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domingo, 13 de mayo de 2007

Ripo en Mas de flors

Por Rufino Pérez

Hoy ha sido un día que, hace un par de meses, no estaba programado así ni mucho menos. Hoy tocaba participar en la maratò i mitja, pero mi falta de forma y la alternativa surgida después, me hicieron cambiar de opinión. Por eso, nunca llegaré a ganar ninguna carrera ni seré un sacrificado corredor.

El caso es que junto con unos amigos alemanes con los que formamos una Asociación –Freundschaft- hemos ido a visitar el taller de Juan García Ripollés “Ripo”. No soy un entendido en arte, pero me gusta la perspectiva que este artista da a las figuras. Y me gusta la relación que establece con elementos de la naturaleza, integrándolos en sus pinturas, me gusta el aprecio que tiene por las raíces populares. De todas formas, voy a dejar que sea Iván, si aparece por los comentarios, el que aprecie desde otra perspectiva, que no la puramente personal, lo que pueda ser la obra de este artista. Yo no tengo la capacidad de análisis artístico que necesitaría para meterme a comentar su producción.

Mi intención es la de relatar una visita, un encuentro con un personaje, un pintor, que ahora estaba preparando una serie de obras para una exposición en Alemania y que venía de una especial exposición en Venecia de 16 de sus esculturas de gran tamaño subidas en góndolas y paseándose por los canales venecianos, un anticipo de la Bienal, algo que parece ser, sólo Botero y él han conseguido. Digo esto porque, está claro que la fama le podría haber encumbrado y en este momento, nadie se extrañaría de que fuera uno de esos autores inaccesibles, que se rodea de un montón de operarios que le hacen el trabajo mientras él se dedica a viajar.

Y muy al contrario, eso que desde fuera pudieran parecer excentricidades: el pañuelito con los dos cuernos y la barba con florecitas, el ramito de planta silvestre en la boca; vistas de cerca son parte de una manera de ser que en algún momento se convierten en símbolos. Le gusta pintar al aire libre, tiene una huerta preciosa con frutales y hortalizas de todas las clases. El sol le daña la parte sin pelo de la cabeza y decide ponerse un pañuelo atado por cuatro puntas. Luego para distinguir la parte delantera de la trasera cuando se lo quitaba y ponía, comenzó a alargar un poco más las puntas delanteras; finalmente acabó por darles el toque artístico y los convirtió en cuernos verdes. El beato Ripo.

75 años. Vital y metódico. Le gustan los toros, incluso tiene alguna foto de torero con cierto estilo. Pero si no ha pintado sus horas, no irá a la corrida y trabajará lo que le toca. Afable, cercano. Le hemos herido en el punto de los museos en España y ha estado hablando durante un par de horas de todo aquello que él considera mal y bien hecho en el mundo del arte. Pero sin pretensiones, a pleno sol, necesitando soltarse porque esa mañana estaba un poco nervioso. Después nos ha agradecido las preguntas. En traje de faena –camiseta blanca de Levis perfectamente pintada y pantalón a juego- y pintando.

El estudio es una casa con tres alturas y un anexo en el que él mismo fabrica el papel sobre el que hace los grabados: compra planchas de lino que luego destroza a mano y las vuelve a rehacer como cuando se hace papel reciclado: mezclando la pasta, extendiéndola y secándola, hasta lograr el grosor adecuado. Tiene un par de prensas, una de gran tamaño, fabrica los moldes en barro que luego se pasarán a bronce, algunos en madera, y ha desarrollado la técnica del grabado matérico, algo así como la mezcla en las tintas de trocitos de metal que luego aparecen brillando en el universo del color. Por encima de todo ello, la casa es un batiburrillo de piezas antiguas, de alacenas con vasos y copas, y una entrada típica de casa de campo donde te reciben cestas de naranjas y melones colgados del techo.

En la huerta, tiene también un corral con pavos reales, gallinas y tres burros, los famosos “ripollinos”, que mientras estábamos escuchando la “conferencia” nos han deleitado con su rebuzno. Hace unos días, nos confiesa, tuvo que sacrificar una burra porque estaba enferma. Y entre todo ello, Ripo que sacaba de la trastienda cuadro tras cuadro, como si fueran maderas que guarda en el trastero, y que ha dispuesto apoyadas en los bancos y objetos de trabajo que nos rodeaban, creando una original exposición que hemos contemplado sin necesidad de ir a Alemania.

Y las flores. Un mar de rosas de varios colores, grandes, perfumadas, hermosas. Por algo se llama el Mas de flors al conjunto de viviendas en donde él tiene la suya.

Ha vivido mucho tiempo fuera. Sin nostalgia, como él dice. Pasó la etapa de juventud parisina, la holandesa y otras muchas. Ahora, hace tiempo que ha vuelto a su tierra y sí que siente un poco de nostalgia, por eso parece que se va a quedar. “Si estás fuera y sientes nostalgia, entonces, tienes que volver. Si no hay nostalgia, puedes vivir allí donde te encuentres”.

Teníamos nuestras dudas de que fuera tan fácil encontrarlo hoy, cuando nos hemos acostumbrado a que escritores y artistas rompen sus citas concertadas con meses de antelación y no pasa nada: son artistas muy ocupados. Él no nos conocía, no éramos potenciales compradores, ni le íbamos a hacer propaganda alguna –lo del artículo es puramente personal- y sin embargo, estaba allí disculpándose porque no nos atendería todo el tiempo ya que tenía que trabajar unas horas de sol, pero dejándonos con su compañera que se ha deshecho en amabilidad y cercanía, y al final, saliendo los dos a despedirnos hasta la puerta como los mejores amigos.

No sé, no quiero entrar tampoco en más aspectos de su personalidad o su pensamiento social o político, sencillamente me ha encantado su naturalidad.

Ahora tiene dinero para pagarse los mejores hoteles de París. Cuando empezó, se fue allí sin saber el idioma y sin un duro. Comenzó de pintor de brocha gorda y se encontró con un mecenas que le supo apoyar. Después se ha ido haciendo a base de encontrar un estilo de figuras que le define. Ahora es tal vez repetitivo, porque todo gira en torno a esas figuras que ya le identifican, pero en las variantes, en las poses, en los colores, sigue creando y sobre todo sigue siendo, creo yo, una persona accesible.

Y a todo esto, los de la maratò i mitja se han deshidratado por el camino. Vaya día de calor en Castellón.

domingo, 4 de marzo de 2007

LA MÚSICA DE LAS PALABRAS

Por Rufino Pérez

Si tuviera que quedarme con un solo rasgo para definir la poesía, me quedaría con el de música. La musicalidad que tiene la poesía y que le acerca al origen del lenguaje. Porque las primeras palabras que escucha el niño no son palabras inteligibles para él. El niño no entiende las palabras, pero escucha su música. Esa música que la más sublime de las intérpretes, la madre, le dedica cada día, cada segundo.

Y el niño no quiere entender las palabras, el niño sólo quiere escuchar su música, que le hace feliz, le hace sentirse seguro, le reafirma en su existencia; y sobre todo, una música que le acerca a un rostro, a unos ojos expresivos, los de la madre, en los que el niño se refleja como en el espejo de la vida. Después, cuando comprendemos lo que hay junto a esa música, cuando empezamos a comprender las palabras, el mundo se manifiesta de otra manera: avanzamos en conocimiento, pero perdemos sensibilidad. Y las palabras dejan de ser música para convertirse en símbolos socialmente constituidos y aceptados. Y ya no podemos desasirnos de ese instrumento, a la vez tan necesario, tan conmovedor y tirano como es el lenguaje. Hemos perdido la música.

Quien haya leído Los santos inocentes, o haya visto la película de Mario Camus –para lo que voy a decir, podrían servir las dos cosas- recordará una frase: milana bonita. Unas notas musicales capaces de atraer a una animal, que no entiende el lenguaje, el significado, pero que goza de la música y de la poesía.

Me gustan los animales. Y si hoy día no tengo ninguno en casa, es tal vez porque antepongo una cierta “paternidad responsable” a la hora de decidirme a tenerlos. Porque, de tenerlos, debería disponer del tiempo y de los medios para atenderlos; no los quiero tener sólo como un juguete.

Pero, los he tenido. Y en concreto, tuve uno, Chipi, que era una cardelina macho, con vistoso plumaje. Mi padre la había rescatado de la red de un compañero de trabajo, cazador de animales para la venta. Bien, el caso es que el animal se fue acostumbrando de tal manera a nosotros y nosotros a él, que formó parte de la familia mientras vivió y tuvo un digno entierro cuando murió.

Pero el hecho curioso es que este pájaro fue para nosotros un verdadero mensajero del amor. Cada tarde pintaba un cuadro del más puro amor delante de toda la familia. Mi madre se acercaba a él, le susurraba palabras cuya música sólo él entendía y con música respondía: un largo y sonoro canto nupcial que llegaba a ser tan extenuante que a veces, caía del palo donde se sujetaba agotado por el esfuerzo. Casi a punto de morir de amor. La música de las palabras. El poeta-niño-pájaro que no entendía de significados pero que guardaba en su canto una música maravillosa. Mi madre y el pájaro, cara a cara, música y contramúsica, palabras y trino, la esencia de una comunicación perdida. Es una imagen que nos embelesaba a quienes tuvimos la dicha de gozarla. Yo no sé qué clase de relación se llegó a establecer entre ambos, mi madre y el pájaro, pero era especial. El pájaro salía de su jaula y se posaba en la nuca de mi madre, haciendo una especie de cama-nido en los pliegues del cuello de la bata, y de allí, iba y venía, a su hombro, a la ventana en un corto vuelo, a mi mano… Pero siempre su referencia era mi madre.

El amor de la madre transmitido con la música de las palabras. El habla del amor y del juego. Los niños son amor y lo que quieren es que su madre les repita las mismas palabras, la misma música. Ese lenguaje con el que las madres arrullan. ¡Qué bonito! Vacío de significado, pero tan lleno…

Hemos de conseguir hacer vivir el lenguaje, recuperando sus palabras para la música, haciendo que recuerden ese canto que en su día fueron. No tenemos que dejar perder la poesía.