
Por Carlos Rull.
Gustavo Cifera, jefe de la sección de Deportes de SieteVoces. // El partido está a punto de dar comienzo. El estadio está abarrotado y se respira ese ambiente tenso, esa emoción impaciente, ese aroma épico propio de una final histórica. Por doquier ondean las enseñas y los colores de los dos equipos mientras el público corea con ímpetu los versos de su escuadra favorita. En las pantallas y las radios de todo el mundo, millones de personas están pendientes hoy de este estadio. Es el gran día: nunca en toda la historia, un acontecimiento deportivo había generado tamaña expectación. Y por fin saltan los jugadores al terreno de juego. La megafonía anuncia sus nombres y el público, enfervorizado, los vitorea y los canta.
Los dos equipos se saludan amigablemente. ¡Qué muestra de deporitividad entre los capitanes! ¡En qué fraternal abrazo se unen los cancerberos de ambas escuadras! ¡Qué ejemplo de buen hacer y de espíritu olímpico para el mundo! A una señal del arbitro los jugadorse de ambos equipos ocupan sus posiciones. Todo esta listo para que dé comienzo el evento deportivo del siglo. Y al fin suena el silbato y... ¡ahí van!, dispuestos a darlo todo por sus colores. Se adelanta el capitán del equipo visitante y con gran energía lanza el primer ataque declamando un bellísimo soneto surrealista, ¡qué gran inicio de partido!, ¡qué jugada magistral! Pero el equipo local reacciona con rapidez y lanza una demoledor contraataque, un ternísimo elogio de la amistad en una perfecta silva arromanzada, el público irrumpe en un estruendoso y emotivo aplauso: desde aquí veo lágrimas en muchos rostros. Pero atención al lateral del equipo visitante, que se lanza a una atrevida glosa de Homero en pentámetro yámbico, un soberbio golpe de efecto que hace tambalear a la defensa local. ¡Qué fiesta del deporte estamos viviendo aquí, señores, qué jornada inolvidable!
El equipo local se rehace y su portero recita, atención, señoras y señores, ¡una égloga dadaísta! Es la jugada más arriesgada que este humilde periodista ha presenciado jamás. Esto, señoras y señores, es increíble. El estadio se viene abajo, el público aúlla admirado de lo que ya es, señoras y señores, un hito en la historia del deporte mundial.
Y aún falta mucho partido por delante.















