de orín
ennegrecen tu piel
de veintidós años.

El aire seco se acaba
y tú todavía te sorprendes.

.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Una broma



Por José G. Obrero.

"Se diría que no hay género más promiscuo que la fotografía: nuestros tiempos han convertido a cada ciudadano en un fotógrafo. ¿Es el fotógrafo un artista? ¿Es la fotografía un arte? Y si las respuestas son sí: ¿quiénes son los artistas? Decenas de fotógrafos anónimos alcanzaron el peldaño de la obra maestra"

Del ensayo: El fotógrafo desconocido y la fotógrafa que quería conocerse. Juan Bonilla. Revista ZUT nº1.

Ustedes son libres de creerme. Yo me limito a reproducir las palabras que Francisco Poyatos, en su lecho de muerte, me pidió que os transmitiese. Y tienen ustedes razón cuando especulan con la posibilidad de que se trate de otra de sus bromas, en este caso la última. Con él nunca se sabe. Pero también es cierto que su relato llena de sentido algunos huecos que había en su obra. Espacios incomprensibles en donde residía parte de su temperamento artístico y de su tan famoso “salvajismo heterodoxo” como alguno de ustedes escribió. La cosa, digamos, que se vuelve más mundana, pierde parte de su magia, desmorona el mito que él mismo construyó con ayuda de ustedes. ¿No creen que es demasiado brusco el tránsito de su etapa de fotógrafo mediocre a su brillante y tan cacareada “fotografía retal”? ¿No les parece que cobra sentido la frase: “su obra parece hecha por muchas manos distintas, geniales todas ellas”? Yo puedo además describirles otras situaciones, por algo fui su amigo y confidente, si apagan esos chismes y me prometen no publicarlo. Les cuento esto para que entiendan a Francisco no para que lo destruyan convirtiendo su vida y obra en un chisme de portera, y perdonen la franqueza. Recuerdo a Francisco atormentado, esclavo de la técnica y de la falta de ideas. Un Francisco que pasaba meses sin disparar su cámara más allá de las ruedas de prensa de políticos y empresarios locales, sintiéndose, según sus palabras, “sucio y mediocre”. Más aún cuando agotó el recurso de viajar a lugares exóticos para forzar el impacto de captar rostros y paisajes llamativos, pero siendo incapaz de trasladar una mirada nueva a su entorno inmediato. Su sequía se prolongaba hasta el siguiente viaje y aún así los resultados no eran dignos de destacar, todo sea dicho. Sin embargo, un buen día, de la noche a la mañana, nos anuncia con entusiasmo que la exposición que prepara nos va a sorprender, que nos trae algo fresco, ya veréis ya. Y así fue. La exposición era un derroche de creatividad: instantes únicos, perspectivas imposibles, expresiones, miradas, discurso, y lo más importante, con alma, “la mirada ingenua de un niño descarado”. La crítica, y eso ustedes lo saben mejor que yo, lo encumbró. Durante un tiempo estuvo pletórico, el éxito le sentó bien. Después volvió a ser alguien angustiado aunque esta vez su preocupación era, mantener ese éxito. Las sospechas de que algo andaba francamente mal llegaron de la gente más cercana. Sus allegados y los amigos y familiares de estos contaban que les pedía sus álbumes de fotos y que los repasaba una y otra vez mientras los demás charlaban. Yo mismo lo sorprendí revolviendo los cajones de mi comedor donde amontono mis instantáneas. Pedía fotografías a los amigos y familiares de los amigos, a todo aquel que lo invitase a una fiesta, álbumes, cajas, archivos. Luego, muchos aseguraban que les faltaban fotografías, le acusaban de ladrón, mostraban el hueco de la foto arrancada como prueba. Nadie les escuchó. Pero, ¿saben lo que creo? Creo en sus palabras, sobre todo en las últimas. Me dijo: “Yo no soy un artista, soy un recolector de esas genialidades que los autores no saben que poseen por ignorancia, ¿no es eso una forma de arte? ¿No le estoy dando a la gente la oportunidad de conocer algo que se pudriría en los cajones de las casas? ¿No estoy creando una obra al unirlas todas ellas en un discurso coherente cargado de intención?” No esperó mi respuesta. Quizás era una broma.

sábado, 28 de junio de 2008

KAFKA CORRIENDO HACIA LOS MUELLES, DE MANUEL LOZANO


Por Rubén García Cebollero


(La foto se titula Manuel Hesse y es la "Mano de Manuel Lozano sobre El Juego de los Abalorios, de Hermann Hesse, y farol hindhú" (Foto de Pía Paz Quintana, 2008).


El poema es el siguiente:



KAFKA CORRIENDO HACIA LOS MUELLES


¿Y es preciso partir
(ojos vendados, mirada en Andrómeda),
hacia el arrabal donde converge y se deforma
la cría de la bestia?


Vuelve agravado un idioma del mar
al mínimo engranaje de la pesadilla.
¿Viste la demolición, la atareada demolición
de las ciudades?
¿Oíste soplar a las piedras
falseando el principio de la historia?
Los albañiles mostraban sus vísceras
como los mendigos a pleno sol de mediodía,
como la pájara negra
en las manos de Santiago de La Vorágine.


Emanaciones de un áncora de perdición.
Sinfonía de juguetes feroces
para el recuerdo miserable de un niño.
Hospedajes donde el arrobamiento
abre los párpados.
¿Todavía recuerdas
cuando tu padre te encerrara
en la fría azotea
sin más alimento que un plato de hormigas
para comer tu propio vómito?
Carne cruda, dialectos de carne cruda.



¿Y es preciso entrar con los ojos vendados
a la mansión de misericordias?
¡Taumaturgia, taumaturgia,
querer entrar al vacío suntuoso, así!


Me ciegan de servilismo estos disfraces.
Pálpitos de muchedumbre
guardarían las reliquias de obediencia
y la pared
y el vigía más perverso
y el musgo subiendo en las prisiones
y el vigía menos perverso
y el dolor de la llaga
y la tragedia inalumbrable
y las tumbas bajo la nieve
y las sogas y el cuchillo que no saben
el enigma leproso de su oficio
y el esporo blasfemado en un Gólgotha sin ladrones
y la dulce anhelación de las crines del júbilo
y las manchas de sangre que levantan el velo
para despertar -sólo para despertar-
cuando llega la hora.


Manuel Lozano
Buenos Aires, junio de 2008


*Este texto principio "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 5-VI-2008. Pertenece al libro "Iconostacio", de Manuel Lozano -
www.elorodelostigres.com.ar

martes, 22 de enero de 2008

"...mas polvo enamorado."

Por Carlos Rull

El brillo intenso del sol matinal atraviesa juguetón las cortinas y acaricia con alegría el sofá y el mueble del salón. Hoy volverá a pedírmela. Siempre lo hace los raros días en que aún hace sol y él lo siente sobre la piel curtida de su rostro. Se acomoda con dificultad en la mecedora después de pedirme que la encare al balcón para recibir el vivificador calor de la mañana. El comedor parece que se convierte en un trocito de primavera en pleno invierno. Le gusta sentir el tacto luminoso, el roce meloso y confortable del sol sobre su tez avejentada.

Después de pedírmela, nunca se impacienta. Sabe que suelo estar muy atareado y que puedo tardar unos minutos en poder llevársela. No tiene prisa. Le gusta esperar meciéndose suavemente y tarareando viajas canciones, como si el calor y la luz del día le cargaran de vida. Le gusta esperar: hace años que convirtió su vida en una paciente y resignada espera. A pesar de todo, yo procuro acabar deprisa lo que sea que esté haciendo, y, finalmente, me acerco con la foto en las manos y se la doy. Creo que podría ir a buscarla él mismo si quisiera, pero prefiere hacer las cosas así, convertir estas mañana soleadas en un ritual íntimo. Le gusta que se la lleve yo y que me quede un rato observándole, en silencio, para que él crea que yo no sé que él sabe que sigo ahí. Le gusta este ritual de aguardar mi llegada con la foto de la abuela en su marco de madera.


En el momento de coger el marco siempre tiene la misma expresión en el rostro, la de un niño abriendo su regalo el día de Reyes. Me sonríe, me da las gracias y la contempla fijamente con infinita ternura. Pasa lentamente las yemas de sus dedos por la madera y el vidrio, con ternura, cariño y un extremo cuidado, cual si fuera la misma piel de mi abuela la que estuviera acariciando en lugar de la única foto que pudo conservar de ella. En alguna ocasión una lágrima furtiva ha asomado a sus ojos, pero mi abuelo nunca ha sido persona afín a los dramatismos ni a la sensiblería. Suspira, y sigue contemplando la foto, reconstruyendo en su memoria todos y cada uno de los detalles del rostro de mi abuela. Sabe que yo sigo ahí, y siente el infinito respeto con que le observo, y sabe también que me iré enseguida porque jamás me atrevería a violar la casi sagrada intimidad de esos momentos. Yo, por mi parte, sé que en cuanto me vaya él empezará a hablar en voz muy baja, en un susurro casi inaudible, y que le explicará a mi abuela, como siempre desde hace años, todo lo que ha ocurrido en casa, en la ciudad, en el mundo, estos últimos días. Más tarde, al abrigo ya del sol de mediodía, hablará de él mismo y evocará tiempos lejanos e imaginará futuros inciertos. Su susurro constante, que oigo, a veces, desde mi despacho o desde la cocina, tiene más de vivaz diálogo que de monótono monólogo. A menudo le oigo reír, y siempre, en algún momento, le oigo cantar. Le gusta sobre todo Suspiros de España. Era su canción, creo. El primer pasodoble que bailaron juntos. Y en toda la mañana no deja un solo momento de contemplar y acariciar la foto.

Hoy volverá a pedírmela. Y poco antes de que yo le avise para comer, será él quien me llame para rogarme amable, afectuosamente, que la vuelva a dejar sobre la cómoda de su habitación, y se despedirá de la foto con otra lenta caricia y una última mirada de puro amor al rostro sonriente de mi abuela.

Hace ya años que mi abuelo se quedó ciego.

sábado, 10 de marzo de 2007

HIPOTECADOS

Ruben García Cebollero
10 de marzo de 2007

Para hablaros de las hipotecas, he escogido esta foto de un amigo, cuyas fotos podéis ver en http://www.flickr.com/photos/mollanas, por si queréis deleitarlos con su trabajo. Espero que no le moleste un poco de publicidad.

Supongo que para muchos el tema de las hipotecas no es algo apasionante, mucho menos un día en que se juega un Barça-Madrid, y parece que todo en la vida deba centrarse en eso, en un partido que yo, por supuesto, veré. Sin embargo, debo a otro amigo lo mejor que he leído esta semana y que, traducido, viene a decir más o menos lo siguiente:

La gente ha asumido que deberá hipotecarse de por vida y por mucha pasta. Es decir: no se quejará de ninguna manera. No pasará nada. La gente irá cayendo, como moscas, siempre individualmente. Por tanto, los poderes no tienen nada de qué preocuparse. Primero hace falta cargarse el tejido social, cosa que ya está hecha. Después, todo es vía libre para el capital.

Dejando a un lado si las ideas son o no propias o ajenas, y mucho o poco originales, lo cierto es que no dejan de ser verdad. O al menos eso me parece. Y no sé qué es más terrible. Los precios de las casas y por tanto las hipotecas siguen subiendo, y parece ser que seguirán subiendo como el "eurovibor" (sí, ya sé qué es el euribor pero "eurovibor" suena más a lo que es), en una espiral que no puede llevar a nada bueno.

Volviendo a la fotografía que he tomado prestada de la genialidad de otro amigo, pensé en las otras hipotecas, las que no vemos, las hipotecas invisibles, para las que si no hay esos fotógrafos del alma, de lo cotidiano, nadie tiene un segundo de atención. Y en esa imagen de las sombras que van a cruzar un paso de peatones he visto, o he querido ver, todas las otras hipotecas que llevamos a cuestas, a las que ponemos otros nombres, o toda esa ceguera que nos permite seguir vivos, o creer que lo estamos. Esta semana leía a Kundera decir que el recuerdo es una forma del olvido, y de alguna manera así es cuando toda nuestra memoria tan sólo es una selección, un discurso escogido de imágenes, palabras y sentidos que, a la fuerza, debe dejar de lado parte de lo que también ha sido.

Todos tenemos hipotecas, sean bancarias o no, y afortunados/das quienes puedan decir lo contrario. En una de sus ciudades invisibles, Italo Calvino empieza diciéndonos en Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Donde dice Cloe podemos poner Barcelona, Madrid, Sevilla, Valencia o cualquier otra ciudad. Nos convertimos en sombras que cruzan pasos de peatones, sombras hipotecadas, de por vida y por mucha pasta, con el escaso relieve de los números que sólo sirven para engordar cuentas ajenas, de los silencios sin queja que perpetúan la cruel telaraña de las hipotecas.