viernes, 16 de noviembre de 2007

Ganarse el cielo - Propuestas estéticas contra la especulación inmobiliaria

Por Iván Sánchez Moreno

Les Fonts es un anodino barrio a las afueras de Terrassa sin ningún atractivo especial, salvo el castillo de Jacinto. Hace casi medio siglo, y por puro aburrimiento, don Jacinto comenzó a añadirle prótesis a su vieja casa de pueblo, a modo de tunning con tochos: una almena por aquí, un fosito por allá, un portalón allí, una torre más acá. Del negocio de compra-venta de muebles usados que regenta con su mujer ha sacado buena parte de los bustos de piedra que decoran su castillo de aire medieval, desde enanos de jardín a morenetas de lo más kistch (incluso tiene una esfinge un poco pop). Su casa/cosa despierta encontradas pasiones entre sus vecinos. Sin embargo, también la fama tiene un precio, y no sólo han asaltado ya un par de veces el hogar de Jacinto, sino que, acuciado por las presiones inmobiliarias, le tentaron no hace mucho con comprarle el terreno para erigir nuevos bloques de pisos. Por el momento, Jacinto ha dicho que no.

Tony Alleyne no tuvo mejor suerte. Tony es un trekkie yanqui un poco pirado que sufrió una honda depresión cuando hace una década le abandonó su mujer. Para ahogar sus penas, el tipo invirtió su soledad en transformar minuciosamente el hogar en una réplica clónica de los interiores de la nave Enterprise. Ahora que la ha terminado, tiene que venderse la casa porque se ha quedado más pelado que un huevo.

Por lo visto, una causa importante de lo que mueve a una persona a empeñar su tiempo en colosismos de esa guisa es el desengaño amoroso. A principios del siglo pasado, por ejemplo, a Edward Leedskalnin le plantó su novia a pie de altar el día de su boda, por lo que dedicó toda su vida en dejar testimonio de su dolor creando una horterada como el Castillo de Coral, en Florida, tallando y acarreando él mismo toneladas de piedra hasta el lugar.

Detrás de estos sacrificios algo inútiles a la comunidad se amaga casi siempre una tendencia psicopatológica a cierta ingenua ilusión de omnipotencia, porque hay que estar muy chalado para arremeter con una osadía así, pero también un narcisismo exacerbado, pues queda claro que por su manifiesto esfuerzo los autores de esas obras arquitectónicas –libres y sin patrones, absolutamente personales y en cuyo proceso de creación se han entregado íntegramente en cuerpo y alma– no quieren pasar desapercibidos. Pero si uno hace de un sueño una obsesión es sólo muestra de que algo de la cabeza no carbura bien. Ese ciego empeño por dedicar toda la vida a un proyecto imposible o absurdo de tal envergadura esconde un trauma profundo, una oscura razón latente para que dichas obras se hayan convertido en el sentido único de su existencia.

Parecido al de Jacinto es el caso de Justo, un anciano de 83 años que desde hace 43 monta como puede y sin planos una basta catedral de 50 metros de planta y 25 de altura en Mejorada del Campo, un pueblucho cercano al aeropuerto de Barajas. Basándose a ojo en fotos de libros de arquitectura religiosa, Justo ha concebido un mejunge caótico de estilos, predominando el románico, pero inspirándose asimismo en todo cuanto ve y le gusta (desde los arcos nazaríes a las torres de la Gran Vía). Casualmente, su catedral se encuentra ubicada en el nº 10 de la calle Gaudí, pero Justo abomina de la nueva fachada recién estrenada en la Sagrada Familia.

Justo lleva la mitad de su vida trabajando de sol a sol siete jornadas a la semana (bueno, el domingo no, que es día santo). Y aunque ya ha acabado prácticamente una cúpula vaticana, las capillas, el claustro, un convento adjunto y la larga escalinata, queda aún por revestir la carcasa de hormigón, hierro y ladrillo que es todavía por fuera. El alcalde reconoce que lo de Justo roza lo ilegal, pues carece de un proyecto sólido y de un técnico que controle y ajuste la viabilidad de la construcción. Tampoco son pocas las múltiples irregularidades en tema de seguridad que infringe el hombre. No obstante, descalabrarse por no llevar arnés ni casco es sólo asunto suyo, así que las autoridades locales prefieren dejarle en paz. El ayuntamiento, sin embargo, no sabe cómo hacerse cargo del gasto que supondrá el edificio cuando Justo haya muerto. Aunque el hombre lo haya donado a la archidiócesis de Madrid, hacen falta patronos que quieran seguir sufragando tamaña hazaña.

Para muchos, Justo es un hombre santo que merece la beatificación; para otros, un pobre loco que ha confundido el cansancio con la piedad. Su historia está trufada de misterios: Huérfano de padre a muy pronta edad, Justo se encargó de labrar los huertos de la familia que eran su único sustento. Pero no se sabe por qué extraña iluminación, a los 27 años decidió ingresar en un convento del que ocho años después le echarían a cajas templadas tras manifestar primeros síntomas de tuberculosis. No del todo escarmentado de la vida seglar, Justo quiso hacer acto de contrición sirviendo a Cristo como paleta. Ahora, por el contrario, varía su versión de los hechos en beneficio propio: dice que, hastiado de la vida contemplativa del seminario, optó en consecuencia por la vida activa, cambiando rosario y sotana por rascleta y espátula.

Famoso muy a su pesar por un anuncio de refrescos, recibe cada día autobuses repletos de guiris que acuden de todas partes para hacerse una foto “exótica” y conocer un tío friqui en persona. Para Justo debe ser triste que un sueño de trascendencia como es rendir culto a Dios con el sacrificio de toda una vida se convierta de la noche a la mañana en un reclamo de turistas. Eso sí, todo el mundo deja en un cepillo de lata un pequeño donativo para ir tirando... o bien toma nota del llamativo letrero que loa una cuenta bancaria. Y es que a Justo ya no le queda un duro. Pretende terminar en cinco años contratando a gente que le ayude, pero eso significa una pasta gansa, y de eso anda escaso.

Pese a haberse lapidado la herencia en su capricho –porque, francamente, ¿era necesaria una catedral?–, a su familia no parece afectarle, escudándose en que el terreno es suyo y que puede hacer con ello lo que le plazca. A su edad, la vida en general y las personas en particular le aburren mortalmente, y ahora desea más que nunca irse al cielo de una vez por todas y no tanto ganárselo así, a base de sudor y de porlan y cascorros que recicla por ahí. Algún mal día lo tiene cualquiera, reconoce, y a veces se levanta pesimista, con resignación y un tanto frustrado. Admite que es poco probable que pueda ver acabado su mastodóntico proyecto, así que le pide a Jesús algún que otro milagrillo, a ver si termina la obra por él.

Su caso recuerda el de Fritzcarraldo, un excéntrico comerciante de caucho irlandés que quiso emplazar un majestuoso teatro de ópera en la cima de un monte en mitad de la selva amazónica, no para honrar a Dios precisamente, sino a Enrico Caruso. Al menos, sus motivos eran claramente prosaicos. Los de Justo, justo es decirlo, bordan lo simoníaco. Un sacrificio como éste, aparentemente ofrecido a un dios cristiano, dejándole la hambruna, la sed, la peste y la miseria del mundo a otros para que se las compongan como puedan, mientras uno le va dando al mortero para agasajarse a sí mismo por un esfuerzo que nadie pidió, es a todas luces un amor egoísta. Sí, ahí quedará su gloria, como las pirámides, las murallas y los vertederos. Será quizá entonces que al Cielo le da igual.

2 comentarios:

paula dijo...

El cielo,cielo,se debe descojonar su concepto arquitectonico es mas de loft con tropezones , la luz les sale gratis , tienen fuente ,alfombrilla de desamor en la puerta y espero cama redonda je,je.

Cristina dijo...

si l'home és feliç fent la seva cutre-catedral...què importa la resta?