martes, 8 de mayo de 2007

Mostar, la ciudad herida.

Por Carlos Rull

Tuve oportunidad de escaparme unos días a Dubrovnik durante las fiestas de Semana Santa. La ciudad croata, la Perla del Adriático, es un bellísimo rincón que no aconsejan visitar en verano – los cruceristas estivales atiborran hasta lo indecible el casco antiguo – y desde el cual se pueden realizar interesantes excursiones: la impresionante bahía de Kotor en Montenegro, las tranquilas islas del Adriático (Korčula, las Elaphite, Mljet,...) y, sobre todo, Mostar. Ciudad de la que hace unos días, por cierto, se retiraron las tropas españolas que llevaban allí desde 1992. La presencia militar nunca es deseable, pero tal vez, sólo tal vez, la retirada parcial de las tropas internacionales en Bosnia sigue siendo precipitada. Llegamos muy tarde y quizá nos vamos demasiado pronto.


Mostar. La ciudad cuyo nombre, junto con el de Sarajevo, sirvió durante meses y años, entre regueros de sangre, para abrir telediarios e ilustrar portadas de periódicos mientras Europa y occidente asistían impasibles – aunque, eso sí, muy indignados – a la masacre. Mostar, a la que los turistas – como yo – acudimos como moscas en busca – dicen - de su reconstruida belleza histórica, de su legendario puente “de la reconciliación”, de sus mezquitas, de su Gran Bazar, de su antigua belleza que descansa cabe el manso discurrir del Neretva. En realidad – a qué disimular – acudimos en busca de las huellas y los ecos de la guerra civil más reciente de Europa. Como dijo Elias Canetti, el viajero lo tolera todo porque todo es nuevo, “los buenos viajeros son despiadados”. Quizás sea morbo, a lo mejor lo hacemos por conciencia histórica, tal vez por mera curiosidad, incluso puede que algunos lo hagan por solidaridad. Sus habitantes lo saben y por eso en las numerosas tiendas de recuerdos y souvenirs que atiborran el casco antiguo uno puede encontrar casquillos de bala de todos los calibres convertidos en bolígrafos o candelabros, cascos, máscaras de gas, guerreras, parches de tela con mil símbolos y escudos, banderas, y todo el repertorio que podría esperarse encontrar entre los restos de la destrucción.

Mostar, que se ve en una mañana pero que podría darnos experiencias para escribir un libro. Al lado del flamante puente nuevo, de la brillante y pulcra reconstrucción del Stari Most, destruido salvajemente por la artillería croata e inaugurado a bombo y platillo por la UNESCO en Julio de 2004, aún se observan los restos de la batalla en algunas fachadas. Al final del puente, una escalofriante exposición fotográfica nos muestra lo que quedó de la ciudad tras la guerra. Luego, sólo es necesario alejarse un poquito de las dos o tres calles turísticas para hallar los aún visibles y numerosos estigmas de la mutua matanza. Esas son las cicatrices visibles: aún son mucho peores otras que apenas pueden percibirse.

Escribió Thomas Mann que el viajero se caracteriza por la ausencia de responsabilidad, que se deja llevar por el viaje mismo porque sabe que mañana “abrigará sus alas y volverá al orden acostumbrado”. Esa era mi limitada perspectiva. Además, sólo pasé en Mostar una mañana. A pesar de todo ello, percibí con claridad la tensión que aún se palpa en el ambiente, la tristeza que aún recorre muchas calles y habita – inconmovible –en muchos rostros. Lo percibí en cuanto cruzamos la frontera: en los primeros pueblos de Bosnia cercanos a la frontera con Croacia, muchos edificios exhiben con desafío la bandera del país vecino. Luego, ojos que desvían la mirada, ojos perdidos, ojos tristes, ojos doloridos. Y un paisaje de edificios y almas quebrados.

El río divide la ciudad y a sus gentes en dos orillas y no sólo físicamente, y el flamante puente con que Europa quiso simbolizar una posible reconciliación no las ha acercado más. Croatas y bosnios, musulmanes y católicos, y al principio del conflicto, el ejército federal, los serbios ortodoxos y los chetniks, ultranacionalistas serbios. Ahora croatas y bosnios comparten la ciudad en tensa calma, pero no conviven en ella. El puente es centro de una ingente actividad turística: los visitantes se detienen en él para disfrutar de un maravilloso paisaje sobre las esmeraldinas aguas del Neretva y asistir alegremente a los tradicionales saltos al río de algunos jóvenes del lugar – ¡qué contraste visitar luego el bulevar que fue línea de frente entre croatas y bosnios durante la guerra, sólo muy parcialmente reconstruido! -. Pero alrededor de esa alegría, la división y el horror son aún patentes. En lo más alto del monte Hum, promontorio desde donde se bombardeó y destruyó el puente, se alza ahora una enorme y desafiante cruz, desde la cual se contempla cómo los minaretes y los campanarios compiten entre sí por dominar la ciudad. Las ensordecedoras campanadas de la enorme catedral del lado croata rivalizan provocativamente con las llamadas del almuecín. Gentes que vivieron y convivieron en paz durante años acabaron sumidos en un odio visceral y fanático que les hundió en el más lóbrego y terrible de los infiernos, y viven ahora un radical resquemor que, entre otras muchas cosas, obliga a los niños a ir por turnos al instituto para no mezclarse. Y tantas otras cosas. Ya dije antes que las heridas que no se veían son infinitamente peores.

Entretanto, en Darfur, otro matanza no tan diferente de la de los Balcanes continúa, a pesar de los acuerdos de “paz”, ante la permanente impasibilidad de Occidente. Claro, es África, no Europa. Y el oleoducto no corre peligro.


NOTA A PIE DE PÁGINA:
Para no olvidar, os recomiendo dos testimonios escalofriantes de la guerra de los Balcanes: el cómic Fax from Sarajevo y la película Las Flores de Harrison. Además, en los siguientes enlaces encontraréis más información escrita por otros visitantes a Mostar.
http://mayunesa.blogspot.com/
Testimonio de un soldado español
Diario de viaje de Sele
Los papeles de Boris
Mostar 2000: video en Youtube.

4 comentarios:

R.P.M. dijo...

Secuelas de una guerra imposibles de cerrar. Son cicatrices en carne viva. Pero al menos, y así lo espero, la "convivencia tolerada" proporciona un hábitat habitable. Es peor el problema africano, donde los ojos tristes y doloridos son ya un rasgo racial, como el color de la piel.

Núria Domènech dijo...

Llegir aquest text m'ha fet recordar tot el que significava el pont de Mostar per la Mia, una noia sarajevita amb qui vaig conviure uns dies. Ella és orfe de guerra, ha tingut la sort que una ONG li paga els estudis i quan jo la vaig conèixer era una noia de vint anys intel·ligent i formada.

Va ser una sort conèixer-la i compartir amb ella el seu dia a dia, les seves vivències i la seva visió del futur als Balcans.

Era, a més, una apassionada de l'art. Tenia l'habitació plena de pintures, dibuixos, aquarel·les i esboços. El més sorprenent, però, era que moltes de les seves obres, fetes amb tècniques diferents, representaven el mateix: el pont de Mostar. Sempre el dibuixava mirant una postal petita i descolorida que un amic li va enviar d'allà. Ella no hi havia anat mai, no tenia diners, però mai es cansava de donar-hi noves tonalitats, nous enfocs.

Perquè el pont de Mostar?, li vaig preguntar.
El nostre país necessita ponts, deia ella, necessita ponts més que mai, ponts entre cultures, ponts de diàleg. Entre els polítics però, sobretot, entre la gent. Des de fora creuen que com que ja no hi ha bombes, el conflicte ja ha acabat. I no. El conflicte segueix. L'odi recial, la divisió social. No podem seguir endavant i fer veure que no passa res, que tot és normal, perquè no ho és!

Ella deia que, malgrat tot, malgrat haver-ho perdut tot a la guerra, tenia esperança.

Havia de tenir-ne, volia tenir-ne, era l'única cosa que tenia per aferrar-se i seguir endavant.

El pont de Mostar, el que per a alguns és una atracció turística, era el símbol de tots els seus desitjos i anhels, era el seu símbol de la pau i el camí esperançador en que creia cegament.

carles dijo...

Gràcies per compartir-ho, ara el text té molt més sentit.

Mayu dijo...

'Ahora, hay paz. Lo que nadie sabe por cuanto tiempo. La paz en Bosnia-Herzegovina está en una botella de cristal que baja por el rio Neretva. Es muy fragil'.

Esto fue lo que respondió, tras unos segundos de reflexión, el presidente de la asociación de desaparecidos de Zvornik, Ahmed Grahic, cuando le preguntaron unos compañeros si podía haber paz sin justícia.
Luego nos invitaría a asistir al entierro en Gorna Kalesija de 24 cuerpos musulmanes identificados asesinados en 1992, enterrados y desenterrados para romper los cadáveres y repartirlos en fosas secundarias y terciarias.

Aún no descansan las víctimas de la guerra en toda Bosnia. Por los desaparecidos, por las secuelas, por la pobreza, y sobretodo porque no se ha echo justícia. Y caminando por las calles de Mostar, como tú bien dices, se palpa la tristeza y la desolación el aura que envuelve la ciudad. Han pasado años, pero no demasiados, y las cosas no se han echo bien. Casi parece que el tiempo se hubiera detenido en ese lugar, y que el fantasma de una guerra tan cruel acechara en cada muesca de bala de tantas paredes acribilladas.

Un enlace interesante a quien le interese el conflicto de los Balcanes y a quien quiera sorprenderse de lo que está pasando en Kosovo de primera mano: www.fotoperiodistes.org/perebigas

Ah,y merci por enlazarme =)