Por Ester Astudillo
Divertimento dedicado a cuantos humanos, que haberlos haylos,
percibieren jamás la bondad animal
y desearen fundir la horrenda humanidad
que nos caracteriza
percibieren jamás la bondad animal
y desearen fundir la horrenda humanidad
que nos caracteriza
Quién fuera can o semejante
y habitar su mutismo satisfecho
y aplacar su furia extravagante
con ladrido pertinaz, procaz o fiero.
Tras el oprobio, el patrón, voz displicente,
en pos de mi atropello acudiría:
reprender con azote al can urgía
que osó turbar su paz, bruto insolente.
Y dormir al fin el sueño de los justos
fuere opción barata y practicable
a salvo en mi fiel lecho perruno,
en materia de rencillas ignorante.
Regresado ya al reino de los cuerdos,
zalamero y jovial mastín brincar,
vivaz mascota al amo agasajar,
ajena a lo terreno y lo divino.
Mas siendo como soy, bicho viviente
más próximo a los simios que a los canes,
versada en asuntos temporales,
ahíta de resabios zahirientes,
amo, bozal ni leal tálamo
complacen mi silencio embrutecido
que acalla nomás que el alarido
que brota de las trizas de mi astrágalo.
Encomiable afán, si vano, el aspirar,
bien clamó el sabio,
al necio y montaraz brío animal.













