Hasta hace poco le aterraba volar. Sin embargo, desde que sube a los aviones con la esperanza de que estos se estrellen, las más violentas turbulencias y maniobras le exaltan turbadoramente, llenándole de un deleite conmocionador, de un regocijo casi infantil, un goce perversamente sensual . Los vuelos plácidos y sosegados le semejan interminablemente monótonos. Goza en cambio de los traqueteos, los zarandeos y los más o menos bruscos descensos. Las tormentas y las borrascas se le antojan ahora escenarios perfectos para despegues y aterrizajes. No es raro, no obstante, que la persona que ocupa el asiento anejo solicite con creciente inquietud a la azafata un cambio de sitio. Aduce él que todo es cuestión de puntos de vista, mientras contempla un folleto de una escuela de salto en paracaídas. De los motivos por los que ha perdido - o tal vez ha ganado - el instintivo y natural apego a la vida nada dice.
Microlecturas | 66 | Clinamen
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