martes, 13 de noviembre de 2007

El Descampado.

Por José G. Obrero.

Antes de todo aquello, a Joaquín le gustaba abandonar el recinto de hormigón y alquitrán que era el barrio y perderse por los descampados colindantes, sentir en su nariz el olor a tierra levantada por sus saltos y carreras. Prefería estar solo en cualquier descampado lleno de hierbajos altos, antes que quedarse jugando al fútbol con sus vecinos, donde se sentía forzado a exhibir su inhabilidad para golpear el balón desinflado que Antonio, su hermano, encontró abandonado junto a una cuneta. Más allá de la Ronda Norte se extendía un mundo de sensaciones; el sonido de ciertas espigas al ser acariciadas, de unos matojos al ser golpeados por un palo, y de unas plantas que al ser sopladas se deshacían en cientos de pelusas cayendo sobre un hormiguero cercano en forma de nevada. A veces los descubrimientos conllevaban cierta dosis de sufrimiento –necesaria-pensaba Joaquín, para el reino de los insectos. Así, le pareció una revelación el día que probó a filtrar la luz del sol a través de un trozo de cristal redondeado y la dirigió hacia una fila de hormigas y observó como se encogían y morían retorcidas, o el día que encontró una jeringuilla abandonada y consiguió, por fin, inyectarle agua a una lagartija que tras dar tres pasos reventó como ciertas ampollas que provocan los zapatos duros, o el día que supo que las moscas deben volar o morir porque sin alas sólo dan vueltas sobre el mismo círculo. Le gustaba, en los meses de verano, tumbarse sobre la tierra polvorienta y ver el tránsito mágico del día hacía la noche, cuando el cielo se llena de trazos rojizos como las rozaduras de una caída, y una brisa con vocación de viento desataba en el campo un coro de susurros con el travesear de las espigas secas. Entonces Joaquín cerraba los ojos para escuchar la sinfonía imaginaria en todos sus matices y se divertía al comprobar que aun con los ojos cerrados podía seguir viendo durante unos segundos los trazos rojizos del atardecer. Después, los gritos de Antonio buscándole por los alrededores le arrancaban de sus cavilaciones y corría en su encuentro. Ambos hermanos volvían a casa contándose lo mejor de la jornada; los dos goles por la escuadra a Esteban, el marcaje férreo que le hizo a José o la sucia entrada de Andrés a Manolo. Por su parte Joaquín le explicaba a Antonio todos sus descubrimientos pero su hermano se cansaba pronto de escucharlo y terminaba por darle un coscorrón mientras le decía “cállate ya, enano”.

Desde que todo pasó Joaquín cierra los ojos pero no ve nubes rojas, ve una oscuridad absoluta, se vuelve invisible, desaparece. No puede soportar ver como todos se tapan los oídos en el refugio, se los tapan con las palmas de la mano, cubriéndose toda la cabeza, y escondiendo ésta entre las rodillas, sólo Antonio se los tapa con los dedos índice de cada mano, pero no puede parar de llorar. Él no necesita buscar el silencio porque el silencio se adueñó de él aquel día en que se convirtió en una de sus lagartijas o de sus hormigas. Ese día en que saltó sobre un saltamontes y la tierra que pisaba se levantó en llamas. Ese día en que vio la nada y después el rostro brumoso de su hermano hablándole sin voz y un picor insoportable en sus piernas que ya no estaban.

5 comentarios:

Marc Vintró dijo...

Tota cosa, tot i agafada de forma concreta, amaga un cercle. I tu, en una simple plana, acabes de donar una volta complerta. Quan això passa, algú aprèn alguna cosa.
Gràcies.

Marc Vintró dijo...

Hehehehe, m'acabo de llegir el meu comentari i bufff... em sembla que m'he guanyat el premi al comentari més metafísic. Ja em perdonareu...

Carla dijo...

M'ha agradat molt!
Primer m'han fet pena els bitxos i després m'ha colpit d'angoixa el nen, gir que ha anat acompanyat de la més exquisida suavitat. És com una flor tardana que s'obre. Gràcies.

Anónimo dijo...

Marc, Carla, moltes gràcies pels vostres comentaris. Això aixeca l'ànim a quaselvol! Ara mateix les meves endorfines hi son com si haguesi fet puenting.

Salutacions!

José.

paula dijo...

¡Que bien! doble ración, menú especial para un martes 13,estupendo conjuro de palabras. Me embarco en tu relato José .De descampado nada, poblado y bien poblado de sensaciones, imágenes, gradaciones de claro/oscuros al ritmo de la narración. Platón(con permiso de Marc y esperando no meter la pata)te utilizaría para un buen dialogo entre dualidades.
Gracias, incluso por las lagrimas(quien bien escribe, ya se sabe)