domingo, 22 de junio de 2008

ALLÁ, POR VILLEL.

Por Rufino Pérez

Aquella madrugada, cuando la voz de mi madre me sacó de las profundidades del sueño, yo pensé en decirle que no, que me dejara en la cama, que no me iba a levantar. Pero tenía la boca como pegada, o tal vez era el sueño el que me hacía delirar, porque pensé que se lo había dicho y poco después, cuando estaba delante del espejo, reconociéndome en aquella cara de oveja infantil, despeinado y con dudas sobre si abrir los ojos del todo, supe que no había dicho ni palabra y que me había puesto en pie, apenas recibir el aviso, en aquella fresca mañana de mayo, 6:00 a.m.

Nos costaba media hora llegar a la Fuensanta y la misa duraba otra media hora más o menos, así que ya teníamos calculado que saliendo a las 6.30 llegaríamos a las 7:00 justo para la misa que nunca comenzaba a la hora porque dependía de que el seiscientos del cura, blanco y un tanto viejo, hubiera llegado puntual. Pero no tenía tiempo de pensar, así que cuatro chapuzones de cara, las orejas, que siempre vigilaba mi madre antes de salir, y a correr. Bueno, pasando antes por la cocina para saborear la leche con cola-cao que tenía humeando desde hacía un rato, con dos magdalenas de la última amasadura en el horno del pueblo y que todo en conjunto sabía a gloria.

Mi padre había salido a cazar a eso de las cinco y ahora, seguramente, estaría en el puesto acechando la sed de las primeras piezas. Mi madre, trajinaba por la casa entre el ruido de los cacharros y el agua del fregadero.

Cuando salí a la calle, después de pasar la revisión ante los ojos escrutadores de la sargento mayor-madre que comprobó que no llevaba cera manifiesta en los oídos y que la raya del pelo estaba recta, mi amigo todavía no estaba en la puerta. Doblé la esquina para bajar hacia su casa y ya lo vi caminando hacia mitad de la calle.

- Te he ganado, fueron los buenos días del saludo.
- Bah, el otro día te esperé yo en la puerta.

Y así sin más, estábamos ya enfilando la carretera, hacia el puente, notando en las piernas el frío de mayo subir por las rodillas peladas en rojo de mercromina, desde la última caída en la plaza.

- Seguro que cuando lleguemos, todavía no está el mosen, le dije a mi amigo.
- Bah, de todas formas, nos esperará dándole alguna calada al ducados.
- ¿Cogemos el atajo?
- Sí, como siempre. Pero esta vez, sin hacer carreras, que hoy no me apetece mucho.
- Vale, hoy la echaremos al saltamontes más gordo.
- Ah, bueno, eso sí, pero sólo tres cogidas y a comprobar, ¿vale?
- De acuerdo, en tres cogidas.

Y con poco más, habíamos pasado el molino, la rambla y estábamos en los Baños. La parte central, cerrada y mortecina era el heraldo viejo de lo que en un tiempo fueron aguas medicinales, a las que venían muchos valencianos a hacer curas de quince o veinte días. Eran otros tiempos, según me había contado mi abuela muchas veces.

Llegamos al atajo y tiramos para arriba. Al pisar las hierbas, los saltamontes salían de aquí y de allí. Tres cogidas. Esa mañana ganó mi amigo con un saltamontes pardo y gordo que a mí se me escapó por los pelos y él tuvo la suerte de cerrar la mano justo cuando iba a saltar otra vez.

- Venga, hay que darse prisa, que no llegamos, nos dijimos casi a la vez.

Corrimos un trecho y llegamos al santuario después de haber tirado un par de piedras al montón de la tumba misteriosa que hay a la derecha del camino, casi a la entrada.

El cura no había llegado. Bien, “porque los monaguillos deben llegar antes que el sacerdote”, eran las palabras del mosen. Bebimos agua. Un agua fresca y suave, de puro buena. Y nos sentamos a esperar. La soledad de la ermita, los árboles, la otra ermita de más arriba, la Aparecida, y los pájaros esperaban con nosotros.

Esa mañana no vimos llegar el seiscientos del cura. Sin necesidad de reloj, supimos que era hora de volver. Algo habría pasado, pero ya lo sabríamos al salir de la escuela. Ahora, había que darse prisa para poder llegar a punto para pasar por casa, coger la cartera y a escuela pitando.

Y cuando por la tarde, a la hora en que ya no nos acordábamos de lo que habíamos hecho por la mañana, el mosen nos dijo que no le había arrancado el seiscientos, nosotros supimos que se le habían pegado las sábanas.

A la Fuensanta, le había faltado una misa. Nosotros habíamos ganado un poco más de amistad y una lagartija rabota que cogimos a la vuelta. Ahora estábamos merendando y lo que importaba era terminar pronto para empezar a jugar.

Tiempos aquellos.

4 comentarios:

gonzalezcastro dijo...

¡Qué hermoso, Rufino!

A mí me has traído a la memoria las misas en el pueblo de mi madre, con los niños a un lado, al otro las niñas, las mujeres detrás de la chiquillería y los hombres en el coro, en el piso de arriba. Me has hecho recordar el momento en que, en misa, después de las genuflexiones indicadas por la campana del monaguillo, nos sacudíamos vigorosamente el pantalón a la altura de las rodillas, como si nos los hubiéramos manchado tantísimo con la madera del reposapiés -la gracia era ver quién se daba los golpes más sonoros y por más tiempo.

Y, ¡ay de los saltamontes! A veces, al cogerlos, uno apretaba demasiado y les salía por la boca un líquido oscuro, o les arrancaba una pierna. ¡Y yo solo quería cogerlos para tener un instante retenido en la mano el salto prodigioso de ese hermano ortóptero! Y ver de cerca su color gris paloma, sus ojos impávidos.

Me ha encantado tu historia.

Marc Vintró dijo...

Molt maco! De veritat molt maco.

Jo no anava a missa, ni vaig ser mai escolà, ni caçava llagostes ni em llevava a les 6:00, però em sembla que el teu relat encarna aquell regust d'infantesa que, tot i conformar en cadascú las seva pròpia identitat, també ens fa a tots una mica germans.

Gràcies per paraules tan amables.

Cristina dijo...

Yo caçava cargols i sargantanes :)

Carla dijo...

Deliciós, com sempre.
Quina flaira de temps autèntics!!
Jo mai no he caçat res, però confesso que algun cop martiritzava alguna marieta o alguna panerola, perquè sempre m'han cridat l'atenció... em feien gràcia els colors d'una i la boleta que l'altra es feia quan la tocaves... ah! tot sovint les coses canvien com no han de canviar.
petonassos!