Por José G. Obrero.
El fotógrafo encendió otro cigarrillo y se sentó en la butaca desde donde observó con angustia su cámara réflex y el resto de complementos esparcidos sobre la mesa. Desde la última exposición, de la que habían transcurrido seis meses, no había hecho otra cosa que capturar imágenes que no le interesaban. Para colmo su mujer había decidido que se hiciesen reformas en la casa precisamente esos días en que él necesitaba pensar cómo salir del bloqueo. Tomó su cámara y le incorporó lentamente el flash y el objetivo y se dedicó con apatía a fotografiar al albañil que tomaba medidas en la ventana. El albañil se giró bruscamente.
-¿Le molesta que haga fotos? Son sólo pruebas-.
-No, no. Haga lo que quiera. Yo estoy en mi trabajo. A mi también me gusta hacer fotos cuando voy por ahí.-
-¿Ah sí? Ya, claro-
-Sí, me gusta fotografiarlo todo: la gente, las calles, los detalles. Mi mujer se enfada porque nos tenemos que parar cada dos por tres.
-(...)
-Tiene una bonita vista desde aquí. Nunca he estado en una casa desde donde se vea el mar tan cerca.
-Sí, no me puedo quejar. Cuando llega el verano se agradece bajar a la playa.
-Bueno, usted perdone, sigo con lo mío. Después me espera otra casa.
-Claro. Continúe. Ustedes están siempre ocupados. Trabajo no les falta.
-No se crea, desde que han llegado gente de fuera que lo hace casi gratis, el trabajo comienza a flaquear.
-¿Gente de fuera. Se refiere a los inmigrantes?
-Sí, vamos. Llámelo como quiera. Así es.
El fotógrafo decidió no contestar. Volvió a encenderse otro cigarrillo y comenzó a pasear por la habitación observando sus fotografías que colgaban de las paredes. Siempre había habido una búsqueda sutil de los colores. Un equilibrio que sólo encontraba en la espontaneidad. Hacía años, décadas que no se separaba de su cámara para sorprender una acción llena de colores y líneas. Intensos amarillos y azules que se dividían por igual en perfecta armonía allá donde una niña acababa de recoger un gato; verdes y rojos en el preciso instante en que un vendimiador volcaba un racimo en una cesta; y su última etapa, en que utilizaba la agresividad como soporte para esta idea: naranjas y rojos en la matanza del cerdo de una aldea cercana. Se estremecía al contemplar la perfección que había alcanzado en las últimas series. Pero, ¿qué hacer ahora? ¿Por dónde continuar o comenzar? Llevaba meses obsesionado con estas preguntas que no conseguía responder. De repente un grito del albañil le arrancó de sus cavilaciones:
-¡Abajo, hay gente ahogándose en la playa!
El albañil se precipitó escaleras abajo y pronto pudo verse por la calle corriendo en dirección a la playa. El fotógrafo reaccionó, tomó su cámara y fue tras él. El albañil se desnudó y se metió en el agua donde podían verse restos de una barca y los cuerpos flotando de cuatro personas. Entonces, el fotógrafo sacó su cámara, ajustó el objetivo y disparó una y otra vez. Qué verdes, pensó, qué azules cortados por la línea del horizonte, qué volúmenes marrones y ocres. Y lloró.
Inocencias |
Hace 13 horas













