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martes, 25 de mayo de 2010

DOMINGO TARDE

Por Carlos Rull.

Gustavo Cifera, jefe de la sección de Deportes de SieteVoces. // El partido está a punto de dar comienzo. El estadio está abarrotado y se respira ese ambiente tenso, esa emoción impaciente, ese aroma épico propio de una final histórica. Por doquier ondean las enseñas y los colores de los dos equipos mientras el público corea con ímpetu los versos de su escuadra favorita. En las pantallas y las radios de todo el mundo, millones de personas están pendientes hoy de este estadio. Es el gran día: nunca en toda la historia, un acontecimiento deportivo había generado tamaña expectación. Y por fin saltan los jugadores al terreno de juego. La megafonía anuncia sus nombres y el público, enfervorizado, los vitorea y los canta.

Los dos equipos se saludan amigablemente. ¡Qué muestra de deporitividad entre los capitanes! ¡En qué fraternal abrazo se unen los cancerberos de ambas escuadras! ¡Qué ejemplo de buen hacer y de espíritu olímpico para el mundo! A una señal del arbitro los jugadorse de ambos equipos ocupan sus posiciones. Todo esta listo para que dé comienzo el evento deportivo del siglo. Y al fin suena el silbato y... ¡ahí van!, dispuestos a darlo todo por sus colores. Se adelanta el capitán del equipo visitante y con gran energía lanza el primer ataque declamando un bellísimo soneto surrealista, ¡qué gran inicio de partido!, ¡qué jugada magistral! Pero el equipo local reacciona con rapidez y lanza una demoledor contraataque, un ternísimo elogio de la amistad en una perfecta silva arromanzada, el público irrumpe en un estruendoso y emotivo aplauso: desde aquí veo lágrimas en muchos rostros. Pero atención al lateral del equipo visitante, que se lanza a una atrevida glosa de Homero en pentámetro yámbico, un soberbio golpe de efecto que hace tambalear a la defensa local. ¡Qué fiesta del deporte estamos viviendo aquí, señores, qué jornada inolvidable!

El equipo local se rehace y su portero recita, atención, señoras y señores, ¡una égloga dadaísta! Es la jugada más arriesgada que este humilde periodista ha presenciado jamás. Esto, señoras y señores, es increíble. El estadio se viene abajo, el público aúlla admirado de lo que ya es, señoras y señores, un hito en la historia del deporte mundial.

Y aún falta mucho partido por delante.

domingo, 9 de septiembre de 2007

LITERATURA Y DEPORTE

Por Rufino Pérez

En estos últimos días de verano ha ocurrido algo que todos conocemos porque nadie se escapa al zarpazo mediático de la prensa y televisión. Me refiero a la muerte de Francisco Umbral y Antonio Puerta.

Ambos tienen para mí el respeto y el tono compungido que merecen las personas que abandonan esta vida sin que tengamos certeza de lo que hay más allá.

Pero uno se pone a analizar la despedida que han tenido ambos y no se resiste a sacar conclusiones:

  1. La literatura no pertenece al ámbito del arte supremos, por lo tanto, los escritores no recibirán trato de favor alguno cuando desaparezcan.
  2. El fútbol es un espectáculo que se prolonga hasta el infinito. Yo creo que a Antonio Puerta, S. Pedro le tiene preparada una fiesta de bienvenida y un contrato para jugar las dos próximas temporadas en el Real Caelum – que por cierto le toca jugar la Recopa la próxima semana contra su eterno rival, el Inferça (y no se me den por aludidos mis amigos blogueros por la división maniquea, sólo el color del vestuario es lo que me ha sugerido la partición. Ya sabéis que soy del Zara-goza in Limbo CD).
  3. La literatura nunca ha servido para unir diferencias, normalmente ha sido ella quien las ha denunciado y puesto de manifiesto.
  4. El fútbol –véase foto de abrazo de Lopera y del Nido- une almas eternamente rivales, que tal vez a la vuelta del entierro se apalearán a la salida del estadio o casi asesinarán al árbitro porque supuestamente está comprado por el contrario.

No quiero entrar en consideraciones particulares sobre los protagonistas. Puede que el estilo de Umbral me sea más familiar que las forma de jugar de Puerta, pero no idolatro a ninguno.

Es verdad que el tono trágico envuelve de una manera especial el adiós de Antonio: juventud caída en el césped, recuperado y caminando en un heroico despertar, para sucumbir después en una desesperada batalla de coma mortal. Pero, también cuentan y es creíble, que Francisco se despidió en pleno oficio, intentando dictar el próximo artículo.

Es igual, porque en el camino de descubrir quiénes somos, los dos tendrán ahora la misma oportunidad, cuando ya nadie trate de describirlos, ni los fotografíe, ni los filme –por lo menos hasta que los medios de comunicación de aquí se enteren de que allá arriba hay otro interesante campeonato de Liga-.

Vaya por delante mi más sentido pésame por la muerte de ambos.

sábado, 7 de julio de 2007

PASIÓN POR LA VIDA

Por Rufino Pérez

A veces resulta muy difícil aceptar las reglas de juego que controlan una partida. Imagínate que estás jugando ese partido de basket, importante, último de una serie, aquel que va a dar a tu equipo el trofeo tan deseado y tan trabajado. Y se inicia una jugada que acaba en canasta, pero que el árbitro invalida porque interpreta que ha habido pasos al encestar. Y no es así, tú sabes perfectamente que has dado el último paso en el aire y que desde la posición del árbitro tiene que haberse visto bien, no entiendes por qué pita pasos.

Esa jugada desbarata toda tu energía, te desconcentra, porque ahora sigues pensando en ella y acabas de perder un balón que no has visto a tiempo. Todo se altera. Lo que podía haber sido una remontada se está convirtiendo en una serie de fallos que se deben a que tu estado de ánimo ha cambiado. El entrenador, al final, decide cambiarte. Y tú sales mirando al árbitro y acordándote de toda su familia. En ese momento, al pasar por su lado, le darías un cabezazo al estilo Zidane.

¿Quién tiene la culpa? ¿El árbitro? Sabemos que se necesita uno para poder jugar el partido y que a veces no interpreta bien las jugadas, pero… ¿Uno mismo? Deberíamos aprender a controlar los impulsos y convertirlos en reflexiones.

El caso es que el partido se ha perdido. Y eso sí que no se puede cambiar.

Pero la vida sin los impulsos, sin las pasiones, sería muy poca cosa. No es que todo se reduzca a impulsos, pero se necesita sentirlos para saber que se está vivo. Yo no creo que exista nadie tan racional que sea capaz de contener todos sus impulsos, de ahogar sus pasiones. Además, creo que si existe, es un poquito monstruo, vamos que no es de este mundo.

Pero cuidado, que no se me interprete mal. No quiero ser esclavo de ninguna pasión, ni que ninguna pasión me domine. ¿Entonces? Bueno, aquí es donde patino un poco, porque debería mostrar alguna fórmula para ello y debo confesar que no la tengo. Si una pasión te domina, entonces ya no eres tú, eres la marioneta y la pasión es tu hacedor, el que mueve los hilos.

Y se puede decir que hay pasiones bonitas: pasión por los libros, pasión por la música, pasión por conseguir justicia social, pasión por la libertad, pasión por la verdad, pasión amorosa… Pero hasta esas se encuentran con algún árbitro que no las interpreta bien en su desarrollo, o con algunas reglas de juego que te dejan fuera de juego.

En definitiva, trataré siempre de apasionar a quien de verdad quiera –mis amigos, mi familia, mis alumnos- y buscaré sentirme apasionado, y me alejaré en lo posible de árbitros que no arbitren, y si no puedo, al menos lo habré intentado y siempre me quedará la huella infinita de la pasión: la pequeña y maliciosa sonrisa interior del juego de la vida.