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jueves, 27 de enero de 2011

Remakes



Por Raquel Casas

Todos los remakes son malos, pero rentables. Aunque ahora que lo pienso, algunos han sido sonados fracasos. No me gustan los remakes americanos, son pura holgazanería. Tienen la mala costumbre de coger una película estupenda y convertirla en una copia falsa de sí misma, en algo inverosímil. El otro día vi Quarantine, el remake de la española Rec, y no me dio nada de miedo. Pasé el rato comparándolas y recordando los sustos y saltos que di cuando la vi por primera vez en el Festival de Cine de Sitges. Nada que ver. Otro fiasco es La máquina del tiempo, qué mala. De pequeña había visto mil veces El tiempo en sus manos y me encantaba. Pero la nueva versión me decepcionó, cómo no; pensé que se había convertido en otra americanada de acción. Y mira que la primera tenía un buen argumento. La burrada más sonada que he visto es Vanilla Sky, el remake de la genial Abre los ojos; creo que en mi vida me he sentido tan estafada; qué bodrio, qué aburrimiento… Otro argumento increíble destrozado.
Pero la lista de películas descafeinadas es amplia, sobre todo en el género de terror: The ring, El grito, Psycho, Solaris, Halloween, La guerra de los mundos, La momia, La noche de los muertos vivientes… Prefiero las secuelas de Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street antes que un remake. Seguro. Aunque para ser justos, no hay que despreciar algunos buenos remakes como La mosca o la estupendísima La cosa.
Quizá me pasa algo parecido con las adaptaciones de novelas, ¡qué tensión paso en el cine! Pero ese tema mejor dejarlo para otro día.

*

viernes, 29 de mayo de 2009

The Truman show






Per Mercè Mestre



I

No podia, no sabia, no volia posar-se les ales. Li feia por aquell senyor amb bigoti i barba que cridava des del segon pis. No l’havia vist mai, però semblava una mena de gegant bíblic. Els seus pares havien desaparegut per un dels forats de l’armari. No tenia ni idea on eren i sentia voleiar per l’estómac un eixam d’insectes peluts. La font rajava amb diferents tons, greus i semigreus. Va fer dos intents més amb les ales. Impossible. Eren flonges i enganxifoses com els núvols de sucre de les fires. De la seva gola sortia una música submarina, cetàcia. Quin greu no poder fer un gran agut, un agudíssim que punxés el núvol i el fes rebentar amb un crit. Quina felicitat sentiria si la gran tempesta l’arrossegués cap al fons de la vall com la branca d’un arbre arrencada pel vent! Néixer. Fugir. Morir. Ser plogut, parit, plogut... Però no podia cridar. Ni volar.



II

Sempre hi havia algú a prop, un dring constant d’ésser viu que no el deixava tranquil ni un segon de la seva vida. Vivia en els ulls dels altres, dormia entre càmeres-pestanyes, menjava en zooms llarguíssims, es rentava les dents a càmera ràpida, es dutxava en contrapicat, recordava en flashback. Però no n’era conscient. No sabia que només estava envoltat de figurants que duplicaven i triplicaven papers, que aquells cels de fòsfor que s’encenien com un llumí havien estat tractats amb ceres especials i que tothom tenia vides de recanvi, pells de serp desenfundables que al final del dia s’amuntegaven a terra com preservatius entre llaunes de cervesa i píndoles d’avorriment.



III

La passió. La passió de mirar l’horitzó, de ratllar el vidre de la finestra amb la forquilla, de dibuixar símbols i escriure missatges a la sorra humida, de créixer, d’eixamplar els pulmons, les brànquies, de nedar en els corrents d’aire, de respirar aigua, de beure sol, d’arrencar-se les arrels, els vestits, de créixer. La passió de despullar la passió, de créixer, de créixer, d’esclatar en mil gotes de llum.



IV

Es va posar les ales. Havia crescut deu centímetres. Darrere l’armari havia descobert la boca del laberint i ja estava fart de jugar mentalment a l’esquaix amb un horitzó de guix. Aquella nit un error tècnic havia impedit la transició del focus solar al lunar i l’excés de llum i de calor havia fet malbé la part superior del decorat. Regalimava cera del cel. El desig havia cristal·litzat dins l’ampolla mig buida de la por. El seu perfil alat es reflectia en el mirall esquerdat de l’armari. Ja estava preparat per rebentar el núvol. Per cridar. Per ser plogut. Per ser parit. Per volar.





(Aquest és un dels somnis que Truman va tenir de petit, mentre la pel·lícula de la seva vida anava transcorrent. Entre totes les ficcions que, sense saber-ho, li va tocar “viure”, els somnis eren el seu únic espai de llibertat, de realitat, de dignitat, de vida.)

jueves, 28 de mayo de 2009

Va de cine: el fuego que arde pero que no quema



Por Ester Astudillo



Para Cristina, ella sabe bien por qué




No siendo una experta cinéfila, para hablar de cine y llenar este hueco quincenal que da en tocarle a una menda y que coincide con la semana temática cinéfila voy a hacer un magno esfuerzo imaginativo y a hablar de 2 pelis, o mejor, de una escena y de una peli.

La escena creo de verdad que será fácilmente recuperable del repositorio de imágenes cinematográficas del colectivo bloggero, cuanto más febril y entrado en años el blogger (la peli data de 1981), mucho más fácil: se trata de la breve, contundente, icónica, mitológica escena protagonizada por Jessica Lange y Jack Nicholson sobre una mesa de cocina (de esas grandes y americanas) realizando el acto en un contexto muy culinario y apriorísticamente poco apropiado. Sí, obvio, me refiero a la escena ardiente, combustiva, tórrida de sexo entre los susodichos en El cartero siempre llama dos veces. Una mujer hambrienta, entregada, voluptuosa, y receptiva y un hombre… bueno, el hombre como prototipo diría que pasa más desapercibido, y no es que le tenga tirria al Nicholson.

Aquella escena marcó un antes y un después iconoclasta en la mitología del sexo, y no sólo cinematográficamente, sino sobre todo en la vida cotidiana; se convirtió en un icono eroticocultural. Todo aquel que se precie lo más mínimo de tener una vida sexual plena y satisfactoria desde entonces tiene que poder alardear de haberlo hecho fuera de la cama, cuanto más inverosímil el sitio mucho mejor, y si es encima de la mesa de la cocina –aquí en estas latitudes, con las miniminicocinas que vienen por defecto en el pack de las nuevas viviendas, lo tenemos ciertamente difícil, aun siendo, quienes tengan el don de serlo, contorsionistas-, pues eso, si es en la cocina, que mucho mejor. ¡Si ayer mismo fui testigo de una publicidad en una marquesina de esas gigantescas que pueblan por doquier las urbes contemporáneas sobre muebles de cocina y era un guiño claro y meridiano a esa escena: la mujer conminando al macho a hacérselo en la cocina, estirándole de la corbata, para ungir la reciente composición doméstica con un buen polvo!

Hace dos décadas y media que tuve el placer de visionar la peli (poco después de estrenarse, que ya tengo una edad provecta), y personalmente debo reconocer que fue una revelación. Recuerdo, tras haberla visto un par o tres de veces, que llegué a fantasear con la idea de que incluso comprendía el enigmático título (cf. Greenaway y El vientre del arquitecto, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, Night Watching, etc.), gravitando, claro, alrededor de la escena en cuestión, aunque los años que separan aquel momento del presente me temo que han eclipsado las perogrulladas y/o inverosímiles sandeces que cruzaron mi mente en aquella efervescente y nada provecta edad mía entonces.

Siempre resulta estimulante, al menos lo resultaba en aquella primera mitad de los ’80 españoles, primera legislatura socialista, descubrir a mujeres capaces de aquella heroicidad (y no, no, no eran putas, a mí no me hacían comulgar con ruedas de molino, ¡eran claramente heroínas!), especialmente siendo yo mujer de finales de los ’60 y española, ¡pobrecitas de nosotras!, todo lo que nos perdimos, en pleno franquismo y tal, nuestras madres con pañuelo cubriéndoles la cabeza o poco les faltaba, asistiendo entregadas a la inauguración de pantanos, postradas en la cama pero con la tele encendida para atender a la santa misa, y cuya mayor preocupación cuando hacía aparición el climaterio en sus retoños femeninos era prohibirnos que usáramos Tampax, ¡sucio sucio pecadote!

Total, que una que ya tendía a la anticordura en aquel entonces a pesar de ser tierna y joven, pues como que se sorprendió poco más que menos de ver a aquellos dos tan entregados a la materia (y que se quiten las Nueve semanas y media de la Bassinger años después y secuelas varias e inevitablemente mediocres, aunque Los bafulosos Baker Boys tiene también sus buenas y sugerentes escenas, contando con la Pfeiffer y el clan Bridges –rectifico, Jeff Bridges-): retomo, la harina irónica/icónicamente inmaculada esparcida sobre la mesa a modo de colchón, el pan a medio cocer en el horno, recordándonos que el sexo es como el alimento, y la Lange desempolvando con ansia la somera superficie para hacerse un cómodo hueco y yacer y recuperar un placer sexual olvidado y volver a sentirse viva, con esos gemidos, ¡dios qué gemidos!, ¡si eran de película! –bueno, claro, eran obviamente de película; y aun así…

Me asiste a la memoria también el brillo afilado en su mano, el cuchillo como utensilio doméstico, el cuchillo como arma arrojadiza, como hendidura, la ambivalencia de todo lo capital en la vida (Eros y Thanatos). La amenaza latente de su violencia mortífera, y la extrema delicadeza del gesto de apartarlo, manso, dejarlo reposar para momentos más propicios, porque lo que se imponía cuerdamente en aquel trance era el amor, el placer, la vida.

Y en este punto voy a dar un giro al texto y a referirme a la segunda peli anunciada que, cogida por los pelos, como casi todo, incluso resulta coherente con lo dicho hasta ahora: se trata de El ansia (va por ti, Cristina), una historia de vampiros bastante atípica, en que el amor y la inmortalidad van de la mano, ambos -¿cómo podría ser de otra manera?- sometidos a los vaivenes de la (in)satisfacción proporcionada por Eros, de los cansancios y aburrimientos de parejas archisabidas, de los descubrimientos lésbicos, del amor y el odio que sin quererlo ni/o saberlo son contiguos, de Thanatos rondando con la hoz inadvertidamente apostando a ver a quién podrá raptar primero …

El ansia/The Hunger, protagonizada por Deneuve, una jovencísima y andrógina Sarandon (data de 1983, aunque reconozco que ésa no la vi hasta mucho más tarde, reclinada en un lecho hospitalario un 16 de julio de 2000) y Bowie, el icono pop por antonomasia desde antes de que yo supiera qué significaba pop, ese gato salvaje con ojos cromáticamente asimétricos, ese pobre condenado al aburrimiento eterno sobre la capa de la tierra en busca de un acompañamiento satisfactorio e inalcanzable, obviamente imposible, arrastrando su penitencia a través de los siglos sin que nadie advierta su comezón, y traicionado sexualmente en el último momento por su pareja primigenia pero, claro, después de varias centurias, inevitablemente aburrida ergo infiel; en definitiva, un pobre vampiro que acaba tan arrugadito y disuelto y rematadamente pulverizado como Dorian Gray ante su retrato, tras una muy larga vida, en poco más de lo que cuesta decir ¡Basta! En fin, que uno/a no puede obviar preguntarse cuál es peor condena, si morir o si vivir, y también si por amor vale la pena vivir y/o morir (o ninguna de las dos cosas).

Y para justificar, por si hubiere menester, por qué narices siempre acabo hablando [sic] (escribiendo) de lo mismo (id est sexo), incluyo respuesta en el presente. La más obvia, por supuesto, e incluso quizás por algún designio inescrutable de Mefistófeles, acertada, es que estoy claramente obsesionada con ello. Pero como por principio ético, estético y epistemológico hay que desconfiar siempre de las respuestas fáciles, y yo en eso soy puntillosamente metódica y cumplidora a rajatabla, cada semana le formulo ese mismo interrogante desde el diván al desgraciado -¡pobre, pobrecito, que no se cansa de estar en el tajo!- que cobra por oír de mí la misma cantinela aprox. 200 minutos mensuales.

Lamentablemente, ese tipo de mercenarios a sueldo no son precisamente un oráculo, y el único eco de mis tribulaciones que me retorna mi exquisito e hipocrático Delfos es el silencio, sazonado con algún que otro sofocado bostezo que ya he aprendido a no tomarme como algo personal. No es que yo y/o mis fatigas seamos aburridas, me digo para consolarme, es que la vida es aburrida, invento para exculparle. Incluso me conmisero de él: debe resultar tan rematadamente fútil ver secuencialmente vestido el diván con tanto majadero obcecado en hacerse siempre las mismas preguntas y tardo en componerse la única respuesta plausible: ¡Y yo qué sé! ¡Me importa un carajo! ¿Aún crees que puedo ayudarte? ¡Tú dale, dale, no te canses de darle, y con un poquitín de suerte, la respuesta se impondrá por sí sola –si me apuras, con más suerte aún, ¡incluso antes de que la diñes, y eso será ya el despiporre!

En definitiva, a lo que iba, que este tipo de interpelaciones picaronas y existenciales mejor no formularlas desde el diván –o equivalente-; cualquier otro contexto y/o destinatario será infinitamente más empático y certero: id est una margarita aún con pétalos, la lluvia reposada y mansa que reverdece en primavera troncos casi extintos, las ocasionales líneas oscuras que el asfalto dibuja en el suelo, tentación ineludible a jugarte la respuesta con crédulo e infantil animismo mágico al estilo más puramente piagetiano (si me salgo es que sí), la rayuela, los dados, el romántico y delicuescente SOS message in a bottle que cantaban The Police hace unas décadas, cuando Sting aún no era Sting, el juego de piedra-papel-o-tijeras, etc. Hay infinitos métodos de hallar respuesta, ninguno infalible, por supuesto. Yo, de momento, aunque me temo que a todas luces falible, he encontrado el mío.

Bueno, y eso, claro, que casi me olvido, que la escena de la Lange y el Nicholson montándoselo sobre la mesa de la cocina la salvo de la hoguera sin ningún tipo de dudas, no siendo, eso sí, ni cinéfila ni experta (¡¡¡ah, pero sí mujer!!!). Chapó, señores. ¡Quién, quién pudiera! Y también, meritoriamente, tributo al César por lo que es del César: gracias, Bob Rafelson, señor director; nos libró a mí y a unas cuantas anticuerdas erráticas más entre las que no teníamos decidido si iba a ser babor o estribor de una languidecida (y ya anticipadamente hecha crónica) muerte anunciada.


jueves, 13 de noviembre de 2008

Persèpolis: Iran amb ulls de dona

Per Raquel Casas






Marjane Satrapi va escriure Persèpolis, un còmic autobiogràfic en 4 volums, on plasmava les seves vivències d'infantesa i joventut a Teheran. Més endavant, l'any 2007, en va fer la pel·lícula, juntament amb Vincent Paronnaud.


Persèpolis és un film tràgic i irònic alhora; l'acció comença a Teheran l'any 1978 quan la nena Marjane somia ser profeta i salvar el món. Llavors el Sha és enderrocat i expulsat d'Iran i en un principi hi regna al país un ambient de felicitat i optimisme. Però de seguida es veurà que tot és una sensació falsa i les esperances d'obtenir una república moderna desapareixen ja que ben aviat els fanàtics religiosos acaparen el poder.


D'un dia per l'altre la Marjane (i totes les dones, és clar) haurà de dur mocador al cap, patir la degradació de la dona en diferents i variades formes, viure la mort del seu oncle, víctima de les accions de "neteja" del nou règim, i carregar les conseqüències de la guerra entre Iran i Irak, fets que deixen el país agonitzant.


Per escapar de tota aquella bogeria, cap a 1986, quan la Marjane és una adolescent, és enviada sola a estudiar al Liceu francès de Viena, un autèntic viatge cap a un altre món, cap a una realitat que no havia ni imaginat. Malgrat la llibertat que aconsegueix, la Marjane haurà d'aprendre a sobreviure en un país estrany i a enfrontar-se a la soledat i a les seves pors.


Passats uns anys convulsos, decideix tornar a Teheran, a casa. Al començament el seu estat d'ànim és caòtic i depressiu, fins que tria anar a la Universitat per estudiar Belles Arts. Més endavant es casa, es divorcia i marxa definitivament, en aquesta ocasió a França on pensa començar una nova vida i treure's el vel per sempre.


El que finalment ens vol transmetre l'autora en aquest film excel·lent és l'angoixa que provoca haver de decidir entre pàtria o llibertat.




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Un tràiler:





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jueves, 28 de febrero de 2008

No country




Per Raquel Casas




Navegant cap a Bizanci




I


Aquell no és un país per a vells.


Jóvens als braços de jóvens, ocells


Als arbres, -generacions que moren-


Els seus cants, salts de salmons, mars plens de verats,


Cos, vol, o fons, hi celebren, d'estiu.


El que és engendrat, naix, i mor.


Pres en aquella música sensual tot defuig


Els monuments de l'intel·lecte etern.




W. B. Yeats


El vell Yeats es lamenta en aquest primer poema de “Navegant cap a Bizanci” que aquell no és país per a vells per totes les coses que estan canviant i ja no entén. És el mateix que li passa al sheriff Bell (Tommy Lee Jones); està cansat, desil·lusionat i gens preparat per enfrontar-se a una societat que canvia massa ràpidament. Allò que més el preocupa és no saber com lluitar contra un nou tipus violència, encarnat en l’assassí psicòpata sense remordiments Anton Chigurh (Javier Bardem). No serveixen les manilles, ni les armes, ni córrer ni amagar-se.
Chigurh obre la pel·lícula amb un terrible assassinat que anuncia tot el que vindrà a continuació. Ningú no se li resisteix perquè els seus moviments són sorprenents, impensables. Amb un pentinat impossible, es passeja amb una superoritat implacable, aconseguint tot el que es proposa perquè, a més de retorçat, és sumament intel·ligent i s’avança als moviments/ pensaments de tots els personatges que l’envolten. Només hi ha un fet que li trastoca els plans i l’atura un moment cap al final de la pel·lícula: un accident de cotxe, és a dir, una situació que no es pot calcular, imprevisible. La resta de persones, llocs i fets estan a les seves mans.
A més del personatge que interpreta magníficament Bardem, el que considero millor de la pel·licula són les el·lipsis. Com un bon relat literari, n’està plena, però són dues les més interessants: la trobada i enfrontament entre Lewellyn Moss i Chigurh (o sigui, la no trobada perquè l’espectador es troba davant el motel amb la porta oberta i un cos al terra, des de la perspectiva del sheriff Bell) i la de l’assassinat de la dona de Lewellyn, Carla Jean. Ni tan sols veiem com la despatxa, ni el seu cos sense vida, en aquesta ocasió sabem què ha passat a l’interior de la casa pel gest, carregat de significat, que fa Bardem en mirar-se la sola de la bota.


Aquell no és un país per a vells, però tampoc per a sensibles. Ningú no està preparat per a tanta violència, encara que en els darrers anys sembla que s’hagi instal·lat en molts més racons. Com diu Yeats en un altre vers del mateix poema, “i és per això que he navegat per mars”.
Però malgrat les fugides, el temps no es pot aturar i ens farem vells “el que és passat, o és ara, o serà.”
Mentrestant, podem anar a un lloc on no hi ha cotxes, ni avions, ni vaixells:




martes, 26 de febrero de 2008

NO ES PAÍS PARA VIEJOS


Por Carlos Rull

Una obviedad: la literatura es una fuente de inspiración fundamental para el cine contemporáneo. Un enlace interesante: el Babelia del pasado fin de semana incluía un interesante artículo sobre la eficaz, efectiva y efectista relación entre papel e imagen. Otro enlace interesante: esta sección de Verba incluye una larga, insuficiente e incompleta relación de adaptaciones famosas. Una noticia: Bardem ganó ayer el oscar por su escalofriante composición del presunto psicópata Antón Chigurh.

Traigo todo esto a colación porque el viernes tuve por fin un par de horas para asistir a lo que parece la segunda mejor película de mis apreciadísimos hermanos Coen. No es país para viejos (o “Los viejos no bailan country”, en castiza traducción al Gomespuminglish de un buen amiguete) me acongojó, me escalofrió, me dejó anonadado y atónito, luego embelesado y finalmente debo admitir que deslumbrado. Es una película de una enormidad sencilla en su realización y composición, y de unas connotaciones temáticas de tipo ético, moral e incluso filosófico que resultan una destructiva carga de profundidad a la conciencia del común de los espectadores.

No hablaré de sus méritos como adaptación de una obra literaria. Y no lo hago por dos motivos. Uno: no he leído la novela de Cormac Macarthy (salvo algunos fragmentos que no me han gustado). Dos: valorar una película en función de su éxito o fracaso como adaptación de una obra literaria es una pedantesca memez.

En cambio, sí hablaré, por encima, de su mérito cinematográfico. Para empezar, no he encontrado aún película de los Coen que no me guste. Incluso en las olvidables Crueldad Intolerable o Ladykillers he podido degustar retazos o chispas de la genialidad de estos tipos. Desde el divertidísimo vapuleo que le dedicaron a la fábula capriana en El gran salto no he podido dejar de ver ninguna de las creaciones de la pareja: la estrambótica pero genial Barton Fink, la desmadrada El gran Lebowsky – icono indispensable de la comedia moderna -, la subversiva e incomprendida Oh, brother y, sobre todo, sus grandes obras maestras, la reinvención del cine de gangsters en Muerte entre las flores, el camusiano nihilismo de El hombre que nunca estuvo allí y, por supuesto, la ácida y cáustica desesperanza de Fargo. No me atrevo a decir que No es país para viejos sea la culminación de tan brillante carrera – ojalá no – pero sí que es un paso importante en ella y que no desmerece tan brillante pasado.

Recogiendo lo mejor del cine de frontera, del western crepúscular, de la violencia a lo Peckinpah, de la novela y el cine negros, aderezado con un mucho de fatalismo posmoderno, los Coen han construido una acongojante metáfora del derrumbe del mundo civilizado ante la impotencia de los agentes que lo sostenían en el pasado y la indiferencia de los superviviente de la hecatombe, demasiado ocupados en matarse por dinero como para pensar en otra cosa. En toda crítica de cine, debería empezar ahora la ristra de adjetivos laudatorios y de epítetos lisonjeros: dirección impecable, actuación sobrecogedora, bellísima fotografía, etc, etc, etc. Para evitar repetir lo que ya han dicho muchos, os dejo estos enlaces a La Butaca y a Filmaffinity, dos páginas indispensables que superan de largo mi criterio. Añadiré, en cambio, un par de rápidas observaciones.

En primer lugar, suele señalarse como defecto la frialdad o aridez de la película, la sensación de que uno no se puede acercar ni puede identificarse ni con paisajes ni con personajes, ni con motivos ni con ideas. A mí me parece un mérito, porque trasladan el desierto con que se abre la película - ¡y qué fotografía, por cierto! – a la relación entre imagen y espectador. Nos enfrentamos al desierto, al frío glacial de la nada que ya nos habían presentado en otras de sus películas y allí no podemos buscar identificación ni calor. De ahí el brusco final que algunos consideran un fallo de guión. No creo que haya manera más poética de acabar una historia en esta épica del acabamiento.

Por otro lado, no sé quienes eran sus competidores porque no sigo el asunto de las estatuillas, así que no sé con certeza si Bardem se merecía el premio, pero sí sé que su actuación es de las que no se olvidan, porque logra humanizar al monstruo, crear un contorno y un perfil específicos y concretos de su metódico psicópata particular y su singular código de honor, y eso lo hace muchísimo más terrorífico, muchísimo más cercano. No le andan a la zaga Josh Brolin, que recrea con intensidad la tierna dureza de ese esteinbeckiano Lewellyn Moss, abocado a la destrucción por su particular perla. E inolvidable es también el trabajo de Tommy Lee Jones en su elaborada construcción de ese personaje crepuscular y avejentado que carga a sus espaldas la decadencia y consumación de toda una sociedad moribunda y marchita, de un orden y una justicia desbordadas y caducas, incapaces ya de encender un fuego que alumbre la noche fría y helada en la que nos vamos hundiendo.
En resumen, que efectivamente no es país para viejos (o en la traducción original de la novela: "No es lugar para los débiles"), y, sobre todo, que vayáis a verla.

martes, 4 de diciembre de 2007

Lo que sé de mí



Por Carlos Rull


X ha llegado a ese momento vital en el que uno empieza a formularse preguntas serias mientras va relativizando lo que hasta ahora parecía serio. X tiene treinta años recién cumplidos y aún no ha hecho nada. Tiene una compañera guapa e inteligente con la que se siente medianamente feliz. Tiene un grupo de amigos con los que se siente medianamente a gusto. Tiene una familia en la que se siente medianamente querido. Tiene un trabajo medianamente estable y unos ingresos medianamente dignos. Tiene un pisito de compra que se ha revalorizado no medianamente sino considerablemente. Tiene, en fin, una vida medianamente aceptable en la que sólo le faltan un hijo, un árbol y un libro. En la mitad de la media. En el justo centro de lo tolerable e incluso de lo positivo. X se siente, sin embargo, una medianía. Como Superlópez, con quien creció. Un ser mediocre, un medio hombre a medio hacer, una tarea inacabada, un proyecto fallido. Por primera vez, personajes de películas que vio bajo coacción femenina, como Beautiful Girls, Todo es mentira, Alta fidelidad, Clerks o Algo en común le parecen cercanos, familiares, casi retratos de sí mismo. Y se da cuenta de que a eso se le llama popularmente crisis de los treinta o agonía de los veinte.

Así que un buen día X se sienta a la mesa de su despacho ante una hoja en blanco y escribe: “Lo que sé de mí”, y se prepara a hacer una lista de las diez cosas que sabe de sí mismo, porque, como todo el mundo sabe, una lista ayuda siempre a clarificar las cosas. Le dedica casi toda la tarde, y al cabo de unas horas, no sin la impresión de que la lista sólo ha servido para darse cuenta de que no sabe nada de X, tiene escritas las diez entradas. Sin orden alguno, y con algunos errores ortográficos - que no reproducimos -, ha escrito:

  1. "Me sigue gustando Superlópez.
  2. Mi plato preferido son los canelones de mi abuela.
  3. Suelo soñar con Mr. T del “Equipo A”, y aún tengo pesadillas con el nacimiento del monstruito cabeza-bolo en el quinto episodio de “V”. Tengo pesadillas a menudo.
  4. No sabría vivir sin la Play Station. Me costaría también sin la tele.
  5. Mi trabajo es una mierda.
  6. Los políticos son otra mierda. La política, en cambio, no.
  7. Debería empezar algo, pero no sé el qué.
  8. El último libro que leí fue Los pilares de la Tierra y no hubo huevos de acabarlo, eso sí, voy mucho al cine y esta semana iré a ver Rec.
  9. No sabría distinguir una acacia de un aligustre, pero sí en cambio unas llantas König de unas Imola, el diseño las delata.
  10. Soy un tipo alto, no mal parecido y con cierto encanto. A las chicas sigo gustándoles si me esfuerzo un poco; la mayoría de las que me gustan son menores que yo."

X deposita la lista en la papelera. Y piensa que hasta los cuarenta debería tener tiempo para pensar en todo ello, y que para entonces igual ya le han obligado a ver American beauty y Entre copas.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

El cementerio de elefantes

Por José G. Obrero.

En uno de los pasajes de Ébano, Ryszard Kapuscinski desvela uno de los secretos mejor guardados de los elefantes: dónde están sus cementerios. Aunque a alguien pueda parecerle un asunto sin interés, suscitó no pocos quebraderos de cabeza a las tribus africanas, ya que los paquidermos, que no eran cazados ni por ellos ni por ningún otro animal, no dejaban restos por ninguna parte. Posteriormente los colonizadores blancos se hicieron la misma pregunta, en este caso debido a que, enfebrecidos por la codicia, soñaban con encontrase un paisaje tapizado de marfil en el fondo de un barranco o en un claro de la selva. Sin embargo, la solución al enigma no era tan complicada y tenía mucho que ver con la discreción: cuando el elefante percibe que sus facultades están sumamente deterioradas, se aparta lentamente de la manada en las cercanías de un lago, y se adentra lentamente en él con abnegación hasta que el agua lo anega. Su cuerpo (y sus colmillos) quedan reposando en el fondo lejos de las miradas del mundo.

Hace poco más de un mes en una ciudad pequeña, se cerró uno de los cines más importantes que existían. El cine, que habría podido llamarse Rovira y haber poblado los sueños infantiles de Marsé, se encontraba en pleno centro. La gente, desde hacía varias generaciones, salía de sus casas un poco más arreglada de lo habitual y dando un paseo (caminando, repito), se acercaba a ver si le convencía la cartelera.
En los últimos veinte años su historia fue una continua lucha por la supervivencia: primero contra el vídeo en sus tres versiones, después, para combatir la proliferación de las multisalas en grandes superficies, hizo suya la frase del “divide y vencerás” y dividió su gran sala en cinco, y por último para hacer frente a la mula cybernética, dedicó alguna de sus salas a un cine procedente de los circuitos menos comerciales. Hubo algo, sin embargo contra lo que no pudo luchar: la absoluta indeferencia de la gente, que previamente ya se había evidenciado ante el cierre de otras valiosas salas de la ciudad.

Un día, de improviso, sin que mediara un rumor, sin debate previo, el cine que habría podido llamarse Rovira, anunció para esa noche su última función. Durante ese día no se escuchó a nadie hablar de la noticia, ni sorprenderse, ni lamentarlo. Al día siguiente, la prensa local recogía el suceso en un breve. Entre los columnistas locales, universitarios, y gente de la cultura en general, no hubo indignaciones, ni reivindicaciones. Los corrillos de amigos sentados en los bares no comentaban la noticia. Fue así como este cine de Córdoba, llamado Isabel La Católica (el nombre ya decía, es lo de menos) se adentró lentamente en el lago del olvido con sus tesoros a cuestas. En el fondo sedimentará junto a programas de radio como Trébede y de televisión como Stradivarius. Nosotros seguiremos con nuestra indiferencia sin ser conscientes de que el agua también nos alcanza las rodillas.

martes, 11 de septiembre de 2007

Narrador narciso



Por Carlos Rull

[En este tardío regreso al blog, pido perdón por haberme colgado y haberos dejado ídem la semana pasada, caprichos del destino y aventuras de mudanzas me alejaron de mis virtuales obligaciones blogeras. Dicho esto, pido también perdón por no dedicar el artículo de este día tan señalado a ninguno de los motivos de tal señalización: prefiero la literatura.] Ahora sí, ahí va.

Por principio, tal vez por capricho o por mera pedantería, suelo desconfiar a bote pronto de los superventas internacionales que pueblan o invaden las librerías y quioscos como los topillos los campos de Castilla. Descartando de entrada los grandes lanzamientos comerciales de novela histórica o de emocionante y trepidante aventura de misterio secular, quedan a menudo títulos y autores más o menos tentadores, recomendados por amigos y críticos, multipremiados, mundialmente alabados, leídos por jóvenes universitarias y adultos pseudocultos en los trenes, autobuses, salas de espera y cagaderos de medio mundo. Murakami es uno de esos casos. La mayoría de premios Nobel, como Orhan Pamuk o Saramago, también, pero éstos dos últimos – y algunos otros Nobel - se salvan porque escriben infinitamente mejor que el japonés.

Llevado por malos consejos de buenos amigos, he dedicado unas semanas de este verano a tragarme, consecutivamente, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Tokio BLues y Kafka en la Orilla. La conclusión general es que Murakami es una gran titulador de novelas con algunas buenas ideas, pero un mal narrador con muy preocupantes limitaciones. En su favor diré que sus novelas se devoran con ferocidad, atrapan y seducen por su prosa sencilla y diáfana y por su indudable capacidad de emoción poética. No obstante, su discurso literario deriva a menudo en una con frecuencia intragable cháchara sentimentaloide y postadolescente, a duras penas remendada por una decorativa pátina pseudo-intelectual de referencias culturales. Las tres novelas están plagadas de buenas ideas y contienen momentos narrativos acertados y fogozanos poéticos inmediatamente malhadados por la ramplona cursilería quinceañera en la que gusta revolcarse el autor: como en las películas de Medem, uno tiene siempre la sensación de que el autor dice buscar en lo profundo, pero que en realidad se ha quedado en la superfície del lago contemplando extasiado su propio reflejo.

La literatura, y el arte en general, tienen un indudable y potentísimo componente narcisista. Y exhibicionista, claro. Uno escribe libros - o rueda películas -para decir “aquí estoy, este soy yo”, y los más atrevidos, “esta es mi alma”. No para ganarse la vida, claro, a menos que uno sea Dan Brown y escriba malos esquemas para partidas de rol y la iglesia le pague la campaña de promoción y se forre uno con ello. Algunos escriben para los concurso literarios menores, como tan magníficamente narró Bolaño en uno de sus relatos, y se ganan parte de los garbanzos con ello. Pero no, aunque escribimos por muchos motivos – ya los enunció nuestra voz lunática (por eso de escribir los lunes) en un post de enero -, siempre está ahí, y no como elemento menor, la necesidad de mostrarse, de exhibirse, de pasearse, de compartirse, de darse.

Cuando ese elemento narcisista se convierte en virtud y es una forma de compartir(se) con los demás, cuando no deviene el centro de toda nuestra creación literaria, cuando uno no tiene la sensación de que todo el libro – o toda la película – no es una mera excusa para decirnos “que bueno soy”, entonces – si la obra es buena -, encontramos algo de eso que andamos buscando en los libros y nunca acabamos, ni acabaremos, de hallar. Pero demasiado a menudo, ese narcisismo intrínseco a toda obra artística, se coloca en el epicentro del proceso creador y esta deviene un panfleto autocomplaciente del yo. Evidentemente, la obra se resiente de esta nueva focalización creativa, y todas las imperfecciones que antes se sabían ocultar, salen ahora a la luz. La ha pasado a Medem, que de sus iniciales obras maestras ha pasado a esta caótica y fallida última película. La ha pasado a muchos grandes narradores. Mucho más a Murakami y su Kafka en la orilla –aunque ya me gustaría a mí haber conseguido lo que él -.

martes, 3 de julio de 2007

El filandón

Por Carlos Rull
A Lucio.

La tradicional y entrañable costumbre del nocturno ayuntamiento de gente alrededor del reverbero de un buen fuego para contar historias se está convirtiendo de manera acelerada – si no lo ha hecho ya – en mero recuerdo de melancólicos mayores o en arcaísmo simpático traído por los pelos entre juegos y risas en los campamentos juveniles. El arte eminentemente oral de narrar historias cae en el olvido arrastrado y empujado por el omnímodo poder de medios más espectaculares y atractivos, Nerones que incendian la narrativa y el entretenimiento con calculada basura.

En la zona de León y Asturias, aquel hábito cálido y acogedor recibía el nombre de filandón, con el que también se bautizó la curiosa película que ha motivado estos párrafos. El filandón consistía en la reunión de varios vecinos, amigos, familiares y conocidos en la cocina, y, mientras fuera arreciaban las nieves invernales, los allí congregados se dedicaban a contarse historias al amor de la lumbre.

El filandón tiene su etimología en el verbo “filar” – “hilar”, el leonés, a diferencia del castellano, no perdió las [f] iniciales del latín, al nacer y extender muy lejos del influjo del vasco -, ya que además de hilar historias, durante la celebración de la literaria velada era costumbre que las mujeres se dedicaran a hilar o coser. La reunión podía incluir, por supuesto entre el sector masculino, una timbitas de cartas, unas copas compartidas y un mucho de charla insustancial. Igualito que la familia contemporánea embobada ante la pantalla luminosa, vamos.

El Filandón es, además, como ya se ha dicho, el título de una película dirigida por Chema Martín Sarmiento en 1984 en la que cinco escritores recuperan la tradición del filandón para atender a la petición de San Pelayo, el santo cuentista. La película es una rareza indispensable, una original unión de mito, leyenda, cine y literatura, que a pesar del evidente amateurismo de sus intérpretes – algunos de ellos lugareños que buenamente debieron avenirse a colaborar en el invento – merece un atento visionado. El argumento no tiene desperdicio: Julio Llamazares, Antonio Pereira, José María Merino, Luis Mateo Diez y Pedro Trapiello son reunidos por el Santero de la Ermita de San Pelayo para narrarle al santo cinco historias en atención a cierta leyenda. San Pelayo fue un mártir que murió a manos de Almanzor –dicen que acuchillado por la espalda para que la belleza angelical de su rostro no frenara la mano asesina -, no antes, sin embargo, de haber dado feliz cumplimiento a su cometido: entretener al moro durante cinco días mientras las tropas cristianas del rey Bermudo se ponían a salvo. Cuenta la leyenda que cada cierto tiempo la campana de la ermita que se erigió en el lugar de su ejecución tañe sola y el río que pasa por los contornos se tiñe de sangre. La tradición establece que en estos casos cinco personas – en representación de cada uno de los cinco pueblos del valle – deben acudir a la ermita para contarle al santo cinco historias, y así evitar algún tipo de desgracia que, de otra forma, caerá inevitablemente sobre la región. ¡Qué bella reformulación del mito sherezadiano, qué homenaje al poder de la palabra y de la narración como fundadoras y fundamentos de la cultura y la civilización! En la película, habida cuenta del general despoblamiento de zonas rurales como la afectada, el santero opta por reunir a los cinco escritores arriba reseñados, y de ahí los cinco cuentos que, al calor y la luz de la lumbre, narrarán estos autores, en una atmósfera de misterio y nostalgia, envueltos en la magia de la leyenda y el atávico influjo de la naturaleza y de lo desconocido.

Humor, suspense, nostalgia, terror, misterio, leyenda, fantasía se reúnen en este extraño y peculiar mestizaje de tradición y modernidad, de literatura y cine, de leyenda y realidad, de tradición e innovación. Pero sobre todo la película es una excusa para que gente como el que suscribe y los que cometéis la paciente imprudencia de leerme recordemos y reivindiquemos costumbres que no deben perderse, como este mágico filandón tan leonés y a la vez tan universal.

martes, 19 de junio de 2007

De la literatura como fundamento

Por Carlos Rull

Entre los contenidos extras del DVD de la extraña e inquietante Dolorosa indiferencia, de Aleksandr Sokurov, se incluye un parte de la conferencia que el director ruso impartió en Barcelona en Junio de 2005. El fragmento es una encantadora muestra del peculiar punto de vista de Sokurov acerca del cine, de la literatura y de la relación del ser humano con ambos. Me he tomado la molestia de transcribir la totalidad del fragmento procurando respetar al máximo la traducción simultánea con que se ha editado. Por lo tanto, cedo hoy mi voz a la de este radical y original maestro del único cine que merece realmente la pena ver: el que nos obliga a repensarnos a nosotros mismos y el que suscita preguntas cuyas respuestas cada uno debe hallar por sí mismo. A disfrutarlo (la negrita la he añadido yo):

“Cuando un hombre viene al cine, él compra un billete. ¿Cuánto vale? [...] Nosotros pensamos “con estos euros pagamos aquello que hemos visto”, y en realidad no es así. Nosotros pagamos por una película, con el tiempo transcurrido de nuestra vida. Si entramos en un cine y salimos a la media hora, no hemos pagado con el dinero, sino con esa media hora irrepetible de nuestra vida, esa media hora única de nuestra vida. Esa media hora no nos la devolverá nadie, nunca: se fue, se esfumó, se borró, no volverá nunca. Este el precio que ustedes tienen que pagar por el arte visual, este el precio realmente elevado, el más elevado precio que el hombre tiene que pagar por el arte en general. Y en este contexto, lo paga por el cine, que en realidad es una de las más bajas y menos desarrolladas de las artes, la menos perfecta, la más agresiva. El hombre en su pereza despierta su pasividad como espectador de cine, y esto también tiene un aspecto moral muy discutible.

Hablando en términos generales, el 95% del cine actual es una nada visual, un producto visual y no más que eso. Del restante 5%, un 4% sí que merece atención, pero no más. Y un 1% es lo que tenemos que ir a ver, lo que se debería ver. Pero si este 1% hay que valorarlo en relación a la lectura de Goethe, Cervantes, Tolstoi, Chejov, Faulkner, Mann, o muchos nombres más, entonces hay que cuestionarse qué es el cine y qué relación hay que tener con él. [...]

Quiero demostrar un vínculo inseparable entre el cine y la literatura. Estoy absolutamente convencido de que el cineasta, si quiere llamarse o considerase un artista o un autor, si quiere ser un artista, si pretende un aspecto artístico en su obra, pondrá la literatura por encima del cine. Y leerá más de lo que mira. En la base de cualquier desarrollo, de cualquier pensamiento, en la música, en la arquitectura, en las artes plásticas, cine o arte visual, en el fundamento de todo, está sólo la literatura: ella es el fundamento.

Considero que todo arte y toda cultura empieza por su literatura. Si no hay literatura, no hay humanidad, no hay civilización. Y cuanto más lejos esté la humanidad de la literatura, hay más posibilidad de que las sociedades actuales estén abocadas al caos. Porque la literatura es como el esqueleto de toda vida humanística, todo lo otro se aglutina alrededor de ella, es la más libre de todas las artes, es la más íntima de las artes, incluso diría que es la más respetuosa con el hombre, y además es el arte que más desarrolla al ser humano. Todas las otras formas de arte ponen al hombre en una situación más pasiva, y esto es muy evidente.

Por eso, yo creo que la literatura actualmente se considera poco, ocupa un lugar muy pequeño en la cultura actual: posiblemente prestamos demasiada atención al cine y seguramente es porque preferimos una vida más pasiva, porque una cosa es mirar una imagen o ver un cuadro y otra leer un libro.

Por otro lado, el cine es un arte más abierto, más cosmopolita, no regional. Apareció en Europa, en un país como Francia, y los franceses enseguida lo llevaron a los cafés, al espectáculo, y entonces se hizo de algo que hubiera podido ser más serio, más contundente, más profundo, una cosa de puro entretenimiento, así empezó a crearse el cine. [...] El cine tomó de la música la sinfonía, de la fotografía la composición, de la pintura muchos contenidos, del teatro la dramaturgia, de la literatura el argumento, y sólo se dejó una cosa a sí mismo – que no obstante sí es una particularidad importante -: el paso del tiempo. El cine en cierto sentido se ha detenido con esta cuestión, y no ha sabido qué hacer con él en toda la historia de su existencia y esto seguramente ha alejado al cine de penetrar hasta el fondo en el conocimiento del hombre. Y yo espero que este problema del tiempo, del transcurso del tiempo, nunca se solucionará. Y si alguien llega a la solución, será un cineasta sabio, de enorme grandeza, que se llevará este secreto a la tumba."
Un pelín largo, pero valía la pena, ¿verdad? ¡Hasta la semana que viene!

martes, 15 de mayo de 2007

Un vistazo a la muerte (A dos metros bajo tierra)


Por Carlos Rull

En un entrevista reciente en El cultural, Javier Gomá reiteraba que la dignidad del hombre reside precisamente en su mortalidad y que en gran medida toda nuestra experiencia, todo nuestro aprendizaje se encamina hacia un “aprender a ser mortal” que es el que, al final, da auténtico sentido, como muy bien saben otras religiones y filosofías, a nuestra vida. Creo recordar, por otro lado, que fue Thomas Mann quien escribió que el principio de la belleza no reside en el ámbito de la vida, sino que está, en lo más profundo, vinculada con la muerte. A la belleza, como a la vida, le otorga la esencia y el sentido lo que a primera vista parecería su contrario, la esterilidad y la muerte. Así, es bien sabido que toda narración necesita de un final, sin él, sea bueno o malo, deja de ser tal y se convierte en telenovela o culebrón, en un laberinto interminable de absurdos y sinsentidos. Tal vez la vida sea un culebrón y el arte la único forma de encontrarle algún tipo de sentido. Escribió alguien que sin la literatura y el arte, la historia de la humanidad sería una mera sucesión de barbaridades motivadas por causas más bien miserables. Pero me estoy yendo por las ramas.

Venía todo esa reflexión sobre la muerte y los finales a cuento de que la semana pasada tuve el goce y placer de deleitarme con una de las experiencias televisiva más apasionantes que pueda recordar desde que a mis seis o siete años entró la primera televisión en color en el hogar familiar. “You can’t take a photograph of this: it’s already gone”. “No puedes tomar una fotografía de esto: ya se ha ido”, era casi la última frase del episodio de cierre de la última temporada de Six Feet Under, más conocida como A dos metros bajo tierra. La serie que narra, en clave de humor negro, la vida de una familia que vive y trabaja en una funeraria. En mi humilde opinión de cinéfilo no televidiota, la mejor serie de televisión de los últimos tiempos.
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La literatura, y en menor medida el cine – a menudo más frívolamente-, llevan mucho tiempo abordando la muerte desde múltiples perspectivas. La muerte, tan silenciada y disimulada por la asepsia y el hipócrita vitalismo adolescente de nuestra sociedad, ha sido durante siglos un personaje fundamental que ha atraído la pluma y la cámara de grandes maestros, con inolvidables resultados de todos conocidos. En A dos metros bajo tierra alguien, al preguntar por el sentido de la vida, recibe como respuesta algo así como “Mejor deberías preguntar por el sentido de la muerte”, “¿Y cuál es?”, inquiere azorado el imprudente curioso, “dar sentido a la vida”. Enjundiosa respuesta, y más aún habida cuenta que procede de un muerto, a cuyas apariciones, ora hilarantes ora trágicas, tan aficionados son los guionistas de la serie.

No pretendo alzar el vuelo hacia disquisiciones filosóficas en las que mentes más preclaras que la mía no han logrado aclararse, así que regreso al plano más mundano de una valiente serie de televisión que arremetiendo contra todos los tópicos y fantasmas de la cultura americana – y occidental - sabe abordar con elegancia, respeto, humor e inteligencia algunas de las cuestiones más escabrosas y complejas con las que nos enfrentamos en nuestro cotidiano devenir. Y lo hace además elevando el listón de calidad de la producción televisiva media con un formato muy cercano al cine: un lenguaje visual sencillo y sincero - tremendamente efectivo pero nada efectista -, una lograda dirección artística, un tratamiento del color que ya quisieran los de 300 y muchas otras virtudes técnicas. Las vicisitudes diarias que sacuden, a menudo cómicamente, la vida de los Fisher y de sus clientes – los muertos, claro, y también los vivos – se fundan sobre un exquisito cuidado en la construcción y evolución de los personajes. Y ello se consigue con un guión - rebosante de citas memorables - ingenioso a la vez que profundo, un esmerado equilibrio dramático y una original puesta en escena capaz de convertir en imagen con enorme acierto los más íntimos anhelos y terrores de las mentes de los personajes.

Todas las culturas y muchos grandes genios, como dije más arriba, se han aproximado a la figura de la muerte a lo largo de la historia (desde El libro de los muertos hasta Bergman), pues somos inquietos y danzantes espíritus, necrófilos en el fondo, siervos de Eros pero mucho más de Thanatos. No obstante, lo que ha aportado, con todos los altibajos que se quiera, A dos metros bajo tierra, es la aproximación a la muerte desde la cotidianeidad y la normalidad más absolutas, pero reconociendo y reivindicando simultáneamente el trauma y el duelo cuya expresión a menudo se disimula, se encubre o se enmascara, pero que son inherentes a esa experiencia a la que todos, directa o indirectamente, más tarde o más temprano, estamos abocados. Y la serie se aproxima a tan espinosa pero habitual vivencia - ¿no existe "mortencia"? - con un tratamiento que es cualquier cosa menos banal o insensible. No es poco.

Ya dije que toda narración debe acabar para tener sentido, de igual manera algo mucho más modesto como es este artículo debe ir acabando, aunque sea para no aburrir a nadie hasta la muerte. “It’s already gone”. Así que hasta la semana que viene, pero recordad que, como afirmaba taxativamente uno de los personajes de la serie, “el futuro es un concepto de mierda que usamos para evitar enfrentarnos al presente”.

© de la imagen, página oficial de Six Feet Under:
http://www.hbo.com/sixfeetunder/

sábado, 14 de abril de 2007

¿Volverías a ver 300?



No sé qué respondería Risto con sus "corazonarras", pero seguro que Carles dice que no. Pues yo sí. Me gusta y no fui a verla para encontrarme fidelidad a la historia de Herodoto. Quizá un día podamos discutir si la historia es o no ficción. Si cualquier escritura que pretende ser objetiva lo es.

De acuerdo que los 300 parecen escapados de una anuncio de cuerpos de Danone, o un gimnasio de culturistas, y que los persas, el oráculo y Efialtes (el traidor) son más una caricatura esperpéntica que una realidad. La fantasía crea mundos que tienen sus propias leyes. En 300 parece que los espartanos no necesitan ni comer, son un ejército que se mueve sin intendencia, sin provisiones, que resite día tras día sin nada que llevarse a la boca, a excepción de una manzana que aparece en la mano de Leónidas, como si siempre hubiera estado ahí.


De acuerdo que Jerjes parece una drag queen escapada del carnaval de río, y que cuando dice eso de que no le temen por su poder sino por su magia, y le da el masaje a Leónidas, con su profunda voz, da más risa que miedo. Y así podríamos seguir con más y más detalles, hasta llegar a ese final que a Carles le parecía fascista: luchar contra la tiranía y el misticismo. La batalla de Platea.

El actor que narra la historia (el espartano que pierde un ojo) es el mismo que en "Troya" hace de Hércules. Al margen de la curiosidad, puestos a ver no veo una fractura entre Oriente y Occidente, sino una lucha entre ejércitos, y como es sabido a los ejércitos les importan menos las causas que las guerras. La cuestión es pelear. Quizá eso es lo que mueve el incosciente de quienes critican una brutalidad que, a mi juicio, es ridícula comparada con cualquier telediario.

Me gusta 300 por su imagen y por la sabiduría musical que destila. Que la acción que presenta pueda parecer pobre, o ser inferior a la película que inspiró el cómic, nada obsta para que desde el punto de vista de la técnica resulte sobresaliente. El mimo y la paciencia dedicados a la fotografía son causa suficiente para recordar que el medio es el mensaje, y que es cierto que en los signos (lenguaje e imágenes) todos somos libres de ver lo que queramos, y de interpretar la finalidad, sea estética o no, que se persigue.

Tan cierto es lo que siento como el arte poética de Horacio, que recomienda desaprovar aquel poema que muchos días y muchas revisiones no hayan corregido y diez veces castigado hasta que las uñas quedaran afiladas (afinadas). Así que aunque quizá 300 pudiera parecer no creíble para la lógica histórica, que no lo es, volvería a ver 300, porque el lenguaje (sea cinematográfico o no) sirve para expresar sentimientos.

En el caso de 300 siento que su capacidad de expresión sentimental está por encima de los defectos que, si queremos, podemos achacarle, y en definitiva siento (de otra manera) que Carles sienta otra película distinta. A fin de cuentas, como escribiría Risto, el mundo hoy está repleto de corazones y miradas tan diversos como las hipotecas de los mercados sentimentales.

Que Kurt Vonnegut descanse en paz, pues aún hay santos que actúan con decencia en una sociedad sorprendentemente indecente.

sábado, 24 de marzo de 2007

300

Ruben Garcia Cebollero
rgarciaceb@uoc.edu

Cuando uno espera algo durante mucho tiempo, casi no cree cuando llega que ya haya llegado. Así es: se ha estrenado 300, la adaptación del cómic de Frank Miller.

Cuando Frank Miller era pequeño vio El león de Esparta, con Richard Egan, Sir Ralph Richardson, Diane Baker, David Farrar y Donald Houston, dirigidos por Rudolh Mate. Año 1961. El León de Esparta narra la historia de Leónidas y sus 300 soldados espartanos, que hicieron frente al ejército persa, del rey Xerxes, en la batalla de las Termópilas. Durante la batalla se dijo que los persas lanzarían tantas flechas contra los espartanos que oscurecerían el cielo, a lo que los espartanos respondieron que en ese caso lucharían a la sombra.
Si El León de Esparta era un clásico, puede que esta nueva versión aún sea mejor por su fotografía. Aquí teneis 5 minutos adelantados en la MTV:
No niego que pueda resultar violenta, a la par que impresionante. Sobrecogedora. Como cita Steven Pressfield en sus "Puertas de fuego", y decía Arquiloco: el zorro conoce muchos trucos; el erizo solo conoce uno, pero es muy bueno.
Para los amantes de los videojuegos:
Para quienes queráis saber más de esta versión, dirigida por Zak Snyder, donde Gerald Butler interpreta a Leonidas, aquí teneis la página oficial:
¡¡¡¡Preparaos para la Gloria!!!