miércoles, 31 de enero de 2007

Antroponimia senescente y antroponimia rampante

Por Andrés González Castro

Mi abuelo paterno se llamaba Secundino. Mi abuela se llama Evarista. Tengo o he tenido familiares cuyos nombres son Honorio, Epifanio, Felicísimo, Evencio, Domitila, Jerónima, Venceslada... Ninguno de estos nombres es hoy ya común. La excepción honrosa la constituye un pequeño primo, cuyos padres han tenido a bien cristianarlo como Telmo. Los fuegos de San Telmo, esos rayos en miniatura que pueblan las alturas de algunos rascacielos, le cuadra muy bien a ese niño bonachón y regordete. En total, que mientras hay Telmos, hay esperanza para todos los Honorios y compañía.

Antaño los padres no meditaban demasiado el nombre de sus criaturas. Algo muy común era poner el nombre del santo del día. Así que de nacer un 26 de diciembre, por ejemplo, tenías suerte y te tocaba Esteban. Pero podías tener peor fortuna y venir a este valle de lágrimas un 26 de octubre, de manera que, sin comerlo ni beberlo, te cayera sobre los hombros el sambenito del Marciano. Otro de los procedimientos de nominar consistía en poner el nombre de algún familiar. A veces, uno que estuviera muerto. Otras, el del padre o la madre. De ahí las sagas de Andreses y Antonios que se repiten por generaciones. Yo, por ejemplo, pertenezco a una de ellas, lo cual daba lugar, cuando era más pequeño, a los graciosos apelativos de Andresito o Andresín entre los allegados. Hoy en día, los tíos te miran y, cuando se les escapa uno de los susodichos, añaden a continuación, medio avergonzados: “Bueno, te llamarán ya Andrés. O Andresón. ¡Ja, ja!”. ¡Con qué carino evoco estas simpáticas estampas familiares!

Hace no tanto tiempo, antes de la invasión en tromba de los Jonathans y los Kevins, las Tamaras y las Jéssicas, los nombres extranjeros no eran comunes por estos pagos. Los sacerdotes, desde el púlpito, llegaban a afear la conducta de los padres que osaban dejarse arrastrar por las corrientes de renovación nominativa. Servidor ha presenciado en una pequeña aldea leonesa la defensa enconada de don Antonio (el cura que sucedió a don Efigenio, de grato recuerdo, aunque a veces se le fuera la mano y diera algún capón a los niños de la primera fila, o una calabazada con las llaves de la cancela), la defensa, decía, de conservar el Isabel castizo frente al extranjerizante Elisabeth. O el clamor reactivo de don Antonio no fue lo bastante enérgico o sus prédicas han quedado sembradas en muchos corazones en los que aún no han dado fruto, porque las Tamaras han florecido en el poblacho con lozanía sin par.

De todos modos, hoy lo que priva es poner nombres de dos sílabas. Parece condición sine qua non de cualquier nuevo apelativo. A mí ya casi me parece largo Elías, porque tiene tres sílabas. Lo importante es que se pronuncie en dos golpes de voz. La razón no la sé, pero supongo que es para, en un primer momento, poder mejor reprender al niño. Es más efectivo un “¡Estate quieto, Joshua!” que un “¡Estate quieto, Rogaciano!”, claro. Otra condición indispensable es que el nombre resulte original. ¿Por qué tirar de Emilio o Elena cuando se puede recurrir a uno salido de una partida de Scrabble, como Joahebeen, Jobín para los amigos (doy fe de que este nombre existe)?

Ante el empuje de las nuevas tendencias, de poco valen las jornadas de salvación como la que tuvo lugar en unas fiestas de la Mercè. Parece ser que las Mercès cotizan a la baja en este peculiar mercado, igual que las Montserrats, así que las que llevan el nombre de la patrona barcelonesa se conjuraron para llevar a cabo una demostración de fuerza el 24 de septiembre de 2002, día que me atrevería a calificar de histórico. Si no me equivoco, la performance consistía en que una briosa brigada de Mercès pedía a toda Mercè que les saliera al paso que se identificara (valga la redundancia). A mí, con todos los respetos, me pareció un remedo de la campaña ficticia que emprendió el semanario “El Jueves” hace ya años para sacar del olvido la palabra “pejiguero”, campaña que consistía en pronunciar varias veces al día el adjetivo moribundo durante toda una semana, viniese o no a cuento, y que no fue en vano, pues, habiendo tomado conciencia del luctuoso estado en que se encontraba el adjetivo, yo lo aplico a discreción a varios miembros de nuestra clase política.

De todas maneras, a vosotros, padres que todavía meditáis como poner a vuestros vástagos, yo os recomiendo para niños el Mohammed. Ya es de los más socorridos en Cataluña. Tiene tres virtudes: es fácil de pronunciar, es extranjero y se puede acortar en el bisílabo “Moja”. ¿Alguien da más?

4 comentarios:

Anónimo dijo...

YO DE TI LE PONDRÍA MANUELINO O MANUELINA. TAMBIÉN ES DE OTROS LARES Y SE PUEDE ABREVIAR CON UN MANU O CON UN LINA.

carlesrull dijo...

Buenísimo, Andresín, me encanta. Viene a cuento mencionar que el otro día apareció un artículo en El País (o tal vez en El Mundo, ahora no recuerdo) sobre un pequeño pueblo de la más tradicional Castilla que había adoptado como bandera identitaria la conservación de nombres tradicionales, una especie de conjura que implicaba al sacerdote, el alcalde, el registrador y ve tú a saber a quién más en la sacrosanta e evangélica misión de conservar una onomástica imposible que incluye bellezas como Burgundulfa y otras de igual calibre. Un abrazo.

R.P.M. dijo...

El nombre es tu tarjeta de presentación. A veces te sientes identificado con él y otras, desearías cambiar la tarjeta. Para estos casos, puede adoptarse un seudónimo -conozco más de un caso- que se vaya difundiendo poco a poco entre los amigos y así conseguir una mayor armonía con el nombre propio. Lo que puede resultar más difícil de controlar es la manía de la gente de poner diminutivos o afectivos. En definitiva, que uno se puede llamar a sí mismo como quiera, pero tendrá que "orientar" a los demás para conseguir ser llamado como a uno le gusta.

ivansan69@latinmail.com dijo...

Mohammed será el nombre del futuro President de la Generalitat de CAtalunya. Deberíamos empezar a acostumbrarnos. Si se puso de moda bautizar a nuestros bástagos con nombres foráneos como Jonathan, Jennifer y Kevin María, ¿por qué no tirar hacia otras latitudes? Eso de la globalización parece que sólo mola cuando uno quiere parecerse a los yanquis. ¿Qué pasa con el resto del mundo? Mohammed LLopis Sanchís suena bien, ¿no?