
Por Carlos Rull
Decía ayer Antonio Gamoneda, en el discurso de entrega del Premio Cervantes, que – cito de memoria - el pensamiento específicamente poético procede de lo desconocido y lo revela, realiza lo irreal, crea lo que no existía. El lenguaje, como dijo Octavio Paz, nos aleja de la realidad pero a la vez es nuestra única herramienta para penetrar en ella – brevemente, pues la locura ronda a quien osa tal aventura – y, de esta suerte, se realiza en toda su plenitud, más allá de sus propios límites y fronteras, únicamente en el ámbito de la creación y el pensamiento poéticos – pues todo pensamiento es palabra -. La poesía es, por lo tanto y a la vez, y vuelvo a don Octavio, el reverso mismo del lenguaje y el lenguaje elevado a su máxima potencia.
A través de la palabra poética – y, como ayer Gamoneda, utilizo el término “poesía” en su sentido etimológico de “poiesis”, creación supragénerica más allá de la estéril división entre prosa y verso -, se nos abre la puerta hacia lo desconocido, se transgreden las barreras artificiales del saber y del decir desde una intuición acientífica, adiscursiva incluso, una intuición que busca desesperadamente una verbalización instintiva, moldeada luego por el talento de su autor. Frente al pensamiento reflexivo y discursivo, que tiende a la linealidad secuencial y lógica, la palabra y la voz poéticas tienden a realizarse como concentración de sentido, multiplicidad simultánea, asistematización y disloque del orden racional. Dijo Sahagún que al poeta le importa bien poco – al menos conscientemente - la comunicación, y sí – y mucho -, esa “indagación en lo oscuro” que le permitirá conocer la realidad desde otras perspectivas. La poesía, en fin, es reveladora, es creadora de un universo en el que es posible acercase a lo desconocido.
Sin embargo, la revelación es necesariamente frustrante y frustrada en el momento exacto de su verbalización. La creación poética es, como escribió Paz, el lugar de aparición que en el acto mismo de su escritura y lectura se convierte en lugar de desaparición. Es, dijo el gran poeta mexicano, “un perpetuo recomenzar”, un continuo esfuerzo por decir aquello que nunca se acaba de lograr decir. Lo expresa en una preciosa metáfora que no me resisto a copiar: “Al escribir, camino hacia el sentido; al leer lo que escribo, lo borro, disuelvo el camino”. Bella tragedia del poeta, magia de la palabra que da y quita el sentido, que abre y cierra todos los caminos.
Poesía es, en fin, ese “no saber sabiendo” de San Juan de la Cruz que ayer citaba Gamoneda, es la fugaz y peregrina intuición del otro lado, el momentáneo y vagabundo atisbo del sentido, el efímero resplandor de una revelación que nunca llega pero cuya búsqueda nunca deja de ser apremiante, ¿o tal vez sí?
En plena resaca del Día Mundial del Libro, de nuestro entrañable y necesario Sant Jordi, es urgente, casi obligatorio, hablar de poesía. Porque ayer los siervos de la firma, los esclavos del autógrafo, las rutilantes estrellas literarias, marcas y etiquetas de la moda del mundo editorial, tal vez se habrán hinchado de vender libros – deberíamos hablar sobre si éstos serán leídos -, pero muy pocos compradores se habrán lanzado a la poesía, y muchos menos la leerán. Entre tanta alegría autográfica, entre tanto libro atiborrando escaparates (más de 65.000 nuevos títulos en 2006), entre tanta palabra vana, entre tanta página vacua, ¿queda lugar para la auténtica palabra poética en verso o en prosa? A veces uno piensa que la tenaz afirmación becqueriana se nos está convirtiendo en interrogación. ¿Habrá poesía? Tal vez, efectivamente, esa búsqueda de la que hablaba más arriba ha dejado de ser apremiante y, convertidos todos en cenutrios de pantallita y mando a distancia, la “indagación en lo oscuro” nos suena más bien a postura sexual.
Ala, hasta la semana que viene.













