
Antes de irse a dormir rebuscó con la mirada en el pozo de la noche, para localizar la moneda de la luna. Sabia que con ella se organizaban buenas timbas, en la barra libre de universos, sobre el tapete bordado de estrellas centinelas.
Antes de comenzar el juego, los cometas barrían con sus colas los últimos restos de sol, las nebulosas pasaban la bayeta a los azulejos celestes para lustrar el añil, los pequeños satélites bruñían la plata con lunática dedicación, y una pandilla de ángeles vestidos de crupiés, echaban ambientador de destinos batiendo sus alas.
Un quedo latir rompió el útero de la noche y surgieron las garras de la nada. Tomaron la brillante moneda y la lanzaron, mientras los taciturnos jugadores de miradas cerraban los ojos y apostaban sueños a cara o cruz.













