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jueves, 20 de mayo de 2010

JUEGOS LUNÁTICOS


Antes de irse a dormir rebuscó con la mirada en el pozo de la noche, para localizar la moneda de la luna. Sabia que con ella se organizaban buenas timbas, en la barra libre de universos, sobre el tapete bordado de estrellas centinelas.
Antes de comenzar el juego, los cometas barrían con sus colas los últimos restos de sol, las nebulosas pasaban la bayeta a los azulejos celestes para lustrar el añil, los pequeños satélites bruñían la plata con lunática dedicación, y una pandilla de ángeles vestidos de crupiés, echaban ambientador de destinos batiendo sus alas.
Un quedo latir rompió el útero de la noche y surgieron las garras de la nada. Tomaron la brillante moneda y la lanzaron, mientras los taciturnos jugadores de miradas cerraban los ojos y apostaban sueños a cara o cruz.

viernes, 19 de junio de 2009

LA RULETA KÁRMICA


Se quedó mirándola fascinada. Siempre le atrapaba su movimiento circular de espumas que, sin saber bien porqué, le parecía el de una ruleta kármica, desahogándose entre mantras y mantas con retorcidos centrifugados que limpiaban vidas anteriores. Esta vez decidió apostar con su lavadora, entre flotantes tapetes de ganchillo, al juego de las reencarnaciones.
En la primera tirada salió el optimista tanga de pantera, que supuestamente compró para su hija y que lavaba por falta de abuso, al verlo pensó que le hubiera gustado reencarnarse en una elegante pantera macho para poder mear marcando más territorio, de negro pelaje alérgico a la tortura de la depilación, felinos ojos verdes en homenaje a la única parte entendible de su personalidad, sensuales movimientos y largas piernas sin celulitis, y por supuesto depredadora, con la tranquilidad de estar justificada por mamá naturaleza. Su reencarnación sería corta, lo justo para ser irracionalmente apasionada y morir orgullosamente por una causa estúpida.
Cuando imaginaba que la estaban llorando sin la hipocresía de las palabras, con los ojos secos, con la sabiduría de quienes se esconden en el funeral para no ser atacados, con el convencimiento de que su cuerpo serviría para alimentar y cobijar a alguien…. entonces, llegó la segunda tirada.
La lavadora tomó un respiro de aclarados para mostrar la floreada camiseta, ésa que le levantaba el ánimo y las tetas. Sintió que se reencarnaba en una frágil mariposa, vestida con los colores de moda y todos los complementos de primavera del corte inglés, que se pavoneaba altivamente de flor en flor dejando estelas de envidias, rozaba cuerpos con sutiles insinuaciones dejando huellas de deseos, se posaba de adorno en calvas cabezas para cubrir su desnudez y recordarles mejores tiempos de abrigo y por último desplegaba sus alas para hacer de celestina mensajera de flores y verduras.
Moriría cuando perdiera el brillo de sus alas, la hermosura de su cuerpo, en la mesa de operaciones del doctor rosal, prendida cual pincho moruno de sus espinas, en una necesaria y justificable operación de cirugía estética .No la lloraría nadie, pero la echarían de menos en un hermoso ritual de ausencias.
Esperaba la nueva apuesta, pero su contrincante gastaba el comodín del centrifugado y todas las pistas eran una masa de difícil acertijo .Así que, cansada de mirar a su oponente por el ojo de besugo, decidió reencarnarse en pez. Eligió ser un obeso pez luna engordado de aburrimiento que nadaba contracorriente , que buceaba entre recuerdos, que hablaba con rimas de burbujas acabadas en oooo , que dormía de pie entre bastones de algas, sin cerrar los ojos por si cruzaba una enjoyada sirena, para morirse en brazos de ella.
Se encendió la alarma: la lavadora había terminado el juego. Mi última reencarnación, es un programa corto a 90º C, sin centrifugado, con toma de lejía, antiarrugas, económico y con mucho suavizante…. Voy a tenderme al sol.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Un juego: dos relatos

Por José G. Obrero

¿Cuál os parece más literario?

La semana transcurrió bastante mal: me había saltado la dieta y había zampado carne al menos cuatro días. Me contuve por las noches, es cierto, y las cenas a base de ensaladas me devolvían a la normalidad. Ese día en concreto había almorzado más de la cuenta: un filete a la plancha y unas patatas fritas, así que salí a correr para calmar el sentimiento de culpabilidad. Di tres vueltas al circuito (una más de lo habitual) e hice una tabla de flexiones y abdominales. Tras los estiramientos, ya calmado, me dispuse a volver a casa. Entonces la vi. Era ella. La misma chica que me tuvo absorto el año anterior. Era china o japonesa (no lo sé distinguir) y trabajaba de camarera en el restaurante oriental que había frente al gimnasio. Era la mujer más sensual que había visto nunca. Nada escapaba a su belleza: su piel blanca, sus ojos grandes y su boca carnosa. Pero más allá del físico había algo que la elevaba por encima del resto: la manera de acariciarse el pelo, de parpadear lentamente. De pronto sentí la necesidad de seguirla, y anduve tras de ella hasta que llegó a la parada del autobús. Me senté en el banco de la parada y la observé haciéndome el distraído. Cogió el siete, “debe vivir en Cañero” pensé, y por un momento estuve tentado de subir y aprovechar para forzar una conversación, pero no fui capaz.
Lo que quedó del día fue una maraña de pensamientos en torno a ella: ¿cómo se llamaría? ¿La volvería a ver? ¿Y si cada día cogiese el autobús a la misma hora? ¿Qué le puedo decir si la veo? No cené. Ni siquiera me puse la crema hidratante y el contorno de ojos antes de irme a dormir. Pasé la noche en vela.
Al día siguiente lo había decidido: iría a la parada a la misma hora. Y así lo hice, pero no apareció, ni ese día, ni el siguiente, ni el resto de semana. Sin embargo, se había convertido en una rutina ir a correr al circuito y esperarla en la parada, y al cabo de un mes apareció. Iba muy arreglada y acompañada por un tipejo que la cogía por la cintura. Un tipo gordo, calvo, bastante mayor que ella. Cuando ya se alejaban ví como el tipo le metía la mano burdamente en el culo, después se giró y me miró con una sonrisa que decía: “este dulce es mío”. Desde entonces tengo la necesidad de correr más y más, y no parar de hacerlo, sentir que mi sangre bombea con tal fuerza que acalla mis ruidos internos, el chirriar de mis pensamientos, el maldito compás del desamparo.


La semana transcurrió bastante mal: había salido varias noches seguidas y todas habían terminado igual: con una resaca inhumana. A veces empezaba a beber a medio día y a las dos de la mañana seguía el recorrido por los bares en compañía de Álvaro y el canalla de Julián. Ese día sin embargo me contuve, y estuve en casa escuchando los viejos cedés de Radio Futura mientras fumaba unos cigarrillos. Por la noche decidí dar una vuelta por mi cuenta, no aguantaba más en casa y el cuerpo me pedía diversión. Me fui al Pop-rock, siempre tienen buen ambiente, y con un poco de suerte encuentro gente con la que charlar. Encendí un cigarrillo y pedí un gintonic a Maica, la camarera. “Te ha estado buscando El Guiri” (un tipo al que llamamos así porque es rubio) me dijo Maica, “¿Sabes que quería?” le pregunté, “No sé. Las típicas cosas vuestras, imagino”. En ese mismo momento El Guiri apareció por la puerta. “Eh Miguel, vas a alucinar con lo que te traigo”. Nos fuimos al baño y nos metimos unas rayas. Sabía que se trataba de eso. El Guiri es uno de esos tipos que necesita compartir, lo hace desinteresadamente. A la salida del baño, me la encontré de frente. Era ella. La misma chica que me tuvo impresionado el año anterior. Una japonesa o china, no sé muy bien, que trabajaba en el 24 horas que había enfrente del Underground, el afterhour del centro. Era tan guapa, tan sexy, que a pesar de que comprábamos siempre ahí los bocadillos cuando salíamos con hambre del Underground, nunca me atreví a abrir la boca. Ella me decía el precio y yo extendía las monedas. Además, no era la típica oriental sin formas, tenía unas tetas y un culo que sería la envidia de cualquier Pin Up. Me propuse entrarle pero de pronto me dio miedo estropearlo de lo que puesto que iba. Me senté en la barra y encendí un cigarrillo. Esperaría a que se me pasara el subidón y luego le diría algo. Sí, lo tenía claro. Por desgracia, en el mismo momento en que le pedí otro gintonic a la camarera, la perdí de vista. Pensé que se habría escabullido entre la gente y la busqué por todo el local, pero no hubo suerte. El Guiri me cogió del brazo y me gritó “¿Pero dónde estabas?” Volvimos a ir al baño. Ese día no podía dormir, en parte por la cantidad de coca que había esnifado, claro, pero también porque no dejaba de pensar en ella. En su cara, en su boca, en su cuerpo. La coca me excitó y me hice una paja a su salud. Pero no era una paja normal, había un sentimiento, una desazón que no había experimentado antes. Necesitaba verla, me volvía loco. Me propuse ir al Pop-rock la noche siguiente. Pero no apareció ni esa noche ni las sucesivas. Al cabo de unas semanas, cuando ya lo daba todo por perdido apareció. Iba muy sexy con una minifalda y botas altas de tacón. La acompañaba un tipo que no dejaba de sobarle la cintura. El típico cachitas que se pasa el día en el gimnasio. Uno de esos cretinos que va en manga corta en invierno con una camiseta a punto de reventar. Al llegar a la barra pidieron dos zumos de tomate. Me quedé hecho polvo. Desde entonces no tomo coca. No quiero que mi sangre bombee todavía con más fuerza, ni que me atosiguen mis pensamientos. Ya no bebo gintonics, sólo cerveza y por supuesto, fumo cigarrillos como un loco.