viernes, 23 de marzo de 2007

Cuando una imagen vale más que mil palabras

Por Iván Sánchez Moreno

El uso de imágenes para ofrecer un reflejo de una realidad concreta es uno de los temas favoritos de psicólogos, semiólogos y sociólogos de todo el mundo. Román Gubern ha profundizado en ello de manera amena en su 39º libro, Patologías de la imagen (ed. Anagrama), un ensayo donde repasa la historia de la manipulación de la información desde las pinturas rupestres hasta las representaciones en nuestros días de esta mal llevada posmodernidad.

Coincidiendo con su jubilación, Román Gubern (Barcelona, 1934) ha cumplido recientemente los 70 años con una salud de hierro. Tiene la misma edad que Sofía Loren y sin embargo se conserva tan bien como la actriz italiana... aunque si hay que juzgar por las fotografías de las revistas mejor será desconfiar, no sea que hayan sido retocadas previamente.

Hay que advertir que la distorsión de la realidad ha hallado en sus manifestaciones artísticas y documentales dos importantes filones de recreación caprichosa. No quedan tan lejos en el recuerdo las imágenes coloreadas de los bombardeos nocturnos de la Guerra del Golfo de papá Bush, ni tampoco la supresión absoluta de imágenes de muertos norteamericanos en la CNN desde los inicios de la guerra de Irak. Gubern denuncia en su último libro que incluso uno de los estrategas de Bush junior pidió a varios productores de Hollywood que no criminalizaran a los personajes árabes en sus películas para garantizar así la seguridad de los EEUU en caso de revueltas populares.

“Las imágenes no son inocentes ni tampoco espejos de la realidad. Son puntos de vista no sólo ópticos sino también morales e ideológicos”, afirma el crítico y catedrático de Comunicación Audiovisual de la UAB, y admite que toda representación icónica está dirigida intencionalmente contra un espectador que la mayor parte de las veces es pasivo y carente de un eficaz pensamiento crítico que detecte el sustrato moral oculto tras la imagen que le está siendo “administrada”.

Patologías de la imagen abunda en anécdotas con un estilo periodístico similar al de otros expertos en la materia como Umberto Eco o Joan Fontcuberta, quien en El beso de Judas (ed. Gustavo Gili, 1997) ya anotó casos recogidos por Gubern como el de las purgas de Stalin y Mao, las cuales tenían un inmediato reflejo en los libros de historia, donde se borraba sistemáticamente a los personajes políticamente incómodos. En otras ocasiones, las falsificaciones son más groseras, como la ejemplificada en una viñeta del cómic Soldado invicto en la que se le exigió al dibujante que retocara el retrato de boda de Franco para que éste no pareciera un retaco al lado de Carmen Polo. Ya se sabe que quien controla la información –tanto gráfica como verbal– tiene el poder, pero es evidente que la manipulación emocional del pueblo es más contundente a través de las imágenes porque inciden en su subconsciente, mientras que para la intelectual es más necesario echar mano de las palabras.

Gubern lleva muchos años involucrado en el estudio de la censura y la mirada, como pone de manifiesto su vasto currículo como autor –El lenguaje de los cómics (1972), El cine de la II República (1977), La guerra de España en la pantalla: De la propaganda a la historia (1986), Máscaras de la ficción, La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, etc.– y como miembro de varias instituciones prestigiosas, como la Academia de Bellas Artes de San Fernando, el Instituto Cervantes de Roma o el MIT, entre otras. Sin embargo, Gubern no juzga las imágenes por sí solas, sino por la patologización contextual que las ha marcado. No en vano, no existe un único imaginario colectivo al gusto de todos, y ha quedado demostrado desde la antropología que unos actos considerados aberrantes por una sociedad y en una época concretas ha pasado desapercibida o se ha minimizado su trascendencia en otras.

Algo así fue lo que ocurrió cuando Luiggi Beggi provocó un sonado escándalo en la Tate al exponer una escultura de la Virgen María con la faz de Lady Di, y lo mismo pasó con el Cristo que pintó Miquel Barceló en la catedral de Palma, el cual tuvo que “vestir” convenientemente tras el aviso del obispo. También se comentan algunas curiosidades como la negligente conversación que mantuvieron dos contumaces pornógrafos como Alfonso XIII y el actor Douglas Fairbanks ante un biógrafo del rey, “depurada” en los años ‘70 por la censura franquista, y se cita asimismo una observación silenciada en su momento que José María Carandell confesó sobre las baldosas del paseo de Gràcia: en ellas puede verse solapado el rostro de Bafomet, un demonio idolatrado por la logia masónica de la que Gaudí formaba parte extraoficialmente.

Pero lo más grave se da cuando ese perverso uso de la imagen sirve para desprestigiar no sólo la obra en sí misma, sino también al autor. En el caso de una fotografía es algo más peliagudo, porque sus a veces involuntarios protagonistas quedan irremisiblemente asociados a una determinada circunstancia para siempre. Eso fue lo que pasó con el científico James Baldwin, cuya carrera universitaria quedó truncada al aparecer en varios medios de prensa relacionado con un asunto de morboso interés sexual. Curiosamente, el propio Baldwin prologaría un libro de fotografías de Richard Avedon titulado Nada personal (1974). Ironías del destino...

2 comentarios:

carlesrull dijo...

"Las ficciones son proyecciones delirantes que nacen la convergencia del imaginario de cada autor con la receptividad selectiva de la sociedad en que vive.[...]. Las ficciones no se imponen al público, sino que se proponen, y su destino es la fecundación o la esterilidad. Ni siquiera los mitos patógenos de la ideología del Tercer Reich se impusieron a la sociedad alemana, sino que se propusieron, y ya se vio el resultado."
Román Gubern, Máscaras de la ficción.
¡Genio y figura!

R.P.M. dijo...

Máscaras, fotografías, pinturas... imágenes. Ayer vi la película de Los fantasmas de Goya. Me gustó. Realmente, su pinturas nos devuelven una imagen muy acertada de la España napoleónica; imágenes con las que a ratos la película juega en paralelo. Todas,las de Goya y las de la película están ahí para ser interpretadas o sencillamente, consumidas.