lunes, 18 de enero de 2010

Esqueletos urbanos


Por Ester Astudillo


Desde una cierta distancia, sobre la cinta de asfalto todas las urbes parecen la misma, copias miméticas de un único prototipo. Me adentro en el perímetro de mi ciudad natal por la autopista desde el sur. Soy consciente de mi mirada, no exactamente triste, cubriendo la extensión de terreno cada vez más vasta que ha ido acaparando la ciudad a expensas del campo y los cultivos, los bunkers de pisos obscenamente gigantescos.

La mirada, mi mirada, no apenada ni gozosa, sino más bien un tanto indiferente; no hay comprensión, ni tampoco ese fugaz sentimiento de comunión con el entorno circundante, material y/o animado, de paz o de pertenencia, de descubrimiento de un orden primordial que es capaz de substraerse a la tónica de aflicción generalizada que comporta vivir. A veces, a veces sí la hay. Pero no ahora, no en esta mirada que desde donde dispara abarca la mayor parte de la urbe; es una mirada de distanciamiento, escasamente de reconocimiento de la fuerza de cada una de las partes en la contienda, lejos tanto de la alegría como del dolor, aunque no por ello exenta de cierto grado de conmoción: esta ciudad sé que podría ser cualquier otra, en nada se diferencia de sus vecinas próximas o lejanas a excepción de sus detalles menores, el perfil de una curva, el color de la pupila.

Las ciudades, como las gentes, son en el fondo –¿en esencia?- intercambiables, irrelevantes en su fisonomía propia, en la historiografía que les ha otorgado su personalidad y su nombre, el encumbramiento en la historia, o la decrepitud. Es mezquino aspirar a hacer valer esos datos con que el azar ha tenido a bien coronar a cada villa o a cada individuo como baza para alegar mayores méritos. Esa ciudad que yo recuerdo, aunque su rostro haya cambiado, y que me ha olvidado por completo, esa ciudad tiene las puertas abiertas para mí en igual medida que para cualquier otro; el pasado no me sirve para reclamarla como mía, para exigirle fidelidad, ni siquiera memoria.

Esa ciudad que visito de tanto en cuanto, que no me ama ni me rechaza, que es indiferente a mi persona, a mi pasado embrujado y sepultado entre sus muslos y su vientre, que me atrae aún tanto y que a un tiempo es capaz de expelerme a las 24 h, inhabitable y a la vez tan querida hasta cierto punto, precisamente por su mismísima incapacidad de superación y de entrega. Esa ciudad es sólo una caja negra que no sabe lo que es, que vive alejada de sí misma, ajena a su propia inconsciencia e ignorancia, a su belleza y su bajeza por igual, como una vulgar mujerzuela que poblara sus calles impermeables e indiferentes a la lluvia que hoy la moja sin pausa.

Esa ciudad que emergió del pasado y perdura en el presente. Algún día, en algún momento dado, estoy convencida de que sus restos arquitectónicos tan mimados por historiógrafos, paleontólogos y entomólogos habrán de desmoronarse, se derrumbarán como hebras corruptas de ADN, como catapultas medievales enterrando a quienquiera que se encuentre debajo de ellos. ¿Quién podría, quién querría garantizar que no será uno mismo quien se halle justo en sus cimientos en ese momento de colapso, que esa crisis no advendrá ahora precisamente, en el año 10 del s. XXI, en este instante en que tiemblo ante la pantalla? ¿Cómo podemos cabalmente alardear de estar perfectamente a salvo cuando nos adentramos en los vestigios del pasado? ¿Es el hecho de que sean precisamente sólo huellas de un tiempo ya extinto lo que nos otorga esa falsa sensación de invulnerabilidad? ¿Acaso el pasado no puede ya herirnos?

Y no me refiero sólo a una invulnerabilidad simbólica, ampliamente demostrada como falaz por historiadores y cuentistas diversos dados a fantasear sobre el alma humana: el pasado, el personal y el filogenético, siguen gravitando a nuestro alrededor siempre, atrapados en nuestro perímetro (a más masa, mayor es g), ejerciendo sus fuerzas evitativas o imitativas, o si se prefiere, centrífugas o centrípetas, aunque sean invisibles e intangibles, propulsando regresiones o huidas hacia delante, arriesgados saltos al vacío.

Pero digo que me refiero también a una invulnerabilidad en su sentido más literal frente a las ruinas del pasado. Pues cierto es que cuando nos enfundamos el traje de turistas creemos que es con la absoluta garantía -quién lo garantiza es ya harina de otro costal- de que se cumplen rigurosamente las condiciones óptimas de seguridad, de que ni el pasado (simbólicamente) ni sus huellas (literalmente) se vendrán abajo en el preciso instante en que estamos saciando acaso nuestra curiosidad. Y así es por ley probabilística, efectivamente, aunque como todas las inferencias estadísticas, tales leyes especulan sólo sobre tendencias abstractas cuando el límite es infinito, que por necesidad no se correlacionan con la realidad, siempre e indefectiblemente concreta, única y por definición excepcional.

Lo que existe a día de hoy, lo que hoy perdura, los trazos que han tejido nuestra historia, perdurará, creemos, para el futuro ad infinitum. Pero esa creencia es pura falacia, un autoengaño del que nadie parece –o quiere- ser consciente. Y así es que ejercemos una y otra vez nuestro papel de turistas culturales, eso con suerte, y nos vanagloriamos de haber sobrevivido exitosamente, y por fortuna, a un pretérito que juzgamos sin excepción oscuro y menor.

Y el presente, ¿será alguna vez preciado también en un arcano futuro? ¿Existirá un porvenir suficientemente dilatado que permita emerger la distancia irónica necesaria para que así nuestros congéneres de siglos adelante puedan también vanagloriarse de haber escapado al naufragio del oscurantismo y el declive que caracterizaron al s. XXI?

5 comentarios:

Mercè Mestre dijo...

La mirada, la teva mirada, la mirada que penses que és teva, però no ho és perquè et mira, és com el gat de la bruixa: el seu assistent i, a la vegada, el seu mestre.

No som més que el que algun dia deixarem de ser. I en aquesta roda de llums i ombres on ens hem instal·lat amb instint de supervivència i amb afany de permanència, la gràcia és ser prou intuïtiu i lúcid per saber que la roda roda i prou. Mentre roda.

Gràcies per l'elegància, per la fineza de pensament, d'esperit permanentment crític. Per saber veure una mica més enllà del conformisme quotidià. Habilitat que cada vegada abunda menys.

Una abraçada des de l'obscurantisme, coetània

Ester Astudillo dijo...

Mercè, Mercè, gràcies, companya de naufragis diversos. Lamento el to una mica llóbrec del post que tu, mestra absoluta, has sabut respectar, i do!

Avui no et diré que sóc la pixanera, ni la peixatera, ni la verdulaire, tot i que em mereixo tots aquests qualificatius perquè són ben meus els seus atributs.

Però no volia ser la meva una mirada trista, sinó intentar traspassar el dolor, esdevenir una roda que roda i que sap que roda, com tu dius, i prou.

Jaja, elegància??? Jooooo???? Et deus haver equivocat, compi.

A rolling stone:-)

Com sempre, gràcies per la TEVA mirada intuïtiva, intel·ligent i empàtica. Muax

Carso dijo...

Siempre me pregunto cuándo cayó la primera piedra de una ciudad en ruinas. Cuándo surgió la primera arruga, o la primera vértebra que se rindió a la inflexible ley de la gravedad. Siempre me remonto a los principios, a lo que ocurrió justo antes de los sucesos. Como si mirar hacia delante no fuera ya suficiente incertidumbre, o precisamente por eso, me giro a lo desconocido. En medio, apretado, espejo de tiempo.
Lunes lluvioso, pero bueno, ya sabemos que qualsevol nit pot sortir el sol, así que por qué no lo iba a hacer tras la lluvia y así de paso nos peinamos como las brujas y juguemos al tobogán con el arco iris.

Anónimo dijo...

http://www.sexografias.blogspot.com/

Huy, perdón, se me escapó! És una página educativa. de veras. Yo iba a decir que el mundo es sólo una pila de basura amontonada al azar, pero ya he visto que lo dijo un tal Heráclito, un infiel, por supuesto, pero no falto de razón.

Ahora les ha dado a ustedes hablar de ruinas, debe ser por lo del terremoto. Qué frágilidad! Total, como dijo nuestro excelso obispo de las Vascongadas, todavía hay males peores que los que acechan a los haitianos, como el abandono de la espiritualidad en las sociedades desarrolladas...eso sí que es un desastre, una catástrofe. Y ustedes hablando de ruinas. Y además con ganas, porque se ha pasado usted de la ralla, ¿eh, niña? A ver si nos moderamos con la prosa, que lo suyo es el verso y ha de dejar espacio a los que tienen derecho a prosear.

Voy a segui mirando un ratito esa página educativa...

Sor Renun

Ester Astudillo dijo...

Entre la incertidumbre del futuro y la del pasado, el tragaluz del presente: ancho mar de los Sargazos.

Sor Renun, cuánto tiempo sin leerla! Debe de estar contenta, contenta y orgullosa: las piedras de las ruinas tristes pertenencen más veces que menos a conventos e iglesias; y eso sin contar con las que se fundieron en la quemas de principios del XX, confundidas sus cenizas con las de los curas, frailes y monjitas muertos por la causa. Vd. se libró. Ya ve que haber nacido en la 2ª mitad del XX le ha reportado algún que otro privilegio. Cuídese de los anarquistas que andan sueltos por ahí, siempre con la mecha a punto. No baje la guardia.

Una que sabe;-)