Mostrando entradas con la etiqueta diablo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diablo. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de abril de 2009

LA ENDEMONIADA D

Ya dicen las lenguas bíblicas, que los primeros serán los últimos.Con este primer post que significa mucho para mi, fue mi reencuentro con mi alma de cuentista y con mi hijo de ilustrado compañero, os digo "Hadios" con hache para que se convierta en Ola....sé que volveremos a navegar juntos.





Hace un tiempo, en un profundo lugar de las entrañas de la tierra, donde solo asomaban entre dunas de lava, volcánicas chimeneas de malos humos y, donde María asaba sus castañas de no tiempos. Sus habitantes, los Diablos, movían el rabo animados por los apocalípticos cambios climáticos, por la subida de sus acciones de la bolsa o la vida, siempre en agradable crisis, por las tentadoras tecnologías, que les hacían infernales campañas de publicidad gratis y como no, por la leal competencia de las Tribus Altas de los “ sin condón”, que generosamente les proporcionaban numerosos adeptos de color sidoso o, en su defecto, encantadores reprimidos eternos: material de primera clase para construir la fálica obra. En este clima de euforias, se plantearon la necesidad de crear una Academia, que elaborara un nuevo y caótico diccionario actualizado a los tiempos de cóleras.
De todos es sabido, que el diablo sabe más por viejo que por ídem y que el paraíso de los caídos, tiene suficientes bosques talados para hacer un buen papel. Así que aprobado por uno (al estilo democrático de Pere Botero…), los demás pusieron las manos en el fuego.
Para la dantesca Academia del Averno, se seleccionaron miembros de reconocido desprestigio en su mayoría exiliados de suicidios, abducidos por cantos de míticas sirenas y, con todos sus defectos, malvados funcionarios de las principales capitales poéticas (con sede en Sodoma y Gomorra). Todos ellos afilan sus lenguas viperinas mientras humedecen sus soberbias tintas de envidias, para reunirse, en primera convocatoria, alrededor de la humeante Ouija de alfabetos.
En ese Hades de Babilonias, como bien sabe Dios, nadie se pone de acuerdo y todos quieren el resbaladizo sillón de la S, que destila embriagadores venenos de Evax Secrets. Asesorados por la Ley del Talión comienzan a quitarse ojos y demás sin sentidos, hasta completar el número mágico 7, que ruedan por las letradas alfombras, lógicamente llenas de polvo, como mantras de cabales desasosiegos.
Allí, en todo ese barriobajero gallinero de encabritados….de pronto, resuena una irresistible voz con sabor a endemoniada madre: es LILITH, que recuerda a sus angelitos caídos las primeras reglas de sus profanadas escrituras: el original lenguaje de la infancia.
Al calor de mamá, los peleones gallos se hacen pollitos enroscados en sus abrazos de infernales cuentos, que les saben a juegos fatuos de palabras con antítesis, que los seducen con paisajes, donde los deseos comienzan en el kilómetro cero, donde las putas brujas embrujan perezosamente, donde los paradisíacos banquetes de bodas, son sopas instantáneas de comida rápida y con manzanas de postre.
En ese endemoniado clima de afectos y recuperados con satánicos cuentos de Pecados poco Originales, propios de las Tribus Altas (las de “sin condón”), por deferencia y por familiar miedo a su Cabrón Padre, demoníaco protagonista, deciden empezar por la letra “D”, de desobediencia a celestiales mandatos alfabéticos, pues un Diccionario del DIABLO que se precie, debe comenzar toreando en Maestranzas del pecado para ganarse el rabo, con los cuernos de su frente. Embolado pues el diccionario, con bolas de EGO empapadas en breas de lujuria…con el disparo de olores a azufre, comienza la corrida de endemoniados lenguajes.

viernes, 13 de julio de 2007

El poder de la podre

Por Iván Sánchez Moreno

Más de la mitad de la pintura europea ha versado su temática en escenas y personajes de la mitología judeocristiana, incluyendo también la imagen del Diablo. Se le debe a éste uno de los mayores aciertos del dominio eclesiástico durante más de quince siglos de historia. Si bien la representación del Mal carece de una figura clara en la Biblia, su caracterización formal más típica –y que Goya reciclaría una y otra vez en sus Caprichos y Pinturas Negras– es relativamente muy reciente.
El Diablo fue creado como símbolo con el que ejercer una presión más eficaz contra la sublevación civil, un invento político que proporcionó una gran cantidad de adeptos radicales que heredarían el miedo de generación en generación. Sin embargo, el tiro les salió por la culata pues la figura del Diablo sería adoptada por los “rebeldes” como icono mesiánico de la libertad de pensamiento, credo y moral. El Vaticano tuvo entonces que replantear su visión sobre el Mal, considerando que el peor pecado contra Dios era adquirir un conocimiento no oficial (esto es, no canonizado ni homologado por la Iglesia), pues tan sólo los elegidos –las élites: nobles, aristócratas, feligreses y gente de bien– tenían el derecho de acercarse a Dios. Cualquiera que no se encontrara en esa lista de vips podía estar tentado de arrebatarle a Dios el poder de la sabiduría absoluta, lo que no sería inconveniente de no pertenecer a una clase social zafia y rastrera, no merecedora de tales honores.
Así, Lucifer pasó a ser ese ángel demasiado guapo y demasiado listo que por rebelarse contra el Padre Hacedor fue expulsado del Reino de los Cielos, igual que a Adán y Eva se les condenó al exilio del Paraíso por probar el fruto del Árbol de la Ciencia. Atentar contra ese derecho de pernada con las Academias es, desde siempre, el pecado más repulsivo para las altas jerarquías. No es extraño, por tanto, que todos esos outsiders de la historia, alquimistas y arcanos, músicos trifónicos, poetas malditos, y rebotados hombres de ciencia acabaran adorando dioses paganos y demonios malignos entendiéndolos como conceptos con los que defender la humana tendencia hacia el error, la asunción de esa parte oscura del yo que los psiquiatras anatemizan con diagnósticos de enajenación mental.
Convertido el Diablo en héroe del anarquismo y el libertinaje (o sea, ese vasto campo del desconocimiento que la Iglesia aún no controlaba), los mismos creadores del fenómeno sufrieron en sus propias posaderas el grano purulento de la proliferación de herejes y satanistas a tutiplén. El problema requería soluciones más expeditivas, por lo que durante el papado de Gregorio IX (1227-1233) se fundaría una guardia pretoriana de nombre Inquisición. Su reino del horror degeneraría con los años en una holocáustica paranoia persecutoria en pos de sospechosos de herejía, sedición, blasfemia y ateísmo, peor que en los tiempos de Robespierre. Entre hogueras, torturas y encarcelamientos, la Inquisición recopiló entre sus víctimas casi la mitad de la población peninsular.
A principios del siglo XX aún quedaban vestigios de este brazo ejecutivo –y ejecutor– de la Iglesia Católica. Quizá por esa ley neocon del laisser-faire, que afectaría también a las mentes más descocadas/encocadas con ínfulas del “todovale”, el siglo XX ha sido con diferencia el más execrable de todos, mezclándose entre los crímenes de guerra los valores humanísticos de los caducos Ilustrados: lo políticamente correcto se trasviste de moral, y la democracia lobuna se viste de liberalismo económico para beberse la sangre de las ovejas mientras duermen.
No faltó quien, bajada la guardia, aprovechara el caos para poner en tela de juicio la credibilidad del poder eclesiástico. El 13 de octubre de 1988, Luigi Gonelle (uno de los asesores científicos que habían trabajado para los intereses del Vaticano) declaraba públicamente ante las cámaras de TV que la Sábana Santa de Turín era en realidad una falsificación datada entre los siglos XIII y XIV. En vano insistieron las autoridades vaticanas en demostrar que Gonelle estaba equivocado: desde 1989 llevan más de 25 análisis con carbono-14 y no hay manera de revocar los datos reales sobre el origen de la Síndone.
Al final pudo más la evidencia de la verdad que el poder de la mentira. Siendo el bulo del Diablo insuficiente para provocar la desconfianza de la Iglesia Católica, tuvieron que ser hombres con bata –los arcanos de hoy– quienes recuperaran de nuevo la fe en el ser humano, devolviéndole la luz de las tinieblas que hasta ahora atesoraban en un cáliz dorado al alcance de muy pocos. Lástima que la inmensa mayoría siga prefiriendo arrodillarse ante trapos de colores por bandera como quien reza a la podre de una mortaja.