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martes, 27 de febrero de 2007

No comprendo


Por Carlos Rull
Hay tantas cosas que uno no entiende, ni comprende, ni asimila, ni concibe, ni abarca, ni discierne, que a menudo no le queda otra que preguntarse para qué sirven estos cerebritos que la naturaleza – o dios, si ustedes quieren – nos dio. Hay incomprensiones que en menor o mayor medida todos compartimos: la teoría de la relatividad, el destino de los calcetines en la lavadora, un párrafo de Hegel, que un fanático se líe a bombazos, las películas de Greenaway, por qué diablos nos sale a pagar la renta, el poema “Espacio” de Juan Ramón,... Son ese tipo de cuestiones que uno debe reconocer que, por mucho que se esfuerce, nunca logrará entender del todo. Hay incomprensiones, por otro lado, que son sólo compartidas por unos determinados colectivos y, así, los profesores, por ejemplo, no entendemos cómo pueden tantos alumnos no entender tantas cosas, mientras los alumnos, por su parte, no entienden, además de todas esas cosas, por qué ese señor de la tiza se empeña en explicárselas. Hay incomprensiones personales y particularísimas, como las de la ministra de sanidad, que no acaba de entender que en este país algunos quieran fumar lo que les venga en gana y otros muchos defiendan a copa y botella su derecho a su cogorza y a la de sus hijos. Hay incomprensiones mutuas e irremediables, y así habrá excéntricos que no comprendamos los patriotismos ajenos y los habrá, a su vez, que no entiendan que a algunos nos traigan al pairo sus banderas, sus selecciones nacionales y sus himnos.

Y lo cierto es, y ahora nos ponemos serios, que, aunque uno no comulgue con aquello de que la felicidad se halla en la ignorancia, hay cosas que es mucho mejor no comprender. O más bien no querer comprender, y al no comprender no se acepta como irremediable ni natural aquello que nos venden como tal. Es preferible, por ejemplo, no querer comprender la innata y salvaje tarea destructiva en la que nos sumerge el mal llamado progreso. O no querer comprender la voluntaria ignorancia, ni la involuntaria pobreza. O bien no querer comprender que hayamos condenado a media humanidad a la más desoladora invisibilidad. No querer comprender la insensibilidad ante el horror que vomitamos cada día. No querer comprender al ejército sin rostro que hace girar la noria ni a la hueste sin alma que ablanda conciencias y apacigua voluntades. No. Porque comprender sería embarrancar en la vorágine ritual del despojo, en el vértigo de la indiferencia. Por eso quiero no comprender. Por eso me empeño en recuperar el color en la mirada, la autenticidad en el ver.
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En sus memorias (que convenientemente tituló Linterna mágica), Ingmar Bergman recordaba una parte de su infancia con estas sabias palabras: “el mundo era inteligible y yo dominaba mis sueños y mi realidad. Dios no decía una palabra y Cristo no me atormentaba con su sangre y sus turbias insinuaciones”. Y unos años antes, Rilke nos preguntaba en sus cartas “¿por qué entonces no seguir mirándolo todo igual que un niño, como una cosa extraña, desde lo hondo del mundo propio, desde la distancia de la propia soledad? [...] ¿Por qué querer intercambiar el sabio no-comprender de un niño por lucha y desprecio?”. ¿Por qué? ¿Por qué comprender y asumir el horro que nos llena las manos?

Witold Gombrowicz, que trató mucho y muy bien el conflicto entre Forma e Inmadurez, o entre Juventud y Madurez, dejó dicho que nos hacemos maduros desde el momento en que decidimos serlo y aceptamos, por lo tanto, someternos a los juicios de otros para dar forma a nuestra identidad madura. “¡Es como si nacieras en un millar de almas estrechas!” exclamó. Para Gombrowicz, como para Bergman y Rilke probablemente, el hombre sólo soporta a los demás renunciando a sí mismo. Sólo comprende y acepta el vértigo social desertando de su propia esencia, de su propia mirada, aquella que cuando niños hacía el mundo, como dijo Bergman, inteligible. La misma mirada que convertía la buhardilla de los abuelos en el castillo de nuestros cuentos, que nos hacía preguntarnos el porqué y el cómo de todas las cosas y nos permitía navegar entre quimeras hasta hallar para nuestras preguntas las respuestas más extravagantes e insólitas – y seguramente por ello más auténticas y razonables. La mirada desde la soledad pura, desde el asombro y la fantasía creadores, desde la curiosidad indómita, la mirada, en fin, que define y crea desde la indefinición en la que todo es posible.

No predico la ignorancia, ni la inocencia simplona e idiota del peterpanismo que, amarrado a consolas y ordenadores, inunda nuestra generación. Predico, si es que eso es lo que hago, otra forma de mirar, otra forma de no-comprender, otra forma de construir el mundo. Porque no quiero comprender tanta infamia, porque nunca quiero entender tanta ignominia. Apropiándome de lema ajeno, en suma, “si te lo tengo que explicar, nunca lo entenderás”.