domingo, 18 de noviembre de 2007

Cuestiones inacabadas. La vida que prosigue

Por Rufino Pérez

"Niño, no toques eso, caca.”

Y me quedé sin sentir la dulce textura de un aterciopelado cojín sobre la silla.

“Chaval, cuando seas padre, comerás huevos.”

Y ahora no los como, o los como moderadamente porque me sientan mal.

“Esto es cosa de mayores, vete a la cocina.”

Y nunca he sabido por qué hablar de sexo es sólo cosa de mayores. Lo que sí que aprendí es a distinguir por el olor, el plato que comería ese día.

“Calla, pequeñajo, cuando seas mayor, lo entenderás.”

Y ahora, cada vez lo entiendo menos, y me hago mayor cada día. Sigo callado, esperando respuestas. Pero, también he aprendido a gritar.

“El que manda, manda, aunque mande mal.”

Y todavía no sé por qué tiene que haber gente que mande mal. Y a veces, ni siquiera que tenga que haber gente “mandona”.

“Estudia y te harás un hombre de provecho.”

Y yo saqué provecho, pero no sé si saqué más de los juegos, la calle y el aire libre, o de los libros de texto. Al menos sé que estos últimos me han adelantado la miopía que padezco. Menos mal que también hay otros que me han dado una visión de lujo.

“Nunca faltes a tus obligaciones.”

Y tengo tantas, que no llego a todas. Luego…

“Di siempre la verdad.”

Y conozco a más de uno que se sintió arrinconado por no saber mentir a tiempo. La gran mentira es la que nos venden cada día por la televisión.

Y hubo también más cosas que no me dijeron pero que aprendí mirando a mi padre que salía a trabajar cada día y volvía con una sonrisa, y aunque cansado, siempre tuvo tiempo para mí. Y que me llevó tierra a dentro y me hizo ver lo que era cada árbol, con su nombre, cada pájaro –aunque éramos cazadores, de los clásicos, nada de tecnología- que me hizo aprender a orientarme –aunque todavía me pierdo- y a sentir el medio en que vivíamos como integrante de mi propia vida.

Y también mirando a mi madre, que trajinaba en la casa y se acordaba de qué plato era el que más nos gustaba a cada uno. Y que suplía con amor los socavones afectivos con los que yo corría a sus brazos. Y que gastó alguna zapatilla –exagero- en mi trasero porque en algún momento éramos incompatibles, bueno, y porque era ella quien primero descubría mis jugadas.

Y aprendí de la gente, de aquellos que pude aprender, que me leían sin palabras el libro de la vida.

Y ahora soy profesor, de título nada más. Será que aún no he aprendido lo suficiente.

5 comentarios:

Marc Vintró dijo...

Suposo que només ensenyen les coses memorables, i els teus pares, a jutjar per les teves paraules, són realment dignes de recordar.

carlesrull dijo...

Nunca se aprende lo suficiente - y menos en la ESO - pero, con suerte, casi siempre hallamos quien nos indique un camino, nos cite un buen consejo, nos hable de un gran libro o nos ofrezca, simplemente, un abrazo y un poco de diario cariño.

carlesrull dijo...

Nunca se aprende lo suficiente - y menos en la ESO - pero, con suerte, casi siempre hallamos quien nos indique un camino, nos cite un buen consejo, nos hable de un gran libro o nos ofrezca, simplemente, un abrazo y un poco de diario cariño.

paula dijo...

Aprender de todo se aprende,todo te ayuda a crecer,pero lo que se graba en el corazón no se olvida.
Y ser profe ,querido compa,es el mejor camino titulado de reconocer la ignorancia,si no mal andamos.
Nota humor:Daria tdo lo K se X la mitad de lo k ijnoro(tengo que aprender mejor los códigos)
Abrazo pa sujetarnos,ESO

Carla dijo...

Senzillament, preciós!
Gràcies per compartir el teu aprenentatge de la vida! Que tal i com ho expresses, no tinc cap dubte que és molt i profund.