viernes, 2 de marzo de 2007

Arte banal, arte venial

Por Iván Sánchez Moreno

Ortega y Gasset ya habló en su momento de la deshumanización del arte, advirtiendo de los peligros de su reduccionismo profesionalista, particularizando las elites. A la larga, estos grupúsculos de intelectuales y artistas de postín acabarían enquistándose en la sociedad como parásitos inútiles cuya única finalidad fuera la de ir subsistiendo del erario público, esto es, dicho de manera vulgar, chupar del bote. Que buena parte del arte contemporáneo de finales del siglo XX / inicios del XXI pueda ser en potencia cualquier cosa con un mínimo de ingenio –y un máximo de morro, amén de un adecuado apoyo promocional en revistas de tendencias, escaparates publicitarios y plataformas festivales, disimulado entre líneas en una agenda de “actos culturales”– no es ni estimulante ni democratizador, sino artificial y malicioso porque responde a una única razón de ser: instalarse cómodamente en los espacios de una institución.

A esta perversa situación se ha llegado dejándonos arrastrar por un relativismo extremo, un posmodernismo disfrazado de medalomismo que igual sirve para un remiendo que para un descosido. Vender (porque de eso se trata) arte-de-todo-a-cien revestido con celofanes fashion con un logo institucional detrás provoca a corto plazo un descrédito del artista, del medio en el que se exhibe y de su propio público, incluso. Se parodia la macdonalización de las costumbres gastronómicas del occidental medio pero sin embargo se olvidan de la macbanalización o la guggenheimidad del arte, que producen tantos catálogos por exposición como merchandising de marca.

Si nos atenemos a la definición del arte, hay que tropezarse forzosamente con su conveniente y convincente institucionalización. Sólo es arte aquello que hace el artista, y sólo es arte lo que se exhibe en un espacio habilitado como tal. De poco sirvieron las inteligentísimas muestras de estupidización del arte capitalista de Warhol, Duchamp u Oldenburg, por ejemplo. En el fondo trataban de reivindicar una vuelta a cierta “pureza” del arte primitivo, un regreso a ese tipo de manifestaciones artísticas que surgían de una necesidad pulsional y no política. Sin público, sin museos, sin exposiciones. Del patrocinio de una sala al mecenazgo de la santa madre iglesia no hay mucha distancia, y de igual modo se usa al escultor de turno para reciclar la estatua ecuestre de en medio de la plaza: cambia el artista y cambia el tirano, pero el caballo sobre el que se (lo) monta es siempre el mismo.

No existe el arte libre. Un arquitecto trabaja para la corte igual para alzar castillos que palacios, puentes o rascacielos, Valles de los Caídos o Fòrums. Una anécdota histórica servirá para remarcar por el lado adverso esta aberrante utilización prostibularia del arte. En el otro extremo del favoritismo de un régimen, hallamos el polémico caso de Hans Prinzhorn (1886-1933), un eminente psiquiatra que ingresó en la Universidad de Heidelberg hasta 1921 para asesorar a Karl Wilmanns en la selección de miles de obritas realizadas espontáneamente por enfermos mentales de varios manicomios de Austria, Suiza y Alemania. Su ilustrada intención era, en principio, analizar comparativamente los diagnósticos con algunos rasgos estéticos característicos. No obstante, el auge democrático del partido nazi se aprovechó de la investigación destituyendo primero a Wilmanns de su cargo por sus ideas izquierdosas y confiscando después todo el material acumulado para una exposición comisariada por Joseph Goebbels, entonces ministros de Cultura Popular y Propaganda, en la que se justificaba por contraste la patologización del arte de vanguardia con una base cientificista. Centenares de cuadros de artistas como Nolde, Chagall, Kirchner, Schwitters, Kokoschka, Kandinsky o Mondrian se mezclaban con dibujos figurativos y pinturas abstractas de la colección Prinzhorn sentenciando a los primeros a su ostracismo, su exilio... o su defunción en campos de exterminio. Para estas víctimas de la purga estético-moral del gobierno, el mejor de los casos suponía el olvido por culpa de la censura.

Malos tiempos éstos del artista subvencionado, hoy laureado y mañana silenciado. La última palabra, como siempre, es la del público, que se empaña cada vez más los ojos con las legañas de la TV y la crítica de encargo. El arte ha muerto; ¡viva el espónsor y el contubernio!

4 comentarios:

carlesrull dijo...

Los críticos y teóricos postmodernistas han insistido mucho, entre otras muchas teorías, en que la época en que vivimos es la del simulacro y el espectáculo. Nada es auténtico, nada es verdadero. El arte es quizá una de las víctimas que más han padecido este "todo vale si se vende". No hay ciudad española que no haya fundado en estos últimos años algún altisonante museo de arte moderno, sito en algún edificio carísimo de "peculiar" y pomposo diseño (Valencia, Barcelona, León, Bilbao,...) para sumarse a esta delirante carrera que convierte el arte en mercado y la expresión en espectáculo. Hasta las ciudades se adornan y se visten para convertirse en museos al aire libre, ocultando sus miserias y sus vergÜenzas de los potenciales visitantes-espectadores. Iván, como siempre aciertas no sólo en tu análisis, sino en las palabras escogidas para él. Gracias por tu lucidez de cada viernes.

Marc Vintró dijo...

Home... no crec que l'art hagi mort. De fet, no crec que això sigui possible. Potser el problema és bàsicament una qüestió terminològica: tot el que s'anomena oficialment art, molt poc sovint ho és en sentit fort; i el que realment ho és... ummm... s'ha quedat sense nom.
L'altre cosa és la dubtosa capacitat de la gran massa per a captar la mirada artística, però això tampoc és novetat de la nostra era.

R.P.M. dijo...

Al artista, como al escritor, creo que lo que les diferencia del resto de los mortales, y con esto me voy al comentario de Marc, es la mirada artística. El hecho de que un artista pase por el mismo sitio que 50.000 mortales y sólo él vea en un palo tirado en el suelo, una escultura que saldrá de sus manos de artista, es la gran diferencia. Y lo mismo ocurre con la mirada del público. Hay público con cierta mirada de artista y hay público ciego. ¿Cómo educamos esa mirada? ¿Cómo educamos esa sensibilidad? Sería importante encontrar una respuesta. Cuando miro yo solo, únicamente puedo decir si algo me gusta o no, pero cuando más disfruto es si tengo a mi lado a un artista que me hace ver.
Y en el tema del mercado del arte, bueno, ni entrar. Un saludo.

Carla dijo...

Pitàgores diu:"Educa el nen, i no castigaràs a l'home". Aquest "educa" fa referència a tot... Si l'educació mira els nens com a futurs productors, es mata l'art que hi pot haver en ells i converteix la societat en violència; Si l'educació mira els nens com a futures persones amb vincles amb altres homes i amb la natura, l'art flueix per sí sol, s'alimenta de si sol... "Educa el nen, i no castigaràs a l'home", no ens eduquen, i és un dels motius que la seguretat sigui la primera preocupació de tothom, i això va relacionat en que l'art agonitzi... com la natura.