sábado, 8 de diciembre de 2007

PARADA 23






Deciros que se avecinan días que nos hacen reflexionar.
No voy a hablar de las Navidades y de todo lo que conlleva, eso lo dejo para aquellos que lo consideren oportuno. Tan sólo hablaré de la vida misma con un pequeño relato donde nos podemos indentificar como seres humanos que somos. A veces, en el día a día podemos encontrar la esencia de que, diferentes todos entre si, convivimos en el mismo mundo, aunque quizás algunos se empeñen en que no.

Ésto si es el Gran Hermano de la convivencia.

Con permiso de mi gran admirado creador literario o lo que es lo mismo, el mago particular de las palabras del cuál cada día aprendo más y más.

Parada 23
El autobús se acerca y Nora mira su bolso para comprobar, como cada día, que en su interior esté lo que siempre lleva. Le quedan unos minutos antes de coger el autobús 32 de la parada 23. Comprueba que sí lleva su kit de supervivencia. Ella es así.

Nora Cipestre no es como la gran mayoría de las mujeres. Ella es bien diferente o es como así nos hace sentir.
A sus sesenta y tantos años y porqué no, unos cuántos más que ella se olvida de mencionar, ve la vida desde otro prisma. La edad es su gran rival, aunque ella piensa que no, creo que no sabe llevar bien el paso del tiempo.
¿Quién lo hace? ¿Cómo se hace?
Nada más subir, intenta encandilar con una mueca seductora al conductor, que éste siempre hace que revisa su libreta para no tener que mirarla, quizás para esquivarla. Son muchos años de coqueteos.
Siempre al subir, la falda se la sube unos centímetros por encima de la rodilla, e incluso con el frío, por norma general, no suele llevar pantalones. Jamás la hemos visto con uno de ellos.
Su escote lo dice todo y el carmín de sus labios, por supuesto que es rojo, no deja que te fijes en sus ojos color miel.
A veces pienso que me gustaría escribir sobre su vida. Debe de ser interesante pero no me atrevo, soy joven y mujer y para ella eso es símbolo de rivalidad. Por suerte soy algo poco atractiva y no sería concebible por parte de ella mantener una conversación conmigo. Seguro que si fuese un hombre no le importaría.
A Nora le encanta coquetear con los pasajeros del autobús, coquetear con el sexo masculino, claro. Cada vez que la miro, pienso que tengo delante a una niña quinceañera.
Da lo mismo si es joven, de mediana edad o si me apuras mayor, eso sí, hasta cierto límite. Nunca la he visto insinuarse con alguien que le saque unos cuantos añitos más.
Yo cojo este autobús casi todos los días y coincido con ella la gran mayoría de veces. Creed, es reconocible. Sus cabellos son dorados con algunos destellos grises, láminas del tiempo camufladas por el tinte. De pelo corto y ondulado, bien fijado y peinado. Su maquillaje la define como una mujer bastante presumida y coqueta. Siempre conjuntada según el color de su vestido.
El colorete es de color rosado y le hace esconder la palidez de su tez, todo bien marcado. Sus labios rojos carmín, bien definidos y lineados, hacen de ella una mujer muy difícil de olvidar.
Se viste y se arregla para la ocasión, para coger el autobús 32.
No sabemos nada más de su vida. Pero Nora es una mujer de armas tomar. Todavía recuerdo el día que subió una chica con un escote más pronunciado que ella. Para ella el autobús es como su hogar. Es su reino. Allí puede ser la estrella con más luz de todo el universo.
No tardó minutos. La miró fijamente e hizo el amago de sentarse al lado de ella. La chica amable la miraba muy tranquila. No sabía que le esperaba. Tuvo que esperar unos minutos porque alguien se apresuró antes.
Parada 25. El hombre que se sentaba al lado de la chica, se baja. Llegó su momento.
Nora tiene cara de enfurecida. La chica llamaba más la atención que ella y lo sabía. Ahora ya no era la reina del autobús. Silenciosamente, se acercó a dónde estaba la chica con la intención de sentarse, le indica que se bajará en la próxima parada, la 26 y por eso, la chica le cede su asiento y Nora de lo más amable le indica que no hace falta.
Son segundos, y ella la mira con desprecio. Le ha quitado el protagonismo ese día y no quiere aceptarlo. Considera que su amor propio está por encima de todo. Se decide. Mete la mano en el bolso. Busca su kit de supervivencia.
El autobús se para. Un semáforo rojo nos dice que hay que hacerlo. Nora no se lo piensa. Su bolso está abierto y su mano derecha la esconde detrás de su espalda. Mira fijamente a la chica.
A todo ello unos segundos de silencio. Ha sacado del bolso la barra de labios y un espejo.

Se retoca una y otra,vez y otra, y otra. No acepta el paso del tiempo, puede que tenga miedo a la madurez o puede que a la arruga en su piel. Quizás sea a la soledad.
Dicen que la belleza externa es efímera y que la belleza del interior es eterna. Ella tiene de las dos aunque ella no lo crea.
A la mañana siguiente Nora no sube al autobús. Ni al otro, ni al próximo y así días, semanas, meses. Nuestra duende de mirada triste y de coloretes ya no nos acompaña en el recorrido. Quienes la conocíamos sabíamos que nos dejó plantados en este mundo y ni siquiera nos dio tiempo a despedirnos, mejor dicho, a presentarnos.
El conductor no es el mismo. Añora sus coqueteos.
Yo ya no soy la misma, hecho de menos su presencia y su invitación a pensar cómo habrá sido y cómo era su vida.
El autobús ya no es el mismo, está desolado.
Los que nos reconocemos cada día nos preguntamos dónde estará, qué habrá sido de ella. Quizás haya cambiado de autobús, quizás haya sido de hora o de ruta, quizás esté creando otro reino, quizás.
Mientras tanto, nosotros seguimos esperándola, aunque puede que ya sea demasiado tarde y que puede que el autobús no fuera su imaginable hogar, sino la construcción del nuestro, del mío.

4 comentarios:

RUGAC dijo...

Por cierto. Feliz festivo.

Pablo Giordano dijo...

Si, festejemos. Para míe s un placer compartir con vos la antología "Grageas"

paula dijo...

Gracias dobles Ruben,precioso relato,parece escrito, con ese pintalabios que deja huellas...seguiremos el rastro,despues de la parada(con cervecita y tapa de esencia)...el autobus sigue y con guia de lujo,el mago particular de las palabras.
UN merecido beso.

R.P.M. dijo...

Somos lo que los demás ven en nosotros, ¿o realmente somos nosotros? Creo que no lo sabremos nunca. Bonito relato.