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miércoles, 17 de marzo de 2010

Tropiezo


Por José G. Obrero


Cuando me fui a la lona di con mi boca en las piernas del árbitro y las chicas que anuncian cada asalto alzaron levemente sus tacones (pude admirar sus sexos jaspeados). El público gimió como un cachorro hambriento en el instante exacto del choque de mi pecho contra el suelo. Sólo tú mantuviste impasible el rictus de tus labios, ligeramente fieros. No te sorprendió mi exhibición de fuerza cuando, de un salto, me puse en pie y me besé los puños. Sabías que no hubo golpes y que caí al tropezar con mis cordones. Después aprendiste que entre mis nudillos caben tres corazones, seis si contamos las dos manos. Temblaste como nunca.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Podeis estar tranquilas

Podéis estar tranquilas:
no me desangraré porque una piel adopte el color
de una playa cercana, o unos ojos escondan una llave,
una lengua esconda una cuchilla que corta el paladar.
No moriré por eso. Podéis dormir a pierna suelta.
Temisteis que quedase suspendido como un ventilador
¿En qué bar? ¿Con qué baile? ¿Cortando con las aspas?
Pero yo no cuelgo, no tengo práctica en, no calculo.
Moriré de algo vulgar (¿oxidación?) como las bicicletas,
como los toboganes demasiado pronunciados.
Algo así. Muerte de entre semana de ocho a tres.
¿Qué tal un lunes? En un supermercado con la tarjeta
extendida como una sonrisa. La cajera se coloca
el pelo hacia el lado, muestra unos labios frescos
sección de congelados, una mirada de oferta.
Moriré de algo parecido a un ataque de hambre.