
Por Ester Astudillo
Desde una cierta distancia, sobre la cinta de asfalto todas las urbes parecen la misma, copias miméticas de un único prototipo. Me adentro en el perímetro de mi ciudad natal por la autopista desde el sur. Soy consciente de mi mirada, no exactamente triste, cubriendo la extensión de terreno cada vez más vasta que ha ido acaparando la ciudad a expensas del campo y los cultivos, los bunkers de pisos obscenamente gigantescos.
La mirada, mi mirada, no apenada ni gozosa, sino más bien un tanto indiferente; no hay comprensión, ni tampoco ese fugaz sentimiento de comunión con el entorno circundante, material y/o animado, de paz o de pertenencia, de descubrimiento de un orden primordial que es capaz de substraerse a la tónica de aflicción generalizada que comporta vivir. A veces, a veces sí la hay. Pero no ahora, no en esta mirada que desde donde dispara abarca la mayor parte de la urbe; es una mirada de distanciamiento, escasamente de reconocimiento de la fuerza de cada una de las partes en la contienda, lejos tanto de la alegría como del dolor, aunque no por ello exenta de cierto grado de conmoción: esta ciudad sé que podría ser cualquier otra, en nada se diferencia de sus vecinas próximas o lejanas a excepción de sus detalles menores, el perfil de una curva, el color de la pupila.
Las ciudades, como las gentes, son en el fondo –¿en esencia?- intercambiables, irrelevantes en su fisonomía propia, en la historiografía que les ha otorgado su personalidad y su nombre, el encumbramiento en la historia, o la decrepitud. Es mezquino aspirar a hacer valer esos datos con que el azar ha tenido a bien coronar a cada villa o a cada individuo como baza para alegar mayores méritos. Esa ciudad que yo recuerdo, aunque su rostro haya cambiado, y que me ha olvidado por completo, esa ciudad tiene las puertas abiertas para mí en igual medida que para cualquier otro; el pasado no me sirve para reclamarla como mía, para exigirle fidelidad, ni siquiera memoria.
Esa ciudad que visito de tanto en cuanto, que no me ama ni me rechaza, que es indiferente a mi persona, a mi pasado embrujado y sepultado entre sus muslos y su vientre, que me atrae aún tanto y que a un tiempo es capaz de expelerme a las 24 h, inhabitable y a la vez tan querida hasta cierto punto, precisamente por su mismísima incapacidad de superación y de entrega. Esa ciudad es sólo una caja negra que no sabe lo que es, que vive alejada de sí misma, ajena a su propia inconsciencia e ignorancia, a su belleza y su bajeza por igual, como una vulgar mujerzuela que poblara sus calles impermeables e indiferentes a la lluvia que hoy la moja sin pausa.
Esa ciudad que emergió del pasado y perdura en el presente. Algún día, en algún momento dado, estoy convencida de que sus restos arquitectónicos tan mimados por historiógrafos, paleontólogos y entomólogos habrán de desmoronarse, se derrumbarán como hebras corruptas de ADN, como catapultas medievales enterrando a quienquiera que se encuentre debajo de ellos. ¿Quién podría, quién querría garantizar que no será uno mismo quien se halle justo en sus cimientos en ese momento de colapso, que esa crisis no advendrá ahora precisamente, en el año 10 del s. XXI, en este instante en que tiemblo ante la pantalla? ¿Cómo podemos cabalmente alardear de estar perfectamente a salvo cuando nos adentramos en los vestigios del pasado? ¿Es el hecho de que sean precisamente sólo huellas de un tiempo ya extinto lo que nos otorga esa falsa sensación de invulnerabilidad? ¿Acaso el pasado no puede ya herirnos?
Y no me refiero sólo a una invulnerabilidad simbólica, ampliamente demostrada como falaz por historiadores y cuentistas diversos dados a fantasear sobre el alma humana: el pasado, el personal y el filogenético, siguen gravitando a nuestro alrededor siempre, atrapados en nuestro perímetro (a más masa, mayor es g), ejerciendo sus fuerzas evitativas o imitativas, o si se prefiere, centrífugas o centrípetas, aunque sean invisibles e intangibles, propulsando regresiones o huidas hacia delante, arriesgados saltos al vacío.
Pero digo que me refiero también a una invulnerabilidad en su sentido más literal frente a las ruinas del pasado. Pues cierto es que cuando nos enfundamos el traje de turistas creemos que es con la absoluta garantía -quién lo garantiza es ya harina de otro costal- de que se cumplen rigurosamente las condiciones óptimas de seguridad, de que ni el pasado (simbólicamente) ni sus huellas (literalmente) se vendrán abajo en el preciso instante en que estamos saciando acaso nuestra curiosidad. Y así es por ley probabilística, efectivamente, aunque como todas las inferencias estadísticas, tales leyes especulan sólo sobre tendencias abstractas cuando el límite es infinito, que por necesidad no se correlacionan con la realidad, siempre e indefectiblemente concreta, única y por definición excepcional.
Lo que existe a día de hoy, lo que hoy perdura, los trazos que han tejido nuestra historia, perdurará, creemos, para el futuro ad infinitum. Pero esa creencia es pura falacia, un autoengaño del que nadie parece –o quiere- ser consciente. Y así es que ejercemos una y otra vez nuestro papel de turistas culturales, eso con suerte, y nos vanagloriamos de haber sobrevivido exitosamente, y por fortuna, a un pretérito que juzgamos sin excepción oscuro y menor.
Y el presente, ¿será alguna vez preciado también en un arcano futuro? ¿Existirá un porvenir suficientemente dilatado que permita emerger la distancia irónica necesaria para que así nuestros congéneres de siglos adelante puedan también vanagloriarse de haber escapado al naufragio del oscurantismo y el declive que caracterizaron al s. XXI?














