Por José G. Obrero
Cuando me fui a la lona di con mi boca en las piernas del árbitro y las chicas que anuncian cada asalto alzaron levemente sus tacones (pude admirar sus sexos jaspeados). El público gimió como un cachorro hambriento en el instante exacto del choque de mi pecho contra el suelo. Sólo tú mantuviste impasible el rictus de tus labios, ligeramente fieros. No te sorprendió mi exhibición de fuerza cuando, de un salto, me puse en pie y me besé los puños. Sabías que no hubo golpes y que caí al tropezar con mis cordones. Después aprendiste que entre mis nudillos caben tres corazones, seis si contamos las dos manos. Temblaste como nunca.













