domingo, 28 de febrero de 2010

LOS 80/08

Por Rufino Pérez


La doble cara de la moneda. El sabor dulce que se torna agrio y condensa después en el tiempo en nuevas formas de gusto.

Un pueblo que miras con sonrisa mientras subes sus cuestas hasta la plaza de la iglesia-catedral, en cuyo extremo, unas puertas de antaño dan paso a un patio de antaño y unas escuelas de siempre. En la parte alta, las aulas del instituto y más alto todavía un internado –masculino-. Mi primer destino después de las opos, comenzadas unos años antes y que me llevaron fuera del territorio MEC –la luna y el pozo de Miguel Hernández, Galdós y el costumbrismo de Mesonero Romanos me abrieron las puertas ese año-. Volar, salir con un sueldo en el bolsillo y una novia los fines de semana atravesando la niebla y la nieve del Torre Miró.

Él había venido conmigo el primer día con el orgullo pintado en el rostro y yo tenía el mío bien guardado, pero alto. Yo no tenía coche, pero sería lo primero que compraríamos-así decíamos en las conversaciones familiares- cuando hiciésemos algo de dinero.

La segunda semana regresé con un compañero, en su coche. Y el amanecer me trajo la cara compungida de la patrona de la casa de alquiler que nos habíamos buscado para ese año. Y la noticia: tu padre ha tenido un accidente. En dos minutos, el coche dio la vuelta y deshizo el camino. Ambos, mi amigo y yo sabíamos que íbamos a encontrarnos con un cadáver.

Se me fue cuando ni la más leve sombra había anunciado su partida, aunque las sombras de la noche fueron quienes le envolvieron aferrado a su volante de trabajo.

Esa década de los ochenta tiene para mí un antes y un después. Justo por la mitad. Justo por el filo por donde la moneda no puede romperse.

Y unida queda hoy, en una sensación de variados recuerdos: noches de trabajo neófito preparando clases, gentes acogedoras, alumnos de pueblo de mantas y flaons que luego cambiaría por la plana de naranjos betxinenses. Matrimonio, vida nueva, ilusión, más amigos, la playa, una casita con vecinos que todavía sacaban por la noche las sillas para charlar a la fresca…
De Castelló a Almazora chis pum, tralara.. que yo cambié por de Castelló a Zaragoza en vacaciones..

Y en el anverso de la moneda, esos años anteriores al 5, Zaragoza la nuit, post soflama del tejerazo, relectura de los clásicos –para preparar las opos-, roscón de Reyes en el Plata, trabajo en Academia –Escuela de Marketing dirigida por descendientes de Monseñor (E. de Balaguer)- exculpado de participar en actos y cursos de adiestramiento por mi condición de “especialista”, sabedores y respetuosos con mi no confesionalidad, aunque siempre “dispuestos a”; lecturas alborotadas de lo que caía –confieso que poco-, deporte y poca tele también –aunque bebí de todo, incluido el 1, 2, 3-.

En fin, que aquí estoy con ganas de seguir aprendiendo un par de décadas después de aquella lluvia sólo a ratos amarilla.

6 comentarios:

Ester Astudillo dijo...

Un profesor que no sólo aprende, sino que sabe que aprende y que además desea aprender es un profesor vivo, y además es un buen profesor.

En los ochenta yo también descubrí a Galdós. Bueno, blablabla se hablaba de Galdós en los currículums, pero no había leído así nada en serio. Me compré Misericordia en una tienda de viejo, como hice siempre hasta que he dejado (casi) de comprar libros. Y también leí a Clarín, La regenta, y algunos de los clásicos patriarcales que había estudiado sin leerlos. Y confieso que La regenta fue de los que dejó huella.

En fin, pilarín. Los días se van para no volver.

Besooooo/sobeeeee;-)

José G Obrero dijo...

Rufino, sé que nos piropeamos mucho los textos y alguien puede caer en la tentación de restarle sinceridad (craso error). Me encanta tu prosa, transmite serenidad, fluidez: comunica. Ha sido estremecedor y lo digo así. Eres un maestro en muchos sentidos (sólo he bebido un vaso de agua, que conste).

R.P.M. dijo...

Bueno, confieso que los comentarios me llenan un rincón de alma y me aseguran que merece la pena tener amigos así. La década de los 80 fue densa en aprendizaje y bueno, la verdad es que la familia dio un giro de 180 grados tras aquel trágico accidente. Pero todo pasa y todo queda, como la canción. Y lo que queda de verdad son vuestras palabras. Gracias.

Mercè Mestre dijo...

Comparteixo plenament l'opinió d'Ester i José: llegir-te és saber que ens trobem davant d'un mestre, en tots els sentits. Expliques, comuniques, traspasses, encomanes sentiments... vida.

Antonia Martos dijo...

Hola Rufino, como dice Ester, un profesor que desea aprender es un profesor vivo y un buen profesor. Realmente eres un buen comunicador y como dice José transmites serenidad. Un abrazo,
Antonia

Carso dijo...

me uno a la ola, Rufino, y me siento contento de compartir este espacio contigo. con tus textos (especialmente después del videopoema coincidente con mi reciente paternidad) me da la sensación de me que queda todo por hacer, pero que es un trabajo gratificante y lleno de esfuerzos recompensados. un viaje a ítaca por la vida.
un fuerte abrazo.