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martes, 23 de febrero de 2010

Intento formular mi experiencia de la década.

Por Carlos Rull

"Pero también es cierto que es una bestia el niño"

Jaime Gil de Biedma


"¡Se sienten, coño!" retumba en la sala la fatua voz por encima del atronador guitarreo de Barón Rojo. Y entonces Diana se atraganta con su ratón ton ton. Annibal se traga el puro del susto, otro plan que no sale bien. Mcgiver saca el bic cristal - escribe normal -, los PetaZetas y el envoltorio de un Tigretón para convertir su 600 en un De Lorean. Michael Knight ha salido zumbando que se las pela en su 131 Supermirafiori en dirección a Perpinyà. En las sedes de muchos partidos algunos líderes se hacen KK de Luxe en sus pantalones de pana mientras se les encogen los pegamoides. En la bola de cristal el futuro se ve chungo, así que la bruja Avería y los electroduendes solicitan asilo en Alaska. Cunde el horror en el hipermercado, y Espinete y Don Pimpón aprovechan para sisar un par de vinilos de Cyndi Lauper. Pepi, Luci y Boom no se maquillarán hoy y se les ha quedado cara de extras de Thriller. A Rick Astley ya no le apetece estar together forever, se siente más bien en the final countdown. Antes de bajarse al moro, la rana Gustavo afirma que "ni el 12 a 1 a Malta compensa los sustos de vivir en este país". Y no nos podemos ir con Starbuck y Apolo, ni con Buck Rogers, ni con el Doctor Who, en busca de otra galaxia por explorar.

Hoy no me puedo levantar del sofá. Nadie puede. Permanecemos todos pegados a nuestra televisión en blanco y negro y sin mando a distancia. No hay muchos canales donde elegir. Yo, que siempre quise ir a L.A., y ahora estoy aquí sentado, ante la tele, en este país triste y solitario. "¡Se sienten, coño!". Así somos y así seguiremos. Nadie, nadie puede cambiarnos.

Pero es mentira. Hemos cambiado. Los 80 son ya mito, leyenda, fábula, de vez en cuando relato de terror. Y yo he querido viajar en el tiempo sin un condensador de fluzo y me ha salido una frikada. En realidad, aquel día, hace ya 29 años, yo estaba contento porque, por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender, no tuve que ir a clase extraescolar de inglés. Pasé la tarde jugando con los clics de Famóbil - indios y vaqueros - y probablemente me la traía floja la música que ponían en la radio o dónde estuviera L.A. o que Madrid se moviera o dejara de moverse o el golpe de estado o el estado del golpe. Recuerdo algunas caras de susto y alguna de disimulada satisfacción. Creo que cené tortilla de patatas.


lunes, 18 de enero de 2010

Esqueletos urbanos


Por Ester Astudillo


Desde una cierta distancia, sobre la cinta de asfalto todas las urbes parecen la misma, copias miméticas de un único prototipo. Me adentro en el perímetro de mi ciudad natal por la autopista desde el sur. Soy consciente de mi mirada, no exactamente triste, cubriendo la extensión de terreno cada vez más vasta que ha ido acaparando la ciudad a expensas del campo y los cultivos, los bunkers de pisos obscenamente gigantescos.

La mirada, mi mirada, no apenada ni gozosa, sino más bien un tanto indiferente; no hay comprensión, ni tampoco ese fugaz sentimiento de comunión con el entorno circundante, material y/o animado, de paz o de pertenencia, de descubrimiento de un orden primordial que es capaz de substraerse a la tónica de aflicción generalizada que comporta vivir. A veces, a veces sí la hay. Pero no ahora, no en esta mirada que desde donde dispara abarca la mayor parte de la urbe; es una mirada de distanciamiento, escasamente de reconocimiento de la fuerza de cada una de las partes en la contienda, lejos tanto de la alegría como del dolor, aunque no por ello exenta de cierto grado de conmoción: esta ciudad sé que podría ser cualquier otra, en nada se diferencia de sus vecinas próximas o lejanas a excepción de sus detalles menores, el perfil de una curva, el color de la pupila.

Las ciudades, como las gentes, son en el fondo –¿en esencia?- intercambiables, irrelevantes en su fisonomía propia, en la historiografía que les ha otorgado su personalidad y su nombre, el encumbramiento en la historia, o la decrepitud. Es mezquino aspirar a hacer valer esos datos con que el azar ha tenido a bien coronar a cada villa o a cada individuo como baza para alegar mayores méritos. Esa ciudad que yo recuerdo, aunque su rostro haya cambiado, y que me ha olvidado por completo, esa ciudad tiene las puertas abiertas para mí en igual medida que para cualquier otro; el pasado no me sirve para reclamarla como mía, para exigirle fidelidad, ni siquiera memoria.

Esa ciudad que visito de tanto en cuanto, que no me ama ni me rechaza, que es indiferente a mi persona, a mi pasado embrujado y sepultado entre sus muslos y su vientre, que me atrae aún tanto y que a un tiempo es capaz de expelerme a las 24 h, inhabitable y a la vez tan querida hasta cierto punto, precisamente por su mismísima incapacidad de superación y de entrega. Esa ciudad es sólo una caja negra que no sabe lo que es, que vive alejada de sí misma, ajena a su propia inconsciencia e ignorancia, a su belleza y su bajeza por igual, como una vulgar mujerzuela que poblara sus calles impermeables e indiferentes a la lluvia que hoy la moja sin pausa.

Esa ciudad que emergió del pasado y perdura en el presente. Algún día, en algún momento dado, estoy convencida de que sus restos arquitectónicos tan mimados por historiógrafos, paleontólogos y entomólogos habrán de desmoronarse, se derrumbarán como hebras corruptas de ADN, como catapultas medievales enterrando a quienquiera que se encuentre debajo de ellos. ¿Quién podría, quién querría garantizar que no será uno mismo quien se halle justo en sus cimientos en ese momento de colapso, que esa crisis no advendrá ahora precisamente, en el año 10 del s. XXI, en este instante en que tiemblo ante la pantalla? ¿Cómo podemos cabalmente alardear de estar perfectamente a salvo cuando nos adentramos en los vestigios del pasado? ¿Es el hecho de que sean precisamente sólo huellas de un tiempo ya extinto lo que nos otorga esa falsa sensación de invulnerabilidad? ¿Acaso el pasado no puede ya herirnos?

Y no me refiero sólo a una invulnerabilidad simbólica, ampliamente demostrada como falaz por historiadores y cuentistas diversos dados a fantasear sobre el alma humana: el pasado, el personal y el filogenético, siguen gravitando a nuestro alrededor siempre, atrapados en nuestro perímetro (a más masa, mayor es g), ejerciendo sus fuerzas evitativas o imitativas, o si se prefiere, centrífugas o centrípetas, aunque sean invisibles e intangibles, propulsando regresiones o huidas hacia delante, arriesgados saltos al vacío.

Pero digo que me refiero también a una invulnerabilidad en su sentido más literal frente a las ruinas del pasado. Pues cierto es que cuando nos enfundamos el traje de turistas creemos que es con la absoluta garantía -quién lo garantiza es ya harina de otro costal- de que se cumplen rigurosamente las condiciones óptimas de seguridad, de que ni el pasado (simbólicamente) ni sus huellas (literalmente) se vendrán abajo en el preciso instante en que estamos saciando acaso nuestra curiosidad. Y así es por ley probabilística, efectivamente, aunque como todas las inferencias estadísticas, tales leyes especulan sólo sobre tendencias abstractas cuando el límite es infinito, que por necesidad no se correlacionan con la realidad, siempre e indefectiblemente concreta, única y por definición excepcional.

Lo que existe a día de hoy, lo que hoy perdura, los trazos que han tejido nuestra historia, perdurará, creemos, para el futuro ad infinitum. Pero esa creencia es pura falacia, un autoengaño del que nadie parece –o quiere- ser consciente. Y así es que ejercemos una y otra vez nuestro papel de turistas culturales, eso con suerte, y nos vanagloriamos de haber sobrevivido exitosamente, y por fortuna, a un pretérito que juzgamos sin excepción oscuro y menor.

Y el presente, ¿será alguna vez preciado también en un arcano futuro? ¿Existirá un porvenir suficientemente dilatado que permita emerger la distancia irónica necesaria para que así nuestros congéneres de siglos adelante puedan también vanagloriarse de haber escapado al naufragio del oscurantismo y el declive que caracterizaron al s. XXI?

martes, 7 de abril de 2009

La Historia

Por Carlos Rull


El mensajero, malherido y exhausto, cabalgó esquivando balas hasta la colina en la que, lejos de los cañones del enemigo, el estado mayor planificaba el asalto. Muerto su caballo por un proyectil traicionero, ascendió trabajosamente hasta lo alto del cerro, paso a paso, gota a gota de sangre y sudor. Finalmente, logró llegar, casi de rodillas, hasta la tienda de los generales donde, con un último esfuerzo, informó.
- Hemos desbordado el flanco derecho del enemigo. El coronel aguarda nuevas instrucciones.

Luego cayó al suelo. Un ayudante de campo comprobó apenas apenado que no tenía pulso.

- ¿Alguien sabe cómo se llamaba?

- ¿Acaso importa? - concluyó, cortante, el generalísimo.
Y centró de nuevo su vista y atención sobre la mesa y el enorme mapa en el que, desplegadas en perfecto orden, pequeñas figuritas de madera representaban miles de hombres que sangraban la tierra.

miércoles, 13 de febrero de 2008

La misma savia, la misma pasta.

Por José G. Obrero.

Justificar las atrocidades que el ser humano ha cometido en el pasado es sencillo: basta con decir que la mentalidad de la época era otra. De esta manera, disculpamos de un plumazo la conquista de América y las masacres que conllevaron, la esclavitud y si me apuran, los fascismos del pasado siglo. Sin embargo, y por fortuna, hay personajes que vienen a destrozar argumentos construidos con materiales tan débiles. Uno de ellos es Michel de Montaigne . El padre del ensayo, recogió en algo más de mil páginas, sus opiniones acerca de las cuestiones que le preocupaban, y que, por lo general, coinciden con las mismas que puede preocuparle a cualquier ser humano en la actualidad...Y lo mejor de todo es comprobar como Michel, Señor de Montaigne, viene unas veces a ampliarnos el prisma, otras a completarnos, otras a alumbrarnos, siempre guiado por su extraordinario sentido común y su apertura de miras.

No me detendré a hablar de su biografía que podéis encontrar sin problemas, pero me gustaría destacar algunos datos: vivió en el siglo XVI, en una Francia inmersa en conflictos religiosos siendo él de origen judío. Fue juez en Burdeos, su ciudad, una posición que podía haber utilizado como trampolín para desempeñar puestos de mayor prestigio y poder, sin embargo, este hombre que trasluce sencillez en sus escritos, prefirió retirarse a su castillo a escribir, sin pensar que tendría más público que su círculo cercano, lo que él entendía que eran eso: ensayos, pruebas, bocetos, ideas a medio construir.

Los ensayos de Montaigne nos proporcionan el privilegio de viajar en el tiempo para conversar con un amigo del 1500, y comprobar cuánto podemos aprender. Al igual que sentimos que nuestras miserias y grandezas están retratadas en las obras de Shakespeare, Montaigne nos devuelve nuestra propia imagen, nos hace ver que el ser humano, a pesar de las diferencias que nos separan por razones de sexo, edad, cultura o educación, tiene poderosas raíces comunes. Porque Montaigne, más allá de su erudición era un hombre ocupado en pensar por si mismo sin dejarse influir por las circunstancias, modas o ideas ajenas. “Nos esforzamos en llenar la memoria y dejamos vacío el entendimiento” dice en uno de sus escritos, “sabemos decir: así dice Cicerón. Mas y nosotros, ¿qué decimos? ¿Qué opinamos? ¿Qué hacemos?” Cambiad Cicerón, personalidad de talla indiscutible, por cualquiera de nuestros charlatanes y agoreros actuales y comprobaremos, utilizando una frase de los telediarios, que está de “rabiosa actualidad”.

Montaigne además, no se dedica únicamente a hablarnos a nosotros, al mismo tiempo, es el receptor de las opiniones de hombres que vivieron muchos siglos antes que él. En sus ensayos se apoya en filósofos romanos y griegos, en Virgilio, Horacio, Catulo, para articular su exposición. De alguna manera se convierte en el intermediario entre nosotros y los hombres que le precedieron y que nos son igualmente cercanos, próximos. Toda un lección de identidad, en un tiempo en que a algunos les cuesta pedir perdón por los crímenes cometidos; otros siguen intentando imponer sus valores y creencias a fuerza de despreciar las de los demás y otros, por último , se dedican a manipular la verdad y crear crispación aprovechando la ventaja que les da su púlpito o microfono.
Esperemos que cuando pase el tiempo no sean disculpados por pertenecer a una época anterior, para ello bastará con que se siga leyendo a hombres como Michel de Montaigne.

*Foto de http://www.kaosenlared.net/

martes, 5 de junio de 2007

Momentos estelares de la literatura

Por Carlos Rull
Stefan Zweig, Momentos estelares de la humanidad. Editorial Juventud, 255 páginas / Editorial Acantilado, 312 páginas.


Probablemente sea este el libro más conocido del autor austríaco, así que no me entretendré demasiado en explicar su argumento, pues además éste ya se presupone fácilmente con sólo leer el título. Para quienes ya conozcan a Zweig, no diré nada nuevo, en cuanto a todos los demás, si son amantes de la historia y de la buena literatura, por favor, sigan leyendo.


El volumen lo componen catorce “miniaturas históricas” - tal y como han dado en llamarlas-, catorce breves y apasionados acercamientos tan literarios como históricos, a otro tantos momentos de la historia de occidente. Breves momentos, instantes decisivos de nuestra historia que tanta falta hace recordar en estos tiempos de ignorancia y de errores repetidos. En algunos casos son eventos habitualmente olvidados o relegados en las cronologías de los grandes nombres, en otros, se trata de grandes sucesos recogidos en mil libros de historia pero abordados por Zweig desde una perspectiva única y original, más cercana, más humana, más literaria.

Desde su peculiar y personalísimo punto de vista – manifestado en la elección misma de los catorce momentos -, al escritor vienés le interesan más bien poco los detalles de las circunstancias históricas – lo cual, entiéndase bien, no es obstáculo para que se capten en toda su esencia y aroma los matices del contexto -, y es que Zweig, como muy bien puede leerse en Tres maestros (sus geniales estudios sobre Dickens, Balzac y Dostoievsky), se sumerge directa y hondamente en la emoción y el pensamiento de las grandes – y no tan grandes - figuras históricas. Profundiza en ellas con una sentida emoción, nos hace partícipes de sus pasiones, sus anhelos y sus ansias prácticamente como si estuviéramos allí, con ellos, en la habitación de Hâendel escribiendo El mesías, escuchando a Cicerón en sus tribulaciones, o acompañando a Núñez de Vaca hacia el Atlántico, o resistiendo en las murallas de Bizancio, o acompañando al obediente Grouchy mientras provoca, sin querer, la caída de Napoleón. Al finalizar la lectura de estas "miniaturas" uno tiene, contradictoriamente, la sensación de haber asistido de primera mano a algo muy grande.

Y es que la prosa de Zwaig es pura pasión, de carácter torrencial y – no se me ocurre otro adjetivo – arrebatado. Te atrapa, te seduce y te conduce en una ebullición constante hasta lo más hondo del carácter de sus personajes. Es una voz de gran intensidad narrativa y emocional, temperamental e impaciente, caracterizada por recursos como la acumulación de verbos y acciones a la manera casi cervantina, el hábil manejo de los tiempos verbales y las elipsis narrativas, la solemnidad en la adjetivación de los grandes momentos históricos abordados, el respeto y la comprensión de las pulsiones y pasiones que movieron y empujaron a sus legendarios actores, todo ello narrado con rigor, con vehemencia, con el justo detalle y la exacta valoración.

Apenas dos gestos y un par de adjetivos le bastan al genial narrador para trazar un retrato completo del perfil psicológico de sus protagonistas, apenas un par de trazos para crear los sutiles matices del ambiente. No necesita largas descripciones ni detalladas exposiciones del contexto para recrear el momento histórico, le basta con unas pocas pinceladas para pasar rápidamente a desbordar su narración en un torrente de emoción que sumerge al lector en la apasionada psicología de sus - nuestros - héroes. Y digo nuestros porque después de leer Momentos Estelares uno los siente mucho más cerca. Está más cerca del epiléptico Dostoivsky, del desesperado Tolstoi, del perseverante Cyrus Field. Uno puede haber leído muchos libros de historia y muchas biografías, pero Zweig sólo necesita unas pocas miniaturas para hacerlos muchos más cercanos, muchos más vivos, mucho más intensos.

Sólo un narrador tan entusiasta sería capaz de comprender con tanta profundidad y de transmitir con tanto fervor las hazañas de unos héroes igualmente impetuosos. La simetría entre las ambiciones y anhelos geniales de éstos y el entusiasmo histórico y literario de Zweig tal vez explique esa capacidad de aproximarnos humanamente a esos personajes. Gracias a su impetuosa prosa – perdón por el ripio – y a su fino bisturí psicológico, descubrimos que más allá de las circunstancias socioeconómicas de un momento histórico, lo que realmente mueve las lentas pero inexorables ruedas del Tiempo y la Humanidad son la voluntad y la pasión de unos pocos grandes hombres (y mujeres, claro) y, cómo no, la casualidad.

Posdata: ayer mismo, 4 de Junio de 2007, leo que en Polonia, ese país tan mal tratado por el pasado y tan mal gobernado en el presente, han retirado de los planes de lectura en secundaria a autores como Kafka, Dostoievsky, Goethe, Conrad o Musil (enlace aquí) para sustituirlos por autores nacionales y católicos. Me parece terrible y escalofriante, por supuesto. Pero aún me parece mucho más terrible, por la parte que me toca y nos toca, que en este absurdo país en que vivimos esos autores ya no es que no se lean, es que sería impensable que se leyeran o siquiera se citaran en nuestros planes de estudios de secundaria. No sé si es peor la prohibición directa de los neofascistas polacos o esta disimulada ignorancia española que como un cáncer corroe la educación de nuestros jóvenes. Y yo recomendando un libro de Zweig, ¡bendita candidez!



sábado, 12 de mayo de 2007

¡ VIVA LA MADRE QUE PARIO A PEREZ REVERTE !


Ruben García Cebollero
rgarciaceb@uoc.edu


Hace algunas semanas en su patente de corso don Arturo Pérez Reverte firmó "eran los nuestros", donde sin haber visto la película 300 se pronunciaba sobre la polémica despertada por la visión tradicional de la batalla, y la visión más orientalista o menos eurocéntrica.

Pérez Reverte escribe desde las lecturas de Herodoto, Diodoro de Sicilia y Jenofonte, para decirnos que aquellos 300 eran los nuestros, quienes dieron una demostración suprema de lo que el ser humano, seguro de lo que defiende, puede y debe hacer antes que someterse.

Pérez Reverte afirma que el sacrificio de los 300 salvó una idea de sociedad y del mundo opuesta a cualquier poder ajeno a la solidaridad y la razón. Después Perez Reverte concluye manifestando que Leónidas y los suyos con el tiempo hicieron posible Europa, la Enciclopedia, la Revolución Francesa, los parlamentos occidentales, que mi hija salga a la calle sin velo y sin que le amputen el clítoris, que yo pueda escribir sin que me encarcelen o quemen, que ningún rey, sátrapa, tirano, imán, dictador, obispo o papa decida -al menos en teoría, que ya es algo- qué debo hacer con mi pensamiento y con mi vida. Por eso Pérez Reverte opina que esos 300 hombres nos hicieron libres.

Uno de los argumentos a subrayar en el análisis de la polémica, sin que Pérez Reverte haya visto la película, es que el 480 antes de Cristo no es el año 2007, y lo social o políticamente correcto hoy nada tiene que ver con aquella situación histórica. Aceptado esto, y sin dudar que eran los nuestros, sólo quiero decir dos cosas: que viva la madre que parió a Pérez Reverte, y que no tiene razón.

Admito haber leído a Pérez Reverte desde el húsar, aprecio siempre su lucidez y su estilo, pero la democracia es una idea que debe permitirnos convivir, y no exaltarnos hacia la destrucción. Creo que él ha visto demasiadas guerras para entender qué siento, por mucho que me guste la película, los nueve libros de Herodoto, la Anábasis de Jenofonte, y demás.

A nivel literario, lo mejor que he escrito está ambientado en la guerra civil, y por supuesto no se ha publicado. También es la visión de una batalla: la del Ebro. Lo que deseo subrayar es lo triste que resulta que, a lo largo de la historia, se sacrifiquen las vidas de muchos para el bienestar de unos pocos. Que haya unos opresores y unos oprimidos, aunque como diría
Pareto la desigualdad entre pobres y ricos es inherente a toda sociedad.

En resumen: ¡viva la madre que parió a Pérez Reverte! Quizá porque también tengo aires de Cartagena, sangre murciana, tanta como catalana, aragonesa y demás. Y esa sangre me dice que, tengamos o no el honor y la gallardía de los 300, nunca debemos rendirnos a ninguna tiranía, sea oriental u occidental, pues como afirmó Martin Luther King: la injusticia donde quiera que ocurra es una amenza contra la justicia en cualquier parte.

De todas formas, quiero acabar no pensando en 300 sino en las Conversaciones entre alquimistas, que ha publicado Jorge Riechmann, que en su "poema" el enigma secreto del misterio de todos los templarios, masones, criptocátaros y sacerdotes egipcios del bajo imperio, nos dice:

El capital quiere hacernos creer que somos lo que vendemos.
Pero somos lo que regalamos.


Y como buen culé deseo felicitar al Getafe, por su fe en los milagros, y a Risto Mejide, cómo no, por sus Miedocres, con Sabina de fondo ¿quién me ha robado el mes de abril?, porque nadie debería conformarse, nadie debería morirse un poquito cada día, nadie debería olvidar que hoy los 300 barrarían el paso en las Termópilas a las grandes corporaciones, o a ese ejército gris de "miedocres" decididos a no decidir.


La historia, tarde o temprano, nos empuja a tomar partido. Por lo demás, larga vida a la Ley del Suelo.

martes, 8 de mayo de 2007

Mostar, la ciudad herida.

Por Carlos Rull

Tuve oportunidad de escaparme unos días a Dubrovnik durante las fiestas de Semana Santa. La ciudad croata, la Perla del Adriático, es un bellísimo rincón que no aconsejan visitar en verano – los cruceristas estivales atiborran hasta lo indecible el casco antiguo – y desde el cual se pueden realizar interesantes excursiones: la impresionante bahía de Kotor en Montenegro, las tranquilas islas del Adriático (Korčula, las Elaphite, Mljet,...) y, sobre todo, Mostar. Ciudad de la que hace unos días, por cierto, se retiraron las tropas españolas que llevaban allí desde 1992. La presencia militar nunca es deseable, pero tal vez, sólo tal vez, la retirada parcial de las tropas internacionales en Bosnia sigue siendo precipitada. Llegamos muy tarde y quizá nos vamos demasiado pronto.


Mostar. La ciudad cuyo nombre, junto con el de Sarajevo, sirvió durante meses y años, entre regueros de sangre, para abrir telediarios e ilustrar portadas de periódicos mientras Europa y occidente asistían impasibles – aunque, eso sí, muy indignados – a la masacre. Mostar, a la que los turistas – como yo – acudimos como moscas en busca – dicen - de su reconstruida belleza histórica, de su legendario puente “de la reconciliación”, de sus mezquitas, de su Gran Bazar, de su antigua belleza que descansa cabe el manso discurrir del Neretva. En realidad – a qué disimular – acudimos en busca de las huellas y los ecos de la guerra civil más reciente de Europa. Como dijo Elias Canetti, el viajero lo tolera todo porque todo es nuevo, “los buenos viajeros son despiadados”. Quizás sea morbo, a lo mejor lo hacemos por conciencia histórica, tal vez por mera curiosidad, incluso puede que algunos lo hagan por solidaridad. Sus habitantes lo saben y por eso en las numerosas tiendas de recuerdos y souvenirs que atiborran el casco antiguo uno puede encontrar casquillos de bala de todos los calibres convertidos en bolígrafos o candelabros, cascos, máscaras de gas, guerreras, parches de tela con mil símbolos y escudos, banderas, y todo el repertorio que podría esperarse encontrar entre los restos de la destrucción.

Mostar, que se ve en una mañana pero que podría darnos experiencias para escribir un libro. Al lado del flamante puente nuevo, de la brillante y pulcra reconstrucción del Stari Most, destruido salvajemente por la artillería croata e inaugurado a bombo y platillo por la UNESCO en Julio de 2004, aún se observan los restos de la batalla en algunas fachadas. Al final del puente, una escalofriante exposición fotográfica nos muestra lo que quedó de la ciudad tras la guerra. Luego, sólo es necesario alejarse un poquito de las dos o tres calles turísticas para hallar los aún visibles y numerosos estigmas de la mutua matanza. Esas son las cicatrices visibles: aún son mucho peores otras que apenas pueden percibirse.

Escribió Thomas Mann que el viajero se caracteriza por la ausencia de responsabilidad, que se deja llevar por el viaje mismo porque sabe que mañana “abrigará sus alas y volverá al orden acostumbrado”. Esa era mi limitada perspectiva. Además, sólo pasé en Mostar una mañana. A pesar de todo ello, percibí con claridad la tensión que aún se palpa en el ambiente, la tristeza que aún recorre muchas calles y habita – inconmovible –en muchos rostros. Lo percibí en cuanto cruzamos la frontera: en los primeros pueblos de Bosnia cercanos a la frontera con Croacia, muchos edificios exhiben con desafío la bandera del país vecino. Luego, ojos que desvían la mirada, ojos perdidos, ojos tristes, ojos doloridos. Y un paisaje de edificios y almas quebrados.

El río divide la ciudad y a sus gentes en dos orillas y no sólo físicamente, y el flamante puente con que Europa quiso simbolizar una posible reconciliación no las ha acercado más. Croatas y bosnios, musulmanes y católicos, y al principio del conflicto, el ejército federal, los serbios ortodoxos y los chetniks, ultranacionalistas serbios. Ahora croatas y bosnios comparten la ciudad en tensa calma, pero no conviven en ella. El puente es centro de una ingente actividad turística: los visitantes se detienen en él para disfrutar de un maravilloso paisaje sobre las esmeraldinas aguas del Neretva y asistir alegremente a los tradicionales saltos al río de algunos jóvenes del lugar – ¡qué contraste visitar luego el bulevar que fue línea de frente entre croatas y bosnios durante la guerra, sólo muy parcialmente reconstruido! -. Pero alrededor de esa alegría, la división y el horror son aún patentes. En lo más alto del monte Hum, promontorio desde donde se bombardeó y destruyó el puente, se alza ahora una enorme y desafiante cruz, desde la cual se contempla cómo los minaretes y los campanarios compiten entre sí por dominar la ciudad. Las ensordecedoras campanadas de la enorme catedral del lado croata rivalizan provocativamente con las llamadas del almuecín. Gentes que vivieron y convivieron en paz durante años acabaron sumidos en un odio visceral y fanático que les hundió en el más lóbrego y terrible de los infiernos, y viven ahora un radical resquemor que, entre otras muchas cosas, obliga a los niños a ir por turnos al instituto para no mezclarse. Y tantas otras cosas. Ya dije antes que las heridas que no se veían son infinitamente peores.

Entretanto, en Darfur, otro matanza no tan diferente de la de los Balcanes continúa, a pesar de los acuerdos de “paz”, ante la permanente impasibilidad de Occidente. Claro, es África, no Europa. Y el oleoducto no corre peligro.


NOTA A PIE DE PÁGINA:
Para no olvidar, os recomiendo dos testimonios escalofriantes de la guerra de los Balcanes: el cómic Fax from Sarajevo y la película Las Flores de Harrison. Además, en los siguientes enlaces encontraréis más información escrita por otros visitantes a Mostar.
http://mayunesa.blogspot.com/
Testimonio de un soldado español
Diario de viaje de Sele
Los papeles de Boris
Mostar 2000: video en Youtube.

martes, 17 de abril de 2007

TÉ DE MODA




Por Carlos Rull

En el hipermercado al que acudo quincenalmente en busca de provisiones he observado un fenómeno que supongo generalizado. Lo que antes era un pequeño rincón al final de la estantería de los cereales, colacaos, cafés y azúcares, se ha convertido últimamente en una estantería entera dedicada a mil tipos diferentes de infusiones y tés. Combinaciones cada vez más extrañas y exóticas pueblan la sección de infusiones con nombres cada vez más y más “ingeniosos”: “té belleza”, “té juventud”, “té relax”, “Purifica tea”, “Eterny tea”, “Mix-té”, “té sin teína”, y al final, “té sin té”. Aparecen además en la sección de refrescos variedades incontables de té frío al sabor de tantas frutas como se quiera. Las infusiones se suman así a la moda sacra que sitúa en una alimentación químicamente sana e industrialmente equilibrada nuestra salvación. Al bífidus, el actimel y el danacol y a todas las demás panaceas curativas que suplirán la falta de ejercicio y compensarán nuestros excesos gastronómicos se suman ahora mil y una infusiones enriquecidas de mil y una formas.

El té, convenientemente envasado y hábilmente adaptado a las necesidades y obsesiones occidentales, se pone de moda. Esto me recuerda algo que me explicó, en macarrónico inglés, un simpático camarero en una tetería de Estambul. En esa ciudad es ya costumbre que los turistas se atiborren de un infecto té con manzana que se promociona como bebida tradicional turca. Según aquel camarero, en Turquía nunca se ha consumido tal bebercio. El auténtico té turco tradicional es un té negro de sabor muy fuerte que no suele sentar bien a los delicados paladares de los demás europeos. Análoga bola comercial se extiende ahora a nuestros supermercados.

El té es, desde hace centurias, una parte fundamental de muchas culturas, un hábito de fuerte arraigo social que cruza fronteras y que viene rodeado de un apacible y fascinante ritualismo, de los rescoldos de una antiquísima trascendencia espiritual y poética. De sobras son conocidos las tradiciones japonesas, indias, árabes y chinas en torno a esta bebida: armonía, reverencia, pureza y calma son los cuatro principios que rigen la ceremonía japonesa. El origen del té (del étimo chino “chá”) se sitúa, según las leyendas, hacia el 2700 a.C., cuando unas hojas de esa hierba cayeron por azar en el cuenco en el que el sabio Shen Nung hervía su agua para comer. El té devino durante siglos una bebida rodeada de una fuerte espiritualidad y un cargado simbolismo misticista de pureza y recogimiento. Bebida vinculada a la meditación religiosa y a las complejas reglas sociales de las clases altas, se convertiría siglos más tarde en la bebida más popular de China. Allí es habitual ver a trabajadores, estudiantes o viandantes andar todo el día con su termo de té verde a cuestas, y no es raro que al pedir agua en un restaurante te sirvan directamente en su lugar una tetera bien llena.

Mi vida como consumidor compulsivo de té empezó hace unos años, en Polonia, donde alguien me acostumbró a esa infusión, enriquecido su sabor con una ramita de canela y una nube de leche. Desde entonces, el té se ha convertido en compañero inseparable de mi dieta. Por otro lado, su sabor se ha converrtido ya en un disparador de recuerdos y sensaciones del que no quisiera prescindir: el té con menta en una barraca bajo las cataratas de Ouzoud, en Djema El Fna o en las teterías de las cuestas de Granada, el té verde en los bares y restaurantes de Hangzhou, el fortísimo té negro de Estambul, la misteriosa tetería del hutong de Pekín donde me enseñaron todo el ritual tradicinal, el té acompañado del afrutado tabaco de la “narguile” o “shisha” en Khan El-Khalili o en los alrededores del Gran Bazar, el Earl Gray en un pub del Soho londinense o en un restaurante irlandés... Además, para hacer té sólo se necesita una tetera, una buena hierba y algo de agua.

El té es símbolo de hospitalidad y centro de una parte importrante de la vida social en muchísimos países. Para las muchachas saharauis, el juego de té es una de las posesiones más valiosas de su ajuar. A casi cualquiera que haya viajado a un país árabe le habrán intentado engatusar en algún comercio de alfombras árabe invitándole a un té acompañado de una aparentemente inofensiva conversación. Me explicaron en Marruecos que un antiguo dicho da sentido a los tres vasos de té que está obligado a aceptar el huésped ante una invitación: el primero vaso es amargo como la vida; el segundo, dulce como el amor; el tercero, suave como la muerte.

Algo entre misterioso y fascinador tiene, en fin, esta bebida que ha originado a su alrededor tantas costumbres y tradiciones milenarias, tantos hábitos y rituales de orden espiritual y social. En todo caso, la versión edulcorada que atiborra las estanterías de los hipermercados lo transforma en un producto más de la entrañada y benefactora trama multiempresarial que, preocupada exclusivamente por la salud y el bienestar de los consumidores – pues eso sólo somos -, se ha empeñado en hacernos llevar una vida más “sana”. Y otro día hablaremos del vino.


Permitidme acabar esta semana con un radical cambio de tema y dedicar un sincero homenaje al maestro Vonnegut: en paz descanse nuestro hombre sin patria o, cuando menos, que pueda escupirle a gusto al mundo y a Bush desde donde esté. Kilgore Trout no ha tenido tiempo de escribirle un epitafio adecuado así que recojo una frase del propio Vonnegut: “A lo único que he aspirado es a proporcionar a los demás el alivio de la risa”.
Ahora sí: hasta la semana que viene.

martes, 3 de abril de 2007

PERDURACIÓN DEL VERSO



Por Carlos Rull
Dijo George Santayana, y así está escrito en el monumento memorial de Auschwitz (actual Oswiecim, Polonia), que quien no recuerda su historia está condenado a repetirla. Se ha dicho también que la literatura son las voces de los siglos retumbando en nuestros ojos. Ambos, historia y literatura, son guías en el camino, estrellas polares en el agitado mar de nuestros días, brújulas fieles en el desierto globalizado. En las palabras que leímos y que leemos está nuestro pasado, nuestro presente, y el camino hacia el futuro. Incluso en las más sencillas. Ahí van unos cuantos versos sencillos, ordenados del más reciente al más antiguo, que, cuando menos, deberían hacernos pensar.

1. Después de ver la, a mi modo de ver, etnocéntrica y fascistoide 300, en la que – bajo la apariencia de mero entretenimiento (y me da igual su fidelidad al cómic, que no he leído) - se manifiesta de forma bastante explícita una vindicación del elitismo y una apología del supuesto “poder racional y el honor” de lo que puede entenderse como occidente - en una muy épica y halagadora pero superficial y simplificadora interpretación de la cultura espartana y griega - frente al “misticismo y la barbarie” orientales - retratados con una mala leche memorable en los malísimos persas -, recordé unos versitos de Machado, escritos hacia 1919, que decían:
“Hombre occidental,
tu miedo al Oriente, ¿es miedo
a dormir o a despertar?”

2. El bohemio Pedro Barrantes escribió en su Delirium Tremens (1910) los siguientes versos, que, aunque referidos a emigrantes españoles, bien siguen sonándonos a la tragedia nuestra de cada día y tal vez pudieran servir para que alguno que haya olvidado sus orígenes mire con otros ojos a los que llegan cada día a las luces del norte:
“¡Ay, triste emigrantes,
víctimas de la suerte,
que vida y luz ansiando
quizá vais a la muerte”.

3. En su “Oda a Roosevelt” del libro Cantos de vida y esperanza (1905) le dijo Rubén Darío al presidente de los todopoderosos Estados Unidos:
“Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción,
que en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.”
Y más abajo insistía el gran poeta modernista:
“Juntáis al culto de Hércules, el culto a Mammón,
y alumbrando el camino de la fácil conquista
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York”
Tiempos aquellos en que uno podía presuponer que un presidente de la ya entonces gran potencia mundial sería capaz de entender versos como estos. Tiempos que ya se repiten en guerras ilegales que han llevado el “progreso” y la “libertad” allá donde se ha entrado con balas y con bombas.

4. Aunque no poeta, Larra también supo percibir en la España de 1830 los síntomas de un mal endémico y crónico que, como tal, se ha extendido hasta nuestros días. En su artículo “La educación de entonces”, ponía estas palabras en boca de cierto garrulo que, alabando la tibia enseñanza que disfrutó de joven (“leer y escribir y las cuatro cuentas”), afirmaba:
“Pues ¿ahora? ¿Eh? Ha de saber el niño en un abrir y cerrar de ojos francés, inglés, italiano, matemáticas, historia, geografía, baile, esgrima, equitación, dibujo...¡Qué sé yo! Sin conocer que eso no es para nuestro carácter.” Argumentaba el buen cazurro tan sabia opinión con el ejemplo de un niño que había fallecido por demasiado estudiar. En fin, los pedagogos que legislan nuestro sistema educativo podrían firmar ahora mismo al lado del zote larriano.

5. En relación con el anterior, Jovellanos describió con gracia y donaire a un cierto tipo de joven desmañado que en muy poco se diferencia de cierta fauna juvenil – y no tanto - y urbana no difícil de identificar. Dice así, en su “Sátira II”, fechada en 1787:
“[...] Nunca
pasó del B-A ba. Nunca sus viajes
más allá de Getafe se extendieron.
Fue antaño allá por ver unos novillos
junto con Pacotrigo y la Caramba.
Por señas, que volvió ya con las estrellas,
beodo por demás, y durmió al raso.
Examínale. ¡Oh, idiota!, nada sabe.
Trópicos, era, geografía, historia
son para el pobre exóticos vocablos.”

6. Y acabo ya, por fin, con el maestro más agudo de todos, el grandísimo Quevedo. Cualquiera de sus versos y todas sus prosas proponerse podrían como lúcido retrato de nuestra condición, pero me quedo, por ahorrar espacio – que ya mucho me estoy alargando -, con este terceto del soneto que dedicó “a los vanos y poderosos”:
“¿Qué tienes, si te tienen tus cuidados?
¿Qué puedes, si no puedes conocerte?
¿Qué mandas, si obedeces tus pecados?”

Perduran sus versos y sus voces por siempre, y es que, como dijo el mismo Quevedo, los libros “al sueño de la vida hablan despiertos”. Y así, igual que él, a menudo
“vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos”,
y espero no repetir lo que nunca debió suceder y evitar lo que no debe ocurrir.

Hasta la semana que viene.
Imagen del memorial de Auschwitz tomada de: http://www.hobotraveler.com

martes, 6 de marzo de 2007

El meu avi


Por Carlos Rull

Quien más quien menos, la mayoría de los de mi generación conservamos en la memoria alguna anécdota familiar de cuando hubo en este país una guerra civil. Los que nacimos entre el 75 y el 76, la primera generación tras la muerte del paquito, aún estuvimos a tiempo de recibir esa anecdótica herencia, la más de las veces oral, de nuestros abuelos, o de unos padres mayores que vivieron, aún niños, la contienda, o tal vez de unos padres menos mayores que explicaban las aventuras de los suyos: las batallitas de nuestros abuelos, sí , esas que muchos aprovecharon para sus trabajos de historia en el instituto, cuando un instituto aún era un centro de estudios.

Batallitas grandes o pequeñas, oficiales o ignoradas, contrastadas o exageradas, de fachas o de rojos - cada día (por suerte) da más lo mismo -, de final cómico o trágico: todas ellas son historias que han germinado en el imaginario colectivo español produciendo en ocasiones frutos de enorme belleza y capacidad evocadora – pienso en El Laberinto del Fauno, en Soldados de Salamina -, y a menudo lamentables engendros que crispan y agitan – pienso en ciertos libros revisionistas, en ciertos comentarios radiofónicos, en ciertos sitios de la red -.

Toda gran historia, y la Guerra Civil lo es, está compuesta de infinitas pequeñas historias, de aventuras insignificantes o admirables; de heroicidades sin héroes o aun con cobardes; de glorias sin prensa, de victorias sin fotografías, de rostros sin nombres o de nombres sin rostro. Pequeñas pinceladas en el gran cuadro de la guerra, hebras sueltas del tapiz de la Historia. Detalles ínfimos en el devenir colectivo que son, en realidad, la verdadera y auténtica historia, la intrahistoria unamuniana. Vivencias que, por encima y por debajo de la que nos cuentan los libros de texto y los coleccionables de los periódicos, conforman la genuina esencia de lo que fueron tres de los más bárbaros años de la historia de este país. La de mi abuelo Benito es una de ellas.

Mi abuelo paterno y cuatro conciudadanos suyos, entre los que se encontraba también el tío Mingu, otro familiar indirecto de un servidor, fueron detenidos por motivos que nunca han quedado demasiado claros. Tal vez, dicen, porque increparon a unos milicianos en plena faena de destrozar iglesias, o tal vez, cuentan, por envidias y rencillas vecinales o comerciales. Qué más da, y qué más da también qué bando los detuvo, la cuestión es que metieron a los cinco pobres tipos en un coche y se los llevaron a la montaña, ya supondrán ustedes con qué aviesas intenciones. Cuando los milicianos les ordenaron bajar del vehículo, el tío Mingu, de quien cuentan que gozaba de una corpulencia fuera de lo común, se resistió, exigiendo para ser reducido la voluntariosa colaboración de todos y cada uno de los guardas – y ni con esas -. Aprovechando la confusión, el chófer le abrió la otra puerta del automóvil a mi abuelo y le dijo que corriera. No hacía falta: mi abuelo había salido disparado montaña arriba y, entre gritos y disparos, logró dar esquinazo a sus perseguidores y refugiarse ileso en una masia de los alrededores en la que durante aquella época oscura se dio cobijo a más de un fugitivo. A sus espaldas, los milicianos fusilaron a los otros cuatro inocentes. En los meses siguientes, y hasta el final de la guerra, mi abuelo Benito vivió un auténtico calvario: fugas en tren con disfraz y sombrero, refugios inciertos en casa de conocidos, falsas identidades, el terror a ser reconocido,... Incluso llegó a trabajar como conductor para los mismos que habían querido fusilarle, otra de esas infinitas contradicciones de aquella guerra. Finalmente, gracias a la solidaridad y amistad de mucha gente, logró atravesar la frontera y, tras acabar la guerra, reunirse con su familia. Llegó a ser alcalde. En la otra punta de España, por esas mismas fechas, mi abuelo materno corrió mucha peor suerte: a él sí consiguieron fusilarlo.

La Guerra Civil (y lo que vino después), además de un millón de muertos, un dolor infinito en muchos corazones y un país arrasado y dividido, dejó una estela de odio y rencor que aún hoy se respira con demasiada frecuencia en muchos rincones de las españas. Sin embargo, también dejó pequeños reductos de luz, pequeñas historias como flores en un cementerio, como brotes en el olmo seco, semillas llenas de palabras e imágenes para el futuro y, sobre todo, dejó muchas lecciones que nunca deben ser olvidadas.

En estos días de barahúnda y bravuconada, de banderas en las manos y agravios en las calles, de derechonas a la gresca e izquierdonas al “tú más”, de griterío y estridencia, de salvajes energúmenos bramando afrentosas memeces como “Zapatero, al hoyo con tu abuelo”, en estos días, en fin, de tanto político mediocre y tanto bárbaro desencadenado, es probable que esté muy de más traer a colación una de esas pequeñas, minúsculas, olvidadas anécdotas de tan funestos tiempos, pero aunque esté de más, me apetecía explicarla, qué carajo. Y es que, aunque con frecuencia no tenga sentido volver a lo que ya no existe, yo sentencio, con palabras de Aristarain en Un lugar en el mundo, que “hay cosas de las que uno no puede olvidarse. No tienen que olvidarse. Aunque duela”.