En honor de la ciudad que me vio nacer,aunque ella ya me haya olvidado.
Y de Carlos Gardel,
por supuesto
Por Ester Astudillo
Se cruzó con el cojo sin que él la viera, tras veinte años ausente del escenario en que el obturador un día los inmortalizara. Había envejecido, el cojo; creyó vislumbrar que sus piernas se habían acortado, una más que otra, y eso daba a su andar un deje renqueante, lento en la misma medida en que entonces había sido exasperante, recordó con lumbar escalofrío. Avanzó pesado a ras de su hombro con la mirada perdida, concentrado en coordinar sus movimientos con el avance de la marcha. ¡Después de tantos años, de toda una vida de cojera, continuaba requiriendo al menos el 50% de la atención disponible para conseguir enhebrar dos pasos sin aspavientos! ¡Y dicen que el tiempo a todo ofrece cura!
Nunca habían tropezado en aquella apartada zona. Constituía ahora claramente el extrarradio, colindante con las recientes urbanizaciones y las zonas depauperadas de siempre a las que los nuevos, flamantes políticos habían querido lavar la cara. Los boquetes en la calzada, sin embargo, el verdín y el óxido del puente sobre el río, los desconchones en los muros de los viejos edificios oficiales, el aire de polvoriento olvido en la frente de la foto centenaria con que el regreso la recibía, los montículos que como ubres sobre el asfalto desafiaban al equilibrio de los transeúntes, todo daba fe de que los intentos de recuperación urbana, aunque vistosos, eran en el fondo vanos. Y de que, por supuesto, a nadie importaba lo más mínimo, a nadie fuera de ella, que era ya extranjera declarada. Si la ciudad conseguía burlar su secular declive, lo haría prescindiendo de aquel sector tiempo atrás noble que concentrara la bulliciosa gritería infantil, el parloteo de las mujeres sobre las piedras río abajo entre ropa blanca y atropellada alegría, las intrigas palaciegas enredadas con atribuladas cuitas policiales y el frenesí gremial de los primeros burgueses.
Ya se adentraba el cojo en la zona de visión retrospectiva; la había rebasado sin el menor gesto de reconocimiento, indiferente. Se perdía ya en la estela del pretérito urdido con premeditación para ingresar en territorio de un futuro olvidado. Había que reconocer que su torpeza no era proporcional a su desventaja física. Cuando lo tuvo a su altura se percató de que bajo sus sienes plateadas asomaba una perla marchita, una simplona sonrisa que entonces la exasperó tanto como su sempiterna cojera.
En ese preciso instante supo la viajera, de la manera en que se abren a la conciencia las verdades importantes, sin en realidad saberlas ni tampoco ignorarlas, posadas en la frontera exacta entre la intuición y el limbo de la certeza, que aquella musculatura facial era incapaz de reproducir ningún otro rictus que no fuera de bobalicona beatitud. ¿Era su cojo además también ciego? –se preguntó con pasmada incredulidad. ¿Lo había sido siempre? ¿Y ella, lo había sabido, o había tal vez preferido ignorarlo?
Con una sonrisa burlona, aviesa casi, arreció el paso ahondando adrede la brecha final con su cojo y se perdió ella también, a través de los parterres rococó y sus muretes bajos, de espaldas al parpadeo de la pálida luz otoñal, entre las callejas quietas del antiguo barrio judío.
Nunca habían tropezado en aquella apartada zona. Constituía ahora claramente el extrarradio, colindante con las recientes urbanizaciones y las zonas depauperadas de siempre a las que los nuevos, flamantes políticos habían querido lavar la cara. Los boquetes en la calzada, sin embargo, el verdín y el óxido del puente sobre el río, los desconchones en los muros de los viejos edificios oficiales, el aire de polvoriento olvido en la frente de la foto centenaria con que el regreso la recibía, los montículos que como ubres sobre el asfalto desafiaban al equilibrio de los transeúntes, todo daba fe de que los intentos de recuperación urbana, aunque vistosos, eran en el fondo vanos. Y de que, por supuesto, a nadie importaba lo más mínimo, a nadie fuera de ella, que era ya extranjera declarada. Si la ciudad conseguía burlar su secular declive, lo haría prescindiendo de aquel sector tiempo atrás noble que concentrara la bulliciosa gritería infantil, el parloteo de las mujeres sobre las piedras río abajo entre ropa blanca y atropellada alegría, las intrigas palaciegas enredadas con atribuladas cuitas policiales y el frenesí gremial de los primeros burgueses.
Ya se adentraba el cojo en la zona de visión retrospectiva; la había rebasado sin el menor gesto de reconocimiento, indiferente. Se perdía ya en la estela del pretérito urdido con premeditación para ingresar en territorio de un futuro olvidado. Había que reconocer que su torpeza no era proporcional a su desventaja física. Cuando lo tuvo a su altura se percató de que bajo sus sienes plateadas asomaba una perla marchita, una simplona sonrisa que entonces la exasperó tanto como su sempiterna cojera.
En ese preciso instante supo la viajera, de la manera en que se abren a la conciencia las verdades importantes, sin en realidad saberlas ni tampoco ignorarlas, posadas en la frontera exacta entre la intuición y el limbo de la certeza, que aquella musculatura facial era incapaz de reproducir ningún otro rictus que no fuera de bobalicona beatitud. ¿Era su cojo además también ciego? –se preguntó con pasmada incredulidad. ¿Lo había sido siempre? ¿Y ella, lo había sabido, o había tal vez preferido ignorarlo?
Con una sonrisa burlona, aviesa casi, arreció el paso ahondando adrede la brecha final con su cojo y se perdió ella también, a través de los parterres rococó y sus muretes bajos, de espaldas al parpadeo de la pálida luz otoñal, entre las callejas quietas del antiguo barrio judío.














