
Por Antonia Martos
Apesta Apesta Apesta
la mirada de barro
de algunas mujeres.
El olor a lejía
del patio de luces,
la resaca de desgana
del vecino del segundo primera
el hedor a orín
del cuarto de baño.
El zumbido de los mosquitos
en verano,
el ruido inquieto
de las obras del AVE,
el runrún de la aspiradora
que arrastra las pulgas
de mi gato.
Del patio a casa
de casa a la calle
de la calle al ruido
del ruido al silencio
del silencio a la Nada.
Apesta Apesta Apesta
el grito de la mujer
que ya no escucha
las promesas en almíbar
de un hombre insolente.
Apesta Apesta Apesta
la mirada de barro
de algunas mujeres.
El olor a lejía
del patio de luces,
la resaca de desgana
del vecino del segundo primera
el hedor a orín
del cuarto de baño.
El zumbido de los mosquitos
en verano,
el ruido inquieto
de las obras del AVE,
el runrún de la aspiradora
que arrastra las pulgas
de mi gato.
Del patio a casa
de casa a la calle
de la calle al ruido
del ruido al silencio
del silencio a la Nada.
Apesta Apesta Apesta
el grito de la mujer
que ya no escucha
las promesas en almíbar
de un hombre insolente.













