Por José G. Obrero
Antes de cada puñalada hay una sonrisa
cae de la boca y queda colgada en el cuchillo,
sonrisa y acero se adentran juntas en la carne.
Este es mi último descubrimiento, a mis años.
Ahora debería decir que me aparto
que odio esta violencia gratuita
asaltándome cada tanto en la puerta de casa
vestida como una paloma sucia en un dintel.
Pero ya soy un hueco y nada puede hendirse
entre las luces o en el trasiego del viento
y este hecho llena de impotencia al asesino.
Unos brazos abiertos pueden ser un buen golpe.
Microlecturas | 66 | Clinamen
Hace 1 día













