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lunes, 18 de enero de 2010

Esqueletos urbanos


Por Ester Astudillo


Desde una cierta distancia, sobre la cinta de asfalto todas las urbes parecen la misma, copias miméticas de un único prototipo. Me adentro en el perímetro de mi ciudad natal por la autopista desde el sur. Soy consciente de mi mirada, no exactamente triste, cubriendo la extensión de terreno cada vez más vasta que ha ido acaparando la ciudad a expensas del campo y los cultivos, los bunkers de pisos obscenamente gigantescos.

La mirada, mi mirada, no apenada ni gozosa, sino más bien un tanto indiferente; no hay comprensión, ni tampoco ese fugaz sentimiento de comunión con el entorno circundante, material y/o animado, de paz o de pertenencia, de descubrimiento de un orden primordial que es capaz de substraerse a la tónica de aflicción generalizada que comporta vivir. A veces, a veces sí la hay. Pero no ahora, no en esta mirada que desde donde dispara abarca la mayor parte de la urbe; es una mirada de distanciamiento, escasamente de reconocimiento de la fuerza de cada una de las partes en la contienda, lejos tanto de la alegría como del dolor, aunque no por ello exenta de cierto grado de conmoción: esta ciudad sé que podría ser cualquier otra, en nada se diferencia de sus vecinas próximas o lejanas a excepción de sus detalles menores, el perfil de una curva, el color de la pupila.

Las ciudades, como las gentes, son en el fondo –¿en esencia?- intercambiables, irrelevantes en su fisonomía propia, en la historiografía que les ha otorgado su personalidad y su nombre, el encumbramiento en la historia, o la decrepitud. Es mezquino aspirar a hacer valer esos datos con que el azar ha tenido a bien coronar a cada villa o a cada individuo como baza para alegar mayores méritos. Esa ciudad que yo recuerdo, aunque su rostro haya cambiado, y que me ha olvidado por completo, esa ciudad tiene las puertas abiertas para mí en igual medida que para cualquier otro; el pasado no me sirve para reclamarla como mía, para exigirle fidelidad, ni siquiera memoria.

Esa ciudad que visito de tanto en cuanto, que no me ama ni me rechaza, que es indiferente a mi persona, a mi pasado embrujado y sepultado entre sus muslos y su vientre, que me atrae aún tanto y que a un tiempo es capaz de expelerme a las 24 h, inhabitable y a la vez tan querida hasta cierto punto, precisamente por su mismísima incapacidad de superación y de entrega. Esa ciudad es sólo una caja negra que no sabe lo que es, que vive alejada de sí misma, ajena a su propia inconsciencia e ignorancia, a su belleza y su bajeza por igual, como una vulgar mujerzuela que poblara sus calles impermeables e indiferentes a la lluvia que hoy la moja sin pausa.

Esa ciudad que emergió del pasado y perdura en el presente. Algún día, en algún momento dado, estoy convencida de que sus restos arquitectónicos tan mimados por historiógrafos, paleontólogos y entomólogos habrán de desmoronarse, se derrumbarán como hebras corruptas de ADN, como catapultas medievales enterrando a quienquiera que se encuentre debajo de ellos. ¿Quién podría, quién querría garantizar que no será uno mismo quien se halle justo en sus cimientos en ese momento de colapso, que esa crisis no advendrá ahora precisamente, en el año 10 del s. XXI, en este instante en que tiemblo ante la pantalla? ¿Cómo podemos cabalmente alardear de estar perfectamente a salvo cuando nos adentramos en los vestigios del pasado? ¿Es el hecho de que sean precisamente sólo huellas de un tiempo ya extinto lo que nos otorga esa falsa sensación de invulnerabilidad? ¿Acaso el pasado no puede ya herirnos?

Y no me refiero sólo a una invulnerabilidad simbólica, ampliamente demostrada como falaz por historiadores y cuentistas diversos dados a fantasear sobre el alma humana: el pasado, el personal y el filogenético, siguen gravitando a nuestro alrededor siempre, atrapados en nuestro perímetro (a más masa, mayor es g), ejerciendo sus fuerzas evitativas o imitativas, o si se prefiere, centrífugas o centrípetas, aunque sean invisibles e intangibles, propulsando regresiones o huidas hacia delante, arriesgados saltos al vacío.

Pero digo que me refiero también a una invulnerabilidad en su sentido más literal frente a las ruinas del pasado. Pues cierto es que cuando nos enfundamos el traje de turistas creemos que es con la absoluta garantía -quién lo garantiza es ya harina de otro costal- de que se cumplen rigurosamente las condiciones óptimas de seguridad, de que ni el pasado (simbólicamente) ni sus huellas (literalmente) se vendrán abajo en el preciso instante en que estamos saciando acaso nuestra curiosidad. Y así es por ley probabilística, efectivamente, aunque como todas las inferencias estadísticas, tales leyes especulan sólo sobre tendencias abstractas cuando el límite es infinito, que por necesidad no se correlacionan con la realidad, siempre e indefectiblemente concreta, única y por definición excepcional.

Lo que existe a día de hoy, lo que hoy perdura, los trazos que han tejido nuestra historia, perdurará, creemos, para el futuro ad infinitum. Pero esa creencia es pura falacia, un autoengaño del que nadie parece –o quiere- ser consciente. Y así es que ejercemos una y otra vez nuestro papel de turistas culturales, eso con suerte, y nos vanagloriamos de haber sobrevivido exitosamente, y por fortuna, a un pretérito que juzgamos sin excepción oscuro y menor.

Y el presente, ¿será alguna vez preciado también en un arcano futuro? ¿Existirá un porvenir suficientemente dilatado que permita emerger la distancia irónica necesaria para que así nuestros congéneres de siglos adelante puedan también vanagloriarse de haber escapado al naufragio del oscurantismo y el declive que caracterizaron al s. XXI?

lunes, 11 de enero de 2010

Cité sous la pluie


Por Ester Astudillo


Enero cae inútil como caspa
en los hombros flojos de los coches
que olvidaron el paraguas.
Su cara más amable, el tópico:
la cuesta, la interanual,
un rostro interino de etíope
pegado a la orla, junio del ’90.

Me distrae el baile de cifras que trae siempre enero,
me aleja de lo esencial.

Se encoge la lluvia al caer
y acoraza a bocajarro y con sordina
la vida pequeña
en el perfil izquierdo de enero:

mugre en la escalera,
sioux enlatados,
sueños de pecera,
Métʁo cabizbajo,
tripas en la acera,
luna de entresuelo,
playa sin marea,
güisqui en los zapatos,
chismes de portera,
la vie sans la Piaf,
flores de cuneta,
ausencia en rotonda,
barby en la bañera,
thai con bombona al hombro,
restos de nevera,
gato con verrugas,
frío de paleta,
putas de permiso,
urbe gris sin Sena,
buque en el asfalto,
marchantes de feria,
cajero quemado,
chapa la estanquera,
rimbauds de estraperlo,
tripis de receta,
ojo violáceo,
chillan las sirenas,
banco acordonado,
roce de bragueta,
yonqui comatoso,
debout de opereta,
affaires de top manta,
michelin da estrellas,
cóctel de suicida,
el du soleil llena,
farmacia de guardia,
robo de cartera,
discordia bilingüe,
puentes de probeta,
lluvia cenicienta,
taxi a la carrera,
renfe a menos cinco,
besos de trastienda,
sin techo keniatas,
fútbol de bandera,
lujo en el liceo,
atraco en sagrera,
boutades de estreno,
torre con antenas,
doble en el espejo.

SVP, una en platea.

martes, 10 de noviembre de 2009

ELLA HUELE A CANELA.

Por Carlos Rull

Por tercera vez, Jean aprieta fuerte el carbón contra el cuaderno y rasga el papel lleno de frustración, lo arranca y lo despedaza con furor y arroja los fragmentos al viento del sur. Está cansado de oir cantos vacíos y sentir tactos lejanos, de confundir colores sin vida y olores sin aroma. Quiere arrancar voz del silencio, calidez de la nieve, color de la nada. En el horizonte se esconde un sol dubitativo herido de antenas y chimeneas. Por el rostro del joven pintor, contraído por la furia, se abren camino densas gotas de sudor. Se lanza a un nuevo intento tras una larga y profunda inspiración. El lápiz vuela sobre el papel, salta como ardilla o gacela emborronando el blanco, esbozando perfiles, labrando siluetas, generando un mundo.

Enajenado, poseído por el delirio vertiginoso de la creación, Jean no ve ni oye nada. No se percata de que alguien más ha subido a la azotea. No percibe los pasos que se acercan, la mirada que por encima de su hombro contempla el nacimiento de una forma. El arrebol es ya azul oscuro cuando la mano ágil va perfilando entre sombras de barro y agua una silueta inaudita de sombra y luz.

Jean suspira aliviado y exhausto. Al fin, nota una respiración cercana, un suave perfume de canela, un frío caluroso que le acaricia la nuca. Se gira para contemplar a escasos centímetros un delicado rostro femenino de porcelana y fuego. La desconocida le sonríe infinitamente. Durante un segundo inacabable sus miradas se rozan. El cuaderno se desliza de entre los dedos agarrotados del pintor y revolotea hacia la calle en manos del caluroso viento del sur. En la primera hoja, apenas esbozada sombra, temblorosa silueta, el rostro sonriente de una joven de ojos eternos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Tango catalán

En honor de la ciudad que me vio nacer,
aunque ella ya me haya olvidado.
Y de Carlos Gardel,
por supuesto



Por Ester Astudillo


Se cruzó con el cojo sin que él la viera, tras veinte años ausente del escenario en que el obturador un día los inmortalizara. Había envejecido, el cojo; creyó vislumbrar que sus piernas se habían acortado, una más que otra, y eso daba a su andar un deje renqueante, lento en la misma medida en que entonces había sido exasperante, recordó con lumbar escalofrío. Avanzó pesado a ras de su hombro con la mirada perdida, concentrado en coordinar sus movimientos con el avance de la marcha. ¡Después de tantos años, de toda una vida de cojera, continuaba requiriendo al menos el 50% de la atención disponible para conseguir enhebrar dos pasos sin aspavientos! ¡Y dicen que el tiempo a todo ofrece cura!

Nunca habían tropezado en aquella apartada zona. Constituía ahora claramente el extrarradio, colindante con las recientes urbanizaciones y las zonas depauperadas de siempre a las que los nuevos, flamantes políticos habían querido lavar la cara. Los boquetes en la calzada, sin embargo, el verdín y el óxido del puente sobre el río, los desconchones en los muros de los viejos edificios oficiales, el aire de polvoriento olvido en la frente de la foto centenaria con que el regreso la recibía, los montículos que como ubres sobre el asfalto desafiaban al equilibrio de los transeúntes, todo daba fe de que los intentos de recuperación urbana, aunque vistosos, eran en el fondo vanos. Y de que, por supuesto, a nadie importaba lo más mínimo, a nadie fuera de ella, que era ya extranjera declarada. Si la ciudad conseguía burlar su secular declive, lo haría prescindiendo de aquel sector tiempo atrás noble que concentrara la bulliciosa gritería infantil, el parloteo de las mujeres sobre las piedras río abajo entre ropa blanca y atropellada alegría, las intrigas palaciegas enredadas con atribuladas cuitas policiales y el frenesí gremial de los primeros burgueses.

Ya se adentraba el cojo en la zona de visión retrospectiva; la había rebasado sin el menor gesto de reconocimiento, indiferente. Se perdía ya en la estela del pretérito urdido con premeditación para ingresar en territorio de un futuro olvidado. Había que reconocer que su torpeza no era proporcional a su desventaja física. Cuando lo tuvo a su altura se percató de que bajo sus sienes plateadas asomaba una perla marchita, una simplona sonrisa que entonces la exasperó tanto como su sempiterna cojera.

En ese preciso instante supo la viajera, de la manera en que se abren a la conciencia las verdades importantes, sin en realidad saberlas ni tampoco ignorarlas, posadas en la frontera exacta entre la intuición y el limbo de la certeza, que aquella musculatura facial era incapaz de reproducir ningún otro rictus que no fuera de bobalicona beatitud. ¿Era su cojo además también ciego? –se preguntó con pasmada incredulidad. ¿Lo había sido siempre? ¿Y ella, lo había sabido, o había tal vez preferido ignorarlo?

Con una sonrisa burlona, aviesa casi, arreció el paso ahondando adrede la brecha final con su cojo y se perdió ella también, a través de los parterres rococó y sus muretes bajos, de espaldas al parpadeo de la pálida luz otoñal, entre las callejas quietas del antiguo barrio judío.

martes, 29 de julio de 2008

LA CIUDAD SIN AVES (y VIII)

Por Carlos Rull

No importa quién habla.
Soy el que puede decir lo que él dijo.
R. Piglia, Prisión Perpetua



Llegaron a Estínfalo un día de lluvia y frío. Se dirigieron los tres por separado en busca del lago, sin saber que éste dejó de existir hace siglos y su único rastro es un cenagal. Se encontraron y se reconocieron bajo una cortina de agua en lo que antiguamente fue el fondo del lago. Tres sombras abandonadas, tres siluetas de agua y miedo y olvido, tres fugitivos de la memoria. Pero de la memoria no se puede huir.

No preguntaron, así que nadie puedo advertirles que en el antiguo fondo del lago el suelo era inestable, cenagoso, movedizo. El limo reclamó a su presa mientras miles de aves entonaban su ensordecedor réquiem en los árboles del valle. El limo abrazó sus tobillos, acarició sus muslos y lamió sus caderas antes de que los dos hombres lograran arrancársela y reclamarla para la esperanza. Reconoció a uno de ellos, pero nunca supo el nombre del más fuerte. Ambos le susurraron un beso antes de hundirse. Cuentan que al día siguiente las aves regresaron a la ciudad. Ella me lo explicó todo antes de partir en busca de una ciudad olvidada y una cima inexistente. Mi nombre es Homero.


FIN
(Imagen: Monte Olimpo, Grecia. )

martes, 22 de julio de 2008

LA CIUDAD SIN AVES VII

Por Carlos Rull


El tren que conduce a Estínfalo abandona la ciudad sin aves atravesando los arrabales más míseros, el extrarradio de barriadas olvidadas, el suburbio de chabolas construidas con pedazos y retazos. La Planicie de Uralita, la llaman. Hércules nació aquí, entre las ruinas de la civilización que lo convirtió en héroe y luego lo olvidó, entre colchones de cemento o madera y sábanas de papel o cartón. Entre las lágrimas divisa la silueta temblorosa de las montañas, allá donde acaban el cemento y la uralita y el humo y quién sabe si acaso también el mundo. Tras ellas duermen el bosque y las aguas plácidas del lago Estínfalo tal y como deben dormir las aguas del Aqueronte.


Un par de asientos más adelante, duerme, quizá menos plácida, Helena. Se sueña volando a lomos de un enorme pájaro de alas doradas mientras dos hombres le gritan desde lejos que no siga subiendo, exactamente como debía gritarle Dédalo a su hijo Ícaro. Helena sueña que a pesar de los gritos sigue elevándose hasta llegar a un laberinto de paredes de humo y cristal. Y allí se pierde. Entonces se despierta, sudando y tiritando y sabe a ciencia cierta que nunca volverá a la ciudad y que tal vez nunca se pueda deshacer del abrazo maternal del limo y las aguas del Estínfalo.
La semana que viene, el desenlace.

martes, 15 de julio de 2008

LA CIUDAD SIN AVES VI

Por Carlos Rull

Capítulo anterior

Los pasos de August – el triste vagabundo en el que, capítulos atrás, ni siquiera te fijaste, lector(a), a pesar haberte encontrado con él en una esquina cualquiera – le han llevado a la estación central de la ciudad sin aves. De regreso a casa - ¿qué casa?, se pregunta – se deja llevar por la inesperada intuición que le sugiere ir a Estínfalo. Reconoce a los personajes del drama que esperan en el andén. Ve al intrépidamente cauto Hércules, protector indefenso de todos. Al osado Perseo, perdido entre las nieblas de sus propios espantos. A la deslumbrante Helena, Penélope de todos los Ulises, sueño de todos los Aquiles, encarnación única y perfecta de la luna, el agua, el limo, la tierra.


August sonríe, pues de pronto ya sabe. No intuye, no supone, no hipotetiza ni augura ni profetiza, sabe con certeza, con transparente claridad, todo lo que ha de ocurrir – o sea, que sabe mucho más que este humilde narrador -. Y en un asomo de humana piedad el señor del Olimpo piensa – o tal vez decide - que algún día las aves quizá puedan regresar.

martes, 8 de julio de 2008

La ciudad sin aves V.

Por Carlos Rull

Siguiendo a la perfecta Helena, Hércules se sorprende a sí mismo entrando en la estación central de la ciudad sin aves. Un último vistazo antes de dejarse engullir por el enorme edificio le permite distinguir un camión que le resulta conocido aparcando en la otra acera.

En el camión, Perseo contempla por última vez su medallón antes de dejarlo colgando del retrovisor despojándose así de su último peso. Mientas recoge su pequeña mochila de la litera y antes de descender de la cabina decide que dejará las llaves puestas.

Desde el interior de la taquilla de ventas para larga distancia, Paris contempla extasiado la bellísima joven que le pide un billete sólo de ida para Estínfalo. Cuando la joven, pase en mano, le da la espalda para dirigirse al andén, Paris tiene que echar mano de toda su infinita cobardía para resistir el irrefrenable deseo de abandonar el asfixiante cuartucho en el que pasa sus días y lanzarse en pos de la apasionada mirada, la transparente silueta y el prometedor aliento que augura la muchacha. Pero en los tiempo que corren Paris prefiere conservar su sofocante taquilla.

Hércules también compra un billete de ida a Estínfalo y se dirige al andén cuando unos férreos dedos le agarran con enorme fuerza su ancho brazo y le obligan a girarse. Es el vendedor de cupones, un transexual ciego llamado Tiresias, quien con avinado aliento y convulso susurro le advierte: “Volverán las oscuras golondrinas, y todas las demás, pero tú, tú no volverás”.

martes, 24 de junio de 2008

La ciudad sin aves IV.

Por Carlos Rull

"La suerte del héroe radica en que, durante esa hora de
inevitable derrumbamiento que transforma
al héroe en víctima, el verdugo esté lejos y no oiga."
Juan García Hortelano,
Gramática Parda


Hoy sale especialmente cansado del gimnasio. El ejercicio intenso no ha aliviado la extraña desazón que desde la desaparición de las aves le oprime la garganta y le llena la boca de hormigas. No le apetece la celebración nocturna del solsticio de verano: sabe que las ofrendas a los dioses dejaron de ser respondidas hace tiempo y que el sudor ya no trae frutos. Tampoco le apetece pasar la noche viendo viejas películas de héroes forzudos y monstruos mitológicos en su mísero apartamento de Eolia. Últimamente su mente sólo piensa en regresar como petinenete al lago Estínfalo para pedir perdón.

Se deja llevar por su instinto de héroe en paro y pasea durante largo tiempo hasta llegar a la plaza del ayuntamiento, al centro nervioso de la ciudad sin aves. Insólitamente exhausto, Heracles apoya la abultada mochila del gimnasio en un banco y se deja caer sobre él. La madera cruje. Alarga la mano y estira la cremallera de un bolsillo que llevaba años sin ser abierto. Saca de su interior una petaca de ginebra y un paquete de tabaco. No los había tocado desde hacia años pero ahora....

Justo después del primer trago de ginebra y antes del primer cigarro, Heracles ve detenerse un enorme camión al norte de la plaza. El conductor le suena del barrio, pero lo que llama su atención es la chica que desciende con dificultad de la cabina. Reconoce a la princesa Helena, la más bella entre las bellas, y no puede evitar preguntarse qué hace en la ciudad. Deposita el tabaco y la petaca en el bolsillo y corre la cremallera con decisión, casi con furia. Repentinamente renovado, se levanta y se dispone a seguirla mientras la ve despedirse con la mano del camionero, que no se decide a irse.

© de la imagen "Man drinking": http://www.sullivangoss.com/lyla_harcoff/

martes, 17 de junio de 2008

La ciudad sin aves III

Por Carlos Rull

“Eolia será arrasada y sólo quedará el viento susurrando nombres olvidados entre las piedras y la herrumbre. Entonces regresarán las aves.” La frase se le ha ocurrido espontáneamente a Perseo mientras conduce su camión hacia el centro de la ciudad. El motor del Pegaso ruge al ascender la cuesta por la que se sale de Eolia. En el mísero apartamento que tienen alquilado en las afueras del barrio, se queda Andrómeda jugando a ser mujer, encadenada al silencio de los mirlos. “Eolia será arrasada”. Perseo tamborilea sobre el volante mientras canturrea la sentencia que, irracionalmente, intuye inapelable. Sin darse cuenta, ya sabe que ha tomado la decisión de marcharse, como las aves.

Enganchado al retrovisor, se balancea un feísimo colgante de latón que recogió de una papelera el día en que conoció a Andrómeda. Representa una cabeza femenina de mirada feroz y serpientes por cabellera. Nadie salvo Perseo soporta viajar viendo mecerse ese horror. Hoy, con un brusco tirón, lo arranca y a punto está de arrojarlo por la ventana cuando ve en la cuneta a una joven bellísima que muestra su mano con el pulgar levantado. En contra de su costumbre, frena bruscamente y detiene su pegaso unos metros más adelante. Mientras espera a que la chica se acerque, contempla de nuevo el medallón: en su odiosa mirada cree distinguir la sima sin fondo de los negros ojos de un murciélago.

Sin darse cuenta, guarda el colgante en un bolsillo de su chaleco cuando la joven se presenta como Helena y le pide que la lleve al centro.

martes, 10 de junio de 2008

La ciudad sin aves II.

Por Carlos Rull

En las afueras de la ciudad sin aves se alzan los arrabales de Eolia. En Eolia se hacinan en geométrica vorágine enormes cubos de cemento gris donde se arremolinan vidas sin luz. En Eolia los días son de acero y las noches de hierro.

En una de esas moles, en la planta duodécima, vive Helena, joven y bella como sólo pueden serlo las criaturas que apenas existen, los seres que sólo levemente se pueden concebir. En el suburbio en que vive unos la llaman cisne, y otros la conocen como princesa, tan hermosa es. Hasta el más duro y soez de los matones que pululan por el barrio calla e inclina la cabeza ante ella y siente un latido solemne y un ligero temblor.

Helena nunca ha conocido padre. Su madre, Leda, nunca se lo ha revelado, ni existe motivo alguno por el que Helena deba sospechar, pero mientras lee novelas románticas y escribe cuartetos de amor en su cuaderno verde, Helena, definitivamente bellísima, intuye que ni Leda es su madre, ni su casa es ya su casa. Desde que se fueron las aves, el cuaderno verde de Helena se ha ajado y sus hojas se marchitan al sol desnudo. Esta tarde se marchará: un tren la espera desde siempre en la estación central de la ciudad sin aves. Sabe que los días de cristal que la recibirán allí no la salvarán y que su sangre será derramada. Sabe que Eolia se derrumbará en ruinas y el gris se lo comerá, definitivamente, todo. No le importa. Troya la espera para arder.
Sólo los murciélagos sobrevivirán, expectantes, o tal vez impávidos, a la destrucción.
Leer la tercera parte.
Leer la segunda parte.
Leer la primera parte.

martes, 3 de junio de 2008

La ciudad sin aves ("En rojo III").

Por Carlos Rull


III
August llegará a la ciudad sin aves tres días de cristal más tarde. Vagará alicaído por solitarios parques y largas avenidas de brillantes neones y opacos cristales. No verá sonrisas en los rostros. No verá algodón en las miradas. Sólo vera cuerpos reflejados en los escaparates. Se encontrará contigo en una esquina cualquiera – no importan los detalles – y tal vez verá esperanza en tus ojos de ave, tal vez sentirá un ligero temblor, o tal vez un frío temor. Poco te importa: tú ni siquiera te habrás fijado en él. No te darás cuenta de que se queda parado en esa esquina, de pie entre las gentes grises que pasan. No le verás girarse y contemplarte detenidamente mientras tu espalda se aleja de él. No verás la lágrima en su mejillas mientras alza su rostro y mira hacia el cielo en busca de una respuesta. Nadie sabe que sólo verá la silueta de un murciélago entre las primeras sombras del anochecer.

martes, 20 de mayo de 2008

En rojo. Segunda parte.



Por Carlos Rull

(Leer la primera parte.)

Durante toda el día los semáforos volvieron locas a las autoridades y trajeron breves instantes de paz a los afanosos y atareados transeúntes. En los noticiarios de la noche se comunicó con grandilocuencia y pompa a toda la población que la avería había sido completa y definitivamente subsanada y que, siempre según la versión oficial, había sido causada, por un virus informático cuyo autor o autores y sus cómplices sería perseguidos y juzgados con todo el rigor y la fuerza de la justicia. En dicho noticiarios se valoraron y lamentaron las pérdidas económicas sufridas mientras representantes de la autoridad competente afirmaban poder garantizar para la mañana siguiente la más absoluta de las normalidades. El presentador acabó afirmando que podía considerarse, sin ningún género de duda, que “el día rojo” había concluido, que las autoridades habían hecho y harían todo lo humana y materialmente posible por minimizar los daños causados y que tal barbarie informática en ninguna circunstancia podría volver a repetirse.


Los que madrugaron a la mañana siguiente comprendieron con sus oídos y sus ojos que no había esperanza ni futuro posibles. Los primeros que salieron de sus casas lo notaron enseguida: los semáforos funcionaban correctamente, sí, pero no había ningún pájaro en el cielo gris, ninguna paloma en el cemento gris, ningún gorrión en las paredes grises, ninguna gaviota sobre el agua gris. No se oía canto alguno, ni piar ni graznar, ni arrullos, ni zueros, ni cantaleos. Algunos no se dieron cuenta del cambio pero para otros supuso más gris sobre gris. Los noticiarios de la mañana no hicieron mención alguna del fenómeno, y sólo alguna emisora alternativa y alguna página web incluyeron alguna referencia. Hacia el medio día, sin embargo, la situación se hizo insostenible. La prensa local, el ayuntamiento, la policía y todos los servicios públicos no daban abasto en sus teléfonos. Un grupo de jubilados se manifestaba ante la puerta del consistorio exigiendo el regreso de las palomas a los parques.



El alcalde se desesperó al conocer que aquellos sucesos acaecían exclusiva y únicamente en su cuidad y que el resto del país y del universo seguían inmersos en su frenético ritmo de producción y consumo. Reunido el consejo municipal en sesión de emergencia, algún edil aconsejó lanzar el rumor de un virus que sólo afectara a las aves y que hubiese sido propagado por el mismo terrorista que causó el desbarajuste de los semáforos. El alcalde, tras mentarle a su madre y decretar públicamente que era imbécil, exigió al capitán de la policía local que averiguara inmediatamente qué carajo les pasaba a los putos pájaros y qué diablos había ocurrido en realidad con los jodidos semáforos.


En esos minutos extraños entre los últimos rayos del sol y las primeras estrellas, algunos creyeron distinguir unas pequeñas sombras aladas que atravesaban fugaces el cielo sorteando antenas, cables y chimeneas, y la mayoría se consoló pensando que tal vez al día siguiente regresarían las aves y la normalidad. Una minoría pensó que ya tenía guasa que sólo se hubiesen quedado los murciélagos.

martes, 13 de mayo de 2008

EN ROJO


Por Carlos Rull


Me detengo en el semáforo en rojo. Apenas pasan unos segundos y ya somos varios peatones esperando a que el monigote cambie de color y postura. Percibo, y no soy el único, algo extraño en la breve espera. No pasan coches. Miro a derecha e izquierda y veo automóviles parados. Ladeo la cabeza y miro hacia arriba: también tienen su luz en rojo. Es extraño, una de los dos semáforos debería mostrar un color opuesto al otro. Me fijo en los conductores que aguardan pacientemente en sus vehículos, la mayoría entretenidos en la exploración digital de sus fosas nasales. El semáforo para peatones sigue en rojo y tanto en este lado de la acera como en el opuesto el número de transeúntes que aguarda crece exponencialmente. Y los coches siguen sin circular. Pasan varios minutos y en ambos lados de la acera se acumula un masa cada vez más cuantiosa y extrañamente silenciosa. Los conductores detienen el motor de sus vehículos y la matraca de la ciudad parece silenciarse lentamente. Por primera vez escucho, escuchamos el silencio. Por primera vez en mucho tiempo escucho con claridad el trinar de algunos pájaros, el silbar de la brisa, y recuerdo aquel mirlo que me despertaba las mañanas de verano en la casa del pueblo de mis abuelos.


A mi lado, una voz de hombre rompe bruscamente la paz y concluye, con arrogancia, que con toda seguridad se ha producido una avería en el sistema de señalización, así que el tipo decide dar el primer paso para cruzar la calzada. Se detiene antes de dar el segundo: los conductores de los vehículos han hecho sonar sus cláxones con indignación, y alrededor del osado individuo las miradas de los demás peatones rezuman desprecio y reproche. El atrevido incauto gira sobre sí mismo en busca de una mirada o un gesto de comprensión pero sólo halla rostros despectivos y ojos acusadores. Da un paso atrás y se incorpora de nuevo a la masa que aguarda.


El semáforo sigue en rojo.

miércoles, 16 de enero de 2008

BAR ELEMENTAL


Por José G. Obrero

Me he sentado en un mesa que no me gusta demasiado. Hubiese preferido la que da a la ventana porque es el único lugar desde donde se ve la calle y el trasiego matinal del centro. Pero esa mesa es como el periódico, siempre la tiene alguien, da igual la hora que sea. Desde esa mesa se ve pasar a los grupos de abogados jóvenes con su toque de gomina, a los comerciales que se esfuerzan sin éxito en hacerse bien el nudo de la corbata, a las señoras que parecen uniformadas: mechas rubias, abrigo de piel o imitación, botas con tacón y pendientes de perlas, y alguna que otra chica con tiempo libre que va a comprarse ropa. Eso es lo que se ve desde la ventana, y si alguien se asoma a los bares de alrededor, esa es la gente que a estas horas puede encontrarse pidiendo café y tostadas. Este es el centro, y aquí hay concentración de tiendas elegantes y edificios de administraciones públicas con sus correspondientes funcionarios siempre puntuales a la hora de tomar café. No quiero olvidarme de los abuelos de abrigo largo, zapatos italianos y gorra de paño, eso sería muy desconsiderado, el paisaje estaría incompleto. Pero desde esta mesa no veo nada de eso, y no es que las vistas me desagraden. Estoy sentado al fondo, en una especie de sofá lleno de lamparones, y desde aquí veo la barra, las dos mesas que hay en fila en dirección a la puerta y por último, la mesa de la ventana y un trocito de la misma. En definitiva, que ya que no puedo ver la calle, al menos veo todo el bar y a todos los clientes que entran y salen. Es mucho mejor que estar sentado en una de esas mesas centrales que sólo me dejarían ver la mitad del local. Y no se crean que es fácil, la concentración de humo de cigarrillo supera al olor del café y al volumen del equipo de música. Siempre hay humo suspendido sobre nuestras cabezas, tomando formas increíbles, vigilando cada una de nuestras conversaciones. Por ejemplo, las dos chicas de al lado son administrativas del departamento de Hacienda y están hartas de los técnicos, y una le acaba de confesar a la otra que tiene un retraso de más de un mes, y no parece decirlo muy contenta, ¿se lo vas a decir a Pedro? Le interroga la otra, y Pedro y ella ahora mismo se están dando un tiempo y no quiere que esto le condicione a volver con él. Pues chica, aborta si no estás segura. Cómo si eso fuera tan fácil, no sé, le dice la supuesta embarazada, no sé qué hacer, un niño se puede criar sin padre, mira si no a Ivonne Reyes o a Pilar Miró. Ya, le contesta la otra, pero siempre es mejor que un niño se críe con un padre y una madre, y además si dejas a Pedro te va a costar más rehacer tu vida. ¿Y si se me pasa el arroz? Y siguen hablando pero yo voy persiguiendo el humo de mi cigarrillo y me lleva a las tetas de la camarera en las que no había reparado cuando me sirvió el café con leche. No está mal, y eso que la vestimenta no se lo pone fácil. No lleva maquillaje y va vestida de negro de arriba abajo con un camiseta ancha que le cubre el culo y cae por encima de unos pantalones ceñidos y para rematarlo, como indicio de la vida que le espera fuera de este bar, calza unas botas militares llenas de hebillas de metal. Está llevándole un café y una copa de coñac a la pareja de la primera mesa. Cumpliéndose los tópicos, el café es para la mujer y el coñac es para el hombre. El hombre, aparte de tener el pelo sucio, no se ha quitado las gafas de sol, aún estando casi en penumbra y ser invierno, la mujer, una rubia muy aseada, está escribiendo en un folio y pulsa y detiene una grabadora. No puedo escuchar bien lo que dicen, sólo me llega una frase de él porque la ha gritado: nadie antes que yo había escrito una historia sobre este barrio, nadie, ni ese tío ni ninguno. Pero a la mujer no se le escucha, habla bajito y detiene la grabadora. La camarera vuelve a estar detrás de la barra, y una señora mayor le pide un zumo de naranja y un hombre nervioso, va moviéndose de un lado a otro de la barra con un billete en la mano. La señora le dice a la camarera que atienda primero al hombre que ella no tiene prisa. Gracias señora, ¿me puede dar cambio para tabaco? Es que tengo el coche en doble fila. La señora sonríe tranquila, tiene el pelo blanco brillante de laca y un abrigo que en su día tuvo que ser caro, antes de que estuviese tan desgastado, al igual que las medias que anuncian una carrera a la altura del talón y sus zapatos negros que antes eran marrones y que alguien, quizás la misma señora, no ha sabido teñir. Pero tiene una elegancia inusual, en cada uno de sus gestos, en su manera de sonreír, una elegancia que devuelve el brillo a su ropa maltrecha. Ahora me está sonriendo así que aparto la vista y la pongo en la tercera mesa, la de la ventana. En ella hay dos jóvenes con carpetas de plástico azules en la mano, van bien vestidos dentro de un estilo informal, se nota que lo han hecho para una ocasión puntual. Uno de ellos lleva el pelo largo perfectamente recogido en una coleta, el otro es calvo y por eso se afeita la cabeza. Se les ve desanimados lo dice la expresión de sus caras, la desgana con la que cogen la cucharilla del café, la tristeza con que lo mueven. Imagino que vendrán de hacer su enésima entrevista de trabajo o llevarán días repartiendo su currículum por las oficinas, cada vez con menos energía, alguien incluso le habrá preguntado por su titulación y les habrá desalentado. Sé qué son suposiciones mías, pero conozco ese gesto, esas carpetas azules y esas caras de hastío. Ahora suena una canción de John Lee Hooker, la camarera sube un poco más el volumen y da unos pasos de baile detrás de la barra, justo debajo de un reloj cuyo mecanismo funciona al revés. Está señalando la una menos diez, esto quiere decir que son las once y diez, hora de volver a mi barrio, a mi trabajo en un negocio que está a unos diez minutos de aquí, fuera ya del centro. He venido a despedirme porque dentro de unos pocos días El Elemental cerrará. Lo llevan anunciando meses. Alguien a me comentó que lo han vendido a una franquicia de cafés norteamericanos que tanto enorgullecen a las ciudades de provincia. Tienen sofás y conexión wi-fi y si te gusta la música que escuchas un camarero uniformado te señalará un stand donde están organizados sus discos a la venta. No se puede fumar, por supuesto, y la bebida te la sirven en vasos de plástico con una cañita en lugar de con cuchara. La clientela del Elemental se habituará a ir a otros sitios, con resignación como quien es hospedados en casa de un familiar lejano y el centro ganará una imagen más homogénea de barrio próspero, moderno y elegante. La ciudad añadirá una muesca más a mi repertorio de frases sobre sitios que ahora son otra cosa: un bar que ahora es una lavandería, una taberna convertida en tienda de todo a cien. La ciudad con cada derribo va así perteneciéndome cada vez más.