Mostrando entradas con la etiqueta tradiciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tradiciones. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de julio de 2007

El filandón

Por Carlos Rull
A Lucio.

La tradicional y entrañable costumbre del nocturno ayuntamiento de gente alrededor del reverbero de un buen fuego para contar historias se está convirtiendo de manera acelerada – si no lo ha hecho ya – en mero recuerdo de melancólicos mayores o en arcaísmo simpático traído por los pelos entre juegos y risas en los campamentos juveniles. El arte eminentemente oral de narrar historias cae en el olvido arrastrado y empujado por el omnímodo poder de medios más espectaculares y atractivos, Nerones que incendian la narrativa y el entretenimiento con calculada basura.

En la zona de León y Asturias, aquel hábito cálido y acogedor recibía el nombre de filandón, con el que también se bautizó la curiosa película que ha motivado estos párrafos. El filandón consistía en la reunión de varios vecinos, amigos, familiares y conocidos en la cocina, y, mientras fuera arreciaban las nieves invernales, los allí congregados se dedicaban a contarse historias al amor de la lumbre.

El filandón tiene su etimología en el verbo “filar” – “hilar”, el leonés, a diferencia del castellano, no perdió las [f] iniciales del latín, al nacer y extender muy lejos del influjo del vasco -, ya que además de hilar historias, durante la celebración de la literaria velada era costumbre que las mujeres se dedicaran a hilar o coser. La reunión podía incluir, por supuesto entre el sector masculino, una timbitas de cartas, unas copas compartidas y un mucho de charla insustancial. Igualito que la familia contemporánea embobada ante la pantalla luminosa, vamos.

El Filandón es, además, como ya se ha dicho, el título de una película dirigida por Chema Martín Sarmiento en 1984 en la que cinco escritores recuperan la tradición del filandón para atender a la petición de San Pelayo, el santo cuentista. La película es una rareza indispensable, una original unión de mito, leyenda, cine y literatura, que a pesar del evidente amateurismo de sus intérpretes – algunos de ellos lugareños que buenamente debieron avenirse a colaborar en el invento – merece un atento visionado. El argumento no tiene desperdicio: Julio Llamazares, Antonio Pereira, José María Merino, Luis Mateo Diez y Pedro Trapiello son reunidos por el Santero de la Ermita de San Pelayo para narrarle al santo cinco historias en atención a cierta leyenda. San Pelayo fue un mártir que murió a manos de Almanzor –dicen que acuchillado por la espalda para que la belleza angelical de su rostro no frenara la mano asesina -, no antes, sin embargo, de haber dado feliz cumplimiento a su cometido: entretener al moro durante cinco días mientras las tropas cristianas del rey Bermudo se ponían a salvo. Cuenta la leyenda que cada cierto tiempo la campana de la ermita que se erigió en el lugar de su ejecución tañe sola y el río que pasa por los contornos se tiñe de sangre. La tradición establece que en estos casos cinco personas – en representación de cada uno de los cinco pueblos del valle – deben acudir a la ermita para contarle al santo cinco historias, y así evitar algún tipo de desgracia que, de otra forma, caerá inevitablemente sobre la región. ¡Qué bella reformulación del mito sherezadiano, qué homenaje al poder de la palabra y de la narración como fundadoras y fundamentos de la cultura y la civilización! En la película, habida cuenta del general despoblamiento de zonas rurales como la afectada, el santero opta por reunir a los cinco escritores arriba reseñados, y de ahí los cinco cuentos que, al calor y la luz de la lumbre, narrarán estos autores, en una atmósfera de misterio y nostalgia, envueltos en la magia de la leyenda y el atávico influjo de la naturaleza y de lo desconocido.

Humor, suspense, nostalgia, terror, misterio, leyenda, fantasía se reúnen en este extraño y peculiar mestizaje de tradición y modernidad, de literatura y cine, de leyenda y realidad, de tradición e innovación. Pero sobre todo la película es una excusa para que gente como el que suscribe y los que cometéis la paciente imprudencia de leerme recordemos y reivindiquemos costumbres que no deben perderse, como este mágico filandón tan leonés y a la vez tan universal.

domingo, 25 de marzo de 2007

SIETE MARAVILLAS

Por Rufino Pérez

Y llegará la fecha mágica: 7 del 7 del año 7 del segundo milenio. Tres sietes. El 3 y el 7, no puede haber una conjunción de números más emblemática.

Ya hacia el siglo V AdC, Herodoto habla en su Historia de una primera idea acerca de un curioso héptalo. Las siete maravillas del mundo. Después, Calímaco de Cirinea, bibliotecario de Alejandría, escribió la Colección de maravillas del mundo, libro que ardió en el célebre incendio.

Pero la lista definitiva de estas siete maravillas fue impulsada por un grabador holandés, Maerten van Heenskerk (1498-1574) y posteriormente por el historiador Johann Fischer von Erlach. En cualquier caso, las siete maravillas quedaron fijadas en las siguientes:

Pirámides de Egipto

Museo de Halicarnaso

Jardines colgantes de Babilonia

Templo de Artemisa en Éfeso

Estatua de Zeus, obra de Fidias

Coloso de Rodas

Faro de Alejandría

Ahora resulta que la mayor parte de estas siete maravillas han desaparecido, y un cierto deseo de no perder la capacidad de maravillarse ante la contemplación heptalógica, ha impulsado un nuevo catálogo de 7 maravillas, que se cerrará en la fecha emblemática 7/7/7. Todo esto lo sé porque he recibido un mail-invitación al voto, que me cuenta que una de esas siete maravillas que optan a entrar en el Catálogo heptalógico, y la única referida a España, es la Alhambra.

Y llevado por una devoción al número 7, tal vez también por un impulso patrio –que no patriótico- y por aquello de que la Alhambra es una preciosidad que puede figurar en cualquier lista de maravillas –heptalógicas o no-, el caso es que me atrevo a utilizar la bitácora para trasladar aquí la dirección que hay que visitar para votar por la candidatura de la Alhambra, maravilla donde las haya.

http://www.new7wonders.com/

Y si queréis seguir maravillados, os puedo recomendar la fuente de toda esta sabiduría heptalógica. Se trata de Septem, de Xavier Campos Vilanova, un libro ameno y curioso, que nos descubre por ejemplo, el verdadero sentido de esa famosa frase de la canción “¿Dónde están las llaves matarile, rile, rile? ¿Dónde están las llaves, matarile, rile, rón? Chis, púm” Respuesta: “En el fondo del mar….” Si queréis saber la historia completa, se puede leer en el libro, claro, pero también os la puedo contar yo en los comentarios, si es que hay interés en ello.

Bueno, y hablando de todo un poco, yo creo que también podrían incluir en el catálogo de las siete maravillas, al profesor/a de ESO, sufrido/a y abnegado/a que se maravilla cada día de lo mucho que pueden olvidar sus alumnos y de lo poco que agradecen el esfuerzo que se les dedica. Maravillado se quedaría todo aquel al comprobar cuántas artes maneja este especimen de profesor y qué nivel de supervivencia ha alcanzado a lo largo del tiempo. En fin, es sólo una sugerencia, por si los organizadores visitan nuestro blog y leen nuestros artículos.

Y ahora ya, definitivamente, dichosos vosotros que formáis parte de un héptalo maravilloso. A votar por la Alhambra y que el matarile se compre una escafandra y aprenda a bucear. Hasta luego.

martes, 20 de febrero de 2007

Máscaras y caramelos

Por Carlos Rull
En plena resaca del carnaval, me siento ante el ordenador e intento que las ideas, que nadan desenfadadamente entre los restos de la borrachera y el agotamiento, se vayan ordenando para producir algunas oraciones coherentes y algún mensaje inteligente. El esfuerzo es bastante infructuoso, así que no esperéis mucho de mi artículo de hoy.

No siento un especial apego por las fiestas carnavaleras: lo que debería ser una inmersión total en la trasgresión, la provocación, la crítica, el desenfreno, la igualdad absoluta, suele convertirse en una excusa para la borrachera continuada y la exhibición impertinente de horteradas chabacanas y humor paleto. Lo que debería ser la época del año en que más intensamente fuésemos nosotros mismos, pues ya nos obligan a ir disfrazados a diario, es a menudo sólo un esperpéntico escaparate para que los ricos luzcan sus carísimos disfraces muy sobrevalorados y para que los amiguetes del concejal de turno luzcan sus carísimos disfraces muy subvencionados. Demasiado a menudo el carnaval no pasa de ser una caricatura del Carnaval. Sería tal vez éste un buen momento para profundizar en el origen pagano de estas fiestas y en su posterior adulteración cristiana, pero mis ideas siguen vagando entres vapores de resaca y no me veo capaz. Consultad la Wikipedia si os apetece.

En resumidas cuentas, a rasgos generales, y salvando las chirigotas, no me gusta el carnaval. Algo especial deben tener, sin embargo, mi Vilanova i la Geltrú y su carnaval. Me han hecho falta tres años y medio viviendo lejos de ella para empezar a darme cuenta de ello. Supongo que a todos nos pasa: la nostalgia del terruño y, sobre todo, la añoranza por aquellos que hemos dejado allí. Acabo de volver a la rutina después de un agotador fin de semana de “disbauxa” – desenfreno, como decimos allí – y me he dado cuenta de la enorme originalidad y hondo significado de la fiesta emblemática del carnaval de la ciudad que me vio nacer: las Comparsas. La Guerra del Caramelo.

Sí, hondo significado. Como movilización casi espontánea y profundamente democrática de miles de personas (de 6.000 a 8.000 parejas en los últimos años, esto es, entre doce y dieciséis mil personas, en una población de unas 60.000 almas, un porcentaje casi mayor del que ha ido votar el estatuto de Andalucía), de miles de personas, decía, que salen a bailar y saltar por las calles, enardecidas al son de la charanga y dispuestas a arrearse caramelazos a tutiplén. Como invasión desenfrenada y desenfadada de la calle, cuyo habitual gris tristón se convierte en un jovial estallido de colorido y música puramente populares. Como auténtica y dulcísima alegoría bélica, como expresión llana de franca alegría, como comunión de sonrisas y movimientos, como procesión del ritmo y el dinamismo,... No hay clases, no hay distinciones, la ciudad entera y sus miles de visitantes se integran al unísono en la sana alegría de la que posiblemente sea una de las más originales y genuinas expresiones del verdadero carnaval.

Pero aún va la cosa más lejos. La comparsas – y el carnaval – de Vilanova son, como pocas otras fiestas populares, símbolo de libertad y expresión de tolerancia. Fue uno de los pocos carnavales que sobrevivió a la prohibición franquista: se enfrentó a la represión y perduró en lo más oscuro del siglo XX español. Me han contado – gràcies, Albert – que fueron unas pocas parejas, hace ya cincuenta años, quienes– ante la abolición por decreto de la máscara y el disfraz – se atrevieron a salir a bailar y saltar con nocturnidad, alevosía y mantón de Manila por las calles de Vilanova. Al año siguiente ya eran dos o tres las asociaciones que se sumaron a la iniciativa y con el tiempo, y con argumentos poco ortodoxos, la comparsa se instauró, ya de forma inamovible, como expresión simbólica de aquello que más odiaba la dictadura nacional-católica: la voluntad del pueblo y la alegría de vivir. Y que esa voluntad se fortalezca y esa alegría perdure por muchos, muchos lustros. Y que mi resaca, por favor, no perdure tanto. Hasta la semana que viene.