Por Iván Sánchez Moreno
Que el arte está de crisis es una verdad callada a voces. Con todas las fronteras quebradas, cuando hoy se confunde el todo-vale con el no-vale-para-nada, el arte sufre una esquizofrenia atroz y un sentimiento de culpa más gordo que el culo de un mandril. Llegados a este punto, el arte necesitaría un cambio de paradigma, como apostillaba Kuhn al respecto de las ciencias. El problema, sin embargo, es que los paladines de hoy reniegan a ser los últimos de la fila y van alargando el tránsito en un limbo infinito: por eso, los movimientos más novísimos del arte –los post-, neo-, ultra-, etc.– se van sucediendo unos a otros hasta agotar los prefijos del diccionario. ¿Cuándo será entonces el punto cero del cambio? Desde luego, eso se mide retrospectivamente, y no con la invención de nuevas categorías y etiquetas.
El resultado es, al final, que hay más conceptos que palabras y más discursos que ideas. Cuando los artistas deberían adoptar el rol de intelectuales y de productores del saber, optan en cambio por el de meros encargados y reproductores infértiles de un arte lacio que es pura fotocopia del anterior, pero esta vez a todo color y en papel satinado. El celofán que envuelve el pensamiento vende más que el contenido. Así, los panes y los peces de barro del altar de una catedral colman de mayor éxtasis a los (in)fieles que la cruz que pende del techo. Carente de significado, el sentido del arte queda relegado al inocente placer estético de un póster pop-art del Che Guevara: convertido el ideal en producto de marketing, la fuerza de aquél se templa y se amilana, hasta desaparecer.
El arte, despojado de su potencial peligrosidad primera, se domestica y se subvierte al nivel de simple objeto estético, arrancado de su contexto real (psicológico, histórico, social, funcional, moral, político) y a su significación primigenia. Quizá sea ésta la única salida del arte moderno, que de tan efímero e impotente como es, muere tan pronto como nace. Sospecha que la intensidad del aplauso no asegura la gloria del mañana, y ansía indisimuladamente la condescendencia (y el aval, que ya son duros) de la institución y la academia, de los expertos y coleccionistas, del público, en fin, más desmemoriados.
Ya lo advirtió Stephen Jay Gould, aunque el paleontólogo jugara en otro campo: los seres vivos más simples y antiguos –las bacterias– son los que mejor se adaptan a las condiciones más variadas y extremas. Por eso, el arte clásico no envejece nunca, aunque por contra quede anquilosado por la eternidad. El conservadurismo es la alternativa exclusiva a la caducidad y el ocaso. ¿Para qué seguir progresando, pues, si la repetición de los cánones promete más réditos a la larga que el esfuerzo infructuoso por salirse de los márgenes? Incluso Picasso volvía regularmente a los viejos maestros. Para ir hacia delante conviene beber del pasado. No por mantener todavía su fuerza al imprimirse en una camiseta una obra va a sobrevivir al paso inexorable del tiempo. Si el arte se resiste a morir, es que no es arte; el arte de veras, por el contrario, es el que abre ventanas al futuro mirando al pasado preocupándose pro el presente. Todo lo demás es historia (o estética).
Que el arte está de crisis es una verdad callada a voces. Con todas las fronteras quebradas, cuando hoy se confunde el todo-vale con el no-vale-para-nada, el arte sufre una esquizofrenia atroz y un sentimiento de culpa más gordo que el culo de un mandril. Llegados a este punto, el arte necesitaría un cambio de paradigma, como apostillaba Kuhn al respecto de las ciencias. El problema, sin embargo, es que los paladines de hoy reniegan a ser los últimos de la fila y van alargando el tránsito en un limbo infinito: por eso, los movimientos más novísimos del arte –los post-, neo-, ultra-, etc.– se van sucediendo unos a otros hasta agotar los prefijos del diccionario. ¿Cuándo será entonces el punto cero del cambio? Desde luego, eso se mide retrospectivamente, y no con la invención de nuevas categorías y etiquetas.
El resultado es, al final, que hay más conceptos que palabras y más discursos que ideas. Cuando los artistas deberían adoptar el rol de intelectuales y de productores del saber, optan en cambio por el de meros encargados y reproductores infértiles de un arte lacio que es pura fotocopia del anterior, pero esta vez a todo color y en papel satinado. El celofán que envuelve el pensamiento vende más que el contenido. Así, los panes y los peces de barro del altar de una catedral colman de mayor éxtasis a los (in)fieles que la cruz que pende del techo. Carente de significado, el sentido del arte queda relegado al inocente placer estético de un póster pop-art del Che Guevara: convertido el ideal en producto de marketing, la fuerza de aquél se templa y se amilana, hasta desaparecer.
El arte, despojado de su potencial peligrosidad primera, se domestica y se subvierte al nivel de simple objeto estético, arrancado de su contexto real (psicológico, histórico, social, funcional, moral, político) y a su significación primigenia. Quizá sea ésta la única salida del arte moderno, que de tan efímero e impotente como es, muere tan pronto como nace. Sospecha que la intensidad del aplauso no asegura la gloria del mañana, y ansía indisimuladamente la condescendencia (y el aval, que ya son duros) de la institución y la academia, de los expertos y coleccionistas, del público, en fin, más desmemoriados.
Ya lo advirtió Stephen Jay Gould, aunque el paleontólogo jugara en otro campo: los seres vivos más simples y antiguos –las bacterias– son los que mejor se adaptan a las condiciones más variadas y extremas. Por eso, el arte clásico no envejece nunca, aunque por contra quede anquilosado por la eternidad. El conservadurismo es la alternativa exclusiva a la caducidad y el ocaso. ¿Para qué seguir progresando, pues, si la repetición de los cánones promete más réditos a la larga que el esfuerzo infructuoso por salirse de los márgenes? Incluso Picasso volvía regularmente a los viejos maestros. Para ir hacia delante conviene beber del pasado. No por mantener todavía su fuerza al imprimirse en una camiseta una obra va a sobrevivir al paso inexorable del tiempo. Si el arte se resiste a morir, es que no es arte; el arte de veras, por el contrario, es el que abre ventanas al futuro mirando al pasado preocupándose pro el presente. Todo lo demás es historia (o estética).













