domingo, 3 de octubre de 2010

De dos en dos.

Por Rufino Pérez.


VERSIÓN A

Su aliento huele a cebolla frita cuando le golpea la nuca. A conserva de pimientos en otoño. A condimentos y especias picantes que ha paladeado escasamente en las tres, tal vez cuatro, ocasiones en que ha salido a cenar fuera a algún hindú o un paki. Le desagrada, pero no se deja intimidar: prefiere acoger el temblor cálido y mojado de sus labios tan cerca, todavía sin girarse.
Debe alargar este momento sin que perciba su inexperiencia, ganar algo de tiempo. Le queda a mano, justo a la altura del omóplato izquierdo, en la rebaba mugrienta de la repisa, un cenicero con colillas hasta los topes. Se desliza subrepticiamente por la pared, apenas rozando el sofá, sin dejar de acomodar su tibio abrazo, y con suma destreza noquea el borde del cenicero al tiempo que se dejan caer, prono uno encima del otro, sobre el cubresofá verde y mohoso.

Durante un segundo infinito, su mejilla se aplasta contra la pringosa cretona, siente el áspero y grueso hilado clavarse en su piel, su olfato inhala el pútrido hedor de la tela, en sus labios presiente el sabor acre del verdín y el ácido beso de la cebolla; en su nuca persiste el aliento mustio y sofocante y, más abajo, percibe la mano viscosa que repta y hurga entre sus muslos. Y aunque no puede verlo, fantasea anhelante cada giro y vuelta y viraje del cenicero que cae en un pozo sin fondo y cada trayectoria de cada colilla hasta el suelo pringoso, hasta que finalmente el segundo eterno finaliza, el cenicero halla su destino y una afilada explosión de cristal interrumpe todo contacto. Ambos se incorporan bruscamente, uno tenso, el otro momentáneamente aliviado.

Eso no evita que durante unos segundos ambos se queden congelados, esperando el uno del otro una reacción. Finalmente se decide a zafarse del torpe y aromático sobón con más nerviosismo que brusquedad, y con un gesto tímido abre la puerta. La breve apertura sólo deja entrever el rostro surcado y enjuto de un anciano. ¿Quién es? ¿Qué quiere? Porque no dice nada a pesar de que su mano tiembla y sus ojos se ensanchan sobre el rostro como si quiera gritar o cantar. La respuesta no se demora, la puerta cede y el débil cuerpo del visitante se precipita hacia delante, arrastrándola en su caída, otra vez sobre los restos de colillas y el maldito cenicero (cuántas veces se prometió dejar de fumar y ahí sigue atestado de ceniza).

El anciano y ella descansan en el suelo en una postura casi imposible. Pesa. Y él aún en el sofá, atónito, ni se inmuta para ayudarla. Como siempre, tendrá que hacerlo ella sola. Recuerda la escena de Kill Bill en la que Uma, enterrada viva, golpea la tapa del ataúd hasta romperlo. Y empieza a hacer lo mismo pues el olor a puro, coñac y Baron Dandy la están mareando y teme desmayarse. Justo en el momento en que él se da cuenta de la situación, reacciona y se levanta del sofá para ayudarla, el cuerpo del viejo se desplaza hacia un lado y la deja libre, pero con restos de peste en su ropa y en el pelo. Él le ofrece una mano pero ella la rechaza y se levanta de un salto mientras
mira extrañada aquel cuerpo sobre la moqueta.

Encadenada a su suerte, sin tiempo para escribir una simple nota de socorro ni una vulgar lista de supermercado y mucho menos una pormenorizada, literaria y antológica descripción de lo que le está pasando en ese estúpido pero crucial momento, la futura heroína de Tarantino abandona su tumba y, con paso decidido y turbulento, sacudiéndose el polvo del cuerpo y desanudándose las guedejas, atraviesa el contraluz de la puerta y dirige su siniestra y algo más que esperpéntica silueta hacia la puerta del vecino de enfrente: sospecha que Carolino tiene algo que ver con el intruso.
Ahora ya sabe que ha sido vigilada por su vecino y que el cuerpo del anciano que yace en el suelo es un aviso, una amenaza, por lo que aporrea la puerta de Carolino mientras le llega una voz entrecortada desde su casa diciéndole
que huya sin perder un segundo.

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VERSIÓN B

Su aliento huele a cebolla frita cuando le golpea la nuca. A conserva de pimientos en otoño. A condimentos y especias picantes que ha paladeado escasamente en las tres, tal vez cuatro, ocasiones en que ha salido a cenar fuera a algún hindú o un paki. Le desagrada, pero no se deja intimidar: prefiere acoger el temblor cálido y mojado de sus labios tan cerca, todavía sin girarse.
Debe alargar este momento sin que perciba su inexperiencia, ganar algo de tiempo. Le queda a mano, justo a la altura del omóplato izquierdo, en la rebaba mugrienta de la repisa, un cenicero con colillas hasta los topes. Se desliza subrepticiamente por la pared, apenas rozando el sofá, sin dejar de acomodar su tibio abrazo, y con suma destreza noquea el borde del cenicero al tiempo que se dejan caer, prono uno encima del otro, sobre el cubresofá verde y mohoso.

El cenicero, sin embargo, golpea suavemente la untosa moqueta y, sin romperse, deposita sobre ella su hedionda carga. Se maldice por no haber pensado en ello mientras intenta discurrir, una mano convulsa sobre su glúteo trémulo, la lengua espesa y pegajosa recorriendo su nuca, otro subterfugio; sin éxito. Manos ávidas buscan la hebilla de su cinturón mientras el peso aumenta y siente el aguijonazo de los muelles del vetusto sofá, y el polvo que invade su nariz. Decida darse la vuelta e intentar dominar la situación en supino pero, en su bisoñez, no encuentra modo de hacerlo. En el mismo instante en que el botón de sus pantalones se desata, unos nudillos salvadores golpean la puerta.

No piensa lo mismo el encebollado amante cuyo oído se encuentra obturado por la premura y la excitación. A pesar de que los nudillos arrecian contra la destartalada puerta que pierde a cachos parte de sus astillas. ¿La está embistiendo? Sí, con toda la torpeza de su carne perlada ya en sudor. Quién le iba a decir a ella a su corta edad, que su primera experiencia estaría dominada por la curiosidad y el temor del desconocido que, insistía en aporrear la casa de su madre. ¿Sería ese hombre valiente, con mala suerte, que dicen es su padre? ¿Habría salido en libertad?


No, no podía haber salido en libertad tan pronto, sólo habían pasado 5 años; la condena era más larga, seguro. Pero tenía tanta curiosidad, tenía tantas ganas de ver el rostro de aquel que decían que era su padre, que no podía imaginar otra cosa. Aunque, quizá, simplemente era la vecina pesada. Y además, esos golpes, esos nudillos, esa insistencia la estaban distrayendo y nunca podría explicar con detalle cómo fue su primera relación sexual. ¿Qué iba a recordar? Que fue en un sofá cutre; que no lo esperaba; que llamaban a la puerta con insistencia; ¿que no se levantó a abrirla porque temía esos nudillos?

Con poco tiempo para reflexionar sobre lo irreal y absurdo de la situación y a un paso del desconsuelo tras llegar a la precipitada -y seguramente inmadura- conclusión de que su vida hasta hoy no ha sido más que una serie de desafortunadas secuencias mal montadas -nunca mejor dicho-, decide de repente aplazar su tonto destino de florero desflorado y de un salto se libera de zarpas, muelles, polvo, saliva, lengua y demás turgencias y aromas intensos para convertirse momentáneamente en su propia Juana de Arco. Sin anestesia y con ánimo explosivo, descorcha la puerta y, ante su sorpresa, descubre la sombra huidiza de su salvador y una nota en el suelo. Al agacharse a recogerla se le escurren los pantalones mal abrochados y un conato de grito alarma al vecindario.

Se incorpora mientras se abrocha los pantalones. Corre hasta la barandilla de la escalera. Continua gritando con todas sus fuerzas. Abajo la sombra sale del ascensor y escucha los gritos ensordecedores que llegan desde arriba. Descubre que son los de su hija. El miedo se apodera de la sombra que corre y corre sin mirar hacia atrás. Una vecina llama a la policía y el amante encebollado se fuma un cigarro.
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Ninguna de las dos versiones le complacía. Ella hubiera querido ser escritora y en los dos últimos años había escrito mucho. Sobre todo, había escrito sobre sus recuerdos. Y siempre lo hacía envolviéndolos en un aura de misterio, de intriga. Le gustaba lo truculento, lo retorcido, lo sórdido y desagradable. Joder, la iban a ajusticiar esa misma noche y no había sido capaz de decidirse por una sola forma de novelar. Es que, por un lado, no quería dejar muy mal al personaje de su marido, quería heroizarlo –era una palabreja de las que había aprendido últimamente- pero, coño, era tan difícil.

Siempre había sido así. Todo había sido de dos en dos. Menos la vida, que sólo tenía una, y por poco tiempo. Tuve dos padres, uno natural que se cargó a mi otro padre, un anciano de gesto amable pero mente retorcida, que casi viola a su nieta, mi hija. Y mi padre-padre, que murió como yo voy a morir. Mira, dos cosas también iguales. Tuve dos novios, el primero se llevó mi primera vez y ya no lo volví a ver. Nunca supo que tuvo una hija conmigo. El segundo –que aún no me explico por qué me casé con él- tenía siempre un aliento apestoso, de olor a cebolla –que yo nunca cocinaba, por cierto-.

Me lo cargué yo por infiel y porque ya no me hacía tilín, había perdido fuerza de empuje. También he tenido dos vecinos –bueno tenía más pero éstos eran los únicos a los que puedo llamar vecinos- La mujer, otra mártir del matrimonio que llamaba a la policía ante cualquier ruido sospechoso en la escalera. Y él, Carolino, un viejo verde que estaba siempre buscando rollo conmigo, me espiaba y hasta tenía vídeos grabados. Se meó en los pantalones cuando la policía le dijo que tenía que interrogarle la noche en que se cargaron a mi segundo padre.

Y tengo dos manías, una la de fumar y fumar. Siempre he querido dejarlo y nunca lo he conseguido. Y ahora, hoy que me han traído todos los paquetes de la marca que he querido, ahora, no me he fumado ninguno. Es mi otra manía, hacer las cosas sin lógica, con lo cual todo me sale al revés.

-Es la hora.

Ah, qué susto, estaba yo tan metida en mis pensamientos... He matado y me dejaré morir. Siempre el dos, la dualidad. Se ve que el corazón a estas horas se ha puesto tierno. Me llora por los poros de la piel. Lo siento en la entrepierna mientras camino por el corredor…¿De la muerte? ¿De la vida?

7 comentarios:

Ester Astudillo dijo...

Qué virtuoso, Rufino! Matas 2 pájaros de un tiro! No es cosa fácil.

Pobre moza! Cuanto desatino! Y cuanto Ducados echado a perder!

kss

Mercè Mestre dijo...

Olé, olé i Olé!

2 abraçades

carlesrull dijo...

Que traca fina, Rufino!!! Olé y olé. Felicidades a todos por haber conseguido llevar la encebollada historia hasta el final.

Carso dijo...

los sofritos ya nunca serán lo mismo después de esta semana. bravo bravísimo!

Raquel Casas dijo...

Molt bé i molt ben lligat!

R.P.M. dijo...

Este humilde dominguero se siente entre amigos y celebra que haya podido dar fin a una historia con el agrado general. Confieso que me tuvo entretenido gran parte del sábado nuit y domingo, pero si al final he acertado, me alegro. Y ya sabéis, el mérito esta vez es de todos!!!!! Un abrazo.

José G Obrero dijo...

Gran currazo, Rufino. Enhorabuena y, al mismo tiempo, gracias por este buen rato.

Un abrazo.