martes, 20 de febrero de 2007

Máscaras y caramelos

Por Carlos Rull
En plena resaca del carnaval, me siento ante el ordenador e intento que las ideas, que nadan desenfadadamente entre los restos de la borrachera y el agotamiento, se vayan ordenando para producir algunas oraciones coherentes y algún mensaje inteligente. El esfuerzo es bastante infructuoso, así que no esperéis mucho de mi artículo de hoy.

No siento un especial apego por las fiestas carnavaleras: lo que debería ser una inmersión total en la trasgresión, la provocación, la crítica, el desenfreno, la igualdad absoluta, suele convertirse en una excusa para la borrachera continuada y la exhibición impertinente de horteradas chabacanas y humor paleto. Lo que debería ser la época del año en que más intensamente fuésemos nosotros mismos, pues ya nos obligan a ir disfrazados a diario, es a menudo sólo un esperpéntico escaparate para que los ricos luzcan sus carísimos disfraces muy sobrevalorados y para que los amiguetes del concejal de turno luzcan sus carísimos disfraces muy subvencionados. Demasiado a menudo el carnaval no pasa de ser una caricatura del Carnaval. Sería tal vez éste un buen momento para profundizar en el origen pagano de estas fiestas y en su posterior adulteración cristiana, pero mis ideas siguen vagando entres vapores de resaca y no me veo capaz. Consultad la Wikipedia si os apetece.

En resumidas cuentas, a rasgos generales, y salvando las chirigotas, no me gusta el carnaval. Algo especial deben tener, sin embargo, mi Vilanova i la Geltrú y su carnaval. Me han hecho falta tres años y medio viviendo lejos de ella para empezar a darme cuenta de ello. Supongo que a todos nos pasa: la nostalgia del terruño y, sobre todo, la añoranza por aquellos que hemos dejado allí. Acabo de volver a la rutina después de un agotador fin de semana de “disbauxa” – desenfreno, como decimos allí – y me he dado cuenta de la enorme originalidad y hondo significado de la fiesta emblemática del carnaval de la ciudad que me vio nacer: las Comparsas. La Guerra del Caramelo.

Sí, hondo significado. Como movilización casi espontánea y profundamente democrática de miles de personas (de 6.000 a 8.000 parejas en los últimos años, esto es, entre doce y dieciséis mil personas, en una población de unas 60.000 almas, un porcentaje casi mayor del que ha ido votar el estatuto de Andalucía), de miles de personas, decía, que salen a bailar y saltar por las calles, enardecidas al son de la charanga y dispuestas a arrearse caramelazos a tutiplén. Como invasión desenfrenada y desenfadada de la calle, cuyo habitual gris tristón se convierte en un jovial estallido de colorido y música puramente populares. Como auténtica y dulcísima alegoría bélica, como expresión llana de franca alegría, como comunión de sonrisas y movimientos, como procesión del ritmo y el dinamismo,... No hay clases, no hay distinciones, la ciudad entera y sus miles de visitantes se integran al unísono en la sana alegría de la que posiblemente sea una de las más originales y genuinas expresiones del verdadero carnaval.

Pero aún va la cosa más lejos. La comparsas – y el carnaval – de Vilanova son, como pocas otras fiestas populares, símbolo de libertad y expresión de tolerancia. Fue uno de los pocos carnavales que sobrevivió a la prohibición franquista: se enfrentó a la represión y perduró en lo más oscuro del siglo XX español. Me han contado – gràcies, Albert – que fueron unas pocas parejas, hace ya cincuenta años, quienes– ante la abolición por decreto de la máscara y el disfraz – se atrevieron a salir a bailar y saltar con nocturnidad, alevosía y mantón de Manila por las calles de Vilanova. Al año siguiente ya eran dos o tres las asociaciones que se sumaron a la iniciativa y con el tiempo, y con argumentos poco ortodoxos, la comparsa se instauró, ya de forma inamovible, como expresión simbólica de aquello que más odiaba la dictadura nacional-católica: la voluntad del pueblo y la alegría de vivir. Y que esa voluntad se fortalezca y esa alegría perdure por muchos, muchos lustros. Y que mi resaca, por favor, no perdure tanto. Hasta la semana que viene.

6 comentarios:

Mayu dijo...

si señor! la comparsa es d las pocas cosas de las q me enorgullece ser vilanovina

me ha encantado la idea de vuestro blog, lo visitare a menudo =)

Loira dijo...

Debe ser el hecho de alejarse de tu tierra la que te hace hablar así de "cofoi"...pero sí, estoy de acuerdo. La comparsa es una de las pocas fiestas (sino la única) que podría provocar en mi una repentina euforia patriótica capaz de hacerme saltar, bailar y gritar al son del Turuta: "Visca Vilanoooooova i la Geltruuuuuuuú"...y todo esto mientras sigo a miles de personas y además voy tras una bandera (de las pocas veces que lo haré...)Luego viene el lunes (de fiesta para los vilanovines...je, je , je)y sí,de resaca, con agujetas y algunas con un catarro de mil demonios...pero eso da igual: un any més de comparses!!

carlesrull dijo...

Gracias a las vilanovinas de pro por sus comentarios. Tal vez la distancia me haga volver la vista hacia nuestra ciudad con la venda de la nostalgia en los ojos: tantos defectos que criticaba cuando vivía allí y tan pocos que le veo ahora. Pero sí, no sé qué será, pero la comparsa tiene algo mágico.

Marc Vintró dijo...

Ja ho sé, sóc un waterparties, però: sentiu orgull per la comparsa?, euforia?, realmente la trobeu quelcom màgic? Ummm, dec tenir algún defecte greu , jejejeje.

Anónimo dijo...

Efectivament, el deus tenir.

Marc Vintró dijo...

I quin creus que és aquest problema que dec tenir? Jejejeje. Estic realment interessat en la teva resposta.