Por José G. Obrero
¿Cuál os parece más literario?La semana transcurrió bastante mal: me había saltado la dieta y había zampado carne al menos cuatro días. Me contuve por las noches, es cierto, y las cenas a base de ensaladas me devolvían a la normalidad. Ese día en concreto había almorzado más de la cuenta: un filete a la plancha y unas patatas fritas, así que salí a correr para calmar el sentimiento de culpabilidad. Di tres vueltas al circuito (una más de lo habitual) e hice una tabla de flexiones y abdominales. Tras los estiramientos, ya calmado, me dispuse a volver a casa. Entonces la vi. Era ella. La misma chica que me tuvo absorto el año anterior. Era china o japonesa (no lo sé distinguir) y trabajaba de camarera en el restaurante oriental que había frente al gimnasio. Era la mujer más sensual que había visto nunca. Nada escapaba a su belleza: su piel blanca, sus ojos grandes y su boca carnosa. Pero más allá del físico había algo que la elevaba por encima del resto: la manera de acariciarse el pelo, de parpadear lentamente. De pronto sentí la necesidad de seguirla, y anduve tras de ella hasta que llegó a la parada del autobús. Me senté en el banco de la parada y la observé haciéndome el distraído. Cogió el siete, “debe vivir en Cañero” pensé, y por un momento estuve tentado de subir y aprovechar para forzar una conversación, pero no fui capaz.
Lo que quedó del día fue una maraña de pensamientos en torno a ella: ¿cómo se llamaría? ¿La volvería a ver? ¿Y si cada día cogiese el autobús a la misma hora? ¿Qué le puedo decir si la veo? No cené. Ni siquiera me puse la crema hidratante y el contorno de ojos antes de irme a dormir. Pasé la noche en vela.
Al día siguiente lo había decidido: iría a la parada a la misma hora. Y así lo hice, pero no apareció, ni ese día, ni el siguiente, ni el resto de semana. Sin embargo, se había convertido en una rutina ir a correr al circuito y esperarla en la parada, y al cabo de un mes apareció. Iba muy arreglada y acompañada por un tipejo que la cogía por la cintura. Un tipo gordo, calvo, bastante mayor que ella. Cuando ya se alejaban ví como el tipo le metía la mano burdamente en el culo, después se giró y me miró con una sonrisa que decía: “este dulce es mío”. Desde entonces tengo la necesidad de correr más y más, y no parar de hacerlo, sentir que mi sangre bombea con tal fuerza que acalla mis ruidos internos, el chirriar de mis pensamientos, el maldito compás del desamparo.
La semana transcurrió bastante mal: había salido varias noches seguidas y todas habían terminado igual: con una resaca inhumana. A veces empezaba a beber a medio día y a las dos de la mañana seguía el recorrido por los bares en compañía de Álvaro y el canalla de Julián. Ese día sin embargo me contuve, y estuve en casa escuchando los viejos cedés de Radio Futura mientras fumaba unos cigarrillos. Por la noche decidí dar una vuelta por mi cuenta, no aguantaba más en casa y el cuerpo me pedía diversión. Me fui al Pop-rock, siempre tienen buen ambiente, y con un poco de suerte encuentro gente con la que charlar. Encendí un cigarrillo y pedí un gintonic a Maica, la camarera. “Te ha estado buscando El Guiri” (un tipo al que llamamos así porque es rubio) me dijo Maica, “¿Sabes que quería?” le pregunté, “No sé. Las típicas cosas vuestras, imagino”. En ese mismo momento El Guiri apareció por la puerta. “Eh Miguel, vas a alucinar con lo que te traigo”. Nos fuimos al baño y nos metimos unas rayas. Sabía que se trataba de eso. El Guiri es uno de esos tipos que necesita compartir, lo hace desinteresadamente. A la salida del baño, me la encontré de frente. Era ella. La misma chica que me tuvo impresionado el año anterior. Una japonesa o china, no sé muy bien, que trabajaba en el 24 horas que había enfrente del Underground, el afterhour del centro. Era tan guapa, tan sexy, que a pesar de que comprábamos siempre ahí los bocadillos cuando salíamos con hambre del Underground, nunca me atreví a abrir la boca. Ella me decía el precio y yo extendía las monedas. Además, no era la típica oriental sin formas, tenía unas tetas y un culo que sería la envidia de cualquier Pin Up. Me propuse entrarle pero de pronto me dio miedo estropearlo de lo que puesto que iba. Me senté en la barra y encendí un cigarrillo. Esperaría a que se me pasara el subidón y luego le diría algo. Sí, lo tenía claro. Por desgracia, en el mismo momento en que le pedí otro gintonic a la camarera, la perdí de vista. Pensé que se habría escabullido entre la gente y la busqué por todo el local, pero no hubo suerte. El Guiri me cogió del brazo y me gritó “¿Pero dónde estabas?” Volvimos a ir al baño. Ese día no podía dormir, en parte por la cantidad de coca que había esnifado, claro, pero también porque no dejaba de pensar en ella. En su cara, en su boca, en su cuerpo. La coca me excitó y me hice una paja a su salud. Pero no era una paja normal, había un sentimiento, una desazón que no había experimentado antes. Necesitaba verla, me volvía loco. Me propuse ir al Pop-rock la noche siguiente. Pero no apareció ni esa noche ni las sucesivas. Al cabo de unas semanas, cuando ya lo daba todo por perdido apareció. Iba muy sexy con una minifalda y botas altas de tacón. La acompañaba un tipo que no dejaba de sobarle la cintura. El típico cachitas que se pasa el día en el gimnasio. Uno de esos cretinos que va en manga corta en invierno con una camiseta a punto de reventar. Al llegar a la barra pidieron dos zumos de tomate. Me quedé hecho polvo. Desde entonces no tomo coca. No quiero que mi sangre bombee todavía con más fuerza, ni que me atosiguen mis pensamientos. Ya no bebo gintonics, sólo cerveza y por supuesto, fumo cigarrillos como un loco.