martes, 16 de enero de 2007

De memorias y literaturas.

Por Carlos Rull
Hace unos días, al entrar en Yahoo para revisar una de mis cuentas de correo, leo un titular que reza: “El pasado y el futuro unidos en el cerebro”. Movido por la curiosidad – esa perseverante bruja picajosa – pulso sobre el enlace y leo la noticia. Se trata de un descubrimiento reciente en el que, simplificando la simplificación, unos científicos con mucho tiempo libre – para que luego critiquen a los docentes – han descubierto que nuestra imaginación elabora las imágenes, previsiones e hipótesis acerca del futuro sobre la base de nuestras experiencias pasadas. Felicidades, han vuelto a descubrir la rueda.

Me figuro que el hallazgo (publicado en la revista Proceedings) es, en realidad, más interesante y novedoso de lo que sugiere el resumen – o tal vez no -, pero según éste se trata simplemente de una demostración empírica del viejo “somos lo que recordamos”, afirmación antiquísima que ya nos permitía suponer, sin necesidad de experimentar con estudiantes universitarios, que construimos mundos posibles y conjeturas sobre el devenir a partir de experiencias previas, es decir, sobre la base de esquemas cognitivos ya conocidos, de representaciones sociales colectivamente construidas y compartidas, de modelos mentales propios creados a partir de lo vivido. En fin, nada nuevo bajo el sol. Ya dijo Robert Musil que al menos la mitad de la vida consta de “impersonalidad hinchada por aquello que se ha oído y se sabe”.

Sin embargo, a la luz de tan interesante e imprescindible descubrimiento – después del cual, a buen seguro, dormiré mucho más tranquilo -, me dio por reflexionar acerca del papel de la memoria en la formación de nuestra identidad, de nuestra personalidad. Más allá de lo evidente – esto es, la influencia del entorno social, desarrollo educativo, genética, experiencias personales, y el resto de factores que modelan nuestra memoria e identidad –, me di cuenta de que gran parte de lo que uno cree saber y se considera capaz de imaginar, y por lo tanto gran parte de lo que uno tiene almacenado entre sus habitualmente relajadas neuronas, procede más de lo que se ha leído que de lo que se ha vivido, más de las lecturas que de “lo que se ha oído y se sabe”, que dijo Musil. Para todo lector, un buen libro – atención, ahora vienen los tópicos - es una fuente inagotable de experiencias y de conocimiento, una inmersión profunda en uno mismo y en su entorno, un sentirse acompañado por las voces de los siglos. Podría seguir con estos dichos redichos hasta la extenuación, y así, decir que la literatura es una ventana abierta al pasado y al futuro, o un diálogo con entre dos cerebros, o que un libro es un espejo para el alma, o un puente al infinito, o el más fiel de los amigos, y seguir así con un inagotable etcétera de citas más o menos manidas - aunque no por ello menos válidas-. En definitiva, creo que el lector de raza construye gran parte de su memoria y de sus estructuras cognitivas a partir de su actividad favorita: la lectura.

Puede ser que el cine, o los "mass media", o las experiencias virtuales, o los conocimientos técnicos, puedan suplir en gran medida la carencia de lectura en la formación de la memoria y, por lo tanto, de la personalidad de aquellos que no leen, pero tengo mis dudas al respecto. Y, por deformación profesional, esta idea me conduce inexorablemente a reflexionar sobre la educación, y concretamente sobre el sistema ineducativo que sufrimos más o menos estoicamente en este país. Un sistema que, sin el menor sentido ético ni el menor gusto estético, denostó los conocimientos literarios y confinó la Literatura a un par de párrafos al final de las “unidades didácticas”, o la consideró simple modelo lingüístico, o, aún peor, la desterró a la lúgubre y tétrica optatividad. Cierto es que el árido y soporífero catálogo de nombres y títulos con los que solían abrumarnos en la EGB y el BUP no ayudaban a crear afición pero, en cambio, una literatura entendida como espacio común de lectura y creación, como iniciación y descubrimiento del placer de leer, del deleite de compartir lecturas, del disfrute de expresarse, del gozo de narrar, de interpretar, de recitar, de conocer aquello que no se puede conocer de otra manera, una asignatura así merecería su pequeño rinconcito en algún resquicio del sistema.

Ocurre, no obstante, justo lo contrario y, a pesar de las cacareadas campañas ministeriales de fomento de la lectura, la enseñanza de la literatura permanece en el ostracismo, como algo que se tolera a duras penas. El sistema aleja del alumnado el acceso al único saber que nos permite llegar al auténtico saber, “rescatar del olvido todo aquello sobre lo que la inmoral mirada contemporánea pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia”, como escribió Vila-Matas. En las manos de esforzados docentes que “adapten” a su manera el currículum – o sea, el temario, en la insufrible jerga pedagógica actual -, los más afortunados accederán al conocimiento literario indispensable para partir con fundamento hacia su propio itinerario libresco, pero temo que sean los menos.

Musil hizo decir a su hombre sin atributos que, hoy día, es “imposible no querer saber”, pero es que Musil no vivió la LOGSE ni el resto de su prole legislativa. Si el descubrimiento de los aburridos científicos de Proceedings es cierto, ocurrirá que la memoria de las víctimas de la E.S.O. sufrirá una casi total carencia de experiencia literaria, que, no puede ser de otro modo, limitará – como ya lo está haciendo - en gran medida la capacidad de muchas generaciones de imaginar, y por lo tanto de crear, un futuro mejor. Que San Dunguero nos coja confesados.

Hasta la semana que viene, en la que prometo ser más breve.

2 comentarios:

Marc Vintró dijo...

Estic amb tu en que la literatura -i no pas menys el cine, si es sap mirar bé una peli- són fonts per al desenvolupament de la memòria i la identitat. Amb tot, crec que allò que realment és la clau és la interacció; i especialment la interacció amb els altres i amb la natura/entorn. Malgrat tot, quan llegeixes hi ha interacció, potser n'és una de segon nivell, d'indirecte, però interacció al cap i a la fi. El problema, com sempre, és que les ments modernes cada cop són més zombies, o sigui, no interaccionen, i per això, en conseqüència, pràcticament no poden llegir. No sé si m'he explicat: m'acabo de llevar i encara tinc les neurones en estat de letargia,jejeje.
Apa, fins ara.

gonzalezcastro dijo...

Hace años copié de un profesor una frase que de vez en cuando administro: "Prohibido entender". A veces los alumnos poltrones se enrocan en un "no lo entiendo" como pretexto para no memorizar algo. Arguyen la inteligencia como paso previo a la memoria. ¡Qué bobada! ¿Acaso entendía yo plenamente los versos del Retrato de Machado cuando me deslumbraron a mis 14 años en un libro de Anaya? ¿Se me daba un ardite saber quién escribió en Lazarillo cuando a los 10 años me regalaron uno con dibujos? El contacto con los textos es lo primero. Lo demás se nos dará por añadidura.