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lunes, 15 de noviembre de 2010

Paris / París


The ceiling had a painting on it in our room in France
So we were living underneath some angels in a dance
My husband was not feeling well and so we went to bed
He woke up complaining of an aching in his head.

SUZANNE VEGA in ‘Honeymoon Suite’, from Nine Objects of Desire


By / Per Ester Astudillo


We came to the city
With no second thoughts.
It wasn’t a pleasure stay
And we’d been there already.
The heat wave was over now
So the domes and bridges and open spaces
And the Seine
Glistened under the rain and
The stride of those two idle wanderers.

Not a dream city in the least
In the late nineties;
Not the ideal setting for begetting a child.
It was cool and windy and busy
Getting into autumn,
And flea markets were run by dark Muslims
Spreading their goods on the wet tarmac unabashed,
who rode on the Metro for long hours
And spoke perfect French.

You took the pictures
Of the UNESCO venue,
La Sorbonne, la Conciergerie,
And of Pasteur’s and De Maistre’s birth homes
While I bored myself to death with workshops and case studies
And shyly shook hands with acrimonious academics
Of pronounced bosoms
And unpronounceable names
That never looked into my face
Or at my badge.

What a roaring seizure
When the woman at the check-in desk
Said on the phone ‘Je suis desolée'
Cause we wouldn’t get hot water in the shower.
That wasn’t very Parisian.
Nor the smelly racks in the built-in closet
We didn’t care to use.

Just our luck that the third day
We were cued on the noisette
To get a decent coffee at last.

We bought some French chocolates
By way of memento
At the Paki by the Êcole Militaire.
And that’s about as much as we kept with us from Paris that time.

* * *
Vam anar a la ciutat amb les idees clares.
No era una estada de plaer
i ja ens la coneixíem.
L'onada de calor havia passat
així és que les cúpules, els ponts,
els espais oberts i el Sena
brillaven i s’estremien sota la pluja
i els nostres passos de vianants mandrosos.

No era la ciutat que deien que era,
als darrers noranta;
ni l’escenari ideal per engendrar un fill.
Feia fresca i vent,
l’asfalt brollava amb la fressa
dels inicis de tardor,
i als encants hi havia només que musulmans foscos
amb un francès impecable
que estenien la mercaderia sobre el terra moll
sense cap pudor
després de passar-se moltes hores mortes al Metro.

Tu vas fer les fotos de la UNESCO,
la Sorbonne, la Conciergerie,
i les cases natals de Pasteur i De Maistre
mentre jo m'avorria soberanament
en tallers i amb l’estudi de casos
i encaixava amb timidesa les mans d’agris acadèmics
amb pits pronunciats
o noms impronunciables
que mai no em miraven a la cara ni al distintiu.

Quin riure quan la dona de recepció
ens digué al telèfon 'Je suis desolée'
perquè no teníem aigua calenta a la dutxa!
Allò no era gens parisenc.
Ni les lleixes amb olor de resclosit
de l'armari encastat que no vam voler utilitzar.

Fou bona cosa que el tercer dia
ens donessin per fi la clau
per aconseguir un cafè decent: noisette.

Vam comprar xocolata francesa,
com a souvenir,
al paquistanès vora l’Êcole Militaire.
És ben bé l’única cosa que ens en vam endur aquell cop.


martes, 21 de abril de 2009

Rue Lepic

Por Carlos Rull

Cuando dio la última pincelada, un trazo grueso y denso de blanco nácar, quedó finalmente perfilada con todo detalle la silueta central del cuadro. Se alejó un par de metros, se apoyó en el alféizar de la ventana y contempló fijamente el resultado final de muchas horas y muchas tardes de intenso y devoto trabajo. Revisó con atención todos y cada uno de los detalles en busca de pequeñas imperfecciones, de errores de acabado, de contrastes poco logrados, de líneas demasiado difusas, de excesos en los empastes, de faltas de grosor o definición. Tuvo que acercarse una sola vez para un último retoque de cian. Luego siguió repasando minuciosamente los tonos y los colores, las siluetas y las líneas, los timbres y las texturas, las formas y las armonías. Satisfecho, abrió la ventana y se sentó en el alféizar, de espaldas a la calle. Sacó el paquete de tabaco y el mechero del bolsillo de la bata y encendió un cigarrillo. Fumó lenta y pausadamente, sin dejar de mirar la tela.

El cigarrillo estaba casi consumido y la ceniza, sin darse él cuenta, había ido cayendo sobre su bata; entonces sucedió. Arrojó la colilla por el hueco de la ventana con un gesto enérgico y se acercó al cuadro con los ojos convertidos en analíticas e inquietas rendijas. Paseó, ya muy de cerca, su mirada por cada centímetro de tela, por cada pincelada y cada trazo. Ahora casi tembloroso, volvió a alejarse. La ominosa perfección de su pintura le inquietaba. Todo estaba en su sitio. Demasiado en su sitio. Demasiado perfecto. Insoportablemente exacto. Foma y color palpitaban fieramente, provocaban un vértigo oceánico, saciaban los sentidos hasta abrir senderos blancos en un especie de embriaguez opiácea.

Obligándose a arrancar la vista de aquella belleza espeluzanante, se volvió bruscamente hacia la ventana. La cerró con un golpe seco, como tratando de impedir que algo que volase por la habitación escapara. Inspiró hondamente. Contempló las fachadas de la Rue Lepic a través del vidrio. Divisó el taller de un par de amigos en las buhardillas de los edificios de la otra acera. También estaban trabajando, ignorantes de lo que él acababa de descubrir. Y así debía seguir. Sacó de nuevo el mechero y el tabaco de su bolsillo. Dejó el tabaco en el alféizar y se acercó al cuadro. El pulgar hizo girar la piedra. Saltó la chispa y se encendió la llama inmisericorde. La pintura prende rápido. La tela del cuadro perfecto se contrajo sobre sí misma casi con dolor.