Mostrando entradas con la etiqueta coleccionistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coleccionistas. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de octubre de 2007

De los vivos y los monstruos

Por Iván Sánchez Moreno

Nunca hubiera sospechado que su contribución al arte sería tan o más importante que su implicación en la farmacología británica. Henry Wellcome era un joven boticario de Nueva York sin demasiada ambición cuando visitó la ciudad de Londres en 1853, invitado por un colega de profesión que, con el tiempo, se convertiría en su socio y principal administrador de su creciente fortuna. Curiosamente, el nombre de este amigo era Burroughs, como el del famoso literato tronado que escribió ese manual de viaje psicotrópico que lleva por título “El almuerzo desnudo”. ¿Un augurio de su posteridad freak?

El caso es que, a la muerte de Burroughs en 1895, Wellcome se quedó solo... y millonario. Seis años más tarde se casaría con la hija de un prestigioso filántropo más por intereses económicos que por desatado amor. De hecho, no eran sólo 26 años de edad lo que los separaba, sino también una obsesiva entrega al trabajo por parte de él y un amante menos gris que el rico esposo. Tras advertir el embarazoso producto de la cornucopia en el vientre de su mujer, Wellcome se divorció y se replegó aún más en su anodina vida... y en sus extrañas aficiones.

Dilapidó a partir de entonces buena parte de su riqueza en una colección de objetos relacionados con la medicina de todo el mundo, contratando a decenas de agentes y ojeadores en calidad de representantes de su empresa para que le enviaran regularmente cajas y más cajas con piezas que podrían despertar su morbosa curiosidad. Meses después de su muerte en 1936, a la edad de 83 años, aún seguían llegando valijas embaladas de todo el mundo, con los objetos más raros e inquietantes en su interior.

La intención de Wellcome no era tanto la de olvidar su frustrado matrimonio y desvincularse de alguna forma de la necesidad de establecer nexos sociales, sino la de crear una especie de museo de la Humanidad contada a través de la evolución de las tecnologías de la salud.

La de Wellcome es una colección sobre el arte de sanar, pero también sobre la marginación del monstruo. Todas las miradas humanísticas de y desde la medicina convergen en el museo que se ha inaugurado en Londres en 2007 en memoria de Wellcome. No sólo se incluye el millón de piezas que Wellcome había acumulado en vida, sino también otras aportaciones contemporáneas como una grotesca escultura de 2,44 metros de John Isaacs que representa un deformado cuerpo antropomórfico atrofiado por un mórbido crecimiento de quistes de grasa. No puedo evitar sentir lo que siento se llama el engendro en cuestión.

La visión de Wellcome parecía en un principio apuntar a cierta respetabilidad por la moral médica, confiando en su filosofía humanística y desacomplejada –la misma que destila “El cuerpo herido”, diccionario sobre la cirugía que publicó el catedrático de la UB Cristóbal Pera en 2004–. Por eso su fondo más extenso lo componen modelos anatómicos antiguos (como una figura-mapa para la práctica de la acupuntura proveniente de Japón), prótesis de extremidades y objetos-fetiche como consoladores fálicos grecorromanos, el bastón de Darwin, el cepillo de dientes de Napoleón, la navaja de afeitar de Horacio Nelson y hasta los zapatitos que Florence Nightingale usó en su campaña personal de martirologio beatífico durante la guerra de Crimea.

Pero otras muchas piezas muestran una evidente carga crítica en las pretensiones de la medicina que parecen surgir del lado más oscuro de las ciencias de la salud... y de la muerte. No es extraño, pues, encontrar en el museo salas que exhiben momias peruanas, sillas chinas de tortura, corazones humanos en formol, vitrinas repletas de utensilios de aspecto amenazador (como una serie de sierras de amputación que haría las delicias de los hermanos Mantle, protagonistas de la película “Inseparables” de Cronenberg).

El “monstruo” también tiene su representación en este museo de la vida y los horrores. Según Elena del Río, profesora del Siglo de Oro español en la Universidad Estatal de Georgia, la iconografía científica ayudó mucho a construir la idea de “monstruo” como dilema moral, misterio de la (anti)naturaleza, mal fario popular y tópico literario –piénsese en los doctores Frankenstein, Jeckyll y Moreau, por ejemplo–. En su ensayo “Una era de monstruos”, Elena del Río denuncia la compra-venta de niños desfigurados y anómalos en circos y ferias ambulantes... las mismas en las que los primeros vendedores de medicamentos voceaban las excelencias de sus productos.

Como Henry Wellcome.

viernes, 25 de mayo de 2007

El arte de almacén

Por Iván Sánchez Moreno

Coleccionar arte responde a una obsesión cuya finalidad última es saciar un ansia desbordante de posesión sin límites, igual que la del bibliófilo que amontona libros construyéndose la ilusión de vencer a la muerte con tanta lectura pendiente. El coleccionista de arte, sin embargo, entre en un feroz y feo juego competitivo para impedir que una pieza caiga en manos del adversario, a golpes de talón.

No son éstos expertos en arte, sino aficionados con un gusto más o menos definido según el patrón de su equipo de asesores, que en su mayor parte son gestores y administrativos de pelo engominado que regatean con anticuarios y galeristas en nombre de su amo y señor. Empresarios como Plácido Arango o Alicia Koplowitz son además –qué casualidad– miembros del patronato del Museo del Prado, del Metropolitan de Nueva York y de Christie´s.

El primero presume en su colección de obras de El Greco, Ribera, Murillo, Sorolla, Fortuny, Picasso, Saura, Dalí, Miró, Barceló, Zurbarán, Goya y Tàpies, y esculturas de Henry Moore y Louise Bourgeois. Como quizá se le quedó la casa pequeña, donó una parte al Museo de Bellas Artes de Oviedo para que asuman otros los gastos de su conservación. Le van a la zaga los hermanos March y las Koplowitz.

Sobre éstas, conocida es la fijación de Esther por Goya a raíz del frustrado robo de 17 cuadros de su domicilio madrileño hace seis años. De las dos hermanas, Alicia (la rubia) es la que custodia más joyas: un Picasso de 10 millones de euros, algunos Egon Schiele, unos cuantos Klimt, Rothko, Giacometti, Louise Bourgeois, una mole de Richard Serra tirada en el jardín y, por supuesto, también Goya.

Otro coleccionista de postín (y de pastón) es Juan Abelló, quien invirtió un pellizco de sus finanzas en un museo particular repartido en cinco casas de su propiedad. Abelló repite con Miró, Barceló y Tàpies, así como un Bacon de 25 millones de euros y un Degas de sólo 10 que cuelga en el palacete que es hoy sede de su compañía inversora.

Helga de Alvear es dueña de un total de 2000 piezas aproximadamente, de entre las que destacan unos cuantos Picasso, Kandinsky y Max Ernst, así como varias instalaciones de gran formato que vaya ud. a saber dónde las mete. Helga admite con resignación: “Yo no tengo segunda residencia, ni yate, ni un gran coche. Compro obras de arte, es cuestión de elegir”. Pero esta humildad no es la de una señora que se ha deslomado la espalda fregando escaleras; se da la coincidencia de que es galerista. Puestos a elegir, hay quien prefiere una vivienda digna que un Botticelli bajo el puente. La pobre Pilar Citoler, en cambio, sólo cuenta con 600 obras, que se pudren cubiertas de polvo en un almacén. Ambas preparan una fundación a su nombre que vele por sus colecciones personales, tal y como hiciera Mario Rotllant en Barcelona al crear Fotocolectania.

No es un mero capricho que las mayores colecciones de arte privado estén en Norteamérica. Allí hay más proporción de multimillonarios por metro cuadrado que aquí, amén de propinar generosas desgravaciones tributarias por cada compra de arte. en España, sin embargo, se pagan hasta derechos de importación, y el IVA se cobra un 16% de cada obra declarada. Afín a la historia de la picaresca nacional, el sablazo fiscal ha generado asimismo una gravísima tradición de venta en negro, sin facturas entremedias, lo que ha ocasionado que en más de una ocasión no se puedan acometer rigurosos catálogos razonados de algunos artistas –como es el caso de José Guerrero– porque sabe quién tiene qué cuadro ni dónde. Actualmente, para evadir impuestos, la solución más usual es montar fundaciones filantrópicas. Con la excusa de hacer cultura, el propietario de su propia colección de arte se ahorra una pasta en Hacienda y encima tiene más fácil acceso a subastas y adquisiciones de nuevas obras.

El auge de ferias de arte en España hace suponer que la afición por el arte crece paralelamente al enriquecimiento de las cuentas bancarias, gracias al imparable –y execrable– tocomocho inmobiliario que está azotando el país. Y para muestra no un botón, sino dos: Joaquín Rivero y Josep Suñol no sólo son dos importantes coleccionistas de arte, sino también directores de las inmobiliarias Metrovacesa y Habitat, respectivamente.

Las más prestigiosas casas de subastas no son indiferentes a esta tentadora renta per cápita empresarial, y han hallado en España un filón a explotar: sólo el año pasado, Christie´s ganó más de 15 millones de euros de una sola vez. La gente con pudientes se deja una pasta gansa en una firma de relativo renombre, aunque la nueva más un imperativo narcisista que un verdadero éxtasis estético. Claro que cuando su nombre y apellidos aparecen entre los donantes de las obras exhibidas en un museo, se colman de un orgullo pajillero. Hablan entonces de generosidad y de amor al prójimo, permitiéndole compartir con ellos el placer de ver un cuadro privado –seguramente no dirían lo mismo si ese mismo prójimo, ante tamaño acto de entrega, se colgara el lienzo en su propio salón, reservándolo sólo para sus ojos–.

Sin embargo, callan como un muerto que, en caso de que una institución exija una pieza de su propiedad para una exposición temporal, estén obligados a cederla. José Luis Vélez, por ejemplo, vendió –perdón, cedió– al Estado toda su colección de piezas de cerámica griega. Pero, eso sí, se quedó con un Velázquez por si las moscas y las vacas flacas.

Los coleccionistas, para variar, van por ahí muy prendados de sí mismos. Algunos tienen el bendito morro de ufanarse por contribuir con sus compras a que mucha pintura española no salga del país, asumiendo que buena parte del arte nacional fue a parar ilegalmente a manos extranjeras o se confiscó como botín de guerra y fianza al invasor de turno. Vale, el arte está a buen recaudo... en una caja de caudales ajena. Parapetarse en que los fondos del citado Museo del Prado, el Picasso de Barcelona o la Thyssen-Bornemizsa fueron fruto del coleccionismo es como dar pan duro a un pedigüeño hambriento y sin dientes: ¿encima se va a quejar ante tal desprendido humanismo?

Menos mal que hay gente que compra obras. Si el arte fuera gratis, carecería de valor.

viernes, 4 de mayo de 2007

¿Para qué sirve el arte?

Por Iván Sánchez Moreno

De entre todas las cosas para las que no sirve el arte es para hacernos mejores personas. Un esteta como Hitler llegó a cotas tan sibaritas como inhumanas cuando se negó a bombardear Florencia porque contenía demasiada belleza como para ser destruida. Seis millones de civiles no corrieron mejor suerte en los campos de exterminio.

De igual modo, tampoco existe una evidencia clara de que algunos experimentos científicos demuestren la supuesta afectación cortico-neurológica, anímica y conductual del arte sobre la mente humana, por más que los estudios de la última hornada de psicólogos del arte se emperren en ello.

El crítico John Carey denuncia precisamente que las mayores inversiones públicas en el campo artístico se lapiden en la promoción de los nuevos paladines del arte contemporáneo, que sólo beneficia a las clases más favorecidas de la población, en vez de costear iniciativas de formación y desarrollo en cárceles y otras instituciones correctivas. Da la casualidad de que Carey es también catedrático de literatura en Oxford y eso se nota especialmente en los últimos capítulos de su ensayo “¿Para qué sirve el arte? (ed. Debate), cuando defiende la eficacia de la literatura por encima de las demás artes a la hora de fomentar y transmitir con mejores resultados las ideas y la capacidad de crítica. La literatura, a diferencia de la pintura, por ejemplo, es más inmediata, directa y rápida porque rehuye el subterfugio y la obligatoriedad de la traducción del mensaje.

Y aunque el tono de Carey es acertadamente irónico y desmitificador, el hombre llega a la misma pesimista conclusión que aquel gamberro nihilista que fue Warhol: el arte es todo aquello que alguien consideró alguna vez como tal... lo cual incluye desde una lata de sopa de tomate Campbell a un tambor de detergente Brillo “estéticamente” reproducido.

Sin embargo, englobar en un mismo paquete de masas un cuadro de Velázquez y un mingitorio de Duchamp tiene guasa si no se argumenta bien, y por descontado provoca ríos de tinta y una encarnizada polémica entre puristas y relativistas extremos.

Carey cita otros ejemplos en su citado ensayo. El caso de aquella señora de la limpieza que confundió una de las obras de arte que se exponían en un museo con lo que parecía, esto es, una simple bolsa de la basura sobre una peana. Otro caso similar lo provocó el escultor John Chamberlain en Nueva York: bastó sólo un momento de descuido para que los barrenderos se deshicieran de una pieza ensamblada con chatarra y restos de coches desguazados que había dejado aparcado frente a una galería (hay que ser tonto, Mr. Chamberlain...). El desaguisado más excepcional es el que sufrió el coleccionista Charles Saatchi hace unos años, cuando los albañiles que le hacían unas chapucillas y unos arreglillos en casa le desconectaron la luz, con tan mala fortuna que un molde de la cabeza de Marc Quinn realizada con cinco litros de su propia sangre y que guardaba en el frigorífico se derritió irremisiblemente dejando un reguero de sangre fresca por todo el hogar...

Y, al final, la respuesta al título de su ensayo lo ofrece el mismo Carey al enumerar la ingente cantidad de pasta que mueve el arte en galerías y salas de subasta, en la transacción de artistas entre ferias internacionales y museos públicos, sufragados con el bolsillo del ingenuo contribuyente. Lo más escandaloso no es que un magnate como Steve Wynn, enriquecido con los casinos de Las Vegas, reviente sin querer de un codazo un cuadro como “Le rêve” de Picasso, sino que pague por él casi 140 millones de dólares y se quede tan pancho. ¿De veras aún hay gente tan inocente que no sabe para qué sirve el arte? Pues que se lo pregunten a los asesores de Wynn...