martes, 26 de junio de 2007

El gran Orador

Por Carlos Rull

I
Nació en un solsticio de estío, en tiempos que los hombres ya no desean ni pueden recordar. Dicen que fue el primero que poseyó el don del habla. Dicen que fue el primero que enseñó a los hombres a hablar. Su tribu progresó como ninguna otra y, convertido en Rey, el gran Orador organizó una sociedad eficaz y justa, trajo la prosperidad y la abundancia, creo escuelas y fomentó el conocimiento y el aprendizaje. Y su palabra traía la paz y la fortuna.

Las otras tribus pronto sintieron celos y las guerras se hicieron inevitables. Los hombres ansían por encima de todas las cosas el poder y soportan muy mal que otros posean lo que ellos no son capaces de obtener. El gran Orador, sin embargo, pronto sometió todo el territorio circundante a su magna obra de civilización.

Cuando todas las tribus estuvieron pacificadas y en todos sus territorios se gozaba de prosperidad y tolerancia, se retiró a descansar a lo más profundo del más denso bosque de sus dominios. Y allí dicen que fue asesinado por sus tres hijos, que se comieron su corazón y se cerebro, sin que éstos pudieran saciar su hambre. Un dolor amargo se extendió hasta los últimos confines del mundo conocido, y una tristeza profunda arraigó en todos los corazones. El reino se dividió, los hijos combatieron entre sí por el poder, y la civilización de la palabra fundada por el gran Orador se perdió en el olvido.


Mil años más tarde, nació otro hombre en un solsticio de estío. Dicen los que de su caso escriben que aprendió a hablar con precocidad pasmosa, y que pronto dominó las artes de la oratoria y la persuasión hasta tal punto que, aún adolescente, el rey ya era un títere en sus manos, simple altavoz de su palabra. Así, fue él quien inició las conquistas que debían convertir, primero, el reino en imperio, y luego, la libertad en estricta y rigurosa disciplina. A la muerte del rey, fue su consejero quien heredó y gobernó con mano de hierro aquel imperio. A hierro y sangre, llevó su civilización hasta el fin del mundo. Nunca tuvo hijos y aniquiló sin piedad a todos sus oponentes. Finalmente, hartos de su crueldad y su obsesión civilizadora, sus más fieles consejeros acabaron por envenenarle: nadie lamentó su muerte. Su imperio se desgajó en mil pedazos y cayó en el olvido. Cuando los sacerdotes pretendieron embalsamar y momificar su cuerpo, no encontraron ni cerebro ni corazón.

II
Donde acaba la ciudad, comienza el bosque. No hay señal alguna que indique una línea fronteriza ni una separación física o legal entre el cemento y la madera. Simplemente se cruza una calle y ya está. Detrás queda el asfalto, luego la acera y finalmente una larga e imponente línea recta de edificios de cinco alturas con grises balcones metálicos. Del lado del bosque no hay acera ni arcén, ni valla ni alambrada, ni muro ni tapia, sólo una fina y continua línea blanca, medio oculta entre hojas caídas y fragmentos de corteza, separa el asfalto del barro y la tierra.

Cuando el caminante pisa por primera vez algunos de los desdibujados caminos que, alejándose de la carretera, se internan en el bosque, percibe como un eco de tiempos lejanos, de recuerdos postergados que se esforzaran por volver a aflorar, como imágenes confusas convocadas desde el casi olvido, y tiene la extraña sensación de que un solo paso más le alejará definitivamente de la ciudad. Sólo los más osados o los más imprudentes se atreven a dar un segundo paso.

Fue un solsticio de estío cuando un imprudente caminante, llevado por una incierta intuición, penetró imprudentemente en el bosque. Perdido y acongojado en la densa oscuridad del lugar, perseguido por los ruidos nocturnos, acabó por arrancar a correr alocadamente y cayó en un antiguo pozo oculto entre la maleza. Tratando de salir, provocó el derrumbe de una de las deterioradas paredes del pozo y halló en su interior dos recipientes transparentes y herméticos en los que se guardaban, en perfecto estado de conservación, un cerebro y un corazón humanos. Nunca se supo su procedencia, pero al cabo de exactamente doce meses ambos desaparecieron misteriosamente del museo donde se hallaban expuestos.

Y aquella misma madrugada de un 21 de Junio en, algún lugar de la gris ciudad, se oyó el llanto perfecto de un bebé recién nacido que sólo tardaría unos meses en empezar a hablar.

3 comentarios:

Marc Vintró dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marc Vintró dijo...

¿Què tindran els contes fantàstics que desperten un no sé què que sembla que et faci veure les coses de sempre amb més vivacitat? Què tindran...?

R.P.M. dijo...

Nacimientos paralelos, vida que se prolonga má allá del tiempo y las personas, fechas mágicas... perfectos ingredientes para la narración fantásticia. Te ha quedado redondo, compa