Mostrando entradas con la etiqueta tango. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tango. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de septiembre de 2009

Tango catalán

En honor de la ciudad que me vio nacer,
aunque ella ya me haya olvidado.
Y de Carlos Gardel,
por supuesto



Por Ester Astudillo


Se cruzó con el cojo sin que él la viera, tras veinte años ausente del escenario en que el obturador un día los inmortalizara. Había envejecido, el cojo; creyó vislumbrar que sus piernas se habían acortado, una más que otra, y eso daba a su andar un deje renqueante, lento en la misma medida en que entonces había sido exasperante, recordó con lumbar escalofrío. Avanzó pesado a ras de su hombro con la mirada perdida, concentrado en coordinar sus movimientos con el avance de la marcha. ¡Después de tantos años, de toda una vida de cojera, continuaba requiriendo al menos el 50% de la atención disponible para conseguir enhebrar dos pasos sin aspavientos! ¡Y dicen que el tiempo a todo ofrece cura!

Nunca habían tropezado en aquella apartada zona. Constituía ahora claramente el extrarradio, colindante con las recientes urbanizaciones y las zonas depauperadas de siempre a las que los nuevos, flamantes políticos habían querido lavar la cara. Los boquetes en la calzada, sin embargo, el verdín y el óxido del puente sobre el río, los desconchones en los muros de los viejos edificios oficiales, el aire de polvoriento olvido en la frente de la foto centenaria con que el regreso la recibía, los montículos que como ubres sobre el asfalto desafiaban al equilibrio de los transeúntes, todo daba fe de que los intentos de recuperación urbana, aunque vistosos, eran en el fondo vanos. Y de que, por supuesto, a nadie importaba lo más mínimo, a nadie fuera de ella, que era ya extranjera declarada. Si la ciudad conseguía burlar su secular declive, lo haría prescindiendo de aquel sector tiempo atrás noble que concentrara la bulliciosa gritería infantil, el parloteo de las mujeres sobre las piedras río abajo entre ropa blanca y atropellada alegría, las intrigas palaciegas enredadas con atribuladas cuitas policiales y el frenesí gremial de los primeros burgueses.

Ya se adentraba el cojo en la zona de visión retrospectiva; la había rebasado sin el menor gesto de reconocimiento, indiferente. Se perdía ya en la estela del pretérito urdido con premeditación para ingresar en territorio de un futuro olvidado. Había que reconocer que su torpeza no era proporcional a su desventaja física. Cuando lo tuvo a su altura se percató de que bajo sus sienes plateadas asomaba una perla marchita, una simplona sonrisa que entonces la exasperó tanto como su sempiterna cojera.

En ese preciso instante supo la viajera, de la manera en que se abren a la conciencia las verdades importantes, sin en realidad saberlas ni tampoco ignorarlas, posadas en la frontera exacta entre la intuición y el limbo de la certeza, que aquella musculatura facial era incapaz de reproducir ningún otro rictus que no fuera de bobalicona beatitud. ¿Era su cojo además también ciego? –se preguntó con pasmada incredulidad. ¿Lo había sido siempre? ¿Y ella, lo había sabido, o había tal vez preferido ignorarlo?

Con una sonrisa burlona, aviesa casi, arreció el paso ahondando adrede la brecha final con su cojo y se perdió ella también, a través de los parterres rococó y sus muretes bajos, de espaldas al parpadeo de la pálida luz otoñal, entre las callejas quietas del antiguo barrio judío.

sábado, 5 de julio de 2008

TANGO EN MÍ, DE MANUEL LOZANO


Por Rubén García Cebollero



En la foto "La gran cantante y compositora argentina Teresa Parodi con Manuel Lozano, brindando por el nuevo cumpleaños de El Oro de los Tigres" - (Foto de Aldo Lozano Tabillión, Buenos Aires, junio de 2008). Aquí os pongo otro buen poema del profesor Manuel Lozano, desde Argentina:


Para el Maestro Osvaldo Piro



¿Quién te puede calumniar la noche, Buenos Aires?
¿Pero qué jungla ha de ser reina entre tus posesiones?
¿Quién rescata la aventura y el salto?


Una jaula de alambres
repleta de carne cruda.
Esto sos, Buenos Aires:
el manicomio más sanguinario
que conocí.


Si yo supiera
en qué vísperas, inadvertida,
regresaras,
haría con mi abismo una fiesta
y lamería como un perro sin asco
el gran secreto de tus voces.



En vos que sos los nadies y los otros,
están Cátulo y Olivari, Azucena,
tierna y desamparada entre recuerdos,
Tita, llagada en el relámpago y tristísima,
la asimétrica soledad de los Homeros,
y el pequeño Filiberto
arrastrando un organito blanco
por el descascarado muelle de la eternidad.



Nunca sos más sincera
que cuando mentís y el descaro
te tajea la cara para siempre
con calumnias y con flores.


¿Qué historia gruñe aquí?
¿Quién se hunde desde el barro hasta la maldición
con uñas y con dientes
palpitando en el aire del suburbio su desgracia?
¿Pero qué cuchillo sin principio
misteriará de nuevo esta milonga?
Por todo lo que ves, por lo que has visto,
¿Qué culpas te sorprenden?


El manicomio más sanguinario que conocí,
vuelve insomne, Buenos Aires,
y grita y aúlla con la fuerza de una casa
el tiempo del amor
que sólo debe, que sólo sabe
nacer desde tu muerte.


Manuel Lozano
Buenos Aires, abril de 2008

Este poema fue leído por su autor en el Ciclo "Grandes Creadores Argentinos-Homenaje a Osvaldo Piro"- http://www.elorodelostigres.com.ar/