sábado, 21 de julio de 2007

CONTÁGIAME


Por Rufino Pérez

Haber vivido una etapa de tu vida en un pueblo es, además de una experiencia, una marca cultural que uno lleva durante toda la vida. No digo que sea buena ni mala, bueno sí, digo que es muy buena desde la perspectiva que ahora se tiene, porque hay cosas que no se aprenden en los libros, sino que se aprenden en la calle. Y en los pueblos hay mucha calle. En la época del pueblo, los espacios vitales se reducían a tres: tu casa, la escuela y la calle. Ésta última comprendía todo lo que no eran las anteriores: la plaza, el río, la huerta, el monte… Y en los otros dos se pasaba sólo el tiempo necesario, el de la obligación, pero el tiempo más deleitoso se pasaba en la calle.

No necesitábamos el móvil para quedar a tal hora en tal sitio. Salíamos a la calle y allí estaban tanto los amigos como los enemigos. Tú te ibas hacia los amigos y comenzabas a vigilar los movimientos del enemigo. A menudo, las enemistades se dirimían en partidos de fútbol en donde el primer punto de fricción era la medida de las porterías. Otras veces, nos pasábamos al enemigo porque el padre de alguno de ellos, el tendero, le había dado para merendar una bolsa con las sobras y recortes de las galletas. Esa tarde, el enemigo ya no era tan enemigo, por lo menos hasta que se terminaban las galletas.

Yo creo que fue allí, en el pueblo donde aprendí la técnica del contagio. Ahora (y antes también) se tiene mucho miedo al contagio de ciertas enfermedades: SIDA, enfermedades venéreas, gripe… Y la verdad es que en aquellos años del pueblo, el contagio era visto desde otro punto de vista. Por ejemplo, los chavales teníamos que pasar el sarampión y sabíamos que cuando tocaba pasarlo, te ponías rojo como una uva, te subía la fiebre un montón, y te dolía la cabeza. Pero a cambio, si tenías suerte, cuando se pasaba la fase aguda, como tenías que estar en cuarentena, tenías unas “vacaciones” a base de no ir a la escuela y recibir toda serie de cuidados de la madre solícita –¡ay las madres!- que te entraba zumos a la habitación, te daba de comer lo que te apetecía y te compraba tebeos nuevos para leer en la cama. Yo ya tenía pensados los tebeos que me iba a leer cuando cogiera el sarampión, menuda gozada. Y creo que ya os he contado –y si no os lo contaré otro día- en esa fase era cuando las madres de los otros aprovechaban para que su hijo, si no había pasado el sarampión, se contagiase. Porque pasarlo, había que pasarlo y cuanto antes mejor. Y allí que venían a verte los amigos para contagiarse. No mucho rato, porque donde mejor se estaba es en la calle y bueno, amigos sí, pero que te mejores, que ya te veré en la calle.

Y se marchaban a la calle a seguir contagiándose. Sí, porque tú podías llegar un poco mustio ese día y en cuanto te encontrabas con los amigos / enemigos siempre había alguien que te contagiaba su entusiasmo por jugar a alguna cosa. Y a lo mejor, el único problema era a ver por quién te dejabas contagiar, porque a veces había entusiasmados por jugar a cosas diferentes y ahí estaba la capacidad de contagio para ver quién de los dos contagiaba a más gente y se jugaba a lo que éste quería. A veces, pocas, faltaba ese “entusiasmado” y entonces era como no tener el sarampión, nadie se contagiaba y empezábamos con los “bueno”, “vale” “pero…”

De todas esas tardes, he aprendido la importancia del entusiasmo, y del entusiasmado. Bueno, y también del contagio. Procuro ser un entusiasmado y practicar el contagio –joer, qué peligro, un nuevo caso Maeso-. Y me dejo contagiar. Y tengo como un tesoro a las personas –pocas- que me llevan a ese entusiasmo, que me contagian con su mirada, que me llenan del sarampión de la alegría haciéndome subir la fiebre hasta casi insoportables niveles de felicidad. Personas, que al verlas, ya sonrío, y que en el contacto transmiten fuerza, ganas de vivir, emoción. Y cada vez que las veo, voy hacia ellas para contagiarme, aunque haya pasado ya el sarampión. Y si hace tiempo que no las veo, las recuerdo, y parece que incluso así, ya me contagio. Y pienso, qué bonito poder tenerlas cerca.

Amigos. Porque ahora, los enemigos ya no juegan al fútbol y la calle ya no es tan ancha. Y ya no sería lo mismo, porque mediríamos las porterías con algún extra que saliera del móvil de alguno de ellos. Y ya no habría pelea por si vuestra portería es más grande o está más inclinada. En fin, que también me gustan las aceras, pero no son la calle. Y no todos los amigos son entusiasmados, aunque son amigos. Pero siempre hay que saber dejarse contagiar.

2 comentarios:

Marc Vintró dijo...

Per un hipocondríac com jo, la pregunta és evident: com ho fas per encomanar-te d'allò positiu i no d'allò negatiu?
En tot cas, un escrit molt tendre, amb aromes d'un món que molts no hem conegut.

Carla dijo...

Gràcies per contagiar-me els teus records i la teva alegria... Per desgràcia, cada cop més les escenes com les que tendrement descrius són més d'una humanitat que es perd...