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miércoles, 1 de abril de 2009

Puédese padecer, mas no saberse


Por Rubens Molina







Compromiso social: "Quiero que me quieran. Quiero que me quieran."

Fidelidad: Miedo y estupidez


Yoga: ¿Yo oigo?


Maestro Yoda: Es más bajo, más calvo y más viejo que tú. No puede enseñarte nada que te


sirva en la vidad real. Es tu padre.






























miércoles, 1 de agosto de 2007

CERRADO POR VACACIONES / TANCAT PER VACANCES


Volveremos en Septiembre. / Tornarem al Setembre.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Disfrutar

Por Andrés González Castro

Cuando la iglesia católica me preparaba para la vida de casado en un curso prematrimonial, un día se habló de la paternidad responsable. Una joven pareja que manifestaba no tener nunca problemas de mutuo entendimiento dejó claro con gran desenvoltura que sí quería tener niños, “porque sí, bueno, porque es lo que toca, ¿no?, porque el reloj biológico, y se te pasa el arroz, y ves a los niños corretear y dices ¡jo!”, pero que antes querían disfrutar del piso. A mí aquella sarta de sandeces me dejó atónito, pero el colofón era de traca. ¿En qué consiste exactamente “disfrutar” un piso? Se puede pensar que la pregunta es cándida, porque una mayoría reduce el concepto de “disfrutar” aplicado a un piso a pegarse apretones cuando a uno le venga en gana. Cosa que es inquietante. Porque hoy en día pocas parejas llegan a los umbrales del compromiso sin haber gustado las dulces mieles (y amargas hieles) del amor -si exceptuamos a los mozalbetes y zagalas del archiconocido vídeo de "Amo a Laura"-. ¿A qué se debe, pues, tanta expectación? Los jóvenes se buscan la vida en descampados, debidamente acurrucados en sus coches, y otros muchos lugares insólitos cada vez que pueden, particularmente los fines de semana. Y como los noviazgos son largos porque el precio de los pisos es elevado y quién se va a emancipar si no tiene una televisión de plasma, la verdad es que los amartelados novietes llegan al altar bastante corridos, es decir, experimentados en lances de amor. Tanto frenesí por conseguir piso propio y, al final, las parejas matrimoniadas en nuestro país dedican solo dos días semanales a la coyunda, según estadísticas.

Entonces, ¿en qué consiste ese “disfrutar el piso”? ¿Se puede disfrutar de una nevera? ¿De una sandwichera? ¿De una aspiradora? Si es así, tenemos garantizada la paz doméstica: los tórtolos suspiran por meterse en casa –el casado casa quiere– y ampliar sus actividades comunes, reducidas hasta entonces a intercambio de flujos, con actividades tales como la gastronomía –cuyo emblema es la sandwichera– y la limpieza –con la aspiradora como mascarón de proa–. En consecuencia, se adquiere rápido la mal llamada curva de la felicidad y sin solución de continuidad uno se apunta a un gimnasio que lo redima del pecado de la gula. La limpieza se suele delegar en la fémina y lo que fuera disfrutar del piso se transforma en padecerlo con una rapidez que ya querría para sí el AVE Madrid-Barcelona.

Siendo el antedicho “disfrutar” muy sospechoso, lo es tanto o más el “disfrutar” del que abusan quienes se sirven de él con obstinación para referirse a las vacaciones. Las vacaciones, además de ser siempre “merecidas”, parece ser que, además, “se disfrutan”. Lo cual es una enorme falacia. Porque se sabe que las vacaciones, especialmente las estivales, porque son más largas, suelen desembocar en un periodo de continuos rifirrafes en el seno de las familias peor avenidas. Sus miembros, hasta entonces mantenidos a raya por jornadas extenuantes, se ven forzados a convivir un número de horas desproporcionado y a compartir actividades que pueden poner a prueba la resistencia de los cónyuges y descendientes (de haberlos). Como sentencia el mono del anís, la ciencia (estadística) lo dice: en las vacaciones se fraguan muchos divorcios. Hasta en la muy católica Italia las cosas son así y así se las hemos contado, es decir, que caminan hacia la convergencia con Europa en materia de divorcios y separaciones a pasos agigantados (International Herald Tribune, 7 de agosto de 2003). De manera que el dichoso disfrute vuelve a estar bajo sospecha.

Al final de estas disquisiciones, no me queda sino recomendar un tanto de prudencia en las manifestaciones de júbilo que preceden a esos períodos cruciales de nuestras vidas que se llaman matrimonio y vacaciones. El primero suele acaecer menos veces, pero de ambos se piensa disfrutar y a veces ambos se acaban padeciendo. Sugiero que se utilicen fórmulas más neutras como “quedarse en casa” por “disfrutar del piso” y “pasar las vacaciones” por “disfrutar las vacaciones”. A veces los hablantes exageran la nota en ese terreno resbaladizo de las aspiraciones colectivas que acaban en tremendos fracasos personales.