miércoles, 17 de enero de 2007

Not so bad


En mi única estancia veraniega en Londres, hace ya ocho años, caprichoso como soy, me dio por trabajar para vivir y pagarme el alquiler en vez de dejarme rastas y reclamar mi derecho a que el Estado me proporcionara una vivienda digna. Es de esa manera como fui a recalar a la ribera sur del Támesis, cerca de la estación de Waterloo, a un restaurante francés especializado en vinos del Loira y que tenía por nombre RSJ Brasserie. Tuve que mentir como un bellaco para que me dieran el puesto. Había un chico italiano que optaba también a ser camarero de los que llevan los platos a la mesa, un coming waiter, que antes de que lo entrevistaran me dijo: “Llevo aquí dos semanas sin trabajo. Si no me dan este, mañana mismo lío el petate –quizás la palabra no fue esta–, y me vuelvo a Italia”. Como su inglés era más rudimentario que el mío y yo alegué una experiencia inventada que a ver cómo comprobaban en un restaurante de Sant Andreu de la Barca (un “sé asar pollos” en el momento exacto creo que fue un golpe de efecto definitivo), conseguí la anhelada ocupación pane lucrando.

Enseguida me di cuenta de que mis conocimientos librescos de inglés me servían menos de lo que pensaba en aquel contexto. Primero, porque allí Shakespeare servía de poco. Segundo, porque en un restaurante se utiliza un léxico que uno desconoce en gran parte: se puede estudiar inglés 10 años sin toparse con una gamba por el camino. Tercero, y tanto o más importante, porque la expresividad prima en la capacidad de comunicarse por encima del acento supuestamente british que uno le ponga a las frases. Vamos, que un francés que convierte en agudas todas las palabras del mundo tiene todas las de hacerse entender si gesticula mucho y suelta un “you know?” a cada paso.

Pero entremos al cogollo. Es la cosa que, en aquel ambiente, la respuesta a la pregunta de cómo estaba uno no eran los cargantes “muy bien”, “de coña”, “de muerte” y variantes, no; la respuesta más habitual era un “not so bad”, que es un “tirandillo”, un “anar fent”. Es algo que no me ha vuelto a pasar a diario. Aquí preguntas a la gente y te responden de entrada que todo bien o incluso un muy bien, con lo que a uno, que tiende a pensar las cosas de un modo más aquilatado, lo hunden en la miseria. Luego prosigue la conversación y comienzan las jeremiadas: que si me tengo que cambiar el coche porque este no tira, que si mi padre está pachucho, que si en el trabajo tengo las horas contadas... Entonces, ¿para qué demonios dices que todo va bien? ¿No sería mejor responder de un modo más neutro como paso previo a desgranar las miserias que acosan a uno? Y es que cada vez que alguien responde a la pregunta “¿cómo estás?” con algo diferente de un “tirandillo”, tiendo a pensar que responde más con el deseo que con la realidad. Tiendo a pensar que, directamente, exagera.

Se puede objetar que, en el engranaje social, un “muy bien” es una especie de aceite 3 en 1 que engrasa las relaciones, porque es educado y establece una barrera frente al otro, no lo invita a inmiscuirse en nuestros problemas. Podría ser que fuera un modo de rechazar estoicamente las previsibles ayudas que nos ofrecen cada vez que confesamos nuestras dificultades. Quizás sea eso. O quizás sea que en el país del Lazarillo todavía se prefiere llevar en los dientes el palillo del “muy bien” aunque las tripas nos estén diciendo, y además en inglés, “not so bad”.

1 comentario:

carlesrull dijo...

Cierto que el "tirandillo" o el "anar fent" son mucho más sinceros que el "muy bien" o que el cada vez más habitual "estupendo" - entre los que no pagan hipóteca, claro -, pero mucho, mucho, muchísimo peor son los y las que ante la pregunta "¿Cómo estás?" van y te contestan de verdad. ¡Qué horror!