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domingo, 12 de diciembre de 2010

LA DUDA

Por Rufino Pérez


Cuando a aquel muchacho le sobrevino la duda de si aquello estaba bien o mal, no conocía a Zaratustra ni a nadie que le pudiera iluminar, salvo su padre –había descartado a su madre por razones de masculinidad-.

Los amigos carecían de criterio, o al menos eso pensaba él. Y en el entorno religioso, la respuesta vendría acompañada de una gran penitencia. Además, él no buscaba saber si era o no pecado, sólo si estaba bien o mal.

¿Y cómo se lo digo a mi padre? A pesar de que no dudaba de que habría una respuesta conveniente, carecía de la elocuencia suficiente para plantear la duda sin que se viera afectado por la vergüenza del desconocimiento y la innegable presunción de haber ya cometido el acto sobre el que dudaba acerca de su bondad / maldad.

Aquel día, miró a su hermana mayor con ojos de por qué tú no naciste varón.

domingo, 23 de mayo de 2010

POESÍA II

Por Rufino Pérez


En realidad, lo de pelandusca no es lo que parece. Hay una voz que se ha colado en el texto y que no se ha hecho notar. Yo soy una princesa del placer. Veo a los hombres llegar sin alma de hombre y los transformo. Cuando se van de mi abrazo, tienen de nuevo un alma. Eso de Lo trajo a la puerta… fue una vecina fea y repintada que se lo estaba contando a otra. Pero tenía buen olfato la muy pelandusca. De los hombres, se me queda su perfume. Y su cara, cuando los veo llegar.

De aquel poeta, se me había quedado también su cara. Esa cara que tras los cristales en aquella tarde de lluvia, parecía la de un perrillo faldero que busca el calor de su dueño: los ojos sin mirada, la sonrisa ausente, con las mejillas caídas indicando un desamparo; tránsido de un doloroso sentir que parecía llegar con cada gota de lluvia. Estaba escribiendo algo. Y a mí me gustó. Por eso no quise dejarlo en la calle.

Esta mañana, limpiaban el pasamanos con especial dedicación dos buenos mozos. Porque hay personas que dejan huella.

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*** No quiero hacerme el interesante y llevar a los "lectores" a buscar la entrada 1, así que os la copio aquí.



En las tardes de lluvia, miraba tras los cristales y experimentaba un gran goce estético que a menudo se plasmaba en una poesía lánguida y dolorosa.En los días de sol, ocultaba la vista tras los cristales de las gafas y sintiendo el calor de su cuerpo, hacía poesía empapada en sudor.Un día, llegó borracho a casa. Lo trajo a la puerta una pelandusca morena que olía a Paco Rabanne. Y casi la linchan los vecinos de aquella excelsa escalera con pasamanos de oro que olía a flor de azahar.

domingo, 9 de mayo de 2010

POESÍA

Por Rufino Pérez


En las tardes de lluvia, miraba tras los cristales y experimentaba un gran goce estético que a menudo se plasmaba en una poesía lánguida y dolorosa.
En los días de sol, ocultaba la vista tras los cristales de las gafas y sintiendo el calor de su cuerpo, hacía poesía empapada en sudor.
Un día, llegó borracho a casa. Lo trajo a la puerta una pelandusca morena que olía a Paco Rabanne. Y casi la linchan los vecinos de aquella excelsa escalera con pasamanos de oro que olía a flor de azahar.

lunes, 18 de enero de 2010

Esqueletos urbanos


Por Ester Astudillo


Desde una cierta distancia, sobre la cinta de asfalto todas las urbes parecen la misma, copias miméticas de un único prototipo. Me adentro en el perímetro de mi ciudad natal por la autopista desde el sur. Soy consciente de mi mirada, no exactamente triste, cubriendo la extensión de terreno cada vez más vasta que ha ido acaparando la ciudad a expensas del campo y los cultivos, los bunkers de pisos obscenamente gigantescos.

La mirada, mi mirada, no apenada ni gozosa, sino más bien un tanto indiferente; no hay comprensión, ni tampoco ese fugaz sentimiento de comunión con el entorno circundante, material y/o animado, de paz o de pertenencia, de descubrimiento de un orden primordial que es capaz de substraerse a la tónica de aflicción generalizada que comporta vivir. A veces, a veces sí la hay. Pero no ahora, no en esta mirada que desde donde dispara abarca la mayor parte de la urbe; es una mirada de distanciamiento, escasamente de reconocimiento de la fuerza de cada una de las partes en la contienda, lejos tanto de la alegría como del dolor, aunque no por ello exenta de cierto grado de conmoción: esta ciudad sé que podría ser cualquier otra, en nada se diferencia de sus vecinas próximas o lejanas a excepción de sus detalles menores, el perfil de una curva, el color de la pupila.

Las ciudades, como las gentes, son en el fondo –¿en esencia?- intercambiables, irrelevantes en su fisonomía propia, en la historiografía que les ha otorgado su personalidad y su nombre, el encumbramiento en la historia, o la decrepitud. Es mezquino aspirar a hacer valer esos datos con que el azar ha tenido a bien coronar a cada villa o a cada individuo como baza para alegar mayores méritos. Esa ciudad que yo recuerdo, aunque su rostro haya cambiado, y que me ha olvidado por completo, esa ciudad tiene las puertas abiertas para mí en igual medida que para cualquier otro; el pasado no me sirve para reclamarla como mía, para exigirle fidelidad, ni siquiera memoria.

Esa ciudad que visito de tanto en cuanto, que no me ama ni me rechaza, que es indiferente a mi persona, a mi pasado embrujado y sepultado entre sus muslos y su vientre, que me atrae aún tanto y que a un tiempo es capaz de expelerme a las 24 h, inhabitable y a la vez tan querida hasta cierto punto, precisamente por su mismísima incapacidad de superación y de entrega. Esa ciudad es sólo una caja negra que no sabe lo que es, que vive alejada de sí misma, ajena a su propia inconsciencia e ignorancia, a su belleza y su bajeza por igual, como una vulgar mujerzuela que poblara sus calles impermeables e indiferentes a la lluvia que hoy la moja sin pausa.

Esa ciudad que emergió del pasado y perdura en el presente. Algún día, en algún momento dado, estoy convencida de que sus restos arquitectónicos tan mimados por historiógrafos, paleontólogos y entomólogos habrán de desmoronarse, se derrumbarán como hebras corruptas de ADN, como catapultas medievales enterrando a quienquiera que se encuentre debajo de ellos. ¿Quién podría, quién querría garantizar que no será uno mismo quien se halle justo en sus cimientos en ese momento de colapso, que esa crisis no advendrá ahora precisamente, en el año 10 del s. XXI, en este instante en que tiemblo ante la pantalla? ¿Cómo podemos cabalmente alardear de estar perfectamente a salvo cuando nos adentramos en los vestigios del pasado? ¿Es el hecho de que sean precisamente sólo huellas de un tiempo ya extinto lo que nos otorga esa falsa sensación de invulnerabilidad? ¿Acaso el pasado no puede ya herirnos?

Y no me refiero sólo a una invulnerabilidad simbólica, ampliamente demostrada como falaz por historiadores y cuentistas diversos dados a fantasear sobre el alma humana: el pasado, el personal y el filogenético, siguen gravitando a nuestro alrededor siempre, atrapados en nuestro perímetro (a más masa, mayor es g), ejerciendo sus fuerzas evitativas o imitativas, o si se prefiere, centrífugas o centrípetas, aunque sean invisibles e intangibles, propulsando regresiones o huidas hacia delante, arriesgados saltos al vacío.

Pero digo que me refiero también a una invulnerabilidad en su sentido más literal frente a las ruinas del pasado. Pues cierto es que cuando nos enfundamos el traje de turistas creemos que es con la absoluta garantía -quién lo garantiza es ya harina de otro costal- de que se cumplen rigurosamente las condiciones óptimas de seguridad, de que ni el pasado (simbólicamente) ni sus huellas (literalmente) se vendrán abajo en el preciso instante en que estamos saciando acaso nuestra curiosidad. Y así es por ley probabilística, efectivamente, aunque como todas las inferencias estadísticas, tales leyes especulan sólo sobre tendencias abstractas cuando el límite es infinito, que por necesidad no se correlacionan con la realidad, siempre e indefectiblemente concreta, única y por definición excepcional.

Lo que existe a día de hoy, lo que hoy perdura, los trazos que han tejido nuestra historia, perdurará, creemos, para el futuro ad infinitum. Pero esa creencia es pura falacia, un autoengaño del que nadie parece –o quiere- ser consciente. Y así es que ejercemos una y otra vez nuestro papel de turistas culturales, eso con suerte, y nos vanagloriamos de haber sobrevivido exitosamente, y por fortuna, a un pretérito que juzgamos sin excepción oscuro y menor.

Y el presente, ¿será alguna vez preciado también en un arcano futuro? ¿Existirá un porvenir suficientemente dilatado que permita emerger la distancia irónica necesaria para que así nuestros congéneres de siglos adelante puedan también vanagloriarse de haber escapado al naufragio del oscurantismo y el declive que caracterizaron al s. XXI?

domingo, 22 de noviembre de 2009

DE NOCHE...

Por Rufino Pérez


Esa noche, el más pequeño lloraba. Treinta muchachos en una sala. Había que dormir. Ya se le pasará. Vaya horas de ponerse a llorar.

El llanto formaba parte de lo cotidiano aunque no de lo público. No se era hombre si se lloraba delante de los otros. El dolor físico cerraba las lágrimas mejor y más fuerte que el dolor del alma. A veces era soledad, otras nostalgia, siempre faltaba algo. Las heridas se cerraban tal como se abrían. En la rodilla, en la cara, en el brazo, eran heridas de guerra orgullosas en mostrarse. Dentro, no había heridas, la mañana negaba a la oscura noche en la que nadie vigilaba.

Pero tú aprendiste a leer en el rostro y callar. Al fin y al cabo los gemidos del llanto eran unos más de los 300 sonidos –no los contaste ninguna vez- de aquel internado.

Hoy lloras cuando te da la gana y no te puedes dormir si oyes un llanto. No sé si la ecuación es una derivada o una integral que se obtiene con aquellos datos. Da igual, al fin y al cabo tampoco se puede resolver porque hay más de una variable; el tiempo, la edad, la situación y unos centímetros de más en el número que ahora llevas de zapato.

Hoy es domingo. Qué bueno estaba aquel chocolate con bollo que tu compañero dejaba sin tocar y que tú te tragabas sin preguntar por qué anoche lloraba.

domingo, 8 de noviembre de 2009

EL JUEGO DE LOS ESPEJOS

Por Rufino Pérez


Penumbra. Al fondo, un sofá que languidece en su raído color. A la izquierda, una mesa baja con los restos de una cena ligera: un trozo de pizza y media cerveza aún por consumir. Un televisor en marcha, sencillo, gris y viejo. El suelo está sembrado de literatura: un periódico atrasado, una revista pseudocientífica, un libro abierto en decúbito supino y varias hojas sueltas que alfombran el piso. ¡Ah! y una cucaracha, bueno más bien dos o tres. Silencio.

(El público espera la entrada de algún actor, pero pasará el tiempo y nadie sale. Cuchicheos)

(Pasa el tiempo. Cierto revuelo en el público, alguna risa nerviosa. Alguien comienza a dar palmas. Una parte del público corea las mismas palmas)

(Sube el tono de las voces. Se oyen imprecaciones, gritos de cólera. Varios espectadores inician un desfile hacia la calle entre el alboroto general. No encuentran a nadie en las puertas. Alguno de los más elegantes rompe de un golpe una marquesina que anuncia la próxima obra: “Cena para dos”)

-¡Coño, qué frío! Voy a dejar de fumar sólo por no tener que ir a la gasolinera en medio de la tumbada.

El sofá le responde acogiendo sus posaderas con un quejido de muelles hartos ya de tanto sube y baja. Las cucarachas, casi amaestradas, se retiran discretamente a un rincón. Luz del televisor que se enciende. Media pizza que desaparece de un bocao, la birra que se agota y la lumbre de un cigarrillo.

Creo que alguien aplaude desde el palo del gallinero. Alguien que al salir no rompe ninguna marquesina.

Yo tengo que acabar este texto y pensar en qué exámenes pongo para el lunes a mis queridos alumnos de 4º de ESO. Tal vez, algún espectador rezagado me esté aplaudiendo –ignorante de mí-. Me espera el gran teatro…del mundo, y allá voy, hoy domingo, a tantos de tal, con una estupenda sonrisa, esperando a que alguien me aplauda –iluso de mí-. FIN

domingo, 31 de mayo de 2009

ESTA VIDA DE PELÍCULA...

Por Rufino Pérez






Tengo un primo en Burgos que se llama Autólico. Y la verdad es que le va bien el nombre, porque sabe transformar el color de las cosas.

Él no se dedica a robar como podría deducirse de su nombre, sino que, cuando tú le dices que tal o cual político es un mentiroso, o que vaya cacao con la crisis que todos están aprovechándose de ella y echando a gente a la calle, él te da la vuelta no sé cómo pero terminas votando a ese político y comprendiendo la crisis.

Obama lo ha querido fichar de asesor, pero él dice que de Burgos no sale aunque le lluevan los dólares.

Yo creo que tiene miedo de salir de casa y no volver, como aquel Odiseo –su nieto mitológico- que estuvo rodando tanto tiempo por el mundo.

Y en eso le doy la razón, porque como en Burgos no se está en ningún sitio. Bueno, en Barcelona también se está bien ahora que han ganado la copa. Mi primo es del Barça y aunque él no lo quiere admitir, le gustaría vivir más cerca de su equipo. Pero, ¿y si le da por aplicar sus poderes un día, en mitad de un partido y convierte las camisetas blaugranas en un puro blanco? No me lo quiero ni imaginar. Así que es mejor que mi primo se quede donde está y que los colores, si es que alguno ha de cambiar, sea el rojo de la guerra por el blanco de la paz. Que Corea nos coja confesados.

domingo, 7 de diciembre de 2008

DESEOS

Por Rufino Pérez


Le gustaba la vida. La descansada vida. Y pidió un deseo. Pasaban los años y vio morir a su padre, cosa normal. A su esposa, tal vez normal. A su hijo, no muy normal. A su nieto, a su biznieto, a sus tataranietos. Ya no tenía amigos. Todos habían muerto. Y pidió otro deseo.

Pasaban los días lentos, lentos... Frente el ordenador –era un anciano moderno- surgió un día una frase: “error en el servidor. Se ha realizado una operación no válida. Este programa tiene que cerrarse” Y se apagó el ordenador. Entonces a él se le encendió una luz y comprendió.

Siguieron pasando los días. El servidor siguió bloqueado eternamente.

Moraleja: toma lo que la vida te da y olvídate del ordenador.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Cuestiones inacabadas. La vida que prosigue

Por Rufino Pérez

"Niño, no toques eso, caca.”

Y me quedé sin sentir la dulce textura de un aterciopelado cojín sobre la silla.

“Chaval, cuando seas padre, comerás huevos.”

Y ahora no los como, o los como moderadamente porque me sientan mal.

“Esto es cosa de mayores, vete a la cocina.”

Y nunca he sabido por qué hablar de sexo es sólo cosa de mayores. Lo que sí que aprendí es a distinguir por el olor, el plato que comería ese día.

“Calla, pequeñajo, cuando seas mayor, lo entenderás.”

Y ahora, cada vez lo entiendo menos, y me hago mayor cada día. Sigo callado, esperando respuestas. Pero, también he aprendido a gritar.

“El que manda, manda, aunque mande mal.”

Y todavía no sé por qué tiene que haber gente que mande mal. Y a veces, ni siquiera que tenga que haber gente “mandona”.

“Estudia y te harás un hombre de provecho.”

Y yo saqué provecho, pero no sé si saqué más de los juegos, la calle y el aire libre, o de los libros de texto. Al menos sé que estos últimos me han adelantado la miopía que padezco. Menos mal que también hay otros que me han dado una visión de lujo.

“Nunca faltes a tus obligaciones.”

Y tengo tantas, que no llego a todas. Luego…

“Di siempre la verdad.”

Y conozco a más de uno que se sintió arrinconado por no saber mentir a tiempo. La gran mentira es la que nos venden cada día por la televisión.

Y hubo también más cosas que no me dijeron pero que aprendí mirando a mi padre que salía a trabajar cada día y volvía con una sonrisa, y aunque cansado, siempre tuvo tiempo para mí. Y que me llevó tierra a dentro y me hizo ver lo que era cada árbol, con su nombre, cada pájaro –aunque éramos cazadores, de los clásicos, nada de tecnología- que me hizo aprender a orientarme –aunque todavía me pierdo- y a sentir el medio en que vivíamos como integrante de mi propia vida.

Y también mirando a mi madre, que trajinaba en la casa y se acordaba de qué plato era el que más nos gustaba a cada uno. Y que suplía con amor los socavones afectivos con los que yo corría a sus brazos. Y que gastó alguna zapatilla –exagero- en mi trasero porque en algún momento éramos incompatibles, bueno, y porque era ella quien primero descubría mis jugadas.

Y aprendí de la gente, de aquellos que pude aprender, que me leían sin palabras el libro de la vida.

Y ahora soy profesor, de título nada más. Será que aún no he aprendido lo suficiente.